| Autor:
Cardenal Francis Arinze |
Fuente:
Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos |
Artículos relacionados: Indicaciones
de la Instrucción Redemptionis Sacramentum,
y El cardenal Arinze aclara los motivos
de la instrucción sobre la Eucaristía.
Ofrecemos la presentación que realizó
el viernes 22 de abril de 2004 el Cardenal Francis Arinze, Prefecto
de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos, de la Instrucción Redemptionis Sacramentum,
promulgada el 25 de marzo de 2004, y hecha pública ese día.
1. Origen de esta Instrucción
En primer lugar, sirve de ayuda ubicar esta «Instrucción»
en sus orígenes. El día 17 de abril de 2003, en la
Solemne Misa In Coena Domini del jueves santo, celebrada
en la Basílica de San Pedro, el Santo Padre firmaba y ofrecía
a la Iglesia su decimocuarta carta encíclica, «Ecclesia
de Eucharistia».
En este hermoso documento, el Papa Juan Pablo II
declara, entre otras cosas, que la Sagrada Eucaristía «está
al centro de la vida de la Iglesia» (n. 3), que «ella
une el cielo con la tierra. Abraza e impregna toda la creación»
(n. 8), y que «es la más preciada posesión que
la Iglesia pueda tener en su peregrinación a través
de la historia» (n. 9).
Al mismo tiempo, el Papa hace notar que existen
procesos positivos, pero también negativos, en su celebración
y culto desde el Concilio Vaticano II (n. 10); que numerosos abusos
han sido causa de sufrimiento para muchos, y que considera su deber
«requerir urgentemente que las normas litúrgicas para
la celebración de la Eucaristía se observen con gran
fidelidad» (n. 52). «Precisamente para hacer brotar
con mayor claridad este profundo significado de las normas litúrgicas»,
continúa diciendo, «he pedido a los organismos competentes
de la Curia Romana preparar un documento más específico,
incluyendo disposiciones de naturaleza jurídica, sobre este
importantísimo tema. A nadie le está permitido minusvalorar
el misterio confiado a nuestras manos: es demasiado grande para
que cualquiera se sienta en libertad de tratarlo con ligereza y
desidia, debido a su sacralidad y universalidad» (n. 52).
Este es el origen de la Instrucción que la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, en estrecha colaboración con la Congregación
para la Doctrina de la Fe, entrega ahora a la Iglesia Latina.
2. Razones de ser de las Normas Litúrgicas
Alguien
se podría preguntar sobre el por qué de la existencia
de normas litúrgicas. ¿No serían suficientes
la creatividad, la espontaneidad, la libertad de los hijos de Dios
y un ordinario sentido común? ¿Por qué el culto
a Dios debe estar reglamentado por rúbricas y normas? ¿No
sería suficiente instruir a la gente sobre la belleza y la
naturaleza sublime de la liturgia?
La normas litúrgicas son necesarias porque
«el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza
y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En
consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser
obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción
sagrada por excelencia» («Sacrosanctum Concilium»,
7). Y la cumbre de la liturgia es la celebración Eucarística;
nadie puede sorprenderse si, con el paso del tiempo, la Santa Madre
Iglesia ha desarrollado palabras y acciones y, por lo tanto, directivas
para este supremo acto de culto. Las normas Eucarísticas
son concebidas para expresar y proteger el misterio Eucarístico,
y también para manifestar que es la Iglesia quien celebra
este augusto sacrificio y sacramento. Como lo expone el Papa Juan
Pablo II: «Estas normas son una expresión concreta
de la naturaleza auténticamente eclesial de la Eucaristía;
éste es su más profundo significado. La liturgia no
será jamás propiedad privada de nadie, ni del celebrante
ni de la comunidad donde los sagrados misterios son celebrados»
(«Ecclesia de Eucharistia», 52).
Por esto, se sigue que «los sacerdotes que
celebran la Misa piadosamente, según las normas litúrgicas,
y la comunidades que se conforman a esas normas, demuestran, sin
exaltación pero elocuentemente, su amor por la Iglesia»
(ibid.).
