| Autor:
George Weigel |
Fuente:
Discurso pronunciado en Charleston (Carolina
del Sur)
el 15 de abril de 2003 |
También le interesará: Para
los sacerdotes, el problema no es el celibato, artículo
de Andrew Greeley.
Desde hace 16 meses, nos hemos acostumbrado a hablar
en términos de Iglesia en crisis. La crisis causada
por los abusos sexuales del clero y el mal gobierno episcopal es,
según mi criterio de estudioso de la historia del catolicismo
en Estados Unidos, la mayor crisis en la historia de la Iglesia
en este país. Es así porque toca verdades que están
en misma «constitución» de la Iglesia, tal y
como dicha «constitución» nos ha sido dada por
Cristo mismo.
Es por eso que resulta muy importante recordar que,
en el mundo del pensamiento bíblico, la palabra «crisis»
tiene dos significados. El primero es el sentido
familiar de la palabra: una «crisis» es una agitación
de cataclismo, un derrumbamiento de algo que parecía
fijo y seguro. Y nosotros, ciertamente, estamos experimentando la
«crisis» en tal sentido, en estos últimos 16
meses. Pero el mundo de la Biblia también considera la «crisis»
como una oportunidad: un momento de maduración con
el potencial para una conversión más profunda. Si
la crisis-como-cataclismo se convierte en crisis-como-oportunidad
en la Iglesia católica en Estados Unidos, entonces debemos
reconocer que, en el fondo de la cuestión, la crisis de hoy
es una crisis del ser discípulos; una crisis de fidelidad.
Y el único remedio para una crisis de fidelidad es... fidelidad.
Cada crisis de la historia católica ha sido
una crisis causada por una insuficiencia de santos, por
un déficit de santidad. Puesto que la santidad
es una vocación bautismal de todo cristiano, esta dimensión
de la crisis nos toca a todos nosotros en la comunidad de los bautizados.
Todos nosotros tenemos una responsabilidad de ayudar a
convertir la crisis-como-cataclismo en crisis-como-oportunidad.
Ejercitar tal responsabilidad requiere que todos nosotros, sea cual
sea el estado de vida cristiano en que vivamos, examinemos nuestras
conciencias y reflexionemos si estamos llevando profundas, intencionales
y radicales vidas cristianas de discípulos, aventurándolo
todo por el Señor, acordándonos cada día de
qué es el Reino por cuya venida rezamos, y su Iglesia en
la que desempeñamos nuestro servicio.
Aquí puede ayudarnos la escena evangélica
de Jesús y Pedro en el Lago de Galilea. Cuando Pedro mantiene
sus ojos fijos en el Señor, puede hacer lo que parece imposible,
puede andar sobre las aguas. Cuando aparta su mirada de Cristo y
comienza a buscar su seguridad en cualquier otra parte, se hunde.
Nosotros también podemos hacer lo que parece imposible, si
mantenemos nuestra mirada fija en Cristo. Cuando miramos a otra
parte, nos hundimos. Esto es cierto tanto para la Iglesia como para
cada cristiano individualmente. Y éste es el porqué
la santidad es la respuesta a la crisis católica
de hoy.
¿Qué es la santidad?
La santidad es vivir en la verdad viviendo la verdad sobre la condición
humana revelada por Cristo. Vivir en esta verdad, nos convierte
en la clase de personas que puede vivir con Dios para siempre. Es
por lo que el Santo Padre, hablando a los cardenales de Estados
Unidos hace ya casi un año, decía que la crisis de
hoy se gestó por una falta de vivencia y enseñanza
de la plenitud de la verdad católica. Cuando fallamos al
enseñar la verdad y al vivir la verdad, cuando sustituimos
lo que Cristo nos ha revelado como la verdad, el camino y la vida,
por lo que nosotros imaginamos que son nuestras verdades, no vivimos
como los santos que estamos llamados a ser -los santos que debemos
ser-, si vamos a vivir para siempre, en felicidad con Dios.
Esto, a su vez, significa que no puede haber reforma
de la Iglesia sin referencia a la forma. Y la «forma»
de la Iglesia ha sido establecida por Cristo, no por nosotros. La
Iglesia es de Cristo, no de nosotros. No hemos creado la Iglesia;
ni lo hicieron nuestros antepasados cristianos; ni los teólogos
o asistentes pastorales, ni tampoco los donantes al fondo anual
diocesano. La Iglesia ha sido, es, y siempre será creada
por Cristo, que subrayó este punto cuando dijo a sus discípulos,
«No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí
a vosotros» (Juan 15:16).
