| Autor:
Julio de la Vega-Hazas |
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Artículo relacionado: Decálogo
para una campaña sobre la homosexualidad.
1. Como
sucede con cualquier problema, es evidente que es mejor prevenir
que curar. Y aunque la prevención no consigue eliminar
toda posibilidad de que pueda aflorar la homosexualidad en un hijo
(se entiende en este artículo “hijo” de modo
genérico: puede tratarse de un hijo o una hija, siendo lo
primero lo más frecuente), sería un error grave pensar
que no puede hacerse nada para prevenir. También lo sería
suponer que el descuido de las medidas de prevención propiciaría
necesariamente el afloramiento de la homosexualidad. Se trata de
factores de riesgo, pero de una gran incidencia, de forma que cuando
se consigue el clima familiar idóneo es mucho menos probable
que se dé la desviación aquí contemplada. Hay
que tener en cuenta que la homosexualidad se origina como una alteración
en el desarrollo de la personalidad de quien la padece, por lo que
tiene una importancia de primer orden procurar un clima que favorezca
el normal desarrollo del hijo.
Prevención
2. Se
señalan a continuación varios rasgos
que configuran un ambiente familiar propicio, cuyo descuido tiene
particular incidencia en la aparición de la homosexualidad.
La relación se refiere solamente a familias normalmente constituidas:
a)
La participación del padre en la educación
y desarrollo de los hijos: debe estar presente y ser accesible
a sus hijos. Si no lo hace, la madre debe intentar su implicación,
no siendo buena solución que ella intente suplantar la
figura paterna.
b)
Evitar, por parte de la madre, actitudes posesivas o
sobreproteccionistas. Más aún se debe evitar el
que la madre recurra a volcar su afecto en los hijos o en alguno
de ellos, incluso haciéndole partícipe de sus insatisfacciones,
si no encuentra en su esposo el cariño que busca.
c)
La aceptación de cada hijo, de forma que los hijos
sean conscientes de ello. Hay que distinguir entre la búsqueda
de la excelencia en cada hijo, estimulando la consecución
de metas altas, de una actitud constante de desaprobación
por no conseguirlas, de forma que el hijo se pueda sentir rechazado.
d)
La creación de un clima de confianza, que facilite
el que los hijos puedan contar sus preocupaciones y las incidencias
de su vida, incluso cuando no se han portado bien, de forma que
se les escuche y se les responda con serenidad, sin manifiestas
actitudes de nerviosismo, alarmismo, preocupación visible,
y menos aún de riña o rechazo. A la vez, se ha de
reaccionar enseñando a los hijos a resolver sus problemas,
no asumiendo los padres la resolución de los mismos.
e)
La existencia de una auténtica educación sexual,
bien orientada a la vez que realista. Incluye el proporcionar
una adecuada información sobre las inclinaciones homosexuales
y la homosexualidad. Implica también a la vez velar por
un clima sano en el hogar en lo referente a la sexualidad, evitando
que se vean cosas inapropiadas en televisión, Internet,
etc.
f)
Favorecer una relación normal en los hijos con
sus amigos/as. Buena parte de la afirmación de la masculinidad
o la feminidad tiene lugar en las relaciones con chicos/as de
la misma edad, sin que la familia pueda suplir bien este aspecto.
De ahí que una atmósfera familiar muy cerrada en
sí misma no sea recomendable; y sí lo sea, por el
contrario, promover actividades sanas y normales con otros chicos/as,
como la práctica de deportes de equipo.
g)
El recto encauzamiento de los rasgos peculiares de los
hijos que puedan causar extrañeza, como por ejemplo una
sensibilidad exagerada en un chico o una preferencia por gustos
masculinos en una chica. Para educar hay que partir de la aceptación
de la realidad, e ir ayudando a configurar la personalidad de
cada uno, discerniendo bien lo que es un rasgo peculiar de lo
que es una anormalidad. En este sentido, es importante evitar
calificativos o motes despectivos, y en general todo lo que propicie
que el hijo se llegue a sentirse “distinto” e incomprendido.
3.
Conviene que los padres estén atentos, particularmente en
la preadolescencia y la adolescencia, de la aparición de
posibles comportamientos extraños de los
hijos sin aparente explicación, especialmente de los que
les aíslan de su entorno habitual. Conductas como el aislamiento
en un mundo artístico -musical, teatral, etc.- que no comparten
con nadie, la carencia de amigos o la búsqueda de amigos
en entornos distintos a los que frecuenta habitualmente y de los
que no se habla en casa, con más motivo si van acompañados
de la resistencia a adoptar algunos de los rasgos propios del género
-en sí mismos de importancia secundaria-, son lo suficientemente
preocupantes como para que se deba indagar en la causa. A veces,
se pueden intentar disfrazar con una desmedida aplicación
a los estudios, pero ese sentido de responsabilidad en su trabajo
no suprime el que se deba buscar la explicación a esas conductas:
hay que buscar el desarrollo integral de los hijos, no sólo
que triunfen en su actividad profesional. Saliendo al paso de esas
anormalidades se consigue muchas veces evitar daños en los
hijos, siendo la homosexualidad una de las posibilidades en las
que pueden desembocar.
