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Fuente:
Agencia Zenit, servicio de 7 de mayo de
2004 |
La crisis de los abusos sexuales atribuidos
a sacerdotes muestra la necesidad de programas de formación
humana y espiritual para presbíteros y seminaristas en particular
sobre el tema de la sexualidad, afirma un experto psiquiatra.
El doctor Rick Fitzgibbons, uno de los principales
redactores de la declaración de la Catholic Medical Association
sobre «Homosexualidad y Esperanza», ha expresado este
punto de vista tras los descubrimientos del reciente estudio del
Colegio John Jay de Justicia Criminal comisionado y hecho público
por la Conferencia Episcopal de Estados Unidos.
Juan Pablo II pidió este jueves a un
grupo de obispos de Estados Unidos esforzarse por ofrecer «una
adecuada formación en la castidad y el celibato».
El doctor Fitzgibbons comparte sus puntos de
vista en esta entrevista concedida a Zenit.
-El informe del Colegio
John Jay de Justicia Criminal establece que entre el 80% y el 90%
de los sacerdotes que han abusado sexualmente de niños en
los últimos 52 años en Estados Unidos se ha relacionado
con chicos adolescentes -efebofilia- no con chicos prepubescentes
-pedofilia-. ¿Qué conclusiones se pueden sacar de
estas conclusiones?
-Fitzgibbons: El informe John Jay ha revelado claramente
que la crisis en la Iglesia no es de pedofilia, sino de homosexualidad.
Las principales víctimas no han sido niños, sino varones
adolescentes.
El tratamiento de los conflictos emocionales, que
lleva a hombres adultos a desarrollar comportamientos homosexuales
con varones adolescentes, puede ser eficaz puesto que hay un componente
espiritual en el proceso de cura, como en el tratamiento de desórdenes
de abusos sustanciales.
La soledad y la falta de confianza masculina desde
la época adolescente de la vida que llevan a la atracción
por el mismo sexo a varones adolescentes puede resolverse sin más
comportamientos homosexuales activos en persona fuertemente motivadas.
Por lo tanto, mi opinión profesional -y también la
de muchos otros profesionales de la salud mental- es que se debe
dar consideración a re-evaluación de la política
del Dallas Charte de «un error y está fuera».
-¿La Iglesia
en Estados Unidos ha afrontado de forma adecuada las causas de raíz
del problema de abuso sexual?
-Fitzgibbons: Antes de la publicación del
informe John Jay no había sido claramente identificada la
raíz fundamental del problema.
Podemos estar agradecidos a que este malentendido
se haya corregido. Gracias a Dios, esta clarificación sobre
la homosexualidad, como el problema básico que ha causado
la crisis, dará lugar a que se den nuevos pasos para proteger
a la Iglesia, al clero y a los adolescentes y niños.
-¿Qué
programas es necesario que desarrollen los sacerdotes, religiosos
y seminarios para responder a los hallazgos del estudio John Jay?
-Fitzgibbons: La necesidad más apremiante
no está en los programas para niños de escuela elemental
sino en los programas de formación humana y espiritual de
sacerdotes y seminaristas sobre el tema de la crisis en la Iglesia,
el sacerdocio y la sexualidad.
Tales conferencias podrían presentar las
causas de la atracción por el mismo sexo, en especial la
soledad y la falta de confianza masculina, y las formas en que pueden
resolverse estas atracciones con la ayuda del Señor.
La castidad debería presentarse como una
forma sana de vida. El libro del padre John Harvey, «The Truth
About Homosexuality» («La verdad sobre la homosexualidad»),
podía ser un excelente recurso, así como la declaración
de la Catholic Medical Association, «Homosexuality and Hope»
(Homosexualidad y Esperanza). También, se deberían
discutir temas relacionados con las prácticas heterosexuales.
Además, los sacerdotes se beneficiarían
de programas pastorales en curso sobre las enseñanzas completas
de la Iglesia sobre la moral sexual para presentar esta verdad a
las parroquias, institutos y universidades católicas. El
sacerdote que enseña esta verdad es más probable que
la viva.
