| Autor:
Juan Pablo II |
Fuente:
Oficina de Infomación de la Santa
Sede |
Queridos hermanos:
1. Permitidme,
ante todo, que os asegure mi gran aprecio por el esfuerzo que estáis
efectuando para mantenernos informados, a la Santa Sede y a mí
personalmente, sobre la compleja y difícil situación
que ha surgido en vuestro país en los meses recientes. Confío
en que vuestros estudios den mucho fruto para el bien de los católicos
de los Estados Unidos. Habéis venido a la casa del sucesor
de Pedro, cuya misión consiste en confirmar a sus hermanos
obispos en la fe y en la caridad, y en unirles en torno a Cristo
al servicio del Pueblo de Dios. La puerta de esta casa está
siempre abierta para vosotros. En particular, cuando vuestras comunidades
se encuentran doloridas. Al igual que vosotros,
yo también he quedado profundamente apenado por el hecho de
que sacerdotes y religiosos, cuya vocación es la de ayudar
a la gente a vivir la santidad según Dios, han provocado ellos
mismos estos sufrimientos y escándalos a jóvenes. A
causa del grave daño provocado por algunos sacerdotes y religiosos,
la Iglesia misma es vista con desconfianza, y muchos se han ofendido
por la manera en que han percibido la acción los líderes
de la Iglesia en esta materia. El tipo de abuso que ha causado esta
crisis es en todos los sentidos equivocado y justamente considerado
como un crimen por la sociedad; es también un espantoso pecado
a los ojos de Dios. A las víctimas y a sus familias, dondequiera
que estén, les expreso mi profundo sentimiento de solidaridad
y preocupación.
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| El Papa Juan Pablo II |
2. Es verdad
que una generalizada falta de conocimiento de la naturaleza del
problema y el consejo de expertos clínicos llevó en
ocasiones a los obispos a tomar decisiones que, según los
acontecimientos sucesivos, se han demostrado erróneas. Vosotros
estáis trabajando ahora para establecer criterios más
fidedignos para asegurar que este tipo de errores no se repitan.
Al mismo tiempo, incluso reconociendo el carácter indispensable
de estos criterios, no podemos olvidar el poder de la conversión
cristiana, esta decisión radical de abandonar el pecado y
de regresar a Dios, que alcanzar las profundidades del alma de una
persona y que puede producir un cambio extraordinario.
Tampoco deberíamos olvidar el inmenso bien
espiritual, humano y social que la gran mayoría de los sacerdotes
y religiosos en Estados Unidos han hecho y siguen haciendo. La Iglesia
católica en vuestro país siempre ha promovido los
valores cristianos con gran vigor y generosidad, de manera que ha
ayudado a consolidar todo lo que hay de noble en el pueblo estadounidense.
Un gran obra de arte ha sido manchada, pero conserva
su belleza; es una verdad que toda crítica intelectualmente
honesta reconocerá. A las comunidades católicas en
Estados Unidos, a sus pastores y miembros, a religiosos y religiosas,
a los profesores de las universidades y escuelas católicas,
a los misioneros estadounidenses en todas las partes del mundo,
se dirige el profundo agradecimiento de toda la Iglesia católica
y la gratitud personal del obispo de Roma.
3. El abuso
de jóvenes es un grave síntoma de una crisis que está
afectando no sólo a la Iglesia, sino a la sociedad en su
conjunto. Es una profunda crisis de moralidad sexual, incluso de
las relaciones humanas, y sus primeras víctimas son la familia
y los jóvenes. Al afrontar el problema del abuso con claridad
y determinación, la Iglesia debe ayudar a la sociedad a comprender
y afrontar esta crisis en su corazón.
Debe quedar totalmente claro a los fieles católicos,
y a toda la comunidad, que los obispos y los superiores están
preocupados, ante todo, por el bien espiritual de las almas. La
gente necesita saber que no hay lugar en el sacerdocio y en la vida
religiosa para quienes dañan a los jóvenes. Tienen
que saber que los obispos y los sacerdotes están totalmente
comprometidos en la plenitud de la verdad católica sobre
asuntos de moral sexual, una verdad tan esencial a la renovación
del sacerdocio y del episcopado, como a la renovación de
la vida matrimonial y familiar.
4. Tenemos que
confiar que este tiempo de prueba traerá una purificación
de toda la comunidad católica, una purificación necesitada
urgentemente si la Iglesia quiere predicar de manera más
efectiva el Evangelio de Jesucristo en toda su fuerza liberadora.
Ahora vosotros tenéis que asegurar que allí donde
abunda el pecado, la gracia sobreabunda (Cf. Romanos 5:20).
Tanto sufrimiento, tanta tristeza debe llevar a un sacerdocio más
santo, a un episcopado más santo, a una Iglesia más
santa.
Sólo Dios es la fuente de la santidad, y
debemos dirigirnos sobre todo a El para pedir el perdón,
la curación y la gracia de afrontar este desafío con
un aliento sin compromisos y con armonía de intenciones.
Al igual que el Buen Pastor del Evangelio del último domingo,
los pastores deben ser entre sus fieles y su gente hombres que inspiran
profunda confianza y que les llevan hacia aguas donde pueden descansar
(Cf. Ps 22:2).
Pido al Señor que les dé a los obispos
de Estados Unidos la fuerza para construir la respuesta a la crisis
actual sobre cimientos sólidos de fe y sobre una genuina
caridad pastoral hacia las víctimas, al igual que a los sacerdotes
y a toda la comunidad católica en vuestro país. Y
pido a los católicos que estén cerca de sus sacerdotes
y obispos, y que les apoyen con sus oraciones en estos momentos
difíciles. |