| Autor:
Michael Hull |
Fuente:
Clerus.org |
A finales del siglo XIX y aprincipios del XX, el
fenómeno de la reducción filosófica y, como
consecuencia, reducción del discurso teológico a discurso
político, una reducción expuesta sumariamente y refutada
hace mucho tiempo, sigue amenazando el pensamiento correcto incluso
en el siglo XXI.
Una consecuencia de esa convicción errónea
es la tendencia contemporánea al igualitarismo radical,
que sostiene que los principios de la teoría política,
en este caso democrática, se aplican, no solo en el ámbito
político, sino en todos los ámbitos, incluida la Iglesia.
Esto es por supuesto, un pensamiento extraño para la eclesiología
católica, que pone de manifiesto una diferencia esencial
entre los sacerdotes y los laicos.
En ningún momento es esta diferencia esencial
más evidente que en el Santo Sacrificio de la Misa, donde,
como dice «Lumen gentium», "el sacerdocio
ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela
y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico
ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo" Intentar
inyectar los principios de la filosofía política moderna,
incluidos los democráticos, en la sociedad perfecta de la
Iglesia, inaugurada por Cristo Rey y guiada por el Espíritu
Santo, es contrario a la voluntad de Dios. Especialmente problemáticas
son, en primer lugar, las inclinaciones a confundir las identidades
del sacerdote y del laico, y en segundo lugar, ignorar los
peligros de democratización en la relación
adecuada entre los sacerdotes y los laicos.
La identidad sacerdotal
La identidad sacerdotal está fundada en la
configuración de Cristo Señor, que
es a la vez sacerdote, profeta y rey del universo. El sacerdote
está íntima y únicamente configurado con Cristo
por su ordenación. La ordenación confiere "un
vínculo ontológico específico que une al sacerdote
con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor. " De hecho, por su
ordenación al sacerdocio, el hombre se convierte en «alter
Christus». Como "otro Cristo," es deber y derecho
del sacerdote santificar («munus sanctificandi»),
enseñar («munus docendi»), y gobernar
(«munus regendi») «in persona Christi
capitis», porque por la ordenación un sacerdote
está configurado con Cristo de modo de "actuar en la
persona de Cristo, la cabeza." La identidad sacerdotal se forja
en la triple munera, que son inseparables en el sacerdote
y en ejercicio del sacerdocio. El sacerdote es quien, al compartir
el sacerdocio de Cristo, ofrece la Misa, extiende el perdón
y la paz a los pecadores en la penitencia y unge el óleo
de la Extrema Unción; es el sacerdote quien, al compartir
la misión profética de Cristo, habla en nombre de
Cristo y la Iglesia en la predicación; y es el sacerdote
quien, al compartir la realeza de Cristo, ejerce el gobierno de
la Iglesia, de modo que sólo un sacerdote pueda guiar las
almas como párroco u obispo.
La crisis de la identidad sacerdotal
en los últimos tiempo fue ya propuesta por el Sínodo
de los Obispos de 1990, y de ella habló Juan Pablo II en
la Exhortación Apostólica Post Sinodal de 1992 «Pastores
dabo vobis» (Sobre la formación de los sacerdotes
en las circunstancias actuales), que seguía muy de cerca
la Exhortación Apostólica del Sínodo de los
Obispos de 1987 y la Exhortación Apostólica de Juan
Pablo II de 1988 «Christifideles laici» (sobre
la Vocación y la Misión de los Fieles Laicos en la
iglesia y en el Mundo Moderno). La pérdida de la identidad
sacerdotal ha mezclado la diferencia entre el sacerdocio ministerial
y el sacerdocio común de los fieles a tal punto que muchos
ya no ven la diferencia esencial entre ambos, o en caso de ver la
diferencia, creen erróneamente que la diferencia es solamente
de grados. «Lumen gentium» indica claramente
la antigua relación entre sacerdotes y laicos: "Aunque
difieren, y no solamente en cuanto al grado, el sacerdocio común
de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, están
sin embargo ordenados uno al otro; cada uno de forma individual,
comparte el sacerdocio de Cristo." Cuando se abandona o se
malinterpreta esta distinción se produce desorientación:
el clero se laiciza y los laicos se clericalizan. Debemos seguir
los pasos del Sínodo de 1990 y de «Pastores dabo
vobis» para entender mejor la diferencia esencial entre
las vocaciones sacerdotales y laicales.
