| Autor:
Damian Thompson |
Fuente:
The Daily Telegraph, martes 24 de febrero
de 2004, p. 15
(original en inglés) |
Artículo relacionado: Los
anglicanos reflexionan la pérdida de su identidad y poder,
artículo
de Alan Cowell en The New York Times del 8 de abril de 2005.
El canónigo Edward Norman ha escrito
un feroz ataque contra la Iglesia de Inglaterra y se va a convertir
al catolicismo. Damian Thompson se encuentra con él.
"Mi nuevo libro no es realmente una crítica
de la Iglesia de Inglaterra," dice el canónigo Edward
Norman, canciller de la Catedral de York, eligiendo sus palabras
con la precisión del erudito.
¿Es serio? Dos minutos más tarde,
declara: "en el centro del anglicanismo hay un gran agujero:
su autoridad. Pienso que no es una Iglesia; es poco más que
una sociedad religiosa." Esta es la crítica más
hiriente que se puede hacer de cualquier Iglesia: decir que no es
una Iglesia. De hecho, su libro Dificultades del anglicanismo:
Un nuevo syllabus de errores, es uno de los asaltos más
feroces lanzados nunca a la Iglesia de Inglaterra. Es más
lacerante porque su autor no es un comerciante de citas tradicionalista,
sino un importante intelectual de la Iglesia.
Antiguo Lector de Reith y deán de Peterhouse,
el canónigo Norman es historiador eclesiástico, de
cara ovalada y altos pómulos que le asemejan a un eclesiástico
de la época Tudor. Habla rápidamente y de modo reservado,
puliendo sus secas palabras mientras que habla, de modo que su prosa
y conversación son casi indistinguibles. Confía al
papel algunos pensamientos que sus colegas hubieran deslizado sencillamente
en la sala capitular después de la cena.
En Dificultades del anglicanismo, Norman
dispara imparcialmente contra todas las facciones de la Iglesia
[Anglicana]. Sobre el Sínodo General, escribe: "cada
desacuerdo, aparentemente en cada junta o comité, se soluciona
evitando el debate principal. La cobardía moral ordinaria
se presenta como juicio sabio; la ambigüedad en la construcción
de las fórmulas de compromiso es la segunda naturaleza de
sus líderes." Acusa a los obispos evangélicos,
que pregonan a los cuatro vientos su adhesión a la ortodoxia
bíblica, de vender sus principios como intercambio para su
propia promoción. "Discretamente, detrás de las
cortinas corridas de las casas de los obispos evangélicos,
se están echando del tablero las piezas en juego”,
escribe Norman.
¿Pero cómo puede alguien que cree
que la Iglesia de Inglaterra se está derrumbando pertenecer
a ella?
La respuesta es que Edward Norman abandonará
la Iglesia de Inglaterra cuando él se retire como miembro
del Capítulo de la Catedral de York en mayo. Más adelante,
este mismo año, será recibido en la Iglesia Católica
por un compañero suyo en Cambridge, el Padre Dermot Fenlon,
en el oratorio de Birmingham. Ha comenzado a asistir a la Misa en
las Iglesias católicas usando camisa de cuello y corbata
para pasar inadvertido. Pero no hay mención de la conversión
a Roma en Dificultades del anglicanismo. Norman recalca
que abandonar la Iglesia de Inglaterra y convertirse en católico
son "evoluciones absolutamente independientes". Porfía
en que su nuevo libro no es una crítica del anglicanismo,
pero aunque este punto no es fácil de captar, Norman es insistente.
"El hecho de que el vaso anglicano se esté derramando
no es en sí mismo una argumento para saltar a otro,"
explica. Va salpicando su conversación con estas metáforas
acuáticas.
Después del almuerzo en un restaurante italiano
cerca de la Catedral, anuncia: "el anglicanismo se va a arrojar
al mar." Alcanza el pan con una ligera sonrisa. "Pero
todo saldrá a la luz en el agua." Norman come siempre
aquí un plato de pasta a la hora de comer. "Es mi única
comida del día," dice, lo que no es difícil de
creer: es delgado y ascético, un converso del molde de John
Henry Newman más bien que de G. K. Chesterton.
No es un candidato obvio a "hacerse papista".
Como Newman, Norman ha pertenecido siempre a la Iglesia baja; cuando
fue nombrado Ministro de York, tuvo que ser ayudado con los rituales.
¿Y no apoyó una vez a las mujeres sacerdotes? "Yo
al principio estaba a favor, en base a argumentos liberales racionalistas,"
dice, como disculpándose. "Ahora estoy contra él,
por la evidencia. Nos dijeron que al ministerio le faltaba una dimensión
entera de la humanidad, pero no ha sucedido tal enriquecimiento."
Lo que sigue es un argumento típico de Edward
Norman, perverso u original dependiendo del punto de vista de cada
uno. "Las mujeres acentúan la caridad, las relaciones,
el sufrimiento, la salud y el amor. Los hombres están interesados
en la verdad, las ideas, los conflictos, el pecado, la maldad y
la virtud. Esto es una caricatura, pero había sabiduría
en Nuestro Señor cuando confió el oficio del sacerdocio
a los hombres”. "El sacerdocio se refiere a las enseñanzas,
no sólo a la transmisión de los sacramentos. Si usted
piensa que el cristianismo se refiere sobre todo al amor y a las
relaciones humanas, entonces desaparecerá en la inundación."
