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Queridos
hermanos en el sacerdocio
Con la mente y el corazón puestos en el Gran
Jubileo, celebración solemne del bimilenario del nacimiento
de Cristo y comienzo del tercer milenio cristiano, deseo invocar
con vosotros al Espíritu del Señor, a quien está
dedicada particularmente la segunda etapa del itinerario espiritual
de la preparación inmediata al Año Santo del 2000.
Dóciles a sus suaves inspiraciones, nos disponemos
a vivir con una participación intensa este tiempo favorable,
implorando del Dador de los dones las gracias necesarias para discernir
los signos de salvación y responder con plena fidelidad a
la llamada de Dios.
Nuestro sacerdocio está íntimamente
unido al Espíritu Santo y a su misión. En el día
de la ordenación presbiteral, en virtud de una singular efusión
del Paráclito, el Resucitado ha renovado en cada uno de nosotros
lo que realizó con sus discípulos en la tarde de la
Pascua, y nos ha constituido en continuadores de su misión
en el mundo (cf. Jn 20,21-23). Este don del Espíritu, con
su misteriosa fuerza santificadora, es fuente y raíz de la
especial tarea de evangelización y santificación que
se nos ha confiado.
El Jueves Santo, día en que conmemoramos
la Cena del Señor, presenta ante nuestros ojos a Jesús,
Siervo «obediente hasta la muerte» (Fil 2,8), que instituye
la Eucaristía y el Orden sagrado como particulares signos
de su amor. Él nos deja este extraordinario testamento de
amor para que se perpetúe en todo tiempo y lugar el misterio
de su Cuerpo y de su Sangre y los hombres puedan acercarse a la
fuente inextinguible de la gracia. ¿Existe acaso para nosotros,
los sacerdotes, un momento más oportuno y sugestivo que éste
para contemplar la obra del Espíritu Santo en nosotros y
para implorar sus dones con el fin de conformarnos cada vez más
con Cristo, Sacerdote de la Nueva Alianza?
1. El Espíritu Santo creador y santificador
Veni Creator Spiritus,
Mentes tuorum visita,
Imple superna gratia,
Quae tu creasti pectora.
Ven, Espíritu creador,
visita las almas de tus fieles
y llena de la divina gracia
los corazones que Tú mismo creaste.
Este antiguo canto litúrgico recuerda a cada
sacerdote el día de su ordenación, evocando los propósitos
de plena disponibilidad a la acción del Espíritu Santo
formulados en circunstancia tan singular. Le recuerda asimismo la
especial asistencia del Paráclito y tantos momentos de gracia,
de alegría y de intimidad, que el Señor le ha hecho
gustar a lo largo de su vida.
La
Iglesia, que en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano proclama
su fe en el Espíritu Santo «Señor y dador de
vida», presenta claramente el papel que Él desempeña
acompañando los acontecimientos humanos y, de manera particular,
los de los discípulos del Señor en camino hacia la
salvación.
Él es el Espíritu creador, que la
Escritura presenta en los inicios de la historia humana, cuando
«aleteaba por encima de las aguas» (Gn 1,2), y en el
comienzo de la redención, como artífice de la Encarnación
del Verbo de Dios (cf. Mt 1,20; Lc 1,35).
De la misma naturaleza del Padre y del Hijo, Él
es «en el misterio absoluto de Dios uno y trino, la Persona-amor,
el don increado, fuente eterna de toda dádiva que proviene
de Dios en el orden de la creación, el principio directo
y, en cierto modo, el sujeto de la autocomunicación de Dios
en el orden de la gracia. El misterio de la Encarnación constituye
el culmen de esta dádiva y de esta autocomunicación
divina» (Dominum et vivificantem, 50).
