Autor:
Juan Antonio Herrero Brasas, profesor de
Etica y
Política en la Universidad del Estado de California |
Fuente:
Diario "El Mundo" (Madrid) |
Las noticias sobre los abusos sexuales de sacerdotes
católicos han adquirido carácter obsesivo en los medios
de comunicación de Estados Unidos. Desde hace meses, día
a día, prácticamente sin excepción, quienes vivimos
en EEUU nos vemos obligados a tragarnos la historia de tal o cual víctima
a quien un cura manoseó o intentó besar hace 20 o 30 años,
o más. Lo abrumador de la situación ha llevado al suicidio
a varios sacerdotes acusados de abuso sexual. En uno de los casos, una
mujer, al calor del presente escándalo, acusaba a un cura de
haber tenido contacto erótico con ella (no necesariamente relaciones
sexuales completas) hace más de una década, cuando él
tenía 25 años y ella menos de 18.
La tensión en torno al asunto es tal que desde
hace varios meses se vienen produciendo manifestaciones a favor y en
contra de la Iglesia católica y hasta ocasionales enfrentamientos
en las puertas de algunos templos. Debido a la actual política
de tolerancia cero adoptada por muchas diócesis norteamericanas,
una acusación de abuso sexual, incluso anónima, es suficiente
para que un sacerdote sea apartado de su puesto y sometido a un trato
poco menos que vejatorio. En total ha habido hasta el momento unos 200
sacerdotes acusados (la mayor parte por tocamientos a adolescentes)
sobre un periodo que se extiende ni más ni menos que hasta los
años 40. A lo largo de ese periodo ha habido más de 100.000
sacerdotes en EEUU.
No hay duda alguna de que en el caso de los curas estadounidenses
algunos abusos muy graves sí ha habido. Pero son muy pocos los
sacerdotes acusados de abuso sexual de niños, propiamente hablando.
En la mayoría de los casos, las acusaciones van referidas a relaciones
con adolescentes. Las razones reales para la presente tormenta mediática
en torno a la Iglesia católica hay que buscarlas en toda una
constelación de elementos interrelacionados y poco obvios a primera
vista.
Arropándose en la realidad innegable de un puñado
de casos auténticamente criminales, la América puritana
y reaccionaria, y la cultura punitiva que la caracteriza, con su fuerte
apoyo a la pena de muerte, está aprovechando para imponer su
programa ideológico sobre toda la sociedad. En un país
donde se ejecuta a personas que han pasado hasta 28 años en el
corredor de la muerte por crímenes cometidos cuando eran menores
de edad, la Iglesia católica, siguiendo directrices del Vaticano,
ha capitaneado en los últimos años una agresiva y ruidosa
campaña de oposición a la pena capital. Con ello ha logrado
que se debilite significativamente el apoyo a las ejecuciones entre
la opinión pública, lo cual ha irritado profundamente
a los sectores más puritanos y conservadores. Finalmente, la
cultura católica del perdón, la redención y la
segunda oportunidad (formas de pensamiento dominantes en la legislación
y en las prácticas judiciales de la Europa de tradición
católica) ha chocado frontalmente con la inflexible cultura puritana
y su énfasis en el castigo, la libertad individual y la responsabilidad
absoluta. La ideología puritana es la dominante en EEUU, pero
ve peligrar su hegemonía por el rapidísimo avance del
catolicismo en las últimas décadas.
El pasado 5 de abril, The Christian Science Monitor,
una de las publicaciones más prestigiosas de EEUU, informaba
extensamente sobre un estudio comparativo llevado a cabo recientemente
sobre abuso sexual en las diferentes iglesias. El artículo, que
se puede consultar en Internet (Sex abuse spans spectrum of churches),
ofrece numerosos datos estadísticos referidos a un periodo de
nueve años y concluye que se producen más casos de abuso
sexual en las iglesias protestantes que en la católica. A partir
de ahí, los autores especulan, un poco ingenuamente, sobre por
qué se ha dado tanta importancia a los casos de abuso sexual
en la Iglesia católica mientras se silencian los otros.
