| Autor:
Vicente Huerta. Historiador y teólogo |
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Artículos relacionados: La
mayoría de los sacerdotes defiende la validez del celibato,
y
El celibato, artículo
de Josep-Ignasi Saranyana con ocasión de la ordenación
sacerdotal de un antiguo pastor anglicano.
De un tiempo a esta parte, en los medios de comunicación,
menudean opiniones encontradas acerca del celibato, una opción
de vida hondamente arraigada en el seno de la Iglesia Católica.
Da la impresión, por un lado, de que el celibato sacerdotal
ha despertado un repentino interés, y por otro, que resulta
difícil de comprender para cierta mentalidad contemporánea.
Las críticas, curiosamente alejadas
de una mentalidad genuinamente liberal y tolerante, no se quedan
en el plano teórico, pues desde hace algún tiempo
no faltan campañas -últimamente, basadas en acusaciones
de abusos sexuales dirigidas contra sacerdotes- para intentar que
la Iglesia cambie la disciplina. Alentado por este interés,
y sin ánimo de agotar el tema, que sería la mejor
manera de aburrir al lector, expondré brevemente algunas
razones tanto de índole teológica como antropológica.
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Luz de una vidriera incidiendo en una columna.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
Comencemos por una cuestión histórica.
Los primeros textos escritos que hacen referencia al celibato como
disciplina eclesiástica se remontan al siglo IV; así
en el Concilio africano del año 390 se afirma: "Conviene
que los sagrados obispos, los sacerdotes de Dios y los levitas sean
continentes por completo para que puedan obtener sin dificultad
lo que piden al Señor; a fin de que nosotros también
custodiemos lo que han enseñado los Apóstoles y ha
conservado una antigua usanza". De estos textos se deduce la clara
conciencia de una tradición del celibato no como de una obligación
sobrevenida, sino como de una costumbre que se remonta a los tiempos
apostólicos. Estamos ante el recordatorio de lo que se venía
haciendo ya "desde siempre", sin ninguna intención de innovar,
sino todo lo contrario.
Todo hace pensar que, aun tratándose de una
ley eclesiástica y de algo que no es exigible por la
misma naturaleza del sacerdocio, como demuestra la praxis de las
Iglesias Orientales, estamos ante un valor evangélico que
el mismo Jesucristo vivió y aconsejó, advirtiendo,
eso sí, que "no todos entienden esto, sino aquellos a quienes
les ha sido dado, porque hay eunucos que así nacieron del
seno de su madre; también hay eunucos que así han
quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales
a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de
entender, que entienda" (Mt 19, 11-12). Esto nos sitúa ante
las razones más profundas, de orden teológico: Cristo
vivió la virginidad como signo de su dedicación total
al servicio de Dios y de los hombres. Según San Pablo (Cfr.
Ef 5, 26), Jesucristo -Sacerdote Eterno- ama a la Iglesia con un
amor esponsal, y por tanto exclusivo.
En medio de la comunidad de los fieles confiados
a sus cuidados, el sacerdote es Cristo presente; de ahí la
"suma conveniencia -dirá Pablo VI- de que en todo reproduzca
su imagen y en particular de que siga su ejemplo, en su vida íntima
lo mismo que en su vida de ministerio". Nos acercamos así
a otra de las razones: la eficacia pastoral del celibato. La consagración
a Cristo, en virtud del celibato, permite además al sacerdote,
como es evidente también en el campo práctico, la
mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica y afectiva
para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le permitirá,
de manera más amplia y concreta, darse del todo para utilidad
de todos (Cfr. 2 Cor 12, 15) y le garantiza claramente una mayor
libertad y disponibilidad en el ministerio pastoral, en su activa
y amorosa presencia en medio del mundo al que Cristo lo ha enviado.
La existencia de dificultades en este camino es
evidente, pero no debemos exagerarlas. Por un lado sería
ingenuo creer que la vida matrimonial es más fácil.
Hoy se rompen el 40% de los matrimonios, una proporción mucho
más alta que la de defecciones de sacerdotes célibes.
Tanto los hombres casados como los célibes tienen que esforzarse
para ser fieles a los compromisos que han adquirido. Faltaríamos
a la verdad si atribuyéramos a aquellas dificultades un valor
y un peso mayor del que efectivamente tienen en el contexto humano
y religioso, o pensamos que se trata de algo imposible de vivir.
El testimonio vivido por una legión sin número de
santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato
objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación
al ministerio de Cristo, así lo confirman.
Por otro lado, en nuestra cultura dominante, marcadamente
hedonista, no es extraño que este u otros aspectos de la
castidad, resulten difíciles de entender. Por ello precisamente
resulta importante el testimonio cristiano de quien aplaza o relega
la satisfacción de impulsos al integrarlos en motivaciones
más altas. Esto no es platonismo, ni desprecio de lo corporal,
sino manifestación de algo que debería ser más
evidente: que el hombre no es sólo carne o instintos, sino
que es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad y libertad,
y que gracias a estas facultades puede considerarse superior al
cosmos por lo mismo que es dueño de sus propias tendencias.
El sacrificio que supone la continencia ayuda a
profundizar en la dimensión espiritual del amor, enseña
a amar con el alma, con la mente y con la voluntad, que es lo más
perfecto y digno que hay en el hombre. Está claro que no
a todos les es dado esto, igual que no a todos les es dado ser artistas
o poetas, o marcar goles como los que marca Zidane; pero el hecho
de que exista esta magnífica y sorprendente realidad, debería
ser para todos un motivo de gozo. Lo mejor es que, además,
quien vive el celibato, consciente de que se trata de un don recibido,
de una gracia especial, lo haga con la sencillez y humildad de quien
no se cree superior, como bien dice San Agustín: "más
excelsa es la castidad del no casado que del casado. Pero yo, que
no estoy casado, no soy mejor que Abraham".
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