El Espíritu Santo orienta la vida terrena
de Jesús hacia el Padre. Merced a su misteriosa intervención,
el Hijo de Dios fue concebido en el seno de la Virgen María
(cf. Lc 1,35) y se hizo hombre. Es también el Espíritu
el que, descendiendo sobre Jesús en forma de paloma durante
su bautismo en el Jordán, le manifiesta como Hijo del Padre
(cf. Lc 3,21-22) y, acto seguido, le conduce al desierto (cf. Lc
4,1). Tras la victoria sobre las tentaciones, Jesús da comienzo
a su misión «por la fuerza del Espíritu»
(Lc 4, 14), en Él se llena de gozo y bendice al Padre por
su bondadoso designio (cf. Lc 10,21) y con su fuerza expulsa los
demonios (cf. Mt 12,28; Lc 11,20). En el momento dramático
de la cruz se ofrece a sí mismo «por el Espíritu
eterno» (Hb 9,14), por el cual es resucitado después
(cf. Rm 8,11) y «constituido Hijo de Dios con poder»
(Rm 1,4).
En la tarde de Pascua, Jesús resucitado dice
a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo: «Recibid
el Espíritu Santo» (Jn 29,22) y, tras haberles prometido
una nueva efusión, les confía la salvación
de los hermanos, enviándolos por los caminos del mundo: «Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20).
La presencia de Cristo en la Iglesia de todos los
tiempos y lugares se hace viva y eficaz en los creyentes por obra
del Consolador (cf. Jn 14,26). El Espíritu es «también
para nuestra época el agente principal de la nueva evangelización...
construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara
su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres
en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana
las semillas de la salvación definitiva que se dará
al final de los tiempos» (Tertio millennio adveniente,
45).
2. Eucaristía y Orden, frutos del Espíritu
Qui diceris Paraclitus,
Altissimi donum Dei,
Fons vivus, ignis, caritas
et spiritalis unctio.
Tú eres nuestro Consolador,
Don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.
Con estas palabras la Iglesia invoca al Espíritu
Santo como «spiritalis unctio», espiritual
unción. Por medio de la unción del Espíritu
en el seno inmaculado de María, el Padre ha consagrado a
Cristo como sumo y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, el cual
ha querido compartir su sacerdocio con nosotros, llamándonos
a ser su prolongación en la historia para la salvación
de los hermanos.
El Jueves Santo, «Feria quinta in Coena
Domini», los sacerdotes estamos invitados a dar gracias
con toda la comunidad de los creyentes por el don de la Eucaristía
y a ser cada vez más conscientes de la gracia de nuestra
especial vocación. Asimismo, nos sentimos impulsados a confiarnos
a la acción del Espíritu Santo, con corazón
joven y plena disponibilidad, dejando que Él nos conforme
cada día con Cristo Sacerdote.
El Evangelio de san Juan, con palabras llenas de
ternura y misterio, nos cuenta el relato de aquel primer Jueves
Santo, en el cual el Señor, estando a la mesa con sus discípulos
en el Cenáculo, «habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el extremo» (13,1). ¡Hasta
el extremo!: hasta la institución de la Eucaristía,
anticipación del Viernes Santo, del sacrificio de la cruz
y de todo el misterio pascual. Durante la Última Cena, Cristo
toma el pan con sus manos y pronuncia las primeras palabras de la
consagración: «Esto es mi Cuerpo que será entregado
por vosotros». Inmediatamente después pronuncia sobre
el cáliz lleno de vino las siguientes palabras de la consagración:
«Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la
alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y
por todos los hombres para el perdón de los pecados»;
y añade a continuación: «Haced esto en conmemoración
mía». Se realiza así en el Cenáculo,
de manera incruenta, el Sacrificio de la Nueva Alianza que tendrá
lugar con sangre al día siguiente, cuando Cristo dirá
desde la cruz: «Consummatum est», «¡Todo
está cumplido! » (Jn 19,30).
Este Sacrificio ofrecido una vez por todas en el
Calvario es confiado a los Apóstoles, en virtud del Espíritu
Santo, como el Santísimo Sacramento de la Iglesia. Para impetrar
la intervención misteriosa del Espíritu, la Iglesia,
antes de las palabras de la consagración, implora: «Por
eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu
estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo
y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos
mandó celebrar estos misterios» (Plegaria Eucarística
III). En efecto, sin la potencia del Espíritu divino,
¿cómo podrían unos labios humanos hacer que
el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor
hasta el fin de los tiempos? Solamente por el poder del Espíritu
divino puede la Iglesia confesar incesantemente el gran misterio
de la fe: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección.
