También le
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verdadera crisis (y oportunidad) de la Iglesia
en Estados Unidos,
conferencia de George Weigel.
La lógica de la tesis es sencilla: el 4
por ciento de los sacerdotes católicos han cometido abusos
sexuales. Los sacerdotes están obligados al celibato. Por
lo tanto, las frustraciones de la vida del célibe les han
conducido al abuso. En conclusión, el celibato debe ser
suprimido.
Aunque quizás no se exprese de un modo
tan absoluto, esta es la línea del pensamiento que muchos
han usado para explicar los escándalos de abusos sexuales
que han sacudido a la Iglesia. También informará
la respuesta a dos informes publicados por la Conferencia de Obispos
Católicos de Estados Unidos la semana pasada. Dejando de
lado por el momento el hecho de que el 96 por ciento de los sacerdotes
no han cometido abusos, ¿es este retrato de extensa frustración
una descripción exacta de los sacerdotes americanos?
 |
Luz de una vidriera incidiendo en una
columna.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
El cuadro presentado por los dos informes -uno
un estudio estadístico de investigadores de la Universidad
de John Jay sobre los casos de abuso y las reacciones de la Iglesia
ante ellos, el otro un informe sobre las causas y el contexto
de la crisis por un comité examinador designado por los
obispos- es horrible y trágico. Pero como sacerdote y como
alguien que ha estado escribiendo sobre el mal del abuso sexual
de los sacerdotes durante dos décadas, debo también
señalar a un cuerpo sustancial de datos recogidos durante
los 35 años pasados que presentan otra historia, que debería
ser oída. Estos estudios de actitudes entre sacerdotes
y feligreses han demostrado que la mayoría no consideran
el celibato un problema en relación con el sacerdocio;
el problema es que muchos sacerdotes no hacen bien su trabajo.
Durante los 30 años pasados, el diario
Los Ángeles Times y el Centro Nacional de Investigación
de la Opinión de la universidad de Chicago han hecho cada
uno repetidos y exhaustivos estudios de actitudes entre el sacerdocio
y el laicado. Las encuestas han demostrado constantemente que
una vasta mayoría de sacerdotes afirma que la vida en el
sacerdocio es mejor que lo que esperaban que fuera.
Por ejemplo, el estudio más reciente de
Los Ángeles Times, completado en 2002, ha encontrado que
el 93 por ciento de los más de 1.800 sacerdotes encuestados
dijeron que se harían sacerdotes si tuvieran que elegir
sus carreras otra vez. Solamente un 2 por ciento dijeron que probablemente
abandonarían el sacerdocio. En general, los sacerdotes
son más proclives a afirmar que son felices en sus vidas
y están satisfechos con su trabajo que los doctores, los
abogados, los maestros, los profesores e incluso el clero protestante
casado. Los sacerdotes, en promedio, parece que están entre
los hombres más felices del país. Los abusadores,
parece claro, no está siendo llevados al crimen por el
celibato sino por sus propios demonios.
En cuanto a las mediciones de rasgos de personalidad
realizadas por el Centro Nacional de Investigación de la
Opinión -incluyendo la capacidad para la intimidad- los
sacerdotes se comparan favorablemente con los laicos casados de
formación educativa similar. A pesar de la petición
de algunos sacerdotes de suprimir la norma del celibato, no hay
evidencia de que los sacerdotes sean más proclives a ser
frustrados, infelices o inadaptados que los laicos casados. A
los sacerdotes les gusta ser sacerdotes; les gusta hacer el trabajo
que hacen los sacerdotes; y reconocen que el celibato es parte
y lote de ese trabajo. Como todos los seres humanos, sin embargo,
estamos muy lejos de ser perfectos: debemos ofrecer sacrificios
por nuestros propios pecados así como por los pecados de
nuestra gente, como observa la Epístola a los Hebreos.
¿Pero entonces de dónde procede
la imagen actual tan negativa de los sacerdotes? En parte, es
una reliquia del sentimiento nativo anticatólico y anticelibato
del siglo XIX. Además, los mismos sacerdotes tienden a
callarse cuando se ataca su vocación, ya sea por hombres
que han abandonado el sacerdocio o por el público en general
acerca de los crímenes de quienes abusan. De hecho, su
respuesta en este último caso es patética: mis colegas
tienden a disculparse de sí mismos, para culpar a los medios
de comunicación, y afirman que es un problema de los obispos
y argumentan que no es la crisis más seria que hace frente
la Iglesia.
