| Autor:
Pedro María Reyes Vizcaíno |
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Documento relacionado: discurso
de Juan Pablo II a los participantes en la Conferencia Internacional
sobre la depresión.
Artículo relacionado: Los psiquiatras
dan la razón a Juan Pablo II: «Lo espiritual ayuda
a superar la depresión».
La enfermedad de la depresión patológica
o simplemente existencial constituye una experiencia que ha acompañado
al hombre desde los civilizaciones más antiguas. De ser un
fenómeno esporádico se ha convertido con el paso de
los años en una auténtica epidemia, quizá
a causa de la cultura de la falta de sentido y de la muerte que
se da en el pensamiento postmoderno. La depresión no tiene
sólo un aspecto médico psíquico, sino también
social por las repercusiones de la enfermedad en el entorno del
enfermo.
El sacerdote que encuentra en su trabajo ministerial
a un enfermo de depresión ha de tener en cuenta que debe,
ante todo, darle consuelo y esperanza. Muchas veces
ha de procurar incluso ayudar al enfermo a que dé sentido
a su vida, pues en bastantes ocasiones -en mayor o menos medida,
según la gravedad de la enfermedad- el enfermo lo ha perdido.
Igualmente procurará quitarle, si es el caso, sentido de
culpabilidad ante la enfermedad: el enfermo ha de reconocerla como
lo que es, una enfermedad, y por lo tanto, no es responsable de
ella.
Si entre las personas que acuden al sacerdote en
busca de ayuda espiritual, llegan personas que manifiesten síntomas
de depresión, el sacerdote debe tener en cuenta que su
misión es espiritual, no médica. Por ello
no puede pretender sustituir al profesional de la psiquiatría,
y sus consejos han de centrarse en la vida espiritual de la persona.
Viene bien, sin embargo, conocer los síntomas de la depresión.
La Asociación Americana de Psiquiatría
afirma que los siguientes síntomas, cuando tienen duración
de más de dos semanas, pueden conducir a una depresión
o bien referirse ya a una persona con una depresión:
1.
Cambio de apetito, bien sea su pérdida y la correspondiente
caída del peso, o su incremento y el
correspondiente aumento de peso.
2.
Insomnio o exceso de sueño y cansancio permanente.
3.
Falta de energía.
4.
Pérdida de interés o placer por actividades normalmente
disfrutadas por la persona.
5.
Sentimiento de poco valor personal, cargo de conciencia o sentimiento
de culpa.
6.
Disminución de la capacidad de concentración y perturbación
de otras actividades mentales.
7.
Pensamientos recurrentes de muerte y pensamientos suicidas.
El estado de ánimo triste es un
malestar psicológico frecuente, pero sentirse triste o deprimido
no es suficiente para afirmar que se padece una depresión.
Este término puede indicar un signo, un síntoma, un
síndrome, un estado emocional, una reacción o una
entidad clínica bien definida. Por ello es importante diferenciar
entre la depresión como enfermedad y los sentimientos
de infelicidad, abatimiento o desánimo, que son reacciones
habituales ante acontecimientos o situaciones personales difíciles.
En la respuesta afectiva normal nos encontramos con sentimientos
transitorios de tristeza y desilusión comunes en la vida
diaria. Esta tristeza, que denominamos normal, se caracteriza por
ser adecuada y proporcional al estimulo que la origina, tener una
duración breve, y no afectar especialmente a la esfera somática,
al rendimiento profesional o a las actividades de relación.
Según Salvador Cervera, profesor
de psiquiatría de la Universidad de Navarra, “en la
depresión como estado patológico
se pierde la satisfacción de vivir, la capacidad de actuar
y la esperanza de recuperar el bienestar. Se acompaña de
manifestaciones clínicas en la esfera del estado de ánimo
(tristeza, pérdida de interés, apatía, falta
del sentido de esperanza), del pensamiento (capacidad de concentración
disminuida, indecisión, pesimismo, deseo de muerte, etc.),
de la actividad psicomotriz (inhibición, lentitud, falta
de comunicación o inquietud, impaciencia e hiperactividad)
y de las manifestaciones somáticas (insomnio, alteraciones
del apetito y peso corporal, disminución del deseo sexual,
pérdida de energía, cansancio, etc.). Este conjunto
de síntomas ponen de manifiesto que nos hallamos ante un
estado patológico específico, netamente distinto de
la tristeza normal y que adquiere formas e intensidades bien definidas.
Y en ese sentido se han establecido diversas formas clínicas
de depresión internacionalmente aceptadas, que de menor a
mayor intensidad son: 1.
Reacción depresiva; 2.
Trastorno depresivo mayor; 3.
Distimia; 4. Trastorno
bipolar; 5. Trastorno
depresivo orgánico; 6.
Depresión melancólica; 7.
