| Autor:
Juan Manuel de Prada |
Fuente:
Revista “El Semanal”, Madrid,
del 4 al 10 de abril de 2004 |
Artículos relacionados: Héroes
secretos,
sobre la vocación de servicio del sacerdote, y
Infancia misionera, sobre la entrega de los misioneros.
Su epopeya silenciosa no suele atraer la atención
de la prensa. Resulta mucho más rentable regodearse en tal
o cual episodio de pederastia en el clero; resulta más llamativo
inventarse tal o cual intriga vaticana, cuanto más rocambolesca
o tremebunda, mejor. Cierto periodismo contemporáneo ha encontrado
un suculento filón en la exhumación de escándalos,
reales o ficticios, que contribuyan al escarnio de la Iglesia católica.
Por supuesto, en esta visión caricaturesca, jaleada por quienes
han hecho del anticlericalismo su estandarte y su negociete, no
tienen cabida los misioneros, a quienes en todo caso se despacha
con condescendencia, como si fueran una tropa de iluminados con
pretensiones mesiánicas. Reportajes como el que Carlos Manuel
Sánchez les dedicaba en estas mismas páginas hace
un par de semanas se han convertido en una rareza incómoda,
enojosa, puesto que contrarían esa imagen infectada de insidias
y calumnias que se pretende trasladar al público.
Aquel reportaje admirable recolectaba los testimonios
de un puñado de hombres y mujeres dispuestos a entregar su
hálito en una misión sobrehumana. Hombres y mujeres
de aspecto fragilísimo que un día cualquiera decidieron
liar el petate e inmolarse en la salvación de otras vidas
que languidecían en los arrabales del atlas; hombres y mujeres
que, como cualquiera de nosotros, hubiesen preferido envejecer entre
los suyos, disfrutar de las seguridades que les procuraba una existencia
más o menos regalada, pero que respondieron sin ambages a
su vocación, dejándolo todo en el camino. Descubrieron
que Dios se copia en el rostro de cada hombre que sufre; y decidieron
acudir a contemplarlo, sabiendo que no les aguardaba otra recompensa
que calcinarse en una tarea tan vasta como incalculablemente hermosa.
Quizá mañana mismo se tropiecen con
la muerte, que les tenderá su emboscada bajo la forma de
una epidemia incurable, o de una ráfaga de ametralladora
que los vacíe de sangre; pero, mientras llega ese momento,
prosiguen su epopeya silenciosa, apartados de los reflectores de
la notoriedad, sin aguardar otra recompensa que la sonrisa de un
anciano famélico, la mirada de un niño acribillado
de moscas, la pudorosa caricia de una mujer que deambula por los
pasadizos inciertos de la fiebre. Ellos saben que en esa sonrisa
extenuada, en esa mirada claudicante, en esa caricia de rendida
gratitud se agazapa Dios. Y con eso les basta.
Son más de veinte mil españoles, entre
los cientos de miles que reparten pan y penicilina y consuelo espiritual
por los parajes más inhóspitos del mapa, allá
donde el mayor pecado del hombre es haber nacido, allá donde
las guerras endémicas trituran vidas ante la indiferencia
de los gerifaltes de la política, allá donde ni siquiera
llegan las cámaras de los noticieros televisivos. Pero, como
afirma en el reportaje de Carlos Manuel Sánchez el padre
José Carlos Rodríguez, inmerso desde hace trece años
en el infierno de Uganda, «el resto del mundo mira para otra
parte; Dios, no». Le faltó añadir, por modestia,
que el resto del mundo se salva gracias a quienes, como él,
se han echado sobre los hombros el dolor innumerable de los olvidados,
cumpliendo un designio divino.
Están hechos del mismo barro que nosotros,
incluso parecen más débiles que nosotros, más
adelgazados por las noches de insomnio, por el agotamiento sin descanso,
por el recuerdo de las muchas vidas que han visto extinguirse ante
sus ojos, por el llanto que no cesa y la rabia de no ser omnipotentes;
pero en sus cuerpos entecos, lastimados de cicatrices, temblorosos
como hojas que zarandea el viento, se esconde un incendio de benditas
pasiones que mantiene la temperatura del universo. Si mañana
dimitieran de su misión, los planetas interrumpirían
su órbita y la noche nos cerraría los párpados.
Seguimos vivos porque el fuego que los impulsa no se extingue. Son
los misioneros, la vanguardia de la humanidad.
|