¡Ven Señor Jesús! ».
La Eucaristía y el Orden son frutos del mismo
Espíritu: «Al igual que en la Santa Misa el Espíritu
Santo es el autor de la transubstanciación del pan y del
vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el sacramento
del Orden es el artífice de la consagración sacerdotal
o episcopal» (Don y Misterio, p. 59).
3. Los dones del Espíritu Santo
Tu septiformis munere
Digitus paternae dexterae
Tu rite promissum Patris
Sermone ditans guttura.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.
¿Cómo no dedicar una reflexión
particular a los dones del Espíritu Santo, que la tradición
de la Iglesia, siguiendo las fuentes bíblicas y patrísticas,
denomina «sacro Septenario»? Esta doctrina ha sido estudiada
con atención por la teología escolástica, ilustrando
ampliamente su significado y características.
«Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu
de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4,6).
«En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu
de Dios son hijos de Dios... El Espíritu mismo se une a nuestro
espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios»
(Rm 8,14.16). Las palabras del apóstol Pablo nos recuerdan
que la gracia santificante («gratia gratum faciens»)
es un don fundamental del Espíritu, con la cual se reciben
las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, y todas las virtudes
infusas («virtutes infusae»), que capacitan
para obrar bajo el influjo del mismo Espíritu. En el alma,
iluminada por la gracia celestial, esta capacitación sobrenatural
se completa con los dones del Espíritu Santo. Estos se diferencian
de los carismas, que son concedidos para el bien de los demás,
porque se ordenan a la santificación y perfección
de la persona y, por tanto, se ofrecen a todos.
Sus nombres son conocidos. Los menciona el profeta
Isaías trazando la figura del futuro Mesías: «Reposará
sobre él el espíritu del Señor: espíritu
de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y
fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.
Y le inspirará en el temor del Señor» (11, 2-3).
El número de los dones será fijado en siete por la
versión de los Setenta y la Vulgata, que incorporan la piedad,
eliminando del texto de Isaías la repetición del temor
de Dios.
Ya san Ireneo recuerda el «Septenario»
y añade: «Dios ha dado este Espíritu a la Iglesia,
(...) enviando el Paráclito sobre toda la tierra» (Adv.
haereses III, 17, 3). San Gregorio Magno, por su parte, ilustra
la dinámica sobrenatural introducida por el Espíritu
en el alma, enumerando los dones en orden inverso: «Mediante
el temor nos elevamos a la piedad, de la piedad a la ciencia, de
la ciencia obtenemos la fuerza, de la fuerza el consejo, con el
consejo progresamos hacia la inteligencia y con la inteligencia
hacia la sabiduría, de tal modo que, por la gracia septiforme
del Espíritu, se nos abre al final de la ascensión
el ingreso a la vida celeste» (Hom. in Hezech. II,
7, 7).
Los dones del Espíritu Santo -comenta el
Catecismo de la Iglesia Católica-, al ser una especial sensibilización
del alma humana y de sus facultades a la acción del Paráclito,
«completan y llevan a su perfección las virtudes de
quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer
con prontitud a las inspiraciones divinas» (n. 1831). Por
tanto, la vida moral de los cristianos está sostenida por
esas «disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil
para seguir los impulsos del Espíritu Santo» (ibíd.,
n. 1830). Con ellos llega a la madurez la vida sobrenatural que,
por medio de la gracia, crece en todo hombre. Los dones, en efecto,
se adaptan admirablemente a nuestras disposiciones espirituales,
perfeccionándolas y abriéndolas de manera particular
a la acción de Dios mismo.
4. Influjo de los dones del Espíritu Santo
sobre el hombre
Accende lumen sensibus
Infunde amorem cordibus;
Infirma nostri corporis
Virtute firmans perpeti.
Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne.