Adolescencia y falsa homosexualidad
4. Ante
una hipotética revelación de la homosexualidad de
un hijo, es muy relevante la edad. Si se trata
de un adolescente, se debe discernir bien la situación, distinguiendo
una homosexualidad propiamente dicha de lo que no va más
allá de una inmadurez y una falta de asentamiento de la personalidad
en el desarrollo de la personalidad, y de la sexualidad en particular.
En la adolescencia, particularmente en los varones, suele darse
una cierta indeterminación sexual, de forma que el chico
puede sentirse atraído por chicos además de por chicas.
Si a eso se une un carácter tímido, y más todavía
si ha tenido algún escarceo homosexual en alguna ocasión,
es fácil que piense que es homosexual –puede que en
ocasiones influya en ello el haber acudido a páginas web
intentando aclarar su situación-, o que tenga dudas sobre
ello, y no lo es, aunque podría llegar a serlo si se deja
llevar por esa impresión.
Es menos frecuente una situación semejante
con las chicas, aunque podría ocurrir. Si confluyen una timidez
que se cree insuperable en el trato con chicos (asociada normalmente
a una percepción negativa del propio cuerpo), el haber tenido
en el pasado -a veces, en edad infantil- algún escarceo impúdico
con alguna amiga, y la polarización de la amistad con una
sola amiga, puede dar como resultado una especie de enamoramiento
con esta última. Pero, al igual que en el caso anterior,
no se trata de una auténtica homosexualidad.
5. No
es fácil conseguir la confidencia de un hijo adolescente
sobre este tipo de cosas. De hecho, es más fácil que
la tenga con un tutor/a o un director espiritual, lo que constituye
una razón más de conveniencia de una buena
tutoría o dirección espiritual. Los padres
deben conformarse con esa situación, sin pretender erigirse
en directores espirituales del chico o la chica; en cambio, sí
que conviene comunicar a estas personas lo que consideren relevante
sobre la personalidad del chico o la chica. Menos procedente todavía
es intentar enterarse de la intimidad del hijo hurgando furtivamente
en ella -por ejemplo, leyendo furtivamente sus agendas-. Sin embargo,
explicar por anticipado las posibles dificultades en su desarrollo
facilita mucho que pueda darse esta confidencia, puesto que proporcionan
al hijo adolescente la certeza de ser comprendido. En estos casos
el problema se soluciona casi siempre con medios ordinarios, ayudando
al desarrollo normal de la personalidad, y apoyando la autoestima
del adolescente. Suele ser conveniente además que se integre
en alguna pandilla de chicos y chicas, pues aproximarse al sexo
contrario y aprender a valorarlo ayuda bastante.
Reacción ante la declaración de homosexualidad
6. No
obstante, lo más frecuente es que un hijo, si tiene un problema
relacionado con la homosexualidad, lo manifieste a los padres más
tarde, cuando ya está convencido de su condición de
homosexual -y probablemente sea verdad-, y ya ha tenido alguna experiencia
homosexual o al menos ha tenido contactos con personas o ambientes
homosexuales; a veces, cuando ya están emparejados con alguien
de su sexo. Esa declaración suele ir unida a la exigencia
de que acepten su condición, lo cual esconde un equívoco:
una cosa es aceptar al hijo -con todos los problemas que
pueda tener-, y otra bien distinta es aceptar esa situación
como si no tuviera remedio y hubiera que darla por buena. En todo
caso, sea cual sea la situación, es imprescindible reaccionar
con serenidad. Una reacción ruidosa y trágica,
con el mensaje de que la desgracia o el oprobio han entrado en el
hogar, sólo propicia el alejamiento del hijo, el cual a partir
de ese momento desconectará con sus padres. Y una vez pasado
el desconcierto inicial, hay que evitar dos tipos de actitudes:
a)
Por parte del padre, un rechazo al hijo, propio de quien
no acepta la situación, manifestado en el mal humor y la
falta de trato con el hijo o siendo cortante en el poco que puede
haber.
b)
Por parte de la madre, una actitud de comprensión
-lo que está bien- que de hecho se traduzca en un apoyo
a lo que el hijo entiende que es vivir conforme a su condición
-lo cual es equivocado-. Hay que tener en cuenta que a eso se
llega, aun sin proponérselo, cuando la madre evita decir
cualquier cosa que pueda exasperar al hijo, con el fin de conservar
su contacto y afecto, y mantiene una actitud fundamentalmente
de compasión.