Obviamente, la conformación externa no es
suficiente. La fe, la esperanza y la caridad, que también
se manifiestan en actos de solidaridad con los necesitados, son
exigidas para participar en la Sagrada Eucaristía. La presente
Instrucción subraya esta dimensión en el artículo
5: «La mera observancia externa de las normas, como resulta
evidente, es contraria a la esencia de la sagrada Liturgia, con
la que Cristo quiere congregar a su Iglesia, y con ella formar 'un
sólo cuerpo y un sólo espíritu'. Por esto la
acción externa debe estar iluminada por la fe y la caridad,
que nos unen a Cristo y los unos a los otros, y suscitan en nosotros
la caridad hacia los pobres y necesitados
3. ¿Es importante poner atención
a los abusos?
Una tentación grande, a la que es necesario
resistir, es pensar que poner atención a los abusos litúrgicos
se trate de una pérdida de tiempo. Alguien escribió
que los abusos han existido siempre y siempre existirán y,
que por lo tanto, deberíamos limitarnos simplemente a la
formación litúrgica positiva y a la celebración.
Esta objeción, en parte verdadera, puede
inducir al error. No todos los abusos concernientes a la Sagrada
Eucaristía tienen la misma importancia. Algunos de ellos
amenazan a la validez del sacramento. Otros manifiestan una deficiencia
en la fe eucarística. Otros contribuyen a crear confusión
entre el pueblo de Dios y a hacer crecer la desacralización
de la celebración eucarística. En efecto, ninguno
de ellos puede considerarse banal.
Es indiscutible que la formación litúrgica
es necesaria para todos en la Iglesia: «es vitalmente necesario»,
dice el Concilio Vaticano II, «que la atención debe
dirigirse, sobre todo, a la instrucción litúrgica
del clero» («Sacrosanctum Concilium»,
14). Pero es también verdadero que «en varias partes
de la Iglesia se han verificado abusos, creando confusión
en lo que se refiere a fe sólida y a la doctrina católica
concerniente a este maravilloso sacramento» («Ecclesia
de Eucharistia», 10). ). «No es extraño
que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad»
(Instrucción, 7). «Los actos arbitrarios no benefician
la verdadera renovación» (Instrucción, 11),
que el Concilio Vaticano esperaba. «Estos abusos nada tienen
nada que ver con el auténtico espíritu del Concilio
y deben ser corregidos por los Pastores con una actitud de prudente
firmeza» (Juan Pablo II: Carta en el 40° Aniversario de
la «Sacrosanctum Concilium», «Spiritus
et Sponsa», 15).
También sobre aquellos que modifican los
textos litúrgicos según su propio arbitrio, es importante
observar, con esta «Instrucción», que «la
sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios
doctrinales, por lo que el uso de textos y ritos que no han sido
aprobados lleva a que disminuya o desaparezca el nexo necesario
entre la "lex orandi" y la "lex credendi"»
(Instrucción, 10).
4. Visión de conjunto de la Instrucción
La «Instrucción» consta de una
introducción, ocho capítulos y una conclusión.
El primer capítulo, que trata sobre el ordenamiento
de la sagrada Liturgia, habla de los respectivos papeles de la Sede
Apostólica, del Obispo Diocesano, de la Conferencia Episcopal,
de los Sacerdotes y de los Diáconos. Aquí me limito
a tocar solamente el papel del Obispo Diocesano. Él es el
sumo sacerdote de su grey. Él dirige, anima, promueve y organiza.
Juzga sobre la música sacra y el arte. Instituye las necesarias
comisiones para la liturgia, la música y el arte sagrado
(«Instrucción», 22, 25). Trata de poner remedio
a los abusos y es a él, o a su asistente, a quien los recursos
deben ser dirigidos, antes que a la Sede Apostólica («Instrucción»,
176-182, 184) .
Los sacerdotes han prometido solemnemente ejercitar
con fidelidad su ministerio, así como también los
diáconos. Se espera, pues, que ellos estén a la altura
de sus sagradas responsabilidades.
El segundo capítulo trata de la participación
de los fieles laicos en la celebración Eucarística.
