| Autor:
Juan Paablo II |
Fuente:
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Señores
cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:
1.
Vuelvo a renovar mi alegría al poder encontrarme con vosotros
al final de la Sesión Plenaria de vuestra Congregación.
Al dirigidos a cada uno mi cordial saludo, deseo dar las gracias
en particular al cardenal Joseph Ratzinger por los sentimientos
que ha expresado en nombre de todos y por la eficaz síntesis
de los numerosos trabajos del dicasterio.
Esta cita bienal me permite repasar los puntos destacados
de vuestra actividad e indicar asimismo el horizonte de los desafíos
en los que estáis comprometidos en el delicado desafío
de promover y tutelar la verdad de la fe católica, al servicio
del Magisterio del Sucesor de Pedro.
En este sentido, el perfil doctrinal que caracteriza
de manera especial vuestra competencia puede definirse propiamente
como «pastoral», pues participa en la misión
universal del Pastor Supremo (Cf. «Pastor Bonus»,
33). Una misión que tiene entre sus prioridades, ante todo,
la unidad de la fe y de la comunión de todos los creyentes,
unidad necesaria para el cumplimiento de la misión salvífica
de la Iglesia.
Esta unidad debe ser redescubierta continuamente
en su riqueza y debe defenderse oportunamente, afrontando los desafíos
que plantea cada época. El contexto cultural actual, calificado
tanto por un difundido relativismo como por la tentación
de un fácil pragmatismo, exige más que nunca el anuncio
valiente de las verdades que salvan al ser humano y un renovado
empuje evangelizador.
2.
La «traditio evangelii» [el anuncio del evangelio]
constituye el primer y fundamental compromiso de la Iglesia. Ninguna
de sus actividades puede separarse del compromiso de ayudar a todos
a encontrar a Cristo en la fe. Por este motivo, siento particularmente
la preocupación de que la acción evangelizadora de
toda la Iglesia no se debilite nunca, ya sea ante un mundo que todavía
no conoce a Cristo ya sea ante muchas personas que, aunque lo han
conocido, viven alejadas de Él.
Ciertamente el testimonio de vida es la primera
palabra con la que se anuncia el Evangelio, esta palabra, sin embargo,
no es suficiente «si no se proclaman la enseñanza,
la vida, las promesas, el Reino y el misterio de Jesús de
Nazaret, Hijo de Dios» («Evangelii nuntiandi»,
22). Este anuncio claro es necesario para mover el corazón
a adherir a la buena noticia de la salvación. De este modo,
se ofrece un servicio enorme a los hombres y mujeres que buscan
la luz de la verdad.
3.
Es verdad, el Evangelio exige la adhesión libre del hombre.
Pero para que esta adhesión pueda ser expresada, el Evangelio
tiene que proponerse, pues «las multitudes tienen derecho
a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos
que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud,
todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino,
de la vida y de la muerte, de la verdad...» («Redemptoris
missio», 8). La adhesión plena a la verdad católica
no disminuye, sino que exalta la libertad humana y la estimula hacia
su plenitud, en un amor gratuito y lleno de cuidados por el bien
de todos los hombres.
Este amor es el sello precioso del Espíritu
Santo que, como protagonista de la evangelización (Cf. «Redemptoris
missio», 30), no deja de mover los corazones al anuncio
del Evangelio y al mismo tiempo los abre para que lo acojan. Este
es el horizonte de caridad que explica esa nueva evangelización
a la que en varias ocasiones he invitado a toda la Iglesia y a la
que deseo volver a convocarla una vez más al inicio de este
tercer milenio.
4. Un
tema ya afrontado en otras ocasiones es el de la recepción
de los documentos magisteriales por parte de los fieles católicos,
desorientados con frecuencia más que informados a causa de
las reacciones e interpretaciones inmediatas de los medios de comunicación.
En realidad, la recepción de un documento,
más que un hecho mediático, debe considerarse sobre
todo como un acontecimiento eclesial de acogida del magisterio en
la comunión y en un compartir más cordialmente la
doctrina de la Iglesia. Se trata, efectivamente, de una palabra
autorizada que arroja luz sobre una verdad de fe o sobre algunos
aspectos de la doctrina católica contestados o mal interpretados
por determinadas corrientes de pensamiento o de acción.
