|
Queridos
hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos amigos:
1. Me
siento muy contento de poder encontrarme con vosotros con motivo
de la Conferencia Internacional organizada por el Consejo Pontificio
para la Pastoral de la Salud sobre el tema «La depresión».
Doy las gracias al cardenal Javier Lozano Barragán por las
gentiles palabras que me ha dirigido en nombre de los presentes.
Saludo a los ilustres especialistas que han venido
a ofrecer el fruto de sus investigaciones sobre esta patología
con el objetivo de favorecer un conocimiento profundo que permita
mejores tratamientos y una asistencia más idónea a
los interesados y a sus familias.
Al mismo tiempo, manifiesto mi reconocimiento a
quienes se dedican al servicio de los enfermos de depresión,
ayudándoles a conservar la confianza en la vida. Este reconocimiento
se extiende también, por su puesto, a las familias que acompañan
con cariño y delicadeza a su familiar querido.
2.
Vuestras sesiones de trabajo, queridos congresistas, han mostrado
los diferentes aspectos de la depresión en su complejidad:
van desde la enfermedad profunda, más o menos duradera, hasta
un estado pasajero, ligado a acontecimientos difíciles -conflictos
conyugales y familiares, graves problemas laborales, estados de
soledad...-, que comportan una fisura o una ruptura en las relaciones
sociales, profesionales, familiares. La enfermedad es acompañada
con frecuencia por una crisis existencial y espiritual, que lleva
a dejar de percibir el sentido de la vida.
La difusión de los estados depresivos es
preocupante. Se manifiestan fragilidades humanas, psicológicas
y espirituales, que al menos en parte son inducidas por la sociedad.
Es importante ser conscientes de las repercusiones que tienen los
mensajes transmitidos por los medios de comunicación sobre
las personas, al exaltar el consumismo, la satisfacción inmediata
de los deseos, la carrera a un bienestar material cada vez mayor.
Es necesario proponer nuevos caminos para que cada uno pueda construir
la propia personalidad, cultivando la vida espiritual, fundamento
de una existencia madura. La participación entusiasta en
las Jornadas Mundiales de la Juventud demuestra que las nuevas generaciones
buscan a Alguien que pueda iluminar su camino cotidiana, dándoles
razones de vida y ayudándoles a afrontar las dificultades.
3.
Vosotros lo habéis subrayado: la depresión es siempre
una prueba espiritual. El papel de quienes atienden a una persona
deprimida sin una función específicamente terapéutica
consiste sobre todo en ayudarla a recuperar la propia estima, la
confianza en sus capacidades, el interés por el futuro, las
ganas de vivir. Por eso, es importante tender la mano a los enfermos,
hacerles percibir la ternura de Dios, integrarlos en una comunidad
de fe y de vida en la que se sientan acogidos, comprendidos, sostenidos,
en una palabra, dignos de amar y de ser amados. Para ellos, al igual
que para cualquier otra persona, contemplar a Cristo y dejarse «guiar»
por Él es la experiencia que les abre a la esperanza y les
lleva a optar por la vida (Cf. Deuteronomio 30, 19).
En el camino espiritual, la lectura y la meditación
de los Salmos, en los que el autor sagrado expresa en oración
sus alegrías y angustias, puede ser de gran ayuda. El rezo
del Rosario permite encontrar en María una Madre cariñosa
que enseña a vivir en Cristo. La participación en
la Eucaristía es manantial de paz interior, ya sea por la
eficacia de la Palabra y del Pan de Vida ya sea para la integración
en la comunidad eclesial. Si bien a la persona deprimida le cuesta
un gran esfuerzo lo que a los demás parece ser algo sencillo
y espontáneo, es necesario ayudarla con paciencia y delicadeza,
recordando la advertencia de santa Teresa del Niño Jesús:
«Los pequeños dan pasos pequeños».
En su amor infinito, Dios está siempre cerca
de los que sufren. La enfermedad depresiva puede ser un camino para
descubrir otros aspectos de uno mismo y nuevas formas de encuentro
con Dios. Cristo escucha el grito de quienes se encuentran en una
barca a la merced de la tempestad (Cf. Marcos 4, 35-41). Está
presente junto a ellos para ayudarles en la travesía y para
guiarles hacia el puerto de la serenidad recuperada.
4.
El fenómeno de la depresión recuerda a la Iglesia
y a toda la sociedad la importancia de proponer a las personas,
especialmente a los jóvenes, figuras y experiencias que les
ayuden a crecer a nivel humano, psicológico, moral y espiritual.
La ausencia de puntos de referencia contribuye a crear personalidades
más frágiles, llevando a pensar que todos los comportamientos
son iguales. Desde este punto de vista, el papel de la familia,
de la escuela, de los movimientos juveniles, de las asociaciones
parroquiales es muy importante a causa de la repercusión
que tienen en la formación de la personas.
También es significativo el papel de las
instituciones públicas para asegurar condiciones de vida
dignas, en particular, a las personas abandonadas, enfermas, ancianas.
Son igualmente necesarias las políticas para la juventud,
que ofrezcan a las nuevas generaciones motivos de esperanza, preservándolas
del vacío o de otros peligros.
5. Queridos
amigos: alentándoos a renovar vuestro compromiso en un trabajo
tan importante junto a los hermanos y hermanas afectados por la
depresión, os confío a la intercesión de María
Santísima, «Salus infirmorum». Que cada
persona y cada familia pueda sentir su materna ayuda en los momentos
de dificultad. A todos vosotros, a vuestros colaboradores y a vuestros
seres queridos os imparto de corazón la bendición
apostólica.
|