También, puesto que el estudio John Jay informa
de una incidencia creciente del comportamiento homosexual en los
sacerdotes en las últimas tres décadas, estos sacerdotes
con atracción por el mismo sexo tienen la grave responsabilidad
de proteger a la Iglesia, a sus hijos y al sacerdocio para que no
se dé más vergüenza y dolor tratando su enfermedad
emocional. Lo mismo se aplica a los sacerdotes que se ven fuertemente
tentados por la heterosexualidad.
Los seminaristas se beneficiarían de programas
de formación sobre el crecimiento en la madurez afectiva
que tocaran conflictos emocionales que llevan a las tentaciones
homosexuales y heterosexuales. Los seminaristas deben aprender la
verdad sobre la homosexualidad, específicamente que no tiene
causas genéticas y que es prevenible y tratable.
Los seminaristas con atracción por el mismo
sexo deben trabajar por afrontar y resolver sus conflictos emocionales
en psicoterapia y con un director espiritual. No deberían
ordenarse hasta que estos conflictos hayan sido curados y dejen
de identificarse a sí mismos como homosexuales.
-Teniendo en cuenta
el informe John Jay, ¿qué recomendaciones haría
usted a los sacerdotes que han estado implicados en comportamientos
homosexuales o heterosexuales con adultos?
-Fitzgibbons: Los hombres casados que no han sido
sexualmente fieles a sus esposas -con frecuencia como resultado
de factores que incluyen la debilidad humana, el conflicto marital,
el excesivo estrés laboral, la soledad y la falta de confianza-
raramente se les pide que abandonen a sus esposas y hogares.
De igual manera también, a los sacerdotes
que han pecado sexualmente con adultos no se les debe privar necesariamente
de su ministerio sacerdotal. Se debe más bien buscar la cura
emocional y la dirección espiritual que pueden dar lugar
a una fidelidad duradera al don dado por Dios.
-¿Qué
importancia tiene la selección de candidatos para el seminario?
-Fitzgibbons: La evaluación apropiada de
los candidatos al sacerdocio puede proteger a la Iglesia y a sus
hijos. Se habría podido prevenir mucho sufrimiento de haberse
hecho en el pasado una selección apropiada de los candidatos
al seminario y a la vida religiosa.
La apropiada evaluación psicológica
de los candidatos al sacerdocio sacará a la luz los problemas
más corrientes y potenciales que pondrían a la persona
en riesgo de prácticas sexuales.
Los protocolos deberían desarrollarse de
forma que permitan a aquellos profesionales que seleccionan a los
candidatos al sacerdocio identificar a los individuos con graves
problemas, para recomendar terapia a aquellos que tengan problemas
corregibles y aceptar a aquellos que puedan vivir el celibato casto
y no plantear una amenaza para los demás.
No es suficiente preguntar a un candidato si es
heterosexual u homosexual, o si está sexualmente interesado
en adolescentes o niños.
Dos recientes estudios diferentes han demostrado
que las respuestas a unas pocas preguntas sobre las experiencias
de niñez y adolescencia, que están relacionadas con
el desarrollo de una identidad masculina positiva, incluidas dentro
de un cuestionario más grande, han permitido al entrevistador
clínico concluir, con un 90% de exactitud, si el sujeto sufre
de atracción homosexual.
Cuando la evaluación revela una probable
atracción por el mismo sexo, no se excluye automáticamente
la consideración del candidato. Si está dispuesto
a llevar a cabo el duro trabajo requerido para superar su enfermedad
emocional de inseguridad masculina, tristeza y angustia, su atracción
por el mismo sexo podría resolverse.
Al dejar de identificarse a sí mismo como
homosexual, podría readmitirse. La Iglesia no debería
correr el riego moral de permitir a alguien que se identifica a
sí mismo como homosexual que entrara en el seminario.
Es esencial también que los profesionales
de la salud mental implicados de alguna manera en la evaluación
de los candidatos al seminario o que traten a seminaristas o sacerdotes,
así como las facultades de los seminarios, apoyen la enseñanza
de la Iglesia sobre la sexualidad, en especial sobre la homosexualidad.
Según nuestra experiencia, hay algunas diócesis
y comunidades religiosas que confían en el trabajo de profesionales
de la salud mental que discrepan activamente de la moralidad sexual
de la Iglesia. Dada la naturaleza especializada de la evaluación
de candidatos a los seminarios, recomendamos que se requiera a los
psicólogos y psiquiatras implicados en esta importante labor
que participen en los programas educativos en curso dados por personas
leales a la enseñanza de la Iglesia sobre moralidad sexual.