En el día de la misa crismal, ha sido costumbre
durante siglos reflexionar sobre esa parte distintiva de la forma
dada por Cristo a la Iglesia, que es el ministerio sacerdotal. Permitidme
así algunas consideraciones sobre los sacerdotes
y el sacerdocio.
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Pórtico de la puerta de acceso a
la iglesia.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
Cuando en los primeros meses del 2002, escándalo
tras escándalo rompían sobre la Iglesia católica
en los Estados Unidos, se dijo con frecuencia, aunque no siempre
se oyó ni divulgó, que hay decenas de miles de buenos
y fieles sacerdotes en Estados Unidos, hombres que han guardado
las promesas que solemnemente hicieron en el día de
su ordenación y que han gastado sus vidas al servicio de
Cristo y de la Iglesia. Esto es correcto. Considerar este hecho
de la vida católica hoy no es, como algunos han sugerido,
una evasión de las duras verdades que debemos afrontar y
tratar; al menos no necesita ser una evasión.
El hecho de la fidelidad sacerdotal
forma parte de la historia de la Iglesia católica de hoy
tanto como los hechos de abusos sexuales del clero y de irresponsabilidad
episcopal. La fidelidad de tantos sacerdotes es una gran gracia.
También es un enorme recurso para al reforma del sacerdocio
que es imperativa, si la crisis de hoy se va a convertir en una
oportunidad para la reforma genuinamente católica. Tal reforma
no puede significar convertir el sacerdocio católico en una
imitación de los diferentes tipos de ministerio que se encuentran
en otras comunidades cristianas. La reforma del sacerdocio católico
no puede significar que los sacerdotes católicos se conviertan
en algo más parecido al clero anglicano, luterano, presbiteriano,
metodista, congregacionista o unitario. Sólo puede significar
una reforma en la que los sacerdotes católicos se vuelvan
más intensa, intencional y manifiestamente católicos.
Mientras que la mala conducta sexual del clero tiene
muchas explicaciones dada la complejidad de las personalidades humanas,
la realidad fundamental del abuso sexual del clero es la
infidelidad. Un hombre que cree verdaderamente que él
es lo que la Iglesia católica enseña –que un
sacerdote es un icono viviente, una representación del sacerdocio
eterno de Jesucristo, el Hijo de Dios- no puede comportarse como
un depredador sexual. No puede comportarse de esa manera. Sí,
peca. Sí, es una vasija de barro que contiene un gran tesoro
sobrenatural. Puede hacer un sermón poco inspirado. Su elección
de la música para la Misa dominical puede ser terrible. Puede
resultar inepto en algunos de sus consejos. Pero no usa su cargo
para seducir y abusar sexualmente de menores. Ni se involucra en
otras formas de mala conducta sexual.
La Iglesia católica ha enseñado desde
hace mucho tiempo que aquello que hace a un sacerdote hace posible
lo que realiza en el altar, en el confesionario, en el púlpito,
en la cabecera de un feligrés agonizante. De manera irónica,
incluso paradójica, la verdad de esta enseñanza ha
quedado clarificada por el escándalo del abuso sexual del
clero. Si un hombre no cree en lo que es, por virtud de su ordenación,
que hace presente en el mundo el sacerdocio eterno de Cristo, sus
deseos pueden aplastar su personalidad, y una vida destinada a ser
un don radical de sí misma puede convertirse en una perversa
afirmación de sí misma, en la que su ministerio sacerdotal
se vuelva un instrumento de seducción.
Los sacerdotes se hacen, no nacen.
Aunque su ser discípulo pueda profundizarse durante el curso
de su ministerio, un hombre debe ser un discípulo cristiano
profundamente convencido antes de poder ser un sacerdote. El ser
discípulo es el requisito para el sacerdocio. Un discípulo
cristiano es alguien cuya vida se conforma por la convicción
de que, al mirar la cruz de Cristo, se está viendo la verdad
central de la historia humana: el amor de Dios por el mundo, que
ha sido tan grande que Dios ha dado a su Hijo para su redención.
