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Se ofrece una selección de textos
del Magisterio de la Iglesia sobre la celebración de la Misa
por el sacerdote, y su vida espiritual.
Decreto «Presbyterorum Ordinis»
(Sobre el ministerio y la vida de los presbíteros), del Concilio
Vaticano II, promulgado por Pablo VI el 28 de octubre de 1965.
13.
Como ministros sagrados, sobre todo en el Sacrificio de la Misa,
los presbíteros ocupan el lugar de Cristo, que se sacrificó
a sí mismo para santificar a los hombres, y, por ende, son
invitados a imitar lo que administran; ya que celebran el misterio
de la muerte del Señor, procuren mortificar sus miembros
de vicios y concupiscencias. En el misterio del Sacrificio Eucarístico,
en que los sacerdotes desempeñan su función principal,
se realiza continuamente la obra de nuestra redención y,
por tanto, se recomienda encarecidamente su celebración diaria,
la cual, aun cuando no puedan estar presentes los fieles, es acción
de Cristo y de la Iglesia. Así, mientras los presbíteros
se unen con la acción de Cristo Sacerdote, se ofrecen todos
los días enteramente a Dios, y mientras se nutren del Cuerpo
de Cristo participan cordialmente de la caridad de quien se da a
los fieles como manjar. De igual forma se unen con la intención
y con la caridad de Cristo en la administración de los Sacramentos,
cosa que realizan especialmente cuando en la administración
del Sacramento de la Penitencia se muestran enteramente dispuestos,
siempre que, los fieles lo piden razonablemente. En el rezo del
Oficio divino prestan su voz a la Iglesia, que persevera en la oración,
en nombre de todo el género humano, juntamente con Cristo
que «vive siempre para interceder por nosotros» (Heb.
, 7,25).
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Pórtico de la puerta de acceso a
la iglesia.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
14.
Siendo en el mundo moderno tantas las tareas que deben afrontar
los hombres y tanta la diversidad de los problemas que los angustian
y que muchas veces tienen que resolver precipitadamente, no es raro
que se vean en peligro de dispersión. Y los presbíteros,
sobrecargados y agitados por las muchas obligaciones de su ministerio,
no pueden pensar sin angustia cómo lograr la unidad de su
vida interior con la magnitud de la acción exterior. Esta
unidad de vida no la pueden conseguir ni el orden meramente externo
de la obra del ministerio ni la sola práctica de los ejercicios
de piedad, aunque la ayudan mucho. La pueden organizar, en cambio,
los presbíteros imitando en el cumplimiento de su ministerio
el ejemplo de Cristo Señor, cuyo alimento era cumplir la
voluntad de Aquel que lo envió a completar su obra.
En realidad Cristo, para cumplir indefectiblemente
la misma voluntad del Padre en el mundo por medio de la Iglesia,
obra por sus ministros, y por ello continúa siendo siempre
principio y fuente de la unidad de su vida. Por consiguiente, los
presbíteros, conseguirán la unidad de su vida uniéndose
a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega
de sí mismos por el rebaño que se les ha confiado.
De este modo, desempeñando el papel del Buen Pastor, en el
mismo ejercicio de la caridad pastoral encontrarán el vínculo
de la perfección sacerdotal que reduce a unidad su vida y
su actividad. Esta caridad pastoral fluye, sobre todo, del Sacrificio
Eucarístico, que se manifiesta por ello como centro y raíz
de toda la vida del presbítero, de suerte que lo que se efectúa
en el altar lo procure reproducir en sí el alma del sacerdote.
Cosa que no puede conseguirse si los mismos sacerdotes no penetran
más íntimamente cada vez, por la oración, en
el misterio de Cristo.
Encíclica Ecclesia de Eucharistia, promulgada por
el Papa Juan Pablo II el Jueves Santo, 17 de abril de 2003.
31.
Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia,
también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo
agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía
«es la principal y central razón de ser del sacramento
del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución
de la Eucaristía y a la vez que ella».
Las actividades pastorales del presbítero
son múltiples. Si se piensa además en las condiciones
sociales y culturales del mundo actual, es fácil entender
lo sometido que está al peligro de la dispersión por
el gran número de tareas diferentes. El Concilio Vaticano
II ha identificado en la caridad pastoral el vínculo que
da unidad a su vida y a sus actividades. Ésta -añade
el Concilio- «brota, sobre todo, del sacrificio eucarístico
que, por eso, es el centro y raíz de toda la vida del presbítero»
(Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida
de los presbíteros 14). Se entiende, pues, lo importante
que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien
de la Iglesia y del mundo, que ponga en práctica la recomendación
conciliar de celebrar cotidianamente la Eucaristía, «la
cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es ciertamente
una acción de Cristo y de la Iglesia» (Decr. Presbyterorum
Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros,
13; cf. Código de Derecho Canónico, can.
904; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
can. 378). De este modo, el sacerdote será capaz de sobreponerse
cada día a toda tensión dispersiva, encontrando en
el Sacrificio eucarístico, verdadero centro de su vida y
de su ministerio, la energía espiritual necesaria para afrontar
los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada será así
verdaderamente eucarística.
Directorio para el Ministerio y la Vida de los
presbíteros, promulgado por la Congregación para el
Clero el jueves santo de 1994
49. Es necesario recordar
el valor incalculable, que la celebración diaria de la Santa
Misa tiene para el sacerdote, aún cuando no estuviere presente
ningún fiel. El la vivirá como el momento central
de cada día y del ministerio cotidiano, como fruto de un
deseo sincero y como ocasión de un encuentro profundo y eficaz
con Cristo. Pondrá cuidadosa atención para celebrarla
con devoción, y participará íntimamente con
la mente y el corazón.
En una sociedad cada vez más sensible a la
comunicación a través de signos e imágenes,
el sacerdote cuidará adecuadamente todo lo que puede aumentar
el decoro y el aspecto sagrado de la celebración. Es importante
que en la celebración eucarística haya un adecuado
cuidado de la limpieza del lugar, del diseño del altar y
del sagrario, de la nobleza de los vasos sagrados, de los ornamentos,
del canto, de la música, del silencio sagrado, etc. Todos
estos elementos pueden contribuir a una mejor participación
en el Sacrificio eucarístico. De hecho, la falta de atención
a estos aspectos simbólicos de la liturgia y, aun peor, el
descuido, la prisa, la superficialidad y el desorden, vacían
de significado y debilitan la función de aumentar la fe.
El que celebra mal, manifiesta la debilidad de su fe y no educa
a los demás en la fe. Al contrario, celebrar bien constituye
una primera e importante catequesis sobre el Santo Sacrificio.
El sacerdote, entonces, al poner todas sus capacidades
para ayudar a que todos los fieles participen vivamente en la celebración
eucarística, debe atenerse al rito establecido en los libros
litúrgicos aprobados por la autoridad competente, sin añadir,
quitar o cambiar nada.
Todos los Ordinarios, Superiores de los Institutos
de vida consagrada, y los Moderadores de las sociedades de vida
apostólica, tienen el deber grave no sólo de preceder
con el ejemplo, sino de vigilar para que se cumplan fielmente las
normas litúrgicas referentes a la celebración eucarística
en todos los lugares.
Los sacerdotes, que celebran o concelebran están
obligados al uso de los ornamentos sagrados prescriptos por las
rubricas.
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