| Autor:
Juan Manuel de Prada |
Fuente:
Revista “El Semanal”, Madrid,
del 15 al 21 de febrero de 2004 |
Artículo relacionado: Héroes
secretos, artículo de Juan Manuel de Prada
sobre la dimensión de servicio de la vocación sacerdotal.
En otro tiempo, según nos cuentan, era agasajado
por el cacique del lugar y reverenciado por los lugareños
que le ofrecían a cada poco la gallina más cebada
de su corral, los frutos más lozanos de su huerta. Cumplía
con el precepto de la misa diaria, lanzaba diatribas desde el púlpito
que mantenían a raya a la feligresía y por cada pecado
que absolvía en el confesionario aumentaba su ascendiente
sobre las beatas del lugar, que lo convertían en depositario
de sus más innombrables anhelos. De regreso a casa, el ama
le había aliñado una comida opípara que se
embaulaba parsimoniosamente, para esquivar las asechanzas de la
gula; la maledicencia popular (que acierta tantas veces como desbarra)
gustaba de insinuar algún contubernio carnal entre el cura
y su ama, que solía ser una señora jocunda y jamona,
brava y hacendosa.
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San Juan Bautista María Vianney,
Santo Cura de Ars. Imagen
que se venera en el
oratorio del Ateneo de Teología (Madrid) |
Tras la reparadora siesta se juntaba en la rebotica
con las otras 'fuerzas vivas' del pueblo (el médico, el boticario,
el alcalde, el secretario del ayuntamiento), con quienes mataba
las horas manoseando los naipes, conversando una botella de coñá
que le encendía los coloretes (el cura solía ser hombre
de complexión sanguínea) y excitaba la facundia. En
aquellas reuniones se discutía de todo lo divino y lo humano;
y el cura, que aún mantenía fresco el latín
del seminario, aprovechaba para endilgar de vez en cuando alguna
sentencia, auténtica o apócrifa, que abrillantaba
su conversación cazurra y dejaba suspensos o anonadados a
sus contertulios. Por supuesto, si alguna de las 'fuerzas vivas'
osaba contradecirlo, el cura lo elegía como diana de sus
anatemas en la homilía del domingo, revolviendo a los lugareños
contra él. Cascarrabias s o seráfico, asténico
o glotón, el cura de pueblo ejercía sobre el rebaño
que pastoreaba una influencia que fundía el miedo supersticioso
y la devoción a machamartillo. Como las estaciones que delimitaban
el tiempo de la siembra y la cosecha, como el sol que establecía
los confines de cada jornada, el cura del pueblo simbolizaba los
ciclos vitales: bendecía los nacimientos, santificaba los
matrimonios, expedía salvoconductos a ultratumba.
El signo de los tiempos ha cambiado mucho desde
entonces. El cura del pueblo ya no desempeña aquel papel
totémico de antaño; su labor ya no es recompensada
con las remuneraciones espirituales y materiales de otras épocas.
Ahora el cura de pueblo, último mohicano de una fe incombustible,
recorre en coche carreteras que apenas figuran en los mapas, para
extender su oficio a varios pueblos de la comarca; sus feligreses
se han hecho más remolones, más refractarios a sus
prédicas, más sordos también. Se han hecho,
sobre todo, más viejos; y el cura de pueblo celebra sus liturgias
en iglesias casi vacías, heladoras, en las que sus palabras
brotan empenachadas de vaho y se golpean contra las paredes, como
pájaros ateridos.
El cura de pueblo hace ya muchos años que
bautizó al último niño nacido en el lugar;
en cambio, apenas da abasto para repartir la extremaunción
entre los pocos supervivientes de las mil y una diásporas
que han soportado las zonas rurales. Mientras reza los responsos
fúnebres, en cualquier cementerio de tapias derruidas y cruces
que sucumben a la herrumbre, el cura rehuye la tentación
del desistimiento buscando en las recámaras de su fe una
reserva de gasolina que mantenga encendida la llama de la esperanza.
El cura de pueblo, quizá sin pretenderlo,
se ha convertido en notario de un mundo en vías de extinción;
nunca se la había propuesto, pero ha convertido su vocación
en una mística de la renuncia y el sacrificio. Algún
día no muy lejano, cerrará los ojos de su último
feligrés; entonces levantará la vista al horizonte
y descubrirá que se ha quedado definitivamente solo en el
pueblo, solo ante el silencio de Dios. Recorrerá las calles
desiertas que pregonan el triunfo de la muerte; y en sus pasos,
al principio derrotados, luego sostenidos por la resignación,
finalmente briosos y resueltos, encontrará una secreta cadencia
que acompaña y alienta los latidos de su corazón.
Y el cura de pueblo seguirá caminando hasta el lugar más
próximo, dispuesto a seguir propagando su evangelio. Aunque
no lo sabe, el cura de pueblo es un héroe.
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