Señor
Cardenal penitenciario mayor; prelados y oficiales de la Penitenciaria;
padres penitenciarios ordinarios y extraordinarios de las basílicas
patriarcales de la Urbe;
y vosotros, queridos alumnos recién ordenados o que anheláis
recibir pronto la ordenación:
me alegra vuestra presencia en esta casa, que es y debéis considerar
como vuestra casa paterna.
1.
Mi complacencia deriva tanto de vuestra unión afectuosa con
el Sucesor de Pedro, que aquí y ahora se hace casi tangible,
como de vuestra especial condición de penitenciarios, que
dedicáis vuestro trabajo ministerial de modo privilegiado
al sacramento de la Penitencia; o de sacerdotes que estáis
desarrollando vuestras primeras actividades pastorales; o incluso
de candidatos al sacerdocio que, antes de asumir el oficio particular
que la Providencia, mediante la voz de vuestros superiores jerárquicos,
os asignara en la Iglesia, habéis querido profundizar vuestra
preparación para el servicio de las almas en el perdón
de los pecados asistiendo al curso sobre el fuero interno, organizado
por la Penitenciaria Apostólica. A la complacencia se une
la gratitud al Señor, pues en vuestro compromiso y diligencia
muestra a las claras que continua suscitando en favor de su pueblo
ministros del perdón y la Reconciliación.
El Ordo paenitentiae actualmente en vigencia
expresa de la siguiente manera, en la fórmula de la absolución,
las grandes realidades en las que se llevan a cabo la vuelta del
hombre pecador a Dios y se restaura su orden interior: Dios,
Padre de misericordia... te conceda, por el ministerio de ta Iglesia
el perdón y la paz. Ahora bien, el sacramento de la
Penitencia ministerio de la Iglesia produce el perdón de
Dios en cuanto actúa por virtud divina, cualesquiera que
sean el mérito o demérito personal y las cualidades
humanas del ministro: a este respecto, así enseña
(para todos los sacramentos no sólo para el de la Penitencia)
el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los sacramentos
confieren la gracia que significan. Son eficaces porque en ellos
actúa Cristo mismo; El es quien bautiza, El quien actúa
en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento
significa. El Padre escucha siempre la oración de la Iglesia
de su Hijo” (n. 1127); “Tal es el sentido de la siguiente
afirmación de la Iglesia: los sacramentos obran ex opere
operato” (n. 1128).
Indudablemente la paz que anuncia la fórmula
sacramental. paz sobrenatural y que, por tanto, exsuperat omnem
sensum (Eph 4, 7), también llega al alma ex opere
operato; pero, dentro de los límites en que esto es
posible, dada su trascendencia sobrenatural, la percepción
gratificante de esta paz por parte del sujeto del sacramento también
depende en gran medida de la santidad personal del sacerdote, ministro
del sacramento de la Penitencia, de su sensibilidad psicológica
y de su bondad acogedora. En efecto, el confesor anima a perseverar
en la gracia recuperada alimenta la confianza en la posibilidad
de la salvación. Impulsa a la humilde gratitud hacia el Señor
y salvo casos patológicos o que se encuentren en los límites
de la normalidad ayuda a reconstruir el equilibrio de la conciencia
y la rectitud del juicio.
Santidad personal
2. En
mis anteriores Alocuciones a este auditorio dediqué la atención
principalmente a los aspectos dogmáticos, morales y canónicos
del sacramento de la Penitencia. Esos discursos han sido recogidos
en un volumen que también contiene un comentario sintético
de la Penitenciaria Apostólica. Me consuela saber que han
tenido amplia difusión, y espero que sean útiles para
la deseada recuperación de un uso frecuente del sacramento
de la Penitencia. Considerando ahora concretamente la administración
del sacramento del perdón, me gustaría detenerme en
los aspectos mencionados: santidad, sensibilidad psicológica
y bondad acogedora del ministro.
