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Queridos
hermanos:
1.
El curso sobre el foro interno, organizado anualmente por la Penitenciaría
apostólica, me brinda la oportunidad de acogeros en una audiencia
especial. Dirijo un saludo cordial al pro-penitenciario mayor, monseñor
Luigi De Magistris, al que agradezco las amables palabras que me
ha dirigido. Saludo también a los prelados y oficiales del
mismo Tribunal y a los padres penitenciarios de las basílicas
patriarcales de Roma, así como a los jóvenes sacerdotes
y aspirantes al sacerdocio que participan en esta tradicional oportunidad
de profundización doctrinal.
En diversas ocasiones he expresado mi aprecio por
cuantos se dedican al ministerio penitencial en la Iglesia: en verdad,
el sacerdote católico es, ante todo, ministro del sacrificio
redentor de Cristo en la Eucaristía y ministro del perdón
divino en el sacramento de la penitencia.
2. En
esta circunstancia, deseo considerar en particular la relación
privilegiada que existe entre el sacerdocio y el sacramento de la
reconciliación, que el presbítero debe recibir ante
todo con fe y humildad, además de hacerlo con frecuencia
por convicción. En efecto, con respecto a los eclesiásticos,
el concilio Vaticano II enseña: "Los ministros de la
gracia sacramental se unen íntimamente a Cristo, salvador
y pastor, por medio de la fructuosa recepción de los sacramentos,
sobre todo por la confesión sacramental frecuente, ya que,
preparado con el examen de conciencia diario, favorece muchísimo
la necesaria conversión del corazón al amor del Padre
de las misericordias" (Presbyterorum ordinis, 18;
Código de derecho canónico, c. 276, 2, 5°
y, análogamente, Código de cánones de las
Iglesias orientales, c. 369, 1).
Al valor intrínseco del sacramento de la
penitencia, en cuanto recibido por el sacerdote como penitente,
se añade su eficacia ascética como ocasión
de examen de sí mismo y, por tanto, de verificación,
gozosa o dolorosa, del propio nivel de fidelidad a las promesas.
Además, es un momento inefable de "experiencia"
de la caridad eterna que el Señor siente por cada uno de
nosotros en su singularidad irrepetible; es desahogo de desilusiones
y amarguras, que tal vez nos han infligido injustamente; y es bálsamo
consolador para las múltiples formas de sufrimiento que caracterizan
la vida.
3. Asimismo,
en cuanto ministro del sacramento de la penitencia, el sacerdote,
consciente del valioso don de gracia puesto en sus manos, debe ofrecer
a los fieles la caridad de la acogida solícita, sin escatimar
su tiempo, y sin aspereza o frialdad en su trato. A la vez, debe
practicar la caridad, más aún, la justicia, al referir,
sin variantes ideológicas y sin rebajas arbitrarias, la enseñanza
auténtica de la Iglesia, rechazando las profanas vocum
novitates, con respecto a sus problemas.
En particular, deseo llamar aquí vuestra
atención hacia la necesaria adhesión al Magisterio
de la Iglesia sobre los complejos problemas que se plantean en el
campo bioético y sobre la normativa moral y canónica
en el ámbito matrimonial. En mi carta dirigida a los sacerdotes
con ocasión del Jueves santo de 2002 observé: "A
veces sucede que los fieles, a propósito de ciertas cuestiones
éticas de actualidad, salen de la confesión con ideas
bastante confusas, en parte porque "tampoco encuentran en los
confesores la misma línea de juicio". En realidad, quienes
ejercen en nombre de Dios y de la Iglesia este delicado ministerio
tienen el preciso deber de no cultivar, y menos aún manifestar
en el momento de la confesión, valoraciones personales no
conformes con lo que la Iglesia enseña y proclama. "No
se puede confundir con el amor el faltar a la verdad por un mal
entendido sentido de comprensión"" (Carta a
los sacerdotes, 17 de marzo de 2002, n. 10: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 22 de marzo
de 2002, p. 9).
4. El
sacramento de la penitencia, si se administra y se recibe bien,
es un instrumento excelente para el discernimiento vocacional. Quien
actúa en el fuero interno debe alcanzar personalmente la
certeza moral sobre la idoneidad e integridad de aquellos a quienes
dirige espiritualmente, para poder aprobar lícitamente y
animar su intención de acceder a las órdenes. Por
tanto, esa certeza moral sólo se puede tener cuando la fidelidad
del candidato a las exigencias de la vocación se ha comprobado
con una larga experiencia.
En cualquier caso, el director espiritual no sólo
debe ofrecer a los candidatos al sacerdocio el discernimiento, sino
también el ejemplo de su vida, tratando de reproducir en
sí el corazón de Cristo.
5.
El recto y fructuoso ministerio penitencial y el deseo de recurrir
personalmente al sacramento de la penitencia dependen sobre todo
de la gracia del Señor. Para que el sacerdote obtenga este
don es de singular importancia la mediación de María,
Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, por ser Madre de
Jesús, sumo y eterno Sacerdote. Que ella obtenga de su Hijo
para todos los sacerdotes el don de la santidad mediante el sacramento
de la penitencia, recibido con humildad y ofrecido con generosidad.
Que sobre vuestras convicciones, vuestros propósitos
y vuestras esperanzas descienda, propiciadora de las bendiciones
de Dios, la bendición apostólica, que con afecto imparto
a todos.
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