| Autor:
Ángel Cobacho |
Fuente:
Piensa Un Poco, 26 de agosto de 2003 |
Quien haya leído
los escasos artículos que vengo mandando, de un tiempo a
esta parte, a Piensa Un Poco, ya sabrá que he sido catequista
de confirmación en mi parroquia, encargado de intentar dar
un poquito de doctrina a un grupo de diez jóvenes con edades
de catorce y quince años. Un buen día se me ocurrió
una idea para aprovechar el escaso número de futuros catecúmenos,
y tomé la decisión de reunirme con cada uno de ellos,
individualmente, tras la catequesis, para tomar un café,
cocacola o sucedáneo, y, simplemente, charlar un rato sobre
ellos, sobre mí, sobre fútbol americano o sobre lo
que se les ocurriera. El trato era no seguir yo soltándoles
el rollo a cambio de que fueran ellos los que me contaran cosas
a mí. Lo que quisieran.
Cuando les comuniqué
mi decisión, las inevitables risitas y sonrojos no tardaron
en aparecer, pero no obstante, la cosa empezó a rodar bastante
bien. Es curioso, no sólo saber que, en general, individualmente
los chicos y chicas se comportan de manera distinta a como lo hacen
en masa, sino comprobarlo delante de tus narices. Durante las tardes
y tardes que he pasado con cada uno de ellos -no he podido más
que hablar una vez con cada uno de ellos-, ha habido casi de todo.
Por ejemplo, las riquezas vaticanas y la homosexualidad son los
dos temas estrella, sin duda alguna; y resulta ciertamente un poco
alarmante la desinformación que reina en sus jóvenes
cabezas. La filosofía "Compañeros" o "Al
salir de clase" hace de las suyas...
Pero una buena tarde, una
de las chicas que asiste regularmente a catequesis, pongámosle
Laura, de 14 años, me confesó que ella en realidad
no tenía fe, ni creía en la vida eterna. Cuando me
dijo esto, dos pensamientos simultáneos se cruzaron en mi
cabeza: "otra chica que viene a catequesis por presión
paterna, materna o ambas" y "menuda paciencia tragarse
los rollos a los que les someto semanalmente sin tener fe".
Pero siguió: no asistía, para conmoción mía,
a catequesis por imperativo de sus padres -más bien al contrario,
según me dio a entender-, sino simple y llanamente porque
quería oír hablar de Dios, y "en esta sociedad
nadie te habla de Él" -me dijo-. Comprenderán
que me quedara con los ojos como platos de sopa.
Y aunque sus risitas con su
compañera durante las catequesis a veces llegan a exasperarme,
y aunque a veces parece no enterarse de nada de lo que digo, y aunque
quizá esté ella más en su onda que en la mía.
he de confesar que ese tipo de pequeñas confesiones son las
que me alientan, no ya sólo a seguir dando las catequesis,
sino a no perder la confianza en tantas y tantas cabecitas como
la de Laura, quizá alocadas y superficiales en apariencia,
pero -les aseguro- sólo en apariencia. Se lo digo yo.
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