El confesor debe esforzar al máximo a fin
de que, junto al efecto esencial, que siempre produce el opus
operatum, supuestas las condiciones de validez, también
se produzcan a favor del penitente, en el ministerio de la comunicación
de los santos, los frutos de su santidad personal: por medio de
su intercesión ante el Señor, por la fuerza atrayente
de su ejemplo y por el ofrecimiento que hace el sacerdote santo
de sus expiaciones en beneficio del penitente. Se trata de cosas
muy evidentes. Pero deseo insistir en ellas, a fin de que la caridad
haga que vuestro ministerio no sea nunca nudum ministerium
penitencial, sino un don paterno y fraterno acompañado con
vuestra oración y sacrificio por las almas que el Señor
pone en vuestro camino: Completo en mi carne lo que falta a las
tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia
(Col 1, 24). De este modo, el ejercicio del ministerio es santo
y es instrumento de santificación para el mismo ministro.
Solidez doctrinal
3. Al
sacerdote confesor le corresponde el grave deber de poseer una doctrina
moral y canónica al menos adecuada a los communiter contingentia,
es decir, al comportamiento humano en los casos ordinarios, especialmente
teniendo en cuenta las condiciones generales del ethos
socialmente dominante. Digo al menos, pero agrego inmediatamente
que esa preparación doctrinal debe acrecentarse y consolidarse
siempre, sobre la base de los grandes principios dogmáticos
y morales, que permiten resolver católicamente también
las situaciones difíciles de las conciencias, en la incesante
evolución cultural, técnica y económica...,
de la historia humana. También aquí, el Catecismo
de la Iglesia Católica es paradigmático: de forma
autorizada propone el juicio moral que es preciso formular sobre
realidades de la vida humana que se han presentado ya -o que se
hallan muy difundidas- en tiempos recientes. A este propósito
se ha dicho que el Catecismo presenta nuevos preceptos o nuevos
pecados; y lo que hace es sólo aplicar a diversas modalidades
del obrar humano. que ahora se han vuelto comunes, la misma ley
divina. natural o revelada. Una de las tareas mas importantes y
delicadas del confesor, en la que ha de aplicar la necesaria solidez
de la doctrina, consiste en facilitar al penitente la acusación
de sus pecados, aunando la exigencia de una acusación moralmente
completa, irrenunciable cuando se trata de pecados mortales, en
cuanto a la especie, a las circunstancias determinantes de la misma
especie y al numero, y la de no hacer que la confesión se
vuelva odiosa o penosa, especialmente para aquellos cuya a religiosidad
es débil o cuyo proceso de conversión es incipiente.
A este respecto, nunca se recomendará suficientemente la
delicadeza acerca de las materias objeto del sexto mandamiento del
decálogo.
Es necesario, además, considerar la posibilidad
de que la limitación humana ponga al ministro de la Penitencia,
incluso sin culpa por su parte, frente a asuntos acerca de los cuales
carece de una preparación profunda. Entonces se aplica el
acertado principio del doctor moralista San Alfonso María
de Ligorio: Saltem prudenter dubitare. La preparación
doctrinal del confesor, al menos, deberá permitir percibir
la posible existencia de un problema. En tal caso la prudencia pastoral,
junto a la humildad, teniendo en cuenta si el penitente siente urgencia
o no, si siente ansiedad o no, y teniendo presentes las demás
circunstancias concretas, lo llevará a enviar a ese penitente
a otro confesor o establecer una cita para un nuevo encuentro y,
mientras tanto, prepararse: a este respecto ayuda tener presente
que existen los volúmenes de los probati auctores,
y que, salvando el respeto absoluto del sigilo sacramental. se puede
recurrir a sacerdotes mas doctos y experimentados; en particular,
se puede recurrir -es oportuno decirlo aquí- a la Penitenciaria
Apostólica, que siempre está dispuesta a ofrecer para
los casos concretos, y por tanto, individuales, su servicio de consulta,
dotado de un valor autorizado.
Preparación psicológica
4.
El sacramento de la Penitencia no es ni debe convertirse en una
técnica psicoanalítica o psicoterapéutica.