Convencido de esto, un hombre ordenado sacerdote se vuelve otro
Cristo, un «alter Christus», otro testigo de
la verdad de que Dios piensa para la humanidad un destino más
allá de nuestra imaginación: la vida eterna dentro
de la luz y el amor de la Trinidad Santa.
Es por lo que el Papa Juan Pablo II ha insistido
a lo largo de su pontificado en que el sacerdocio
está en el servicio, no en el poder; el
sacerdocio ministerial fomenta la participación y colaboración
de todos los miembros del cuerpo místico de Cristo en la
vida y la labor de la Iglesia. Para explicarlo de otra manera, el
sacerdote debe convencerse de que la historia que la Iglesia cuenta
no es sólo la historia de la Iglesia. Es la historia del
mundo leída en su verdadera amplitud.
Un sacerdote debe creer que lo que ofrece el catolicismo
al mundo no es otro producto de marca, en un supermercado de «espiritualidades»,
sino la verdad sobre él mismo, sus orígenes y su destino;
no una verdad que es verdadera «para los cristianos»,
o una verdad que es verdadera «para los católicos»,
sino la verdad. El sacerdote católico que es un cristiano
genuinamente convertido entiende plenamente que la verdad en este
mundo emerge de muchas fuentes, incluyendo a otras comunidades cristianas,
otras religiones mundiales, y los mundos de la ciencia y de la cultura.
El sacerdote católico genuinamente convertido también
entiende que todas las demás verdades tienden hacia la Verdad
única, que es el Dios y Padre de Jesucristo. Esto es lo que
él testimonia al mundo.
Por su ordenación y su voto de celibato,
el sacerdote católico se coloca aparte del mundo por razón
del mundo. En una cultura como la nuestra, su vida es un signo de
contradicción para muchas cosas que el mundo imagina que
son verdaderas. El sacerdote, sin embargo, no es un contestatario.
Su ser diferente no es un fin en sí mismo, una indulgencia
en su idiosincrasia. El sacerdote es un signo de contradicción
de forma que el mundo pueda aprender la verdad sobre sí mismo
y pueda convertirse. La apertura radical para servir a los demás,
que debe manifestarse en una vida feliz y santa de sacerdote, es
una lección viviente al mundo de que el darse a uno mismo,
no el autoafirmarse, es el camino real para la prosperidad humana.
La obediencia del sacerdote a las
verdades de la fe, y el poder liberador que le lleva a ser un hombre
para los demás, recuerda al mundo que la verdad ata y libera
al mismo tiempo. Vivido con integridad, el celibato
del sacerdote es un poderoso testimonio de la verdad de
que hay cosas dignas por las que morir, incluyendo la muerte a uno
mismo. La renuncia del sacerdote del bien de la comunión
marital y del bien de la paternidad física es un recordatorio
de que estas dos cosas son, de hecho, bienes, y deben hacer posible
en él una paternidad espiritual genuina y abundante.
Al enseñar las verdades de la fe
católica, al santificar a su pueblo a través
de los sacramentos, al gobernar con justicia aquella porción
del pueblo de Dios confiada a su autoridad pastoral, el sacerdote
católico hace posible que hombres y mujeres se vuelvan santos
convirtiéndose en la clase de personas que pueden vivir con
Dios para siempre.
Todo esto intenta preparar a hombres y mujeres para
la vida eterna en perfecta comunión con los demás
y con Dios. Intenta hacer mejores santos, para cooperar con Dios
en el hacer santos de Dios. Para esto existe el sacerdote católico.
Éste es el por qué y el cómo el sacerdocio
ordenado enaltece y ennoblece el pueblo sacerdotal de Dios. Y es
el por qué un sacerdote católico debe entenderse a
sí mismo como lo que es: un icono viviente del eterno
sacerdocio de Cristo y ordenar su vida, en todas sus facetas, de
acuerdo a esta impresionante verdad.
Hace más de seis décadas, el padre
Karl Rahner, uno de los arquitectos teológicos del concilio
Vaticano II, se dirigió a una reunión de sacerdotes
en el día en que renovaban sus votos a Cristo y a la Iglesia.
Las palabras del padre Rahner son tan apropiadas hoy como entonces.
Aquí están, en una breve paráfrasis,
como si él, un compañero sacerdote, se dirigiera a
ustedes, sacerdotes que hoy renuevan los votos del día de
su ordenación; como si él, a través de su ser
compañero sacerdote, se dirigiera a todos nosotros, llamándonos
a apoyar a estos hermanos ordenados al servicio de la Iglesia.
