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1. Señor
cardenal penitenciario, prelados y oficiales de la Penitenciaría
apostólica, padres penitenciarios de las basílicas
patriarcales de la urbe, jóvenes sacerdotes y candidatos
al sacerdocio que habéis frecuentado el curso sobre el foro
interno organizado también este año por la Penitenciaría
apostólica, os acojo con afecto en esta tradicional audiencia,
que•me agrada particularmente.
Al dar las gracias al señor cardenal William
Wakefield Baum por los sentimientos expresados en el saludo que
me ha dirigido, deseo subrayar el alto significado de este encuentro,
en el que se reafirma casi tangiblemente el vínculo entre
la misión reconciliadora del sacerdote como ministro del
sacramento de la penitencia y la Sede de Pedro. ¿Acaso no
confió Cristo a Pedro y a sus sucesores en términos
universales la potestad, el deber, la responsabilidad y, al mismo
tiempo, el carisma, que se extiende a los hermanos en el episcopado
y a los presbíteros, sus colaboradores, de liberar a las
almas del poder del mal, es decir, del pecado y del demonio?
En vísperas de la Pascua redentora y del
Año jubilar, este encuentro adquiere el valor de símbolo
de comunión vivida en el esfuerzo diario al servicio de los
hombres y de su salvación eterna. Dada esta significación
universal, al mismo tiempo que os hablo a vosotros aquí reunidos
en la sede del Papa, veo espiritualmente presentes a todos los sacerdotes
de la santa Iglesia católica, dondequiera que vivan y trabajen,
y a todos les envío con afecto este mensaje.
2.
El Año jubilar, en la variada y armoniosa multiplicidad de
sus contenidos y fines, trata sobre todo de la conversión
del corazón, la metanoia, con la que se abre la predicación
pública de Jesús en el evangelio (cf. Mc 1, 15). Ya
en el Antiguo Testamento, la salvación y la vida se prometen
a quien se convierte: «¿Acaso me complazco yo en la
muerte del malvado -oráculo del Señor Dios- y no más
bien en que se convierta de su conducta y viva?» (Ez 18, 23).
El inminente gran jubileo conmemora el cumplimiento del segundo
milenio del nacimiento de Jesús, que en la hora de la condena
injusta dijo a Pilato: «Yo para esto he nacido y para esto
he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn
18, 37). La verdad testimoniada por Jesús es que él
vino para salvar al mundo que, de lo contrario, estaba destinado
a perderse: «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y
salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).
En la economía del Nuevo Testamento el Señor
quiso que la Iglesia fuera universale sacramentum salutis.
El concilio Vaticano II enseña que «la Iglesia es en
Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión
íntima con Dios» (Lumen gentium, 1). En efecto, es
voluntad de Dios que el perdón de los pecados y la vuelta
a la amistad divina se realicen a través de la mediación
de la Iglesia: «Lo que ates en la tierra quedará atado
en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado
en los cielos» (Mt 16, 19), dijo solemnemente Jesús
a Simón Pedro, y en él a los sumos Pontífices,
sus sucesores. Dio esta misma consigna después a los Apóstoles
y, en ellos, a los obispos, sus sucesores: «Todo lo que atéis
en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis
en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 18,
18). La tarde del mismo día de la resurrección, Jesús
hará efectivo este poder con la efusión del Espíritu
Santo: «A quienes perdonéis los pecados, les quedarán
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»
(Jn 20, 23). Gracias a este mandato, los Apóstoles y sus
sucesores en la caridad sacerdotal podrán decir entonces
con humildad y verdad: «Yo te absuelvo de tus pecados».
Tengo plena confianza en que el Año santo
será, como debe ser, un tiempo singularmente eficaz de la
historia de la salvación. Ésta encuentra en Jesucristo
su punto culminante y su significado supremo, puesto que en él
todos nosotros recibimos «gracia sobre gracia», obteniendo
la reconciliación con el Padre (cf. Incarnationis mysterium,
1). Por eso mismo, confío y pido que, gracias al generoso
servicio de los sacerdotes confesores, el Año jubilar sea
para todos los fieles ocasión de acercamiento piadoso y sobrenaturalmente
sereno al sacramento de la reconciliación.
3.
Ciertamente, conocéis al respecto el Catecismo de la Iglesia
católica con su profundo análisis sobre este tema
fundamental. Sin embargo, en este encuentro quisiera recordar algunos
puntos verdaderamente esenciales, que no dejaréis de proponer
a los fieles encomendados a vuestro cuidado pastoral.
Por institución de nuestro Señor Jesucristo,
como resulta explícitamente del citado pasaje del evangelio
según san Juan, es necesaria la confesión sacramental
para obtener el perdón de los pecados mortales cometidos
después del bautismo. Sin embargo, si un pecador, movido
por la gracia del Espíritu Santo, se arrepiente de sus pecados
por motivo de amor sobrenatural, es decir, en cuanto son una ofensa
a Dios, sumo Bien, obtiene enseguida el perdón de los pecados,
incluso mortales, con tal que tenga el propósito de confesarlos
sacramentalmente cuando, dentro de un tiempo razonable, pueda hacerlo.
Idéntico propósito debe tener el penitente
que, responsable de pecados graves, recibe la absolución
colectiva, sin la confesión individual previa de los propios
pecados al confesor: este propósito es tan necesario que,
en su defecto, la absolución sería inválida,
como afirma el canon 962, § 1 del Código de derecho
canónico, y el canon 721, § 1 del Código de cánones
de las Iglesias orientales.
