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«¡Abbá, Padre!»
Queridos hermanos en el sacerdocio:
Mi cita del Jueves Santo con vosotros, en este año
que precede y prepara inmediatamente al Gran Jubileo del 2000, está
marcada por esta invocación en la que resuena, según
los exegetas, la ipsissima vox Iesu. Es una invocación
en la que se encierra el inescrutable misterio del Verbo encarnado,
enviado por el Padre al mundo para la salvación de la humanidad.
La misión del Hijo de
Dios llega a su plenitud cuando Él, ofreciéndose a
sí mismo, realiza nuestra adopción filial y, con el
don del Espíritu Santo, hace posible a cada ser humano la
participación en la misma comunión trinitaria. En
el misterio pascual, Dios Padre, por medio del Hijo en el Espíritu
Paráclito, se ha inclinado sobre cada hombre ofreciéndole
la posibilidad de la redención del pecado y la liberación
de la muerte.
1.
En la celebración eucarística concluimos la oración
colecta con las palabras: «Por nuestro Señor Jesucristo,
tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu
Santo y es Dios, por los siglos de los siglos». Vive y reina
contigo, ¡Padre! Puede decirse que este final tiene un carácter
ascendente: por medio de Cristo, en el Espíritu Santo, al
Padre. Éste es también el esquema teológico
presente en la disposición del trienio 1997-1999: primero
el año del Hijo, después el año del Espíritu
Santo y ahora el año del Padre.Este
movimiento ascendente se apoya, por así decir, en el descendente,
descrito por el apóstol Pablo en la Carta a los Gálatas.
Es un fragmento que hemos meditado intensamente en el liturgia del
período de Navidad: «Cuando se cumplió el tiempo,
envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la
Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos
el ser hijos por adopción» (Ga 4, 4-5).
Vemos expresado aquí
el movimiento descendente: Dios Padre envía a su Hijo para
hacernos, en Él, hijos suyos adoptivos. En el misterio pascual
Jesús realiza el designio del Padre dando la vida por nosotros.
El Padre envía entonces al Espíritu del Hijo para
iluminarnos sobre este privilegio extraordinario: «Como sois
hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu
de su Hijo que clama: «¡Abbá, Padre!».
Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres
también heredero por voluntad de Dios» (Ga 4, 6-7).
¿Cómo no destacar
la originalidad de lo que escribe el Apóstol? Él afirma
que es precisamente el Espíritu el que clama: ¡Abbá,
Padre! En realidad, el testigo histórico de la paternidad
de Dios ha sido el Hijo en el misterio de la encarnación
y de la redención. Él nos ha enseñado a dirigirnos
a Dios llamándolo «Padre». Él mismo lo
invocaba «Padre mío», y nos enseñó
a invocarle con el dulcísimo nombre de «Padre nuestro».
Sin embargo, san Pablo nos dice que la enseñanza del Hijo
debe, en cierto modo, hacerse viva en el alma de quien lo escucha
por la guía interior del Espíritu Santo. En efecto,
sólo por su obra somos capaces de adorar a Dios en verdad
invocándolo «Abbá, Padre».
2.
Os escribo estas reflexiones, queridos hermanos en el sacerdocio,
de cara al Jueves Santo, mientras os imagino congregados en torno
a vuestros Obispos para la Misa crismal. Tengo mucho interés
en que, en la comunión de vuestros presbiterios, os sintáis
unidos a toda la Iglesia, que está viviendo el año
del Padre, un año que preanuncia el final del siglo veinte
y, a la vez, del segundo milenio cristiano.
¿Cómo no dar
gracias a Dios, en esta perspectiva, al recordar a los numerosos
sacerdotes que, en este amplio período de tiempo, han dedicado
su existencia al servicio de Evangelio, llegando a veces hasta el
supremo sacrificio de la vida? A la vez que, en el espíritu
del próximo Jubileo, confesamos los límites y las
faltas de las anteriores generaciones cristianas y también
las de sus sacerdotes, reconozcamos con alegría que, en el
inestimable servicio hecho por la Iglesia al camino de la humanidad,
una parte muy importante es debida al trabajo humilde y fiel de
tantos ministros de Cristo que, a lo largo del milenio, han actuado
como generosos constructores de la civilización del amor.
¡Las grandes dimensiones
del tiempo! Aunque el tiempo sea siempre un alejarse del principio,
pensándolo bien es simultáneamente una vuelta al principio.
Y esto tiene una importancia fundamental. En efecto, si el tiempo
fuera sólo un alejarse del principio y no estuviera clara
su orientación final —el retorno precisamente del principio—
toda nuestra existencia en el tiempo estaría sin una dirección
definitiva. Carecería de sentido.