Él capta mi mirada sorprendida y encoge sus
hombros: "no consigo pensar en el modo de poner esto en palabras
que sean aceptables a la cultura contemporánea," me
dice. Tampoco parece intentarlo. Hay algo en la visión del
mundo de Norman que ofende a cada uno: a los liberales, que se imaginan
que la caridad es un sustituto adecuado para los rigores del Evangelio;
a los amantes del arte y de la música, que confunden las
sensaciones estéticas con la espiritualidad; a los típicos
votantes del Partido Conservador que gozan con un buen cántico
alegre en Maitines. "El número de la gente que responde
a la enseñanza de la verdad es extremadamente pequeño,"
dice. "Tengo amigos que vienen a la Catedral de York que es
gente muy buena, incluso devotos, pero es una observancia muy convencional,
basada en la clase."
La clase aparece en los escritos de Norman, un legado
de su marxismo juvenil. Su reputación ahora es la de un disidente
de derechas, pero él dice que es incorrecto: "no tengo
adscripción política. Mi única ideología
es el cristianismo clásico, sin reservas." En los últimos
años 70, los ataques de Norman contra la izquierda de moda
le ganaron la etiqueta de clérigo favorito de Margaret Thatcher;
ella incluso lo invitó a jugar a las damas. "Pero no
había ningún encuentro de ideas," dice él
con firmeza. "La señora Thatcher no era -no es- un pensador
muy profundo. Ella era la hija de un concejal que era un liberal
de la corriente de Gladstone, y como era él, era ella. Ella
buscaba a un intelectual que diera un pedigrí a sus valores
liberales. Tengo admiración por ella, y la encontré
personalmente amable. Pero me han horrorizado los resultados del
capitalismo salvaje."
Sus propias simpatías son imprevisibles.
Uno se pregunta si la señora Thatcher todavía lo admiraría
si ella hubiera oído su conferencia final en la Catedral
de York: un elogio de la obra del cineasta ateo gay Derek
Jarman. La conferencia fue extraordinaria, no sólo por las
citas de Jarman que Norman incluyó. Jarman dice acerca de
George Carey: "hombre con cara de luna y mofletudo, un escribano
clerical, un matón de escuela con una mitra de plástico."
Y sobre la entronización de Carey como Arzobispo de Canterbury:
"aquí es donde aparece la porquería." El
canónigo canciller de la Catedral de York citó estas
líneas como si las aprobara. Quizás su fracaso al
alcanzar oficios altos en la Iglesia establecida no sea tan misteriosa.
Norman empleó 17 años en Peterhouse,
donde uno de sus estudiantes era Michael Portillo. "Un alumno
muy trabajador," recuerda; "nunca observé ninguna
irregularidad sexual en su vida." La mayoría del tiempo
de Norman como catedrático de Cambridge se dedicó
a los estudios escritos (entre otros) de los socialistas cristianos
de la época victoriana y de la Irlanda moderna. Participó
también en una de las mayores disputas de la Mesa de los
Profesores de la historia reciente, que comenzó cuando él
se enfadó con el Rector de Peterhouse, el señor Dacre,
sobre un servicio conmemorativo de un catedrático que había
sido cogido robando en tiendas. Norman pensó que el hombre
merecía un servicio conmemorativo por parte de Cambridge.
Dacre discrepó. Tal como Norman lo narra, la opinión
de Dacre parece de hecho poco razonable. (hace años, cuando
trabajaba en la columna diaria de un periódico, busqué
la versión de Dacre de esta historia. Él solamente
me dijo: "el doctor Norman es una m--.")
Después del almuerzo, Norman me enseña
los alrededores de la catedral. "Este es un ejemplo muy pobre
del estilo gótico tardío," dice, mientras mueve
su fino brazo con desdén a través de la nave medieval
más ancha de Inglaterra. "Fue levantada en plan barato;
los elementos decorativos están fuera del catálogo
de los artistas." ¿Pero el milagroso techo abovedado
no ayuda a los fieles a concentrar sus pensamientos? "Las catedrales
pueden ser un obstáculo y también una ayuda a la fe,"
dice Norman. "Pueden conducir a la gente a gozarse en la emoción.
Preferiría que se arrepintieran de sus pecados."
Pasamos ante una estatua de San Pedro, santo patrón
de la Catedral, llevando una llave. Es una imagen apropiada. Pronto,
el canónigo Norman estará libre "del caos ideológico
del anglicanismo" y en comunión plena con (como él
cree) el sucesor de San Pedro. Entonces vendrá su retiro
en Brighton "y yo estaré en sentido propio retirado,"
dice. La reacción de sus críticos no es difícil
de predecir: "bien, ya se ha marchado una dificultad anglicana,"
sonreirán. Pero otros lamentarán la pérdida
de uno de los pensadores más profundos y más inquietantes
que la Iglesia de Inglaterra ha producido en décadas.
"El catolicismo es lo que he creído
siempre, aunque no tenía la agudeza de darme cuenta,"
dice el canónigo Norman, poniéndose su abrigo. "Usted
puede llamarlo un rayo de luz antes de que el sol se ponga."
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