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Fuente:
Boletín diario de Zenit, servicio
del 10 de octubre de 2003 |
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forjadores de santos para el nuevo
milenio – Siguiendo las huellas del apóstol Pablo».
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Ciudad del Vaticano, 9 octubre 2003. Juan
Pablo II recordó este jueves que el sacerdocio no es una
«carrera» o una «profesión», sino
una «vocación» de amor a los demás que
permite comprender el celibato. El Santo Padre afrontó los
desafíos y tentaciones que experimenta un sacerdote en estos
inicios de milenio al encontrarse con los obispos filipinos de las
provincias de Cáceres, Capiz, Cebú, Jaro y Palo, a
quienes recibió con motivo de su quinquenal visita ad
limina apostolorum en el Vaticano.
«El clero de hoy tiene que estar atento a
no adoptar la visión secularizada del sacerdocio como una
"profesión", una "carrera" o un medio
para ganarse la vida», afirmó el Santo Padre. «Más
bien, el clero debe ver el sacerdocio como una vocación a
la entrega de sí mismo, al servicio de amor, abrazando con
entusiasmo el amado don del celibato y todo lo que implica»,
aseguró.
Por este motivo, explicó el obispo de Roma,
«el celibato debe ser visto como una parte integral de la
vida interior y exterior del sacerdote, y no simplemente como un
antiguo ideal que debe ser respetado». «Por desgracia,
el estilo de vida de algunos clérigos se ha convertido en
una contradicción con el espíritu de los consejos
evangélicos, que debería formar parte de la espiritualidad
de cada sacerdote», constató.
«El comportamiento escandaloso de unos pocos
sacerdotes ha minado la credibilidad de muchos -añadió-.
Quisiera haceros saber que soy consciente de la manera con la que
habéis afrontado esta cuestión, y os aliento a no
peder la esperanza».
«Ser auténticos discípulos llama
al amor, a la compasión, pero al mismo tiempo, a la estricta
disciplina para servir al bien común. Sed siempre justos
y siempre misericordiosos», recomendó el Santo Padre
a los obispos filipinos. Para que la Iglesia cuente con sacerdotes
conscientes de su misión, pidió a los prelados prestar
particular atención, en primer lugar, a la selección
de los candidatos al sacerdocio. «Una vez que un candidato
es seleccionado, comienza el proceso para prepararlo a ser un sacerdote
bueno y santo», añadió.
Para alcanzar este objetivo, se requieren cuatro
«diversos niveles de formación», ilustró.
En primer lugar, «formación humana,
que ayuda al candidato a vivir e interiorizar las virtudes sacerdotales,
especialmente la sencillez, la castidad, la prudencia, la paciencia
y la obediencia».
En segundo lugar, aclaró, los futuros sacerdotes
necesitan «formación intelectual, que subraya y profundiza
en el estudio de la filosofía y la teología, manteniendo
siempre la fidelidad a las enseñanzas del Magisterio»
de la Iglesia;
En tercer lugar, los superiores de los seminaristas
deben ofrecer «formación pastoral, que capacita al
candidato a aplicar los principios teológicos a la praxis
pastoral».
Por último, el Papa constató la «formación
espiritual» «que destaca la necesidad esencial de una
celebración regular de los sacramentos, especialmente del
sacramento de la Penitencia, así como la oración privada
y devocional, y los frecuentes encuentros con el director espiritual».
De este modo, concluyó, se pueden formar
«ministros que luchen gozosamente por ser fieles al Señor
y por servir a su rebaño».
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