Por medio del Espíritu, Dios entra en intimidad
con la persona y penetra cada vez más en mundo humano: «Dios
uno y trino, que en sí mismo "existe" como realidad
trascendente de don interpersonal al comunicarse por el Espíritu
Santo como don al hombre, transforma el mundo humano desde dentro,
desde el interior de los corazones y de las conciencias» (Dominum
et vivificantem, 59).
En la gran tradición escolástica,
esta verdad lleva a privilegiar la acción del Espíritu
en las vicisitudes humanas y a resaltar la iniciativa salvífica
de Dios en la vida moral: aunque sin anular nuestra personalidad
ni privarnos de la libertad, Él nos salva más allá
de nuestras aspiraciones y proyectos. Los dones del Espíritu
Santo siguen esta lógica, siendo «perfecciones del
hombre que lo disponen a seguir prontamente la moción divina
» (S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II,
q. 68, a. 2).
Con los siete dones se da al creyente la posibilidad
de una relación personal e íntima con el Padre, en
la libertad que es propia de los hijos de Dios. Es lo que subraya
santo Tomás, poniendo de relieve cómo el Espíritu
Santo nos induce a obrar no por fuerza sino por amor: «Los
Hijos de Dios -afirma él- son movidos por el Espíritu
Santo libremente, por amor, no en forma servil, por temor»
(Contra gentiles IV, 22). El Espíritu convierte
las acciones del cristiano en «deiformes», esto es,
en sintonía con el modo de pensar, de amar y de actuar divinos,
de tal modo que el creyente llega a ser signo reconocible de la
Santísima Trinidad en el mundo. Sostenido por la amistad
del Paráclito, por la luz del Verbo y por el amor del Padre,
puede proponerse con audacia imitar la perfección divina
(cf. Mt 5,48).
El Espíritu actúa en dos ámbitos,
como recordaba mi venerado predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI:
«El primer campo es el de cada una de las almas... nuestro
yo: en esa profunda celda de la propia existencia, misteriosa incluso
para nosotros mismos, entra el soplo del Espíritu Santo.
Se difunde en el alma con el primer y gran carisma que llamamos
gracia, que es como una nueva vida, y rápidamente la habilita
para realizar actos que superan su actividad natural». El
segundo campo «en que se difunde la virtud de Pentecostés»
es «el cuerpo visible de la Iglesia... Ciertamente «Spiritus
ubi vult spirat» (Jn 3,8), pero en la economía
establecida por Cristo, el Espíritu recorre el canal del
ministerio apostólico». En virtud de este ministerio
a los sacerdotes se les da la potestad de trasmitir el Espíritu
a los fieles «por medio del anuncio autorizado y garantizado
de la Palabra de Dios, en la guía del pueblo cristiano y
en la distribución de los sacramentos (cf. 1 Cor 4,1), fuente
de la gracia, es decir, de la acción santificante del Paráclito»
(Homilía en la fiesta de Pentecostés, 25
de mayo 1969).
5. Los dones del Espíritu en la vida del
sacerdote
Hostem repellas longius
Pacemque dones protinus:
Ductore sic te praevio
Vitemus omne noxium.
Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé Tú mismo nuestro guía y,
puestos bajo tu dirección,
evitaremos todo lo nocivo.
El Espíritu Santo restablece en el corazón
humano la plena armonía con Dios y, asegurándole la
victoria sobre el Maligno, lo abre a la dimensión universal
del amor divino. De este modo hace pasar al hombre del amor de sí
mismo al amor de la Trinidad, introduciéndole en la experiencia
de la libertad interior y de la paz, y encaminándole a vivir
toda su existencia como un don. Con el «sacro Septenario»
el Espíritu guía de este modo al bautizado hacia la
plena configuración con Cristo y la total sintonía
con las perspectivas del Reino de Dios.
Si éste es el camino hacia el que el Espíritu
encauza suavemente a todo bautizado, dispensa también una
atención especial a los que han sido revestidos del Orden
sagrado para que puedan cumplir adecuadamente su exigente ministerio.
