Autor:
Carlos Vidal. Profesor de
Derecho Constitucional
de la Universidad Nacional de Educación a Distancia |
Fuente:
PiensaUnPoco.org |
Me decía el otro día un amigo que
echaba de menos una explicación o respuesta de la Iglesia
ante el debate sobre el celibato opcional para los curas. Decía
que, en pleno siglo XXI, la Iglesia no puede pedir a los católicos
que creamos las cosas a pies juntillas. Puede que, en parte, tenga
razón, y se pueda reaccionar con mayor soltura ante este
tipo de comentarios. Pero tampoco es fácil que la Iglesia
diga algo y los periodistas, como cauce de comunicación con
la sociedad, entiendan lo que se dice o les interese siquiera prestar
atención.
El lenguaje a través del cual la Iglesia
puede explicar el celibato no es un lenguaje publicitario materialista,
al que está acostumbrada la sociedad del siglo XXI. El celibato
sólo puede entenderse desde la fe, desde el compromiso profundo
con unas ideas, y con el servicio a alguien (Dios) y algo (la salvación
de todas las almas) que está muy lejos de los planteamientos
vitales de un redactor de El País, El Mundo o algunos medios
que han aireado este tipo de noticias. Si a ello se une que quienes
plantean la polémica son personas que, supuestamente, estaban
de acuerdo con estas reglas del juego (es decir, sacerdotes que,
cuando se ordenaron, sabían a lo que se apuntaban y para
qué), la Iglesia tiene que andar con mucho cuidado, porque
de esos sacerdotes dependen muchas almas. Además, no son
curas que hayan dicho que se casan y ya está, sino que exponen
una opinión interna, que pretenden se considere discrepante,
sin decir que se van. Seguramente lo han hecho bien aconsejados
por algún anticatólico, pero con muy mala idea. Jurídicamente,
no ha hecho teóricamente nada malo, y con el Derecho Canónico
en la mano probablemente será difícil tomar medidas.
Y si se hace algo, podrán decir que no hay libertad de expresión.
Pero el fondo no es ése. El fondo es que, si se plantean
estas cosas, es porque ya no tienen la fe que tenían cuando
se ordenaron, o se están alejando de la Iglesia católica.
O sea, están dejando de ser católicos, con el agravante
de que detrás de ellos hay centenares o miles de almas.
La verdad es que lo de explicar el celibato no es fácil,
ni siquiera si se trata de hacerlo ante personas con cierta formación
religiosa. Y si hay gente que no entiende el celibato con el tema de
los curas, imagínense cuando se trata de otras personas que,
dentro de la Iglesia, consagradas o no, optan por vivir el celibato
apostólico. Es frecuente, en este último caso, escuchar
frases como: “bueno, tú no te has casado porque no has encontrado
la mujer (o el hombre) con quien casarte”; o también “no entiendo
que, si te gustan tanto los niños, no eches de menos tener tus
propios hijos”. El planteamiento que mucha gente se hace es el material,
es decir, no te casas para tener más tiempo libre y dedicarte
a hacer apostolado, a rezar, a labores sociales, o (en el caso de los
que se casan con la profesión) para dedicarte en cuerpo y alma
al trabajo. Pero el celibato apostólico tiene otra dimensión.
No se trata de no casarse para tener más tiempo libre (aunque
es verdad que no tener cónyuge e hijos en casa te permite dedicarte
a otras cosas con más intensidad, y te ahorra muchos problemas
pero también te comporta otros muchos). Se trata de algo mucho
más sobrenatural y, quizá, difícil de entender.
El contenido y significado de la vocación lleva al que escoge
el camino del celibato apostólico a ver como sumamente conveniente
una vida de perfecta continencia, de la que es prototipo y ejemplo la
figura del mismo Cristo en el Evangelio.
Si se considera que Cristo dedicó la integridad
de su naturaleza humana -alma y cuerpo, a lo largo de toda su vida-
al cumplimiento de la misión para la que fue enviado, se comprende
que quien quiere seguir su modelo apostólico vea conveniente
adecuar su vida a la de Cristo.
El celibato sólo tiene sentido si es para ejercer
un ministerio, una misión: sacerdotal, religiosa, apostólica.
Lo que no tendría sentido cristiano es ser célibe para
no comprometerse con nadie, para estar más cómodo, y para
ser un solterón. Tampoco es algo pensado para quienes no sienten
atracción por las personas de sexo diferente. Cada uno es como
es, y a todos los hombres nos gustan las mujeres y viceversa (aunque
ahora parece que cada vez hay más excepciones...). Evidentemente,
vivir el celibato en este mundo tiene bastantes complicaciones, porque
las barreras en el trato no existen y hay que estar continuamente luchando
por ser fiel a un compromiso, como lo hace quien quiere ser fiel a su
mujer o a su novia.
Viviendo el celibato no se renuncia a algo malo, porque
el amor entre hombre y mujer es lo más bueno y natural del mundo.
Pero Jesucristo evitó cualquier atadura humana, por justa y noble
que fuese, que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud
a su total dedicación a la misión para la cual vino a
la Tierra. Se comprende también, de modo análogo, la conveniencia
de que el que quiere comprometerse en una misión similar, sea
laico o sacerdote, haga lo mismo, renunciando libremente -por el celibato-
a algo en sí bueno y santo (el matrimonio, o la vida conyugal),
para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón,
y dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y los
hombres.
Todo esto no convierte a los que viven el celibato apostólico
en mejores ni peores que los demás. Simplemente, elige una opción
vital. Los curas que ahora han salido con este manifiesto han perdido
pie. No se dan cuenta de que deben respetar unas reglas del juego. La
Iglesia no es una institución democrática, sino jerárquica.
La democracia no es buena para todos: tampoco el ejército funciona
a base de votaciones. El celibato no es esencial a la figura del sacerdote,
pero desde hace miles de años la Iglesia lo ha previsto así,
y tiene razones más que suficientes para hacerlo. Lo que pasa
es que son razones que deben entenderse desde la fe cristiana y planteamientos
sobrenaturales, no con planteamientos humanos, en el sentido de puramente
materiales.
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