Precisamente en esta valencia doctrinal se encuentra
el carácter profundamente pastoral del documento, cuya acogida
se convierte, por tanto, en una ocasión propicia de formación,
de catequesis y de evangelización.
Para que la recepción se convierta en un
auténtico acontecimiento eclesial, conviene prever maneras
oportunas de transmisión y de difusión del mismo documento,
que permitan su pleno conocimiento ante todo por parte de los pastores
de la Iglesia, primeros responsables de la acogida y de la valoración
del magisterio pontificio, como enseñanza que contribuye
a formar la conciencia cristiana de los fieles ante los desafíos
del mundo contemporáneo.
5. Otro
asunto importante y urgente que quisiera someter a vuestra atención
es el de la ley moral natural. Esta ley pertenece al gran patrimonio
de la sabiduría humana, que la Revelación, con su
luz, ha contribuido a purificar y desarrollar ulteriormente. La
ley natural, accesible de por sí a toda criatura racional,
indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral.
Basándose en esta ley, se puede construir una plataforma
de valores compartidos, sobre los que se puede desarrollar un diálogo
constructivo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad y,
más en general, con la sociedad secular.
Como consecuencia de la crisis de la metafísica,
en muchos ambientes ya no se reconoce el que haya una verdad grabada
en el corazón de todo ser humano. Asistimos por una parte
a la difusión entre los creyentes de una moral de carácter
fideísta, y por otra parte, falta una referencia objetiva
para las legislaciones que a menudo se basan solamente en el consenso
social, haciendo cada vez más difícil el que se pueda
llegar a un fundamento ético común a toda la humanidad.
En las cartas encíclicas «Veritatis
splendor» y «Fides et ratio» he
querido ofrecer elementos útiles para redescubrir, entre
otras cosas, la idea de la ley moral natural. Por desgracia, no
parece que estas enseñanzas hayan sido recibidas hasta ahora
en la medida deseada y este problema complejo debe ser profundizado
ulteriormente. Os invito, por tanto, a promover oportunas iniciativas
con el objetivo de contribuir a la renovación constructiva
de la doctrina sobre la ley moral natural, buscando también
convergencias con representantes de las diferentes confesiones,
religiones y culturas.
6.
Deseo, por último, mencionar una cuestión delicada
y actual. En el último bienio vuestra Congregación
ha asistido a un notable aumento en el número de los casos
disciplinares ligados a su competencia en virtud de la materia («ratione
materiae») sobre «delicta graviora»,
incluidos los «delicta contra mores». Las normas
canónicas que vuestro dicasterio está llamado aplicar
con justicia y equidad tienden a garantizar tanto el ejercicio del
derecho de defensa del acusado como las exigencias del bien común.
Una vez comprobado el delito, es necesario de todos modos evaluar
bien tanto el principio de la proporcionalidad entre la culpa y
la pena, como la exigencia predominante de tutelar al Pueblo de
Dios.
Sin embargo, esto no depende únicamente de
la aplicación del derecho penal canónico, sino que
encuentra su mejor garantía en la formación justa
y equilibrada de los futuros sacerdotes llamados explícitamente
a abrazar con alegría y generosidad aquel estilo de vida
humilde, modesto y casto, que es el fundamento práctico del
celibato eclesiástico. Por tanto, invito a vuestra Congregación
a colaborar con los demás dicasterios de la Curia Romana
competentes en la formación de los seminaristas y del clero
para que se adopten las medidas necesarias para asegurar que los
presbíteros vivan conforme a su llamada y a su compromiso
de perfecta y perpetua castidad por el Reino de Dios.
7.
Queridos, os doy las gracias por el precioso servicio que prestáis
a la Sede Apostólica y a favor de la toda la Iglesia. Que
vuestro trabajo dé esos frutos que todos deseamos. Con este
motivo, os aseguro un recuerdo especial en la oración.
Que os acompañe también mi bendición,
que con grato afecto imparto de corazón a todos vosotros
y a todas vuestros seres queridos en el Señor.
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