Esa diferencia, como hemos indicado, está
fundada en el cambio ontológico propio del sacerdocio
(ministerial), que es una gracia añadida al
bautismo. San Pedro (1 Pe 2:5, 9) y San Juan de Patmos (Ap
1:6; 5:10; 20:6) nos aseguran que la promesa de Dios a Israel -"seréis
para mi un reino de sacerdotes y una nación santa"-
se cumple en Cristo mediante el sacramento del bautismo. Del mismo
modo, la Epístola a los Hebreos nos asegura que la diferenciación
que hace Dios entre sacerdotes y pueblo en Israel -"luego trae
contigo a tu hermano Aarón, y a sus hijos de entre el pueblo
de Israel, para que me sirvan como sacerdotes"- se cumple en
Cristo mediante el sacramento de la ordenación, Los Evangelios,
los Hechos y las Epístolas están repletos de a elección
de Pedro y de los Doce, sobre su función exclusiva e irremplazable
en la Iglesia y sobre su misión de hacer discípulos
de todas las naciones. El propio San Pedro ilustra esto hermosamente:
"A los ancianos que están entre vosotros les exhorto
yo, anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo, y
partícipe de la gloria que está para manifestarse.
Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando,
no forzados, sino voluntariamente según Dios, no por mezquino
afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando
a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey."
La pérdida de la distinción
entre el pastor y las ovejas lleva a una falacia teórica.
O todos son los pastores o todos las ovejas. Pero desde el punto
de vista práctico, dicha reductio ad absurdum a
la equivalencia radical, conduce solamente a una falacia: nadie
conoce su lugar. Si los hombres perdiesen la fe en la autoridad
y estructura propia de la sociedad perfecta que es la Iglesia, intentarán
reemplazar esa autoridad y estructura con otra cosa. Por desgracia,
hay en nuestros días personas que se han equivocado sobre
la naturaleza de la Iglesia, en particular la naturaleza
del sacerdocio y del estado laical. A menudo ven a la sociedad
secular, en concreto a las filosofías políticas en
busca de métodos para encontrar su lugar. No como las de
la caverna de Platón, quién mezcló las sombras
con la realidad, intentan reemplazar la ciudad de Dios con una ciudad
del hombre. Es de lamentar que cuando los hombres son así
de ignorantes intentan aprehender lo que está de moda o es
expedito. En nuestros días, dominados por el igualitarismo
radical y la noción de que todo poder reside en el electorado,
no es de sorprender que la "democratización," que
definimos aquí como "la teoría, sistema o principios
de la democracia," surge de las cenizas. Todo intento de modernidad
o convencionalismo que intente reemplazar la religión con
el racionalismo, toda pretensión en nombre de la democratización
ha de levantar inmediatamente dos banderas rojas a los fieles.
En primer lugar, la democracia en si es una teoría
de la filosofía política que no es buena per se.