Así, con el don de la «sabiduría», el
Espíritu conduce al sacerdote a valorar cada cosa a la luz
del Evangelio, ayudándole a leer en los acontecimientos de
su propia vida y de la Iglesia el misterioso y amoroso designio
del Padre; con el don de la «inteligencia», favorece
en él una mayor profundización en la verdad revelada,
impulsándolo a proclamar con fuerza y convicción el
gozoso anuncio de la salvación; con el «consejo»,
el Espíritu ilumina al ministro de Cristo para que sepa orientar
su propia conducta según la Providencia, sin dejarse condicionar
por los juicios del mundo; con el don de la «fortaleza»
lo sostiene en las dificultades del ministerio, infundiéndole
la necesaria «parresía» en el anuncio del Evangelio
(cf. Hch 4, 29.31); con el don de la «ciencia», lo dispone
a comprender y aceptar la relación, a veces misteriosa, de
las causas segundas con la causa primera en la realidad cósmica;
con el don de «piedad», reaviva en él la relación
de unión íntima con Dios y la actitud de abandono
confiado en su providencia; finalmente, con el «temor de Dios»,
el último en la jerarquía de los dones, el Espíritu
consolida en el sacerdote la conciencia de la propia fragilidad
humana y del papel indispensable de la gracia divina, puesto que
«ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que
hace crecer» (l Co 3,7).
6. El Espíritu introduce en la vida trinitaria
Per te sciamus da Patrem
Nosscamus atque Filium,
Teque utriusque Spiritum
Credamus omni tempore.
Por Ti conozcamos al Padre,
y también al Hijo;
y que en Ti, espíritu de entrambos,
creamos en todo tiempo.
¡Qué sugestivo es imaginar estas palabras
en los labios del sacerdote que, junto con los fieles confiados
a su cura pastoral, camina al encuentro con su Señor! Suspira
llegar con ellos al verdadero conocimiento del Padre y del Hijo,
y pasar así de la experiencia de la obra del Paráclito
en la historia «per speculum in aenigmate»
(1Co 13,12) a la contemplación «facie ad faciem»
(ibid.) de la viva y palpitante Realidad trinitaria. Él es
muy consciente de emprender «una larga travesía con
pequeñas barcas» y de volar hacia el cielo «con
alas cortas» (S. Gregorio Nacianceno, Poemas teológicos,
1); pero sabe también que puede contar con Aquel que ha tenido
la misión de enseñar todas las cosas a los discípulos
(cf. Jn 14,26).
Al haber aprendido a leer los signos del amor de
Dios en su historia personal, el sacerdote, a medida que se acerca
la hora del encuentro supremo con el Señor, hace cada vez
más intensa y apremiante su oración, en el deseo de
conformarse con fe madura a la voluntad del Padre, del Hijo y del
Espíritu.
El Paráclito «escalera de nuestra elevación
a Dios» (S. Ireneo, Adv. Haer. III, 24, 1), lo atrae
hacia el Padre, poniéndole en el corazón el deseo
ardiente de ver su rostro. Le hace conocer todo lo que se refiere
al Hijo, atrayéndolo a Él con creciente nostalgia.
Lo ilumina sobre el misterio de su misma Persona, llevándole
a percibir su presencia en el propio corazón de la historia.
De este modo, entre las alegrías y los afanes,
los sufrimientos y las esperanzas del ministerio, el sacerdote aprende
a confiar en la victoria final del amor, gracias a la acción
indefectible del Paráclito que, a pesar de los límites
de los hombres y de las instituciones, lleva a la Iglesia a vivir
el misterio de la unidad y de la verdad. En consecuencia, el sacerdote
sabe que puede confiar en la fuerza de la Palabra de Dios, que supera
cualquier palabra humana, y en el poder de la gracia, que vence
sobre el pecado y las limitaciones propias de los hombres. Todo
esto lo hace fuerte, no obstante la fragilidad humana, en el momento
de la prueba, y dispuesto para volver con el corazón al Cenáculo,
donde, perseverando en la oración, junto con María
y los hermanos, puede encontrar de nuevo el entusiasmo necesario
para reanudar la fatiga del servicio apostólico.
