| Autor:
Jesús Bastante |
Fuente:
diario ABC, Madrid, 6 de abril de 2002 |
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El celibato en entredicho: ¿Debe cambiar
la Iglesia su postura?,
y El origen
apostólico del celibato sacerdotal.
La mayoría de los sacerdotes
católicos considera de plena validez la norma del celibato
presbiteral (vigente en la Iglesia católica de rito latino
desde el siglo IV) como signo de una «entrega total»
a su vocación. Frente a la postura oficial, algunos sectores
han solicitado una reforma que permita la existencia de curas casados.
En nuestro país, el
debate sobre la obligatoriedad por parte de sacerdotes y obispos
de guardar la norma del celibato, vigente desde los comienzos de
la propia Iglesia, se ha visto alimentado por casos como el de Alfonso
Vegas, el cura de Ituero que contrajo matrimonio civil con una peruana,
que han motivado que algunos grupos, como el Foro Alsina (que agrupa
a un tercio de los sacerdotes de la diócesis de Gerona) o
«Somos Iglesia», hayan pedido a la jerarquía
católica una mayor apertura al matrimonio de sacerdotes.
En un comunicado hecho público
hace dos semanas, la corriente «Somos Iglesia» se pronunciaba
«a favor de la plena igualdad de derechos de la mujer en la
Iglesia y en la sociedad», así como «del celibato
opcional y la aceptación de diversas formas de sexualidad».
A su vez, el Foro Alsina solicitaba de su obispo, Carlos Soler,
un serio debate sobre esta posibilidad. La falta de vocaciones era
una de las razones aducidas para este cambio.
Sin embargo, la doctrina oficial
de la Iglesia a lo largo de los siglos ha subrayado la importancia
del celibato sacerdotal como signo de cercanía a Jesús
y como modo de dedicarse plenamente al ejercicio de la labor pastoral
de los presbíteros. En el Catecismo de la Iglesia católica
se recoge que los sacerdotes son «llamados a consagrarse totalmente
al Señor y a sus cosas», que se entregan «enteramente
a Dios y a los hombres». «El celibato es un signo de
esa vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro
de la Iglesia».
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Luz de una vidriera incidiendo en una columna.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
Como ha subrayado el prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Darío
Castrillón Hoyos, «se ha hecho un problema de algo
que en sí no lo es. En el mundo hay 450.000 sacerdotes que
viven su celibato con alegría. Frente a éstos, hay
una minoría, porcentualmente insignificante, que se rebela
contra esta ley del celibato, o que en algún momento de debilidad
producida por múltiples causas, ha tomado la decisión
de abandonar esta forma de vida».
Desde su experiencia personal,
el cardenal colombiano revela que «el celibato es un don,
que se acoge como un amor de entrega, de donación, con un
amor generoso hacia Dios y hacia los hombres como Cristo los amó.
Sólo así se puede comprender el celibato».
Para el presidente de la Conferencia
Episcopal, Antonio María Rouco, «el sacerdocio exige
un estilo de vida de total desprendimiento, por lo que el celibato
es lo mejor». «Se pide ser célibe -añade-
para ser sacerdote; el que no quiera ser célibe, no vale
para ser sacerdote».
Por su parte, el obispo de
Osma-Soria y director nacional de Obras Misionales Pontificias,
Francisco Pérez, señaló a ABC que «para
mí, el celibato es la gracia más hermosa que guardo
en mi corazón y en mi vida sacerdotal. Le doy gracias a Dios
por darme este carisma. Cuanto más pasa el tiempo, más
enamorado estoy de él». Para monseñor Pérez,
«el celibato me ayuda a amar más a Dios y a los seres
humanos, emballece mi vida y la vida de la Iglesia». Sobre
el debate acerca del celibato opcional, afirma que «el celibato
sigue teniendo sentido, pese a las dificultades y las debilidades».
El celibato es opcional
«La reivindicación
del celibato opcional parece un sinsentido, porque nuestro celibato
es opcional», indica Manuel María Bru, sacerdote desde
1989 y en la actualidad delegado de medios de comunicación
del arzobispado de Madrid. «Nadie nos ha obligado a ser célibes,
ni se nos ha pasado por la cabeza otra forma de entender nuestra
vocación sacerdotal que como vocación también
al celibato».