Cristo, «el Alfa y la
Omega [...] Aquél que es, que era y que va a venir»
(Ap 1, 8), ha orientado y dado sentido al paso del hombre en el
tiempo. Él dijo de sí mismo: «Salí del
Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al
Padre» (Jn 16, 28). De este modo, nuestro pasar está
iluminado por el hecho de Cristo. Con él pasamos, caminando
en la misma dirección tomada por Él: hacia el Padre.
Esto resulta aún más
evidente en el Triduum Sacrum, los días santos por
excelencia durante los cuales participamos, en el misterio, del
retorno de Cristo al Padre a través de su pasión,
muerte y resurrección. En efecto, la fe nos asegura que este
paso de Cristo al Padre, es decir, su Pascua, no es un acontecimiento
que le afecta sólo a Él. Nosotros estamos llamados
también a tomar parte en ello. Su Pascua es nuestra Pascua.
Así pues, junto con
Cristo, caminamos hacia el Padre. Lo hacemos a través del
misterio pascual, reviviendo aquellas horas cruciales durante las
cuales, muriendo en la cruz, exclamó: «¡Dios
mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»
(Mc 15, 34), y añadió: «Todo está cumplido»
(Jn 19, 30), «Padre, en tus manos pongo mi espíritu»
(Lc 23, 46). Estas expresiones evangélicas son familiares
a todo cristiano y, particularmente, a cada sacerdote. Son un testimonio
para nuestro vivir y nuestro morir. Al final de cada día,
repetimos en la Liturgia de la Horas: «In manus tuas,
Domine, commendo spiritum meum», para prepararnos al
gran misterio del tránsito, de la pascua existencial, cuando
Cristo, gracias a su muerte y resurrección, nos tomará
consigo para ponernos en manos del Padre celestial.
3.
«Yo te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se
las has revelado a gente sencilla. Sí Padre, así te
ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce
al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el
Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar»
(Mt 11, 25-27). Sí, sólo el Hijo conoce al Padre.
Él, que «está en el seno del Padre» —como
escribe san Juan en su Evangelio (1, 18)—, nos ha acercado
este Padre, nos ha hablado de Él, nos ha revelado su rostro,
su corazón. Durante la Última Cena, a la pregunta
del apóstol Felipe: «Muéstranos al Padre»
(Jn 14, 8), responde Cristo: «Hace tanto tiempo que estoy
con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? [...] ¿No
crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?»
(Jn 14, 9-10). Con estas palabras Jesús da testimonio del
misterio trinitario de su generación eterna como Hijo del
Padre, misterio que encierra el secreto más profundo de su
personalidad divina.
El Evangelio es una continua
revelación del Padre. Cuando, a la edad de doce años,
Jesús es encontrado por José y María entre
los doctores en el Templo, a las palabras de su Madre: «Hijo,
¿por qué nos has tratado así?» (Lc 2,
48), responde refiriéndose al Padre: «¿No sabíais
que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,
49). Apenas con doce años, tiene ya la conciencia clara del
significado de su propia vida, del sentido de su misión,
dedicada enteramente desde el primer hasta el último momento
«a la casa del Padre». Esta misión alcanza su
culmen en el Calvario con el sacrificio de la Cruz, aceptado por
Cristo en espíritu de obediencia y de entrega filial: «Padre
mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese
cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú
quieres [...] Hágase tu voluntad» (Mt 26, 39.42). Y
el Padre, a su vez, acoge el sacrificio del Hijo, ya que tanto ha
amado al mundo que le ha dado a su Unigénito, para que el
hombre no muera, sino que tenga la vida eterna (cf. Jn 3, 16). En
efecto, sólo el Hijo no muere (cf. Jn 3, 16). Ciertamente,
sólo el Hijo conoce al Padre y por tanto sólo Él
nos lo puede revelar.
4.
«Per ipsum, et cum ipso, et in ipso...». «Por
Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos».
Unidos espiritualmente y congregados
visiblemente en las iglesias catedrales en este día singular,
damos gracias a Dios por el don del sacerdocio. Damos gracias por
el don de la Eucaristía, que celebramos como presbíteros.
La doxología final del Canon tiene una importancia fundamental
en la celebración eucarística. Expresa en cierto modo
el culmen del Mysterium fidei, del núcleo central
del sacrificio eucarístico, que se realiza en el momento
en que, con la fuerza del Espíritu Santo, llevamos a cabo
la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de
Cristo, como hizo Él mismo por primera vez en el Cenáculo.
Cuando la gran plegaria eucarística llega a su culmen, la
Iglesia, precisamente entonces, en la persona del ministro ordenado,
dirige al Padre estas palabras: «Por Cristo, con él
y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu
Santo, todo honor y toda gloria». Sacrificium laudis!
5.