La Iglesia reconoce los beneficios de la democracia
por encima de cualquier otra forma de gobierno secular pero no aprueba
ninguna teoría política. Cuando se trata de presiones,
los católicos tienen la libertad de estar o no de acuerdo
con Winston Churchill que ha dicho, "la democracia es la peor
forma de gobierno a excepción de todas aquellas formas de
gobierno que han sido probadas de vez en cuando." La adopción
generalizada de las formas de gobierno democráticas de los
últimos doscientos años han producido muchos bienes
sociales, como la protección de los derechos humanos fundamentales,
pero también han provocado males sociales, como la negación
del más fundamental de los derechos humanos -el derecho a
la vida- en el aborto y la eutanasia. En segundo lugar, la Iglesia
es una sociedad perfecta, y no una sociedad política. Los
estados seculares necesitan por naturaleza un sistema de gobierno
cada vez más refinado, que siga la ley natural y proteja
el bien común. Por el contrario, el gobierno de la Iglesia,
la jerarquía, es querido por Dios, instituido por Cristo
Rey, y guiado por el Espíritu Santo. La Iglesia no necesita
mirar más allá de si misma, de su Sagrada Tradición
y la Sagrada Escritura, para obtener un sistema de organización
sin igual que le es propio. La democracia y sus aspectos derivados
y correlativos no tienen mayor cabida en la Iglesia que cualquier
otro sistema político secular.
El peligro de la democratización
Como hemos mencionado anteriormente, la democracia
es una forma de gobierno secular viable, aunque de ninguna
manera es la única. En boga en la actualidad, con el apoyo
de muchos movimientos modernos y posmodernos, la democracia es alabada
como el gran sistema de liberación de una presunto pasado
de opresión. En esta forma general de pensamiento, la democratización
se tiene que poner en marcha en cualquier forma de asociación
humana porque toda potestad y autoridad reside en los hombres. El
pluralismo, también muy mentado como otra
posibilidad de libertad y por tanto de moda, parece la otra cara
de la moneda democrática en nuestros días, por la
que la reflexión política parece concentrarse cada
vez más en opinión, en lugar de hacerlo en la razón,
en estadísticas más que en la ley natural, y en las
personas más que en las comunidades. Este desarrollo en el
orden mundial de las naciones es bastante turbador en sí
mismo considerado, pero es mas peligros aún si se adentra
en la Iglesia. Porque la creencia de la Iglesia, explicada en las
palabras de Poncio Pilatos (Juan 19, 11) y de San Pablo a los romanos,
dice que ninguna autoridad emana de los hombres;
por lo tanto, toda filosofía -política, religiosa,
o de otro estilo- que tenga autoridad que provenga de la comunidad
en vez de Dios es falaz.
En la Iglesia en si, el mayor peligro de la democratización
es ignorar o anular la diferencia entre el sacerdocio ministerial
y el sacerdocio de los fieles. Como afirma claramente la Congregación
para el Clero en el «Directorio para la vida y el ministerios
de los sacerdotes»: "la mentalidad que confunde
los deberes del sacerdotes con los de los laicos no se puede permitir
en la Iglesia. En algunas organizaciones eclesiales de manifestación
se manifiesta claramente. De esta manera, no se distingue la autoridad
propia de los obispos de la de los sacerdotes como colaboradores
de los obispos, o incluso niega la primacía de Pedro en el
colegio de obispos."
"Una forma de evitar caer en la mentalidad
de la ‘democratización’ es evitar también
el llamado ‘clericalismo’ de los laicos que tiende a
disminuir el sacerdocio ministerial de los sacerdotes." Otro
punto es evitar la laicización del clero.
Tanto sacerdotes como laicos tienen una vocación clara en
la Iglesia y el mundo, pero estas vocaciones no se incluyen mutuamente.
En relación con las unidades más básicas de
la Iglesia (además del núcleo familiar), el párroco
(pastor) es responsable de la santificación, enseñanza
y gobierno de su parroquia, de la parte del mystici corporis
Christi que le ha sido confiada. Sin embargo, el peligro de
democratización puede surgir a nivel parroquial cuando los
consejos parroquiales, u otras organizaciones parroquiales, exceden
su papel propio.