Los pecados veniales pueden perdonarse también
fuera de la confesión sacramental; pero, ciertamente, es
muy útil confesarlos sacramentalmente. En efecto, supuestas
las debidas disposiciones, se obtiene así no sólo
el perdón del pecado, sino también la ayuda especial
constituida por la gracia sacramental para evitarlo en el futuro.
Es útil confirmar aquí el derecho que tienen los fieles
-y a su derecho corresponde la obligación del sacerdote confesor-
de confesarse y obtener la absolución sacramental también
de los pecados veniales. No hay que olvidar que la así llamada
confesión por devoción ha sido la escuela que ha formado
a los grandes santos.
Para acercarse lícita y provechosamente a
la Eucaristía es necesario que vaya precedida de la confesión
sacramental, cuando se es consciente de un pecado mortal. En efecto,
la Eucaristía es la fuente de toda gracia, en cuanto representación
del sacrificio salvífico del Calvario; sin embargo, como
realidad sacramental no está ordenada directamente al perdón
de los pecados mortales: el concilio Tridentino lo enseña
clara e inequívocamente (Sess. XIII, cap. 7 y relativo
canon: Denziger-Schönmetzer, 1647 y 1655), dando un significado,
por decirlo así, disciplinar y jurídico a la palabra
misma de Dios: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor
indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba
de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come
y bebe su propio castigo» (1 Co 11, 27-29).
4. Por
tanto, el Año jubilar, gracias al sacramento de la penitencia,
debe ser de modo especial el año del gran perdón y
la reconciliación plena. Pero Dios, a quien damos gracias
por habernos reconciliado, o con quien esperamos reconciliarnos,
es nuestro Padre: Padre mío, Padre de todos los creyentes,
Padre de todos los hombres. Por eso la reconciliación con
Dios exige e implica la reconciliación con nuestros hermanos;
si falta ésta, el perdón de Dios no se obtiene, como
nos enseñó Jesús en la perfecta oración
del Padre nuestro: «Perdona nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden». El sacramento
de la penitencia supone y debe alimentar el amor fraterno, generoso,
noble y concreto.
En esta línea, elevada a su mayor perfección,
el Año jubilar invita a una profunda solidaridad mediante
«un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el
cual la santidad de uno beneficia a los otros mucho más que
el daño que su pecado les haya podido causar. Hay personas
que dejan tras de sí como un suplemento de amor, de sufrimiento
aceptado, de pureza y verdad, que llega y sostiene a los demás.
Es la realidad de la iavicariedadln, sobre la cual se fundamenta
todo el misterio de Cristo» (Incarnationis mysterium,
10).
Reconciliados mediante el sacramento de la penitencia,
y asimilados así a Cristo Señor y Redentor, debemos
participar «en su acción salvífica y, en particular,
en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los
Colosenses: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones
de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesial" (Col
1, 24)» (ib.).
5.
En el sacramento de la penitencia, eliminada la ruptura causada
por el pecado, se consolida la unidad de la Iglesia, que en el jubileo
tiene una altísima manifestación: también aquí,
por tanto, se ve el vínculo connatural entre el jubileo y
el sacramento del perdón.
Al perdón sacramental del pecado, la misericordia
de Dios y la mediación de la Iglesia ofrecen un valioso corolario
también con el don del perdón de su pena temporal
mediante la indulgencia. Esto es lo que puse de manifiesto con referencia
al Año jubilar en la bula de convocación: «En
efecto, la reconciliación con Dios no excluye la permanencia
de algunas consecuencias del pecado, de las cuales es necesario
purificarse. Es precisamente en este ámbito donde adquiere
relieve la indulgencia, con la que se expresa el "don total
de la misericordia de Dios"» (ib., 9).
Jesús nació, más aún,
fue concebido como sacerdote y víctima en el seno de su Madre,
como el Espíritu Santo nos enseña en la carta a los
Hebreos (cf. Hb 10, 5-7), aplicando expresamente a Jesús
el Salmo 40, 7-9: «Ni sacrificio ni oblación querías,
pero el oído me has abierto; no pedías holocaustos
ni víctimas, dije entonces: Heme aquí, que vengo.
Se me ha prescrito en el rollo del libro hacer tu voluntad. Oh Dios
mío, en tu ley me complazco en el fondo de mi ser».
El jubileo del año 2000 recuerda a nuestra fe, a nuestra
esperanza y a nuestro amor que la salvación deriva del nacimiento
del eterno Sacerdote, víctima del sacrificio al que se entregó
libremente.
María santísima, que dio al Verbo
de Dios la humanidad sacerdotal y sacrificial, nos haga revivir,
a pesar de nuestra pequeñez y miseria, la misión salvífica
con la santidad personal y el ejercicio del ministerio del perdón,
devolviendo, como instrumentos de Dios, a los pecadores, la gracia,
la alegría del corazón y el traje de boda que permite
el ingreso en la vida eterna.
Todo lo que he recordado en este coloquio con vosotros
está recogido, con una breve y estupenda síntesis,
en la fórmula ritual de la absolución sacramental:
«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo
al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó
el Espíritu Santo para la remisión de los pecados,
te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y
la paz».
De esta paz sea prenda eficaz para vosotros, y para
cuantos el Señor ha encomendado o encomendará a vuestro
ministerio, la bendición apostólica, que os imparto
complacido.
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