Después que la asamblea con solemne aclamación ha
respondido «Amén», el celebrante entona el «Padre
nuestro», la oración del Señor. La sucesión
de estos momentos es muy significativa. El Evangelio cuenta de los
Apóstoles que, impresionados por el recogimiento del Maestro
en su coloquio con el Padre, le pidieron: «Señor, enséñanos
a orar» (Lc 11, 1). Entonces, Él pronunció por
primera vez las palabras que serían después la oración
principal y más frecuente de la Iglesia y de todos los cristianos:
el «Padrenuestro». Cuando en la celebración eucarística
hacemos nuestras, como asamblea litúrgica, estas palabras,
cobran una elocuencia particular. Es como si en aquel instante confesásemos
que Cristo nos ha enseñado definitiva y plenamente su oración
al Padre cuando la ha ilustrado con el sacrificio de la Cruz.
Es en el contexto del sacrificio
eucarístico donde el «Padrenuestro», recitado
por la Iglesia, expresa todo su significado. Cada una de sus invocaciones
cobra una especial luz de verdad. En la cruz el nombre del Padre
es «santificado» al máximo y su Reino es realizado
irrevocablemente; en el «consummatum est» su
voluntad llega a su cumplimiento definitivo. ¿No es verdad
que la petición «perdona nuestras ofensas, como también
nosotros perdonamos...», es confirmada plenamente en la palabras
del Crucificado: «Padre, perdónalos porque no saben
lo que hacen» (Lc 23, 34)? Además, la petición
del pan de cada día se hace aún más elocuente
en la Comunión eucarística cuando, bajo la especie
del «pan partido», recibimos el Cuerpo de Cristo. Y
la súplica «no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal», ¿no alcanza su máxima
eficacia en el momento en que la Iglesia ofrece al Padre el precio
supremo de la redención y liberación del mal?
6.
En la Eucaristía el sacerdote se acerca personalmente al
misterio inagotable de Cristo y de su oración al Padre. El
sacerdote puede sumergirse diariamente en este misterio de redención
y de gracia celebrando la santa Misa, que conserva sentido y valor
incluso cuando, por una justa causa, se celebra sin la participación
del pueblo, pero siempre y en todo caso por el pueblo y por el mundo
entero. Precisamente por su vínculo indisoluble con el sacerdocio
de Cristo, el presbítero es el maestro de la oración
y los fieles pueden dirigir legítimamente a él la
misma petición hecha un día por los discípulos
a Jesús: «Enséñanos a orar».
La liturgia eucarística
es por excelencia escuela de oración cristiana para la comunidad.
De la Misa se derivan múltiples formas de una sana pedagogía
del espíritu. Entre ellas sobresale la adoración del
Santísimo Sacramento, que es una prolongación natural
de la celebración. Gracias a ella, los fieles pueden hacer
una peculiar experiencia de «permanecer» en el amor
de Cristo (cf. Jn 15, 9), entrando cada vez más profundamente
en su relación filial con el Padre.
Es precisamente en esta perspectiva
que exhorto a cada sacerdote a cumplir con confianza y valentía
su cometido de guía de la comunidad en la oración
cristiana auténtica. Es un cometido del cual no le es lícito
abdicar, aunque las dificultades derivadas de la mentalidad secularizada
a veces lo pueden hacer laborioso.
El fuerte impulso misionero
que la Providencia, sobre todo mediante el Concilio Vaticano II,
ha dado a la Iglesia en nuestro tiempo, interpela de manera particular
a los ministros ordenados, llamándolos ante todo a la conversión:
convertirse para convertir o, dicho de otro modo, vivir intensamente
la experiencia de hijos de Dios para que cada bautizado descubra
la dignidad y la alegría de pertenecer al Padre celestial.
7.
En el día del Jueves Santo renovaremos, queridos hermanos,
las promesas sacerdotales. Con ello deseamos, en cierto modo, que
Cristo nos abrace nuevamente con su santo sacerdocio, con su sacrificio,
con su agonía en Getsemaní y muerte en el Gólgota,
y con su resurrección gloriosa. Siguiendo, por así
decir, las huellas de Cristo en todos estos acontecimientos de salvación,
descubrimos su total apertura al Padre. Y es por esto que en cada
Eucaristía se renueva de alguna manera la petición
del apóstol Felipe en el cenáculo: «Señor,
muéstranos al Padre», y cada vez Cristo, en el Mysterium
fidei, parece responder así: «Hace tanto tiempo
que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? [...] ¿No
crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?»
(Jn 14, 9-10).
En este Jueves Santo, queridos
sacerdotes del mundo entero, recordando la unción crismal
recibida el día de la Ordenación, proclamaremos concordes
con sentimiento de renovado reconocimiento:
Per ipsum, et cum ipso, et in ipso,
est tibi Deo Patri omnipotenti,
in unitate Spiritus Sancti,
omnis honor et gloria
per omnia saecula saeculorum. Amen!
Vaticano, 14 de marzo, IV Domingo de Cuaresma,
del año 1999, vigésimo primero de mi Pontificado.
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