El bautismo es el fundamento del sacerdocio común («Instrucción»,
36, 37). El sacerdote ordenado es indispensable para una comunidad
Cristiana; el papel de los sacerdotes y de los fieles laicos no
debería ser confundido («Instrucción»,
42, 45). Los laicos tienen su propia función. La «Instrucción»
pone de relieve que esto no significa que todos deban necesariamente
hacer algo. Más bien, se trata de estar totalmente conscientes
del gran privilegio que Dios les hace al llamarlos a participar
con la mente, el corazón y la vida entera, en la liturgia,
y recibiendo a través de ella la gracia de Dios. Es importante
comprender esto correctamente y no suponer que la «Instrucción»
contiene, en algún modo, prejuicios contra los laicos.
Los capítulos 3, 4 y 5 tratan de responder
a algunas de las preguntas más frecuentes; presentan, también,
una serie de abusos que se encuentran más reiteradamente
en la celebración actual de la Misa; ofrecen un discernimiento
sobre quién recibe la Sagrada Comunión y quién
no debería recibirla; hablan sobre el cuidado que se requiere
para administrar la Sagrada Comunión bajo las dos especies;
sobre las cuestiones concernientes a las vestiduras y vasos sagrados;
a las posturas propias para recibir la Sagrada Comunión;
etc.
El capítulo 6 se ocupa del culto debido a
la Sagrada Eucaristía fuera de la Misa. Trata sobre el respeto
debido al sagrario y sobre las prácticas de piedad eucarística,
como las visitas al Santísimo Sacramento, las iglesias con
Adoración Perpetua, las Procesiones eucarísticas y
los Congresos Eucarísticos («Instrucción»,
130, 135-136, 140, 142-145).
El capítulo 7 presta atención a las
funciones extraordinarias confiadas a los fieles laicos, tales como
la función de ministros extraordinarios de la sagrada Comunión,
la tarea de desempeñarse como instructores o de presidir
las celebraciones de oración en ausencia de sacerdote («Instrucción»,
147-169). Estos papeles, aquí tratados, son diversos de los
que refiere la «Instrucción» en el capítulo
2, donde habla sobre la participación ordinaria de los laicos
en la liturgia y, particularmente, en la Eucaristía. Aquí
se trata la cuestión de la actuación de los laicos
cuando no está disponible un número suficiente de
sacerdotes o de diáconos. En años recientes, la Santa
Sede ha dedicado considerable atención a esta materia y esta
Instrucción lo continúa haciendo, agregando más
consideraciones para algunas circunstancias.
El capítulo final trata sobre los remedios
canónicos a delitos o abusos contra la Sagrada Eucaristía.
El remedio principal, a largo plazo, es una formación adecuada,
la instrucción y la fe sólida. Pero cuando ocurren
abusos, la Iglesia tiene el deber de señalarlos en un modo
claro y caritativo.
5. Conclusión
Según el artculo de fe que nos dice que la
Misa es la representación sacramental del sacrificio de la
Cruz (cfr Concilio de Trento: DS 1740) y que en el santísimo
sacramento de la Eucaristía se encuentra presente «el
cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor
Jesucristo y, por lo tanto, Cristo entero está verdadera,
real y substancialmente presente» (Concilio de Trento: DS
1651; cf CEC 1374), es claro que las normas litúrgicas concernientes
la sagrada Eucaristía merecen nuestra atención. No
se trata de rúbricas meticulosas, dictadas por mentes legalísticamente
estructuradas.
«La santísima Eucaristía contiene
todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
pascua y pan vivo» (PO, 5). Los Sacerdotes y los Obispos son
ordenados, sobre todo, para celebrar el sacrificio eucarístico
y dar el Cuerpo y la Sangre de Cristo a los fieles. Los Diáconos
y, a su modo, los acólitos, los otros ministros, los lectores,
los coros y los fieles laicos especialmente designados, están
llamados a colaborar según funciones definidas. Ellos, llenos
de un espíritu de fe y devoción, deberían esforzarse
en cumplir sus varios ministerios.
La «Instrucción» concluye diciendo
que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos espera que también «mediante la
diligente aplicación de cuanto se recuerda en esta Instrucción,
la humana fragilidad obstaculice menos la acción del santísimo
Sacramento de la Eucaristía y, eliminada cualquier irregularidad,
desterrado cualquier uso reprobable, por intercesión de la
Santísima Virgen María, «mujer eucarística»,
resplandezca en todos los hombres la presencia salvífica
de Cristo en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre» («Instrucción»,
185).
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