La abnegación, como demuestra la investigación,
es un factor importante en la cultura clerical, siendo algo oscurecido
en el sacerdocio. Igual que los profesores estereotipan a sus
estudiantes y los doctores a sus pacientes, los sacerdotes estereotipan
a sus feligreses. En respuesta a una pregunta ampliable en la
investigación de 2002 de Los Ángeles Times acerca
de por qué en el laicado crecía el desafecto a la
Iglesia, el 13 por ciento de los feligreses dijeron que los sacerdotes
sufrían de declive moral, el 7 por ciento de secularismo,
el 5 por ciento de apatía, el 5 por ciento de materialismo,
el 4 por cierto de falta de responsabilidad y el 4 por ciento
de falta de “liderazgo personal”.
Solamente el 13 por ciento consideraron que los
problemas proceden de las faltas del clero: abuso sexual, declive
de la confianza en su dirección, sermones y liturgia pobre,
y autoritarismo clerical. Sólo el 19 de los más
de 1.800 pensaron que los sermones pobres eran un problema. La
actitud es clara: si el laicado tiene problemas religiosos, el
fallo es suyo o bien son las tendencias culturales sobre las que
los sacerdotes no tienen ningún control.
Cuando se les preguntó en la investigación
por qué los fieles abandonan la Iglesia, un cuarto de los
sacerdotes (y solamente el 16 por ciento de los clérigos
más jóvenes) aceptaron alguna responsabilidad personal:
insensibilidad, liderazgo inadecuado, sermones y liturgia pobre,
y el escándalo de los abusos sexuales. El resto citó
la usual letanía de horrores: individualismo, secularismo,
falta de fe, vida pobre de oración, falta de compromiso,
prensa sesgada, hedonismo, sexo, feminismo, ruptura familiar y
apatía. En esencia, tres cuartos de los sacerdotes examinados
se lavaron las manos de la responsabilidad de que los católicos
abandonen la Iglesia y se excusaron así mismos de su obligación
a responder.
En el otro lado de la puerta
de acero que parece separar a los sacerdotes
de los feligreses, los laicos dieron a su clero,
en promedio, puntuaciones solamente la mitad
de altas de lo que los protestantes dan a sus
ministros en la predicación, la liturgia,
el asesoramiento comprensivo, el respeto por
las mujeres y el trabajo con la gente joven.
En los años 50, según un estudio
de Ben Gaffin Associates, el 40 por ciento de
los americanos (protestantes y católicos
por igual) calificaron los sermones que oyeron
como "excelentes". En 2002, según
el Centro Nacional de Investigación de
la Opinión, el 36 por ciento de los protestantes
todavía encontraron sus sermones excelentes,
comparado a apenas el 18 por ciento de los católicos.
Además de los casos de abuso, los grandes
problemas en el sacerdocio entonces, no son celibato o frustración
sexual, sino los apremios a la excelencia de una cultura clerical
dominada por la envidia, rígida y mediocre, que hace un
pobre trabajo en servir a los miembros de la Iglesia.
Si los sacerdotes realmente desean mejorar su
imagen, no deben molestarse en escribir cartas exigiendo que el
celibato sea opcional -que serán desatendidas por sus obispos
y el Vaticano- sino que deben hacer un auténtico esfuerzo
por actualizar su trabajo, especialmente sus sermones.
Éstas son épocas duras para los
sacerdotes. Están bajo ataque como pervertidos. Mucha gente
está haciendo muchas demandas sobre pocos sacerdotes. Sin
embargo, en parroquias donde el pastor es razonablemente abierto
y razonablemente seguro, la respuesta de los laicos es de compromiso
y dedicación entusiasta.
La gente me pregunta qué clase de sacerdote
soy, queriendo decir si soy jesuita, dominico o franciscano (jesuita
es la respuesta que más desean oír). Respondo generalmente:
"no soy muy bueno, pero lo intento." Ahora, en la estela
de estos nuevos informes, debemos todos intentarlo más
esforzadamente.