Toda relación sexual con niños es indudablemente
abusiva y criminal. Pero en el caso de los adolescentes, sin embargo,
habría que hacer distinciones, pues éstos tienen impulso
sexual, conducta sexual, y toman decisiones autónomas en ese
ámbito. La legislación norteamericana, sin embargo, identifica
la pederastia (relaciones intergeneracionales entre adultos y adolescentes
o jóvenes adultos) con los actos de pedofilia (abuso sexual de
niños propiamente hablando, es decir, prepubescentes) y, en consecuencia,
define legalmente toda relación con un menor de 18 años
como pedófila. Ello da lugar a casos como el de Daniel Carleton
Gajdusek, Premio Nobel de medicina en 1976, que en 1987, a los 73 años
de edad, fue condenado a pasar nueve meses en la cárcel acusado
de haber abusado sexualmente, en 1981, de un joven que en aquel entonces
tenía 16 años. El término «abuso» en
la mayoría de los casos hace referencia a tocamientos.
La política norteamericana en cuestiones de sexualidad
llega a extremos que en Europa en el momento actual resultarían
inaceptables. Por poner algunos ejemplos, en ciudades como Los Angeles
la policía, de modo habitual, entra por sorpresa en los sex shops
y se lleva arrestados y esposados a aquéllos a los que encuentre
masturbándose en una videocabina («conducta lasciva»,
según la legislación californiana). A excepción
de las escasas playas delimitadas como nudistas, si a una mujer se le
ocurre quitarse el sujetador en la playa, en cualquier playa de todo
el territorio nacional, incluido Hawai, es inmediatamente arrestada
por «exhibición indecente».Si dos menores tienen
algún tipo de contacto sexual, el mayor de ellos (aunque tan
sólo se lleven días de diferencia) es acusado de abuso
sexual y puede ser internado en un reformatorio. Y cualquier relación
consumada entre una persona mayor de 18 años y otra menor de
esa edad es definida legalmente como violación, incluso si ha
habido pleno consentimiento por parte del menor.
Dentro de este marco sociocultural es donde hay que
entender la histeria desatada desde EEUU (y proyectada en medio mundo
ya) en torno a la pornografía infantil, que hace que se hayan
llegado a prohibir anuncios en los que aparece un niño o una
niña enseñando el culito. Pero hay que señalar
que la pornografía infantil no está prohibida por ser
más degradante que otras. Hay otros tipos de pornografía
cuando menos igualmente degradantes, como es el caso de la pornografía
que muestra relaciones sexuales de personas con animales, y que, sin
embargo, están permitidas. La pornografía infantil está
prohibida sólo y exclusivamente con objeto de proteger del abuso
a los potenciales actores de la misma, es decir, a los niños.
Del mismo modo, en algunos lugares (como es el caso de California, pero
lamentablemente no de España) está prohibida la pornografía
con animales, con objeto de proteger a los animales de la bestialidad
humana.
En consecuencia con este principio, hace pocas semanas
el Tribunal Supremo de EEUU declaraba que no se puede prohibir la pornografía
infantil generada con técnicas informáticas que generan
imágenes que parecen de personas reales pero sin serlo, pues
en ella no actúan niños. No deja de ser paradójico,
en cualquier caso, que sea California uno de los estados que encabeza
la actual cruzada puritana cuando tan sólo en el condado de Los
Angeles se produce más del 90% de toda la pornografía
mundial, de lo que la Administración obtiene pingües beneficios
fiscales.
Lo que es absolutamente hipócrita tanto en EEUU
como en España es estar permanentemente invitando, cuando
no abiertamente incitando, a los adolescentes mediante un lenguaje
y unas imágenes groseras, particularmente en televisión,
a una actividad sexual irresponsable para después llevarnos
las manos a la cabeza cuando finalmente hacen aquello que se les
está incitando permanentemente a hacer. Si realmente nos
preocuparan los niños, y especialmente los adolescentes,
quienes más vulnerables son a los estímulos sexuales,
se cultivaría un clima de responsabilidad social en medios
como la televisión.
Recuerdo cómo un día del pasado
verano, en su informativo del mediodía, cuando todas las familias
y sus niños más atentos están a la televisión,
uno de los principales canales españoles nos dio con todo detalle
la noticia de una red de burdeles, con imágenes de sus magníficas
instalaciones, mapas, direcciones, honorarios y hasta números
de teléfono. No estaría de más saber cuánto
untó el proxeneta a dicho canal para ofrecer tan descarada publicidad
disfrazada de noticia. Menuda responsabilidad social. |