Con «Gaudium et spes» (números
73–76) del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha enfatizado
mucho el papel de los laicos en el mundo como bautizados
de Cristo. El Concilio también enfatiza la importancia de
los laicos como ayuda a los sacerdotes en el ministerio sagrado,
como se ve en «Christus Dominus» (número
27). El resultado ha sido un poco desilusionador en relación
con la distinción entre sacerdote y laicos y sus propios
roles en la Iglesia y en el mundo. No solo Juan Pablo II en «Christifideles
laici» y «Pastores dabo vobis»,
sino también en la «Instrucción sobre ciertas
cuestiones relacionadas con la colaboración de los fieles
no ordenados en los sagrados ministerios de los sacerdotes«
de 1997, y en la nota doctrinal de la Congregación para la
Doctrina de la Fe de 2003 sobre «La participación de
los católicos en la vida política», ha establecido
como objetivo no solo aclararnos las diferencias y distinciones
entre sacerdotes y laicos. La lectura de estos documentos demuestra
que la democratización desempeña un papel nada despreciable
en la inadecuada participación y mezcla de los sacerdotes
en la vida laical.
La democratización solo puede disturbar la
relación entre sacerdotes y obispos o incluso obispos y el
Papa. «Christus Dominus» (números 25–35)
y «Presbyterorum ordinis» (números 7–9)
expresan claramente la relación entre los sacerdotes y los
obispos y los matices de la vocación; explican cómo
los sacerdotes y los obispos colaboran en el cuidado del pueblo
de Dios. Pese al hecho de que "todos los sacerdotes comparten
con los obispos el mismo sacerdocios y ministerio de Cristo,"
su relación es jerárquica. Si no
se entiende esta relación, de modo que se piense que el obispo
es más el presidente de un organismo que un padre de familia,
habrá problemas, con certeza. "Se ha de recordar que
el presbiterado y los consejos de sacerdotes no son una expresión
del derecho de asociación del clero, y mucho menos se entiende
según la opinión que reclama la naturaliza sindical
de estas partes en la comunidad eclesial.." Del mismo modo,
una comprensión parcial de lo que significa el colegio de
obispos puede llevar a la herejía de que el Obispo de Roma
es primus inter pares y no un elemento constitutivo del
colegio. Como indica claramente la nota previa de «Lumen
gentium», "no hay colegio episcopal sin su cabeza
… la idea del colegio implica siempre una cabeza y en el colegio,
la cabeza preserva intacta la función de Vicario de Cristo
y pastor de la Iglesia Universal." Sólo una concepción
errónea de la democratización lleva a pensar en la
Iglesia como una sociedad que necesita liberarse y libertad de expresión.
Lo verdadero es lo contrario: la Iglesia es ordenada y jerárquica,
una sociedad perfecta, y el modelo de todas las sociedades humanas.
En la iglesia existe una llamada universal
a la santidad, y al mismo tiempo hay distinciones
de origen divino entre sus miembros. Estas distinciones
reconocen algunas formas de igualitarismo radial, por ejemplo, el
amor de Dios por cada uno de sus hijos. Sin embargo, en el seno
de la Iglesia no hay espacio para las teoría sociopolíticas
que rebajen las vocaciones particulares y peculiares de los sacerdotes
y los laicos y todo lo que les compete a ambos estados. Desconocer
o anular las vocaciones universales lleva al desastre. Las repercusiones
son muchas entre las que se encuentran el desdén por la vocación
individual, falta de respeto por los sacramentos de la ordenación
y el sacerdocio, una eclesiología parlamentaria y la muerte
de las vocaciones al sacerdocio. A medida que nos adentramos en
el tercer milenio de cristianismo, debemos mantener la antigua distinción
de la iglesia entre sacerdotes y estado laical. La identidad sacerdotal
es mucho más importante para la salvación del mundo
que la construcción política, incluida la democracia.
De hecho, no deberíamos centrarnos en buscar o ver qué
es lo que está de moda pasajero sino las verdades perennes
de la revelación de Dios y las buenas razones que han guiado
a la Iglesia dos mil años. Nosotros, miembros de la Iglesia,
sacerdotes y laicos, debemos respetar y promover nuestras vocaciones
diferentes pero relacionadas por medio de Dios nuestro Padre, "que
nos ha salvado, que nos ha llamado con una llamada santa, no en
virtud de su propio objetivo, y por la gracia que nos ha dado en
Cristo Jesús."
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