«Queridos Padres: Esta renovación
de nuestra ordenación es labor de Dios en ustedes... El
Espíritu que bajó sobre ustedes el día de
su ordenación está aquí con ustedes, en este
momento de la renovación de su ordenación. Quiere
darse a sí mismo a ustedes incluso más íntimamente,
quiere llenar los compartimientos ocultos de sus corazones, quiere
vivir abarcando todas sus vidas.
«Éste es el Espíritu del Padre y del Hijo:
el Espíritu de renacimiento y de la filiación
divina de los hombres; el Espíritu que es también
Señor de esta época; el Espíritu que transforma
el mundo en un gran sacrificio de alabanza al Padre, de igual
manera que ustedes por su poder cambian el pan y el vino en
el cuerpo y la sangre de la única víctima santa;
éste es el Espíritu del testigo de Cristo, el
Espíritu que condena el mundo del pecado, la justicia
y el juicio; el Espíritu de fortaleza y consuelo; el
Espíritu que vierte el amor de Dios en sus corazones
y que es el compromiso y los primeros frutos de la vida eterna;
el Espíritu que despierta nueva vida fuera del pecado
y la oscuridad, y que incluye incluso al pecado en su misericordia;
el Espíritu cuyos dones son amor, gozo, paz, paciencia,
longanimidad, bondad, fidelidad, nobleza y castidad; el Espíritu
de libertad y de valerosa confianza; el Espíritu que
cambia todo y conduce todo en la muerte, porque es la infinitud
de vida y nunca puede permanecer en la fría forma de
una vida finita que no vaya a ir más allá; el
Espíritu que, en medio del cambio y la decadencia, permanece
eternamente y permanentemente el mismo; el Espíritu del
sacerdocio de Jesucristo, que transforma las desamparadas palabras
de la predicación humana en palabra y acción de
Dios; el Espíritu que hace que el perdón sobre
la tierra se convierta en reconciliación en el cielo;
el Espíritu que convierte sus acciones en sacramentos
de Cristo.
«Este Espíritu es el espíritu del día
de su ordenación; este mismo Espíritu es el espíritu
de la renovación de sus votos y de su sacerdocio. Si
le permiten que venga plenamente a sus vidas, todo lo que ustedes
son, y hacen y sufren, será consagrado en una vida sacerdotal.
Por este mismo Espíritu contemplaron y amaron cada cosa
en el día de su ordenación; por eso, nada puede
soportar el fuego transformante del amor del Espíritu
en su vida, con sólo que ustedes le dejen lugar, con
sólo que ustedes digan: Hazlo, Oh Señor, ordéname
de nuevo hoy».
A mediados de los años 30, cuando las sombras del totalitarismo
se extendían por Europa, el Papa Pío XI decía
unas palabras memorables: «Agradezcamos a Dios que nos hace
vivir entre los problemas presentes. No se permite a nadie ser
mediocre». Esta frase, una de las favoritas de Dorothy Day,
puede también ser nuestro santo y seña en los meses
y años venideros, mientras trabajamos juntos en la gran
causa de la auténtica reforma católica. La superficialidad
católica es mediocridad católica. Volviendo
a descubrir y abrazar la aventura de la ortodoxia, la gran aventura
de la fidelidad cristiana es la ruta desde la crisis a la auténtica
reforma católica.
Todos fallamos, a veces de manera estrepitosa. Pero no es razón
para bajar el listón de lo que se espera. Buscamos el perdón
y la reconciliación, y lo intentamos de nuevo. Bajar el
listón de la esperanza espiritual y moral degrada la fe
y nos degrada. Los católicos de hoy son capaces de grandeza
espiritual y moral, y con razón están llamados a
esta grandeza. Esto es lo que quiere decir el Vaticano II con
la «llamada universal a la santidad», y esto es lo
que está a nuestra disposición en la Iglesia, a
pesar de los malos pasos que la institución de la Iglesia
dé.
La santidad está disponible. Y la santidad es
lo que transformará la crisis-como-cataclismo en crisis-como-oportunidad.
En la llamada universal a la santidad, y en la generosa respuesta
a la misma que puede venir después, yace el futuro de la
reforma genuinamente católica. Así, una vez más:
«Agradezcamos a Dios que nos hace vivir entre los problemas
presentes. No se permite a nadie ser mediocre».
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