7.
Como sucede con cualquier situación conflictiva, el criterio
general es el que da San Pablo en la Carta a los Efesios (4, 15):
veritatem autem facientes in caritate; o sea, armonizar
verdad y caridad. La primera sin
la segunda acaba siendo injusta; la segunda sin la primera acaba
siendo sentimental, sin que en ninguno de los dos casos se busque
el auténtico bien del hijo -más bien se agrava la
situación-. En este sentido, la primera verdad de la que
hay que estar firmemente convencido, por mucha presión en
sentido contrario que haya en la sociedad, es la naturaleza misma
de la homosexualidad: no puede verse nunca como una sexualidad alternativa
o simplemente distinta. Tampoco es en sí misma una perversión.
Es un trastorno de personalidad, concerniente a la sexualidad (incluye
una variedad de posibles estados: por eso, los estudios serios sobre
el tema tienden a señalar que, más que “homosexualidad”,
hay “homosexualidades”), aunque afecta también
a otros rasgos de la personalidad. Si uno de los cónyuges
no está convencido de esto, es de sentido común que
el otro trate que lo entienda. A este fin, puede ser muy útil
la lectura de la Carta sobre la atención pastoral a las
personas homosexuales, de la Congregación para la Doctrina
de la Fe.
8.
Este enfoque correcto sobre la situación es el que hay que
intentar transmitir al hijo, aunque se encuentre por parte de éste
una resistencia a admitirlo. De todas formas, se debe evitar hablar
sin escuchar. Conviene intentar ganar la confianza del hijo
pidiéndole que cuente sobre su vida, y explicar las cosas
con serenidad y en el momento y forma oportunos. Si apenas se sabe
nada sobre la homosexualidad, es prudente enterarse bien
antes de hablar con el hijo. Esto es importante, porque hay que
insistir en desmontar unas expectativas, promovidas por algunas
organizaciones de homosexuales, que son falsas: son las que dibujan
una vida feliz a partir de aceptar como definitiva su condición
y vivir conforme a ella, con un amor estable y una vida satisfactoria
que nada tiene que envidiar a la de un heterosexual que vive felizmente
su matrimonio; y, por el contrario, que el intento de represión
de su homosexualidad sólo conseguirá una personalidad
reprimida, insatisfecha e infeliz. La realidad se parece más
a lo contrario; una vida abandonada a una homosexualidad activa
deriva en una vida marcada por la inestabilidad, la sordidez, la
promiscuidad, la falta de un amor auténtico, la angustia
y la infelicidad. Conocer esto y saber explicarlo es necesario,
ya que una conversación en la que el único argumento
es el moral -que la actividad homosexual es pecado-, puede producir
fácilmente la sensación de incomprendido en el hijo,
y un erróneo entendimiento de lo que es la moral católica:
si es pecado es porque se trata de un mal, no se considera un mal
por ser declarado pecado.
9.
En estas conversaciones, es también muy conveniente no polarizarse
en la condición de homosexual, y hacer ver al hijo que tampoco
él debe polarizarse, y sí en cambio reconocer que
tiene otros problemas interiores sin resolver. Por eso,
en la medida en que se pueda, se debe tratar de evitar que el hijo
se ponga en contacto con activistas u organizaciones de activistas
homosexuales -sea acudiendo personalmente, o bien sea a través
de internet-, o vaya a intentar conseguir amistades en lugares frecuentados
por homosexuales, aunque en principio sólo trate de buscar
en ellos un ambiente que no le haga sufrir, ya que puede sentirse
herido por los comentarios despectivos hacia los homosexuales en
su ambiente habitual. Sería indudablemente un remedio peor
que la enfermedad. Si ya ha contactado o se ha integrado en una
de esas organizaciones, la decisión de alejarse será
la primera que deberá tomar si acepta la terapia que deberá
aplicarse.
Terapia adecuada
10.