Para el sacerdote madrileño
«mi vocación no es una profesión, sino la necesidad
de seguir a Cristo siendo otro Cristo. Él vivió para
los demás, yo pido la gracia de vivir para los demás.
Él vivió célibe para cumplir su misión,
yo pido la gracia del celibato para cumplir mi misión».
Desde su experiencia como sacerdote en la parroquia de San Jorge,
Bru añade que «he comprobado cómo la fidelidad
al celibato no es una conquista, sino una gracia. El gran enemigo
del celibato es la soledad, la exclusión social de una cultura
laicista que nos mira y nos presenta como bichos raros, y la tentación
al desánimo cuando no vemos la cosecha de nuestra siembra».
De la misma opinión
es Ernesto Bilbao Solozábal, ordenado hace 11 años
y que en la actualidad tiene a su cargo 56 pueblos de la Ribagorza
oriental, cercana a Lérida. Para él, los recientes
escándalos protagonizados por sacerdotes «me llevan
a procurar rezar y desagraviar al Señor» y «verme
capaz de cualquier cosa si me abandono». Sobre su postura
frente al celibato, estima que «es un regalo del sacerdote
a la Iglesia y a toda la comunidad», por lo que «hay
que protegerlo con fidelidad y lealtad, con madurez y responsabilidad».
Bilbao, ferviente partidario de vestir sacerdotalmente («manifesta
mi entrega y disponibilidad las 24 horas del día»),
opina que «hay que promover la fidelidad y la lealtad a los
compromisos adquiridos, pero no sólo entre los curas, también
en el matrimonio y en la vida social».
Iglesias de rito oriental
Uno de los aspectos que sostienen
la tesis de los partidarios de la existencia de sacerdotes casados
está en que las Iglesias de rito oriental (en comunión
con Roma) sí admiten esta figura. En este sentido, el Catecismo,
en su artículo 1580, reconoce que «en las Iglesias
orientales, desde hace siglos, está en vigor una disciplina
distinta: mientras los obispos son elegidos únicamente entre
los célibes, hombres casados pueden ser ordenados presbíteros
y diáconos». Esta práctica, a juicio de la Iglesia
católica, «es considerada como legítima desde
tiempos remotos». No obstante, se subraya cómo «en
Oriente como en Occidente, quien recibe el sacramento del Orden
no puede contraer matrimonio».
Teófilo Moldovan es
sacerdote rumano (de la Iglesia Ortodoxa de rito bizantino), está
casado y trabaja en el secretariado de Relaciones Interconfesionales
de la Conferencia Episcopal. «Personalmente, tuve la bendición
de Dios y la suerte de tener un apoyo moral y práctico en
grado sumo por parte de mi esposa y mis dos hijas en mi larga trayectoria
de vida sacerdotal». Sobre la postura de las Iglesias orientales,
el padre Moldovan sostiene que «siempre manifestamos un profundo
respeto de la disciplina celibataria en la praxis de la Iglesia
católica latina. La norma celibataria merece todo respeto
y aprecio, por la total entrega de la vida al servicio de Cristo
y de la Iglesia».
Respecto a la polémica
suscitada en nuestro país, el sacerdote opina que «con
la secularización, el indiferentismo religioso y el sensacionalismo
que se busca, resulta difícil la vida sacerdotal de los orientales
casados y de los célibes latinos». A su juicio, «todo
dependerá, en buena medida, de las personas y su responsabilidad
moral y de conciencia ante Dios y el mundo, que asumieron la gran
y exigente tarea divino-humana del sacerdocio».
«En nuestra Iglesia
-abunda monseñor Virgil Bercea, obispo de Oradea Mare de
los Rumanos- el 20 por ciento de los sacerdotes de rito greco-católico
están casados, mientras que los otros viven el celibato.
En mi diócesis tengo sacerdotes casados y con hijos y, en
general, tienen más problemas que los demás, pues
los célibes pueden dedicarse a la misión a tiempo
completo, mientras que los casados tienen que entregar una parte
de su tiempo y de sus preocupaciones a guiar y sostener a su familia».
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