Sin embargo, una buena preparación psicológica, y
en general en las ciencias humanas, ciertamente permite al ministro
penetrar mejor en el misterioso ámbito de la conciencia,
con la finalidad de distinguir y con frecuencia no resulta fácil
el acto verdaderamente humano, por tanto el moralmente responsable,
del acto del hombre, a veces condicionado por mecanismos psicológicos
morbosos o inducidos por hábitos arraigados , que eliminan
la responsabilidad o la disminuyen, frecuentemente sin que el mismo
sujeto agente tenga noción clara de los límites que
separan las dos situaciones interiores. Aquí se abre el capítulo
de la caridad paciente y comprensiva que se debe tener hacia los
escrupulosos. Al mismo tiempo, es necesario afirmar claramente que,
con mucha frecuencia, ciertas actitudes del pensamiento moderno
disculpan indebidamente comportamientos que, a causa del inicio
voluntario de un hábito, no son o no pueden ser totalmente
excusables. La finura psicológica, del confesor es muy valiosa
para facilitar la acusación a las personas tímidas,
vergonzosas y que tienen dificultades a la hora de expresarse; esta
finura, junto a la caridad, intuye, anticipa y tranquiliza.
Ejemplo de Cristo
5.
Nuestro Señor Jesucristo trató a los pecadores de
una manera que muestra con hechos concretos lo que San Pablo escribe
a Tito: Benignitas et humanitas apparuit Salvatoris nostri,
“se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador”
(Tit 3, 4). Basta meditar en el relato evangélico de la pecadora
convertida (Lc 7, 36 50), en la conmovedora página del Evangelio
de San Juan (8, 3 11) sobre la mujer adúltera. y en la estupenda
parábola del hijo prodigo (Lc 15, 11-32). El sacerdote, al
tratar con los pecadores en el sacramento de la Penitencia, debe
inspirarse en este modelo divino, pidiendo al Señor la gracia
de merecer el titulo que Dante Alighieri refiere a San Lucas Scriba
mansuetudinis Christi, un escritor que imprime su narración
no en las páginas de un libro, sino en las páginas
vivientes de las almas.
Así, el sacerdote confesor jamás debe
manifestar asombro, sea cualquiera la gravedad, o la extrañeza,
por decirlo de alguna manera, de los pecados acusados por el penitente.
Jamás debe pronunciar palabras que den la impresión
de ser una condena de la persona, y no del pecado. Jamás
debe infundir terror, antes que temor. Jamás debe indagar
acerca de aspectos de la vida del penitente, cuyo conocimiento no
sea necesario para la evaluación de sus actos. Jamás
debe usar términos que ofendan incluso sólo la delicadeza
del sentimiento, aun cuando propiamente hablando, no violen la justicia
y la caridad. Jamás debe mostrarse impaciente o celoso de
su tiempo, mortificando al penitente con la invitación a
darse prisa (con la excepción, claro esta, de la hipótesis
en que la acusación se haga con una palabrería inútil).
Por lo que se refiere a la actitud externa, el confesor
debe mostrar su rostro sereno, evitando gestos que puedan significar
asombro, reproche o ironía. De la misma manera, quiero recordar
que no se debe imponer al penitente el propio gusto, sino que es
preciso respetar su sensibilidad en lo concerniente a la elección
de la modalidad de la Confesión, es decir, cara a cara o
a través de la rejilla del confesonario.
Mirada amorosa
6.
Por último, una recomendación compendiosa: cuanto
mayor sea la miseria moral del penitente, tanto mayor ha de ser
la misericordia. Y si quien se confiesa es un sacerdote, más
humillado por sus culpas que un penitente laico, y quizá
más expuesto al desaliento a causa de su misma dignidad profanada,
pensemos que sin ninguna palabra de reproche Dominus respexit
Petrum (Lc 22, 61) -el mismo Pedro que sólo pocas horas
antes había recibido el sacerdocio e inmediatamente había
caído- y con esa mirada amorosa en un instante lo sacó
del abismo.
Como veis, durante nuestra conversación mucho
ha hablado la razón iluminada por la fe. Quisiera que en
el ejercicio del ministerio de la Penitencia hablara, sobre todo,
el corazón henchido de caridad, el corazón sacerdotal
que, a pesar de la distancia infinita, trata de asemejarse a Jesús
manso y humilde de corazón. Os lo conceda la divina misericordia,
de la que mi Bendición Apostólica, queridos hermanos,
quiere ser prenda para todos vosotros.
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