| Autor:
Javier Arnal |
Fuente:
Piensa un poco.com |
El escándalo -no cabe
un calificativo más suave- de los sacerdotes pederastas en
Estados Unidos duele en la Iglesia, y fuera de ella. A quien es
y vive como católico, porque de los sacerdotes se espera
ejemplaridad; a quien no lo es, porque confiar a unos niños
a la enseñanza religiosa o de otro tipo a alguna persona
que actúa con perversidad sexual también repugna.
Sencillamente, doloroso, tal como el Papa ha señalado reiteradamente.
Junto a convicciones religiosas y sentimientos,
hay otros elementos que no pueden pasar inadvertidos en este caso.
Por ejemplo, la fortaleza del Papa ante esta materia, que descalifica
a cuantos vienen pidiendo -¿desde hace cuántos años?-
su abandono, por falta de salud. A la vista de lo sucedido estos
días, si esas voces tienen sólo sentido común,
tardarán en repetir el consabido sainete, que más
bien parece el compás de una orquesta que parece interpretar
un ensayo prefabricado en foros de dudosa legitimidad moral.
Otra lección es que el escándalo es
real, pero no puede empañar al sacerdocio y al celibato en
su conjunto, como algunos pretenden precisamente en estos días,
aprovechando el dolor y los sentimientos de repulsa de todos. Es
noticia ese escándalo, pero no lo es que la inmensa mayoría
de los sacerdotes viven su vocación íntegramente,
y muchos con heroicidad humana y sobrenatural, y por supuesto no
se cuestionan el celibato, entre otras cosas porque, cuando se ordenaron
sacerdotes, optaban libremente por un camino que amaban y conocían
bien. No puede empañar este escándalo, ni bajo la
sombra de la sospecha, la broma o la ridiculización, la vocación
sacerdotal.
Si es demagógico y deleznable aprovechar
estos escándalos para atacar a la Iglesia y a los sacerdotes,
afirmando poco menos que el celibato propicia las aberraciones sexuales,
todavía es más indignante, demagógico y falto
de toda coherencia lógica aprovechar para reivindicar que
las mujeres puedan ordenarse sacerdotes. ¿Qué tendrá
que ver una cosa con otra?
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Luz de una vidriera incidiendo en una columna.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
Queda de manifiesto, una vez más, que todos
los hombres tenemos defectos, y que la práctica religiosa
no depende de las virtudes que vemos en un católico que tenemos
al lado, o incluso de un clérigo, aunque laicos y sacerdotes
tenemos un deber de ejemplaridad. La fe y la confianza en la Iglesia
tiene otro origen, que es sobrenatural, y hasta de sentido común:
la ejemplaridad de la mayoría de los sacerdotes impulsa a
la práctica de la fe, a seguir en una Iglesia que basa tu
tesoro en la asistencia del Espíritu Santo, que de nuevo
se ha puesto de manifiesto con la actuación decidida del
Papa.
Creemos por la Iglesia, no por tal o cual clérigo.
Y justo es recordar que ninguna institución como la Iglesia
Católica puede presentarse ante la opinión pública
con tantos siglos de abnegación, entrega, ejemplaridad, respeto
a la infancia, y por supuesto en los actuales momentos.
Me indignan comentarios y artículos que,
en estos días, se vierten intentando manchar y confundir
sin distinción. Para muchos católicos, con poca información
o escasa formación, el dolor del escándalo puede confundirles,
dejarles perplejos o cabizbajos, en vez de reafirmar su condición
y orgullo, precisamente por la confianza y el ejemplo de la inmensa
mayoría de los clérigos de todo el mundo.
Lo que sucede es que más de uno se olvida
de que, en la opinión pública, estos fenómenos
no son casuales, como casi nada en la vida. Algunos rechazan la
hipótesis de que haya una "campaña" en sentido estricto,
que busca debilitar los cimientos de la Iglesia Católica
con ocasión y sin ella, pero sobre todo cuando hay un motivo
real como es el escándalo ante el que el Papa ha anunciado
esa "tolerancia cero".
Hay sectores anticatólicos organizados y
preparados, con caras diversas según los años y países,
con ramificaciones y tentáculos variopintos, para que no
se pueda identificar la existencia misma de una "campaña".
Siento decirlo, pero lo afirmo como profesional de los medios de
comunicación: esa campaña existe, y más de
uno ha de dejar de hacer el juego con su ingenuidad, escándalo
farisaico o complejo, que probablemente son síntomas de una
falta de hondura en las propias convicciones católicas.
Según la ideología o el afán
de rentabilidad económica, los medios de comunicación
tratan este escándalo de un modo u otro, y desde luego ha
habido columnistas y medios de comunicación que han sabido
diseccionar el escándalo de la realidad del sacerdocio, la
desviación sexual de algunos clérigos de la aceptación
gustosa del celibato de la mayoría de los sacerdotes, que
eligieron libremente ese camino. Este asunto ha sido una ocasión
más para que cada medio de comunicación se retrate.
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