Depresión psicótica. Cada una de ellas con rasgos
diferenciales clínicos bien establecidos”.
Actitud pastoral del sacerdote ante el enfermo
de depresión
El Papa Juan Pablo II, en el discurso
a los participantes en la Conferencia Internacional sobre la depresión,
indicó que “la depresión es siempre una prueba
espiritual. El papel de quienes atienden a una persona deprimida
sin una función específicamente terapéutica
consiste sobre todo en ayudarla a recuperar la propia estima, la
confianza en sus capacidades, el interés por el futuro, las
ganas de vivir. Por eso, es importante tender la mano a los enfermos,
hacerles percibir la ternura de Dios, integrarlos en una comunidad
de fe y de vida en la que se sientan acogidos, comprendidos, sostenidos,
en una palabra, dignos de amar y de ser amados”.
En el cuidado espiritual de esta persona debe estar
siempre presente la compañía y la eficacia de la gracia
de la adopción divina. En Cristo hemos sido reconciliados
con el Padre (cfr. Romanos 5,10). Dios nos recibe y quiere
como somos: redimidos por Jesucristo y regalados con la presencia
y gracia del Espíritu Santo. El sacerdote, en los casos de
enfermos de depresión, ha de esmerarse en su atención.
El primer consejo para el sacerdote se refiere a la paciencia
que ha de mostrar: muchas veces estas personas requieren bastante
atención por parte del sacerdote. Procure, en esos casos,
atenderle con amabilidad, aunque en los casos más agudos
puede hacerle comprender que hay más gente esperando al sacerdote.
En cualquier caso, el sacerdote ha de estar prevenido para dedicarle
más tiempo del habitual.
El segundo consejo es la comprensión:
quien padece depresión, sufre verdaderamente, a veces bastante.
Y muchas veces parte de su sufrimiento consiste en la imposibilidad
de demostrar su sufrimiento, pues -al no ser una enfermedad física-
no tiene síntomas mesurables: no se puede medir, como sí
se puede medir la fiebre o la profundidad de una herida. Parte de
su sufrimiento, pues, consiste en que -a veces- quienes conviven
con él no le comprenden o no terminan de “creer”
su sufrimiento. Por lo tanto, el sacerdote no pondrá
nunca en duda su sufrimiento ni le quitará importancia.
Puede, eso sí, darle argumentos sobrenaturales, y ayudarle
a llevarlo por amor de Dios.
También es prudente, desde las primeras veces
que se vean, que el sacerdote compruebe si acude al médico:
si el sacerdote piensa que debería acudir y no lo hace, quizá
debería aconsejarle que vaya. Si va regularmente al médico,
el sacerdote ha de tener en cuenta los consejos de los profesionales
de la psiquiatría. En ese caso, puede pedir al enfermo, dentro
del ámbito de la dirección espiritual, que siga los
consejos del médico, aunque le resulten difíciles.
De todas maneras, se impone prudencia a la hora de valorar los consejos
de los médicos: un médico, para tratar la depresión,
no debe dar consejos ilícitos o contrarios a la moral. Si
se diera el caso, el sacerdote deberá desaconsejar que cumpla
esos consejos, y procurará orientar al enfermo a otro médico
que tenga recto criterio moral.
También es recomendable hacerle valorar el
sentido del sufrimiento, como parte del plan previsto
por Dios para la salvación. Hacerle ver al enfermo que su
sufrimiento, si lo ofrece a Dios, tiene valor. Muchas veces le ayuda
darle al enfermo intenciones concretas por las que ofrecer su sufrimiento:
el Papa, o asuntos de la Iglesia, o necesidades locales o personales
y familiares. Quien acompañe espiritualmente al enfermo de
depresión, puede sugerirle que se una al sufrimiento del
Señor en la cruz, no a su sufrimiento físico, sino
a las palabras que el Señor pronunció: “Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
El enfermo de depresión desde luego es capaz
de llevar una profunda vida interior. Ciertamente la profundidad
de su vida interior no será cuantitativa, sino cualitativa.
Se ha de valorar el esfuerzo del paciente por llevar una vida interior,
sin compararlo con el de una persona sana. Normalmente cualquier
actividad le cuesta mayor esfuerzo que a una persona sana. Pero
-aun cuando su vida interior sea cuantitativamente inferior- un
enfermo de depresión no ha de renunciar a tener vida de oración,
y todo lo que lleva consigo una auténtica vida interior.
Es más, su vida de relación con Dios puede suponer
un consuelo y una referencia clara para el enfermo, y muchas veces
le ayudará a superar antes la depresión.
El sacerdote, por otro lado, ha de prestar
atención a la familia del enfermo, para ayudarles
también a ellos a que sepan ver la voluntad de Dios en el
hecho de que en su familia haya un enfermo.
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