Es necesario convencerse y convencer de que es falsa la idea de
que la homosexualidad es algo constitutivo e irreversible. Su origen
es complejo, pero puede decirse, de forma simplificada, que lo más
frecuente es que sea debida a la unión de una cierta
propensión con una serie de factores,
tanto personales como ambientales. Eso permite que el trastorno
se pueda tratar y curar. Es conveniente saber que si se ponen los
medios adecuados, se puede remediar un alto porcentaje
de casos de homosexualidad, más alto cuanto menor sea la
edad y mayor la rapidez en acudir a ellos. Pero en todo caso hay
que contar con que el interesado acepte colaborar, por lo que los
padres deben ser constantes en el intento de convencerle de que
lo haga. Se debe acudir a especialistas, que casi siempre serán
psiquiatras –mejor que psicólogos-. Deben ser de conocido
buen criterio, y, en la medida en que sea posible, especialistas
en este tema. Y, por supuesto, se debe evitar acudir a especialistas
que son homosexuales o recomendados por organizaciones homosexuales.
Esto quiere decir que son necesariamente los padres quienes eligen
al especialista, en ningún caso el hijo.
11. Si
acepta el tratamiento, no es sólo el hijo, sino también
los padres quienes deben hablar con el especialista. Y debe asumirse
que probablemente no resulte arduo sólo para el hijo, sino
también para los padres. Para el hijo ya lo es de por sí,
pero con frecuencia se complica al poder haber algún trastorno
asociado más, como las obsesiones compulsivas. Para los padres,
esas conversaciones pueden ser reveladoras de verdades incómodas,
porque pueden salir a la luz comportamientos o actitudes que han
facilitado o quizás propiciado el que su hijo llegue a ese
estado. Por dura que sea, se hace necesario conocer la verdad.
Sin embargo, eso no debe traducirse en una actitud de culpabilidad,
echando sobre sí toda la responsabilidad de lo sucedido.
Se trata más bien de asumir con serenidad la verdad, para
poner el remedio oportuno cuando sea necesario, especialmente en
lo tocante a las relaciones familiares. Por el contrario, una adversidad
de este tipo puede ser ocasión de un refuerzo de su cohesión
matrimonial y familiar, y para una mejora de sus respectivos caracteres.
Debe tenerse en cuenta que si bien es posible que tengan alguna
participación en las causas de lo sucedido, es seguro que
pueden y deben participar en el proceso de recuperación del
hijo.
12.
Si el hijo no acepta el tratamiento, sigue siendo muy conveniente
que los padres acudan al especialista. No se trata de que intenten
suplir ellos lo que éste puede hacer, sino más bien
que encuentren argumentos en la consulta para convencer
al hijo. No consistirán sólo en razonamientos, sino
en la asunción y el reconocimiento de la responsabilidad
que puedan haber tenido en la existencia de carencias afectivas
en el hijo, o de los comportamientos inadecuados que hayan podido
tener con él.
13.
Mientras no se consiga restablecer la normalidad heterosexual con
el tratamiento adecuado, es totalmente inconveniente buscar
una solución en géneros de vida que requieren una
afectividad normal y madura, como pueden ser el matrimonio o el
sacerdocio. Conviene que el sacerdote que aconseja a la familia
conozca la Carta de la Congregación
para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 16 de
mayo de 2002 sobre la idoneidad de ordenar sacerdotes a
hombres con tendencia homosexual.
Homosexualidad y vida interior
14.
Por último, en esto como en todo, hay que insistir en la
importancia de los medios sobrenaturales. En este
sentido, no hay ninguna incompatibilidad entre la condición
de homosexual y la existencia de una auténtica vida interior
de trato con Dios. El hijo en esta situación no debe nunca
considerarse un ser perverso o alguien cuya condición convierte
en falso su trato con Dios. Por el contrario, la consideración
de su condición de hijo de Dios y la vida interior serán
una ayuda inestimable para afrontar una situación difícil,
en la que es necesaria una buena dosis de fuerza de voluntad para
poner los medios que permitan salir de ella. De ahí que se
deba animar a quien se encuentre en esa situación a poner
los medios sobrenaturales –oración en primer lugar,
sacramentos en la medida en que tenga las necesarias disposiciones
para recibirlos-, e intentar ayudarle a que se asiente en una fe
y esperanza auténticas. Ahora bien, la vida interior se falsifica
y se extingue si no se acepta la verdad y no se vive en la verdad,
resultando infructuoso todo intento en contrario.
15.
Estas consideraciones también son válidas, mutatis
mutandis, para los padres. La prueba que deben afrontar constituirá
a la vez una demanda y un estímulo para que tengan vida interior
y traten en su oración a Dios, o la hagan crecer. También
ellos deben necesitan vivir su relación con Dios en la verdad,
que en este caso supondrá en muchos casos, además,
una mejora en su propio conocimiento que necesariamente debe tener
efectos positivos en su trato con Dios y en el ejercicio de las
virtudes humanas y cristianas.
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