-Así pues,
¿se requiere que quienes tienen atracción por el mismo
sexo sigan alguna clase de terapia o asesoramiento y sólo
tras su adecuado cumplimiento se les permita entrar?
-Fitzgibbons: Sí.
-¿Qué
clase de garantías se puede dar en estos casos? ¿Un
periodo de tiempo viviendo castamente? ¿Superar la atracción
en sí misma?
-Fitzgibbons: Cinco años de vida casta es
la recomendación del padre John Harvey.
-¿Qué
clase de programas es necesario desarrollar para ayudar a los adolescentes,
como resultado de la crisis de abusos sexuales?
-Fitzgibbons: Puesto que las principales víctimas
de la crisis han sido varones adolescentes, no niños, la
Iglesia debería considerar el desarrollo de un programa específico
para varones de séptimo a duodécimo grado.
El primer principio de tal programa debería
ser no hacer daño; es decir, debe proteger el bienestar emocional,
psicológico y espiritual de los adolescentes. Esta conferencia
debería también presentar la enseñanza de la
Iglesia sobre el amor humano y la sexualidad. Desafortunadamente,
muchos programa en uso hoy en día fallan a la hora de tratar
tales temas.
El desarrollo de un programa educacional para adolescentes
debe implicar a sus padres como primeros educadores de sus hijos.
A este respecto son importantes materiales para adolescentes y sus
padres la declaración del Vaticano: «Sexualidad Humana:
Verdad y Significado», y artículos sobre la teología
del cuerpo de Juan Pablo II, para adolescentes.
También, no debería haber miedo de
presentar el problema subyacente a la crisis, es decir, la homosexualidad.
El nuevo folleto de la Catholic Medical Association, «Homosexuality
and Hope» («Homosexualidad y esperanza»), que
presenta la verdad sobre la posibilidad de cura, podría ser
de gran valor.
-¿Cree usted
que es necesario desarrollar programas para los niños en
respuesta a los descubrimientos del informe John Jay?
-Fitzgibbons: Estoy muy preocupado por este tema.
Puesto que el 80% de las víctimas de abusos del clero han
sido varones adolescentes, no queda claro que en este momento sean
necesarios los programas para niños.
Además, una preocupación seria de
muchos padres y profesionales católicos de salud mental es
que los programas actualmente en uso o propuestos para niños
sobre este tema fallan a la hora de proteger la inocencia y la salud
emocional de los niños, además de ignorar y discrepar
de las enseñanzas de la Iglesia sobre amor humano y sexualidad.
Otras debilidades serias en estos programas son
la imposición de información sexual prematura a niños
que puede dañarlos psicológicamente y robarles su
inocencia; enseñan en público materias íntimas
que pertenecen a la familia; usurpan la implicación y supervisión
del programa por parte de los padres; y fallan al tratar la causa
de raíz de la crisis, homosexualidad.
Mi opinión profesional es que sólo
hasta que se desarrollen plenamente los programas para sacerdotes,
seminaristas y adolescentes y estén operativos por algún
tiempo, deberían considerarse los programas para niños
debido a los muchos riesgos de asociar a los niños con la
educación sobre abusos sexuales.
Entretanto, sería provechosa la distribución
y formación de grupos de estudio para padres católicos
en todas las diócesis sobre el documento vaticano: «Sexualidad
humana: verdad y significado».
-¿Teniendo
en cuenta el informe John Jay, qué cree usted que puede hacer
el laicado católico?
-Fitzgibbons: El laicado debe pedir a los sacerdotes
que prediquen la castidad y la plenitud de la verdad de la Iglesia
sobre la moralidad sexual. También, podemos educar y comunicar
a nuestros hijos la belleza del plan de Dios para el amor humano
y la sexualidad.
Podemos estar agradecidos a la gran mayoría
de los sacerdotes que son fieles y leales a la Iglesia. Debemos
pedir por la purificación de la Iglesia, el episcopado, el
sacerdocio y los matrimonios. Podemos apoyar, animar y rezar por
nuestros sacerdotes y podemos confiar en la promesa del Señor
en Jeremías 3, 15: «Os daré pastores según
mi corazón».
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