7. Postrados en presencia del Espíritu
Deo Patri sit gloria,
Et Filio, qui a mortuis
Surrexit, ac Paraclito,
In saeculorum saecula. Amen.
Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos infinitos. Amén.
Mientras meditamos hoy, Jueves Santo, sobre el nacimiento
de nuestro sacerdocio, vuelve a la mente de cada uno de nosotros
el momento litúrgico tan sugestivo de la postración
en el suelo el día de nuestra ordenación presbiteral.
Ese gesto de profunda humildad y de sumisa apertura fue profundamente
oportuno para predisponer nuestro ánimo a la imposición
sacramental de las manos, por medio de la cual el Espíritu
Santo entró en nosotros para llevar a cabo su obra. Después
de habernos incorporado, nos arrodillamos delante del Obispo para
ser ordenados presbíteros y después recibimos de él
la unción de las manos para la celebración del Santo
Sacrificio, mientras la asamblea cantaba: «agua viva, fuego,
amor, santo ungüento del alma».
Estos gestos simbólicos, que indican la presencia
y la acción del Espíritu Santo, nos invitan a consolidar
en nosotros sus dones, reviviendo cada día aquella experiencia.
En efecto, es importante que Él continúe actuando
en nosotros y que nosotros caminemos bajo su influjo. Más
aún, que sea Él mismo quien actúe a través
de nosotros. Cuando acecha la tentación y decaen las fuerzas
humanas es el momento de invocar con más ardor al Espíritu
para que venga en ayuda de nuestra debilidad y nos permita ser prudentes
y fuertes como Dios quiere.
Es necesario mantener el corazón constantemente
abierto a esta acción que eleva y ennoblece las fuerzas del
hombre, y confiere la hondura espiritual que introduce en el conocimiento
y el amor del misterio inefable de Dios.
Queridos hermanos en el sacerdocio: la solemne invocación
del Espíritu Santo y el gesto sugestivo de humildad realizado
durante la ordenación sacerdotal, han hecho resonar también
en nuestra vida el «fiat» de la Anunciación.
En el silencio de Nazaret, María se hace disponible para
siempre a la voluntad del Señor y, por obra del Espíritu
Santo, concibe a Cristo, salvador del mundo. Esta obediencia inicial
recorre toda su existencia y culmina al pie de la Cruz.
El sacerdote está llamado a confrontar constantemente
su «fiat» con el de María, dejándose,
como Ella, conducir por el Espíritu. La Virgen lo sostendrá
en sus opciones de pobreza evangélica y lo hará disponible
a la escucha humilde y sincera de los hermanos, para percibir en
sus dramas y en sus aspiraciones los «gemidos del Espíritu»
(cf. Rom 8,26); le hará capaz de servirlos con una clarividente
discreción, para educarlos en los valores evangélicos;
hará de él una persona dedicada a buscar con solicitud
«las cosas de arriba» (Col 3,1), para ser así
un testigo convincente de la primacía de Dios.
La Virgen le ayudará a acoger el don de la
castidad como expresión de un amor más grande, que
el Espíritu suscita para engendrar a la vida divina una multitud
de hermanos. Ella le conducirá por los caminos de la obediencia
evangélica, para que se deje guiar por el Paráclito,
más allá de los propios proyectos, hacia la total
adhesión a los designios de Dios.
Acompañado por María, el sacerdote
sabrá renovar cada día su consagración hasta
que, bajo la guía del mismo Espíritu, invocado confiadamente
durante el itinerario humano y sacerdotal, entre en el océano
de luz de la Trinidad.
Invoco sobre todos vosotros, por intercesión
de María, Madre de los sacerdotes, una especial efusión
del Espíritu de amor.
¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven a hacer
fecundo nuestro servicio a Dios y a los hermanos!
Con renovado afecto e implorando todas las consolaciones
divinas en vuestro ministerio, de corazón os imparto a todos
vosotros una especial Bendición Apostólica.
Vaticano, 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación
del Señor, del año 1998, vigésimo de mi Pontificado.
Joannes Paulus II
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