| Autor:
Antonio Miralles |
Fuente:
Clerus.org |
La vocación al sacerdocio, don y misterio
El testimonio de Juan Pablo II
sobre su propia vocación, al cumplir 50 años de
sacerdocio, publicado en el libro Don y Misterio,
nos brinda indicaciones inestimables, cargadas de matices personales,
sobre su celo para con las vocaciones sacerdotales. "¡Cuántas
veces -dice- un obispo vuelve con el pensamiento y el corazón
al seminario! Es el primer objeto de sus preocupaciones. Suele decirse
que el seminario es para un obispo la "niña del ojo"
(...) De alguna manera, el obispo ve a su Iglesia a través
del seminario, puesto que de las vocaciones sacerdotales depende
una parte muy grande de la vida eclesial" (págs. 109-110).
Una parte muy grande y también esencial, porque la presencia
del sacerdocio ministerial asegura la Eucaristía y los demás
sacramentos que los fieles necesitan, asimismo, garantiza la predicación
del evangelio y la guía de la comunidad cristiana. De ello
nos ha dado un testimonio personal el Santo Padre: "Fui consagrado
obispo doce años después de mi Ordenación sacerdotal:
gran parte de estos cincuenta años estuvo signada precisamente
por la preocupación por las vocaciones" (pág.
110).
Ante esta preocupación el obispo no está
solo: es un compromiso de todos los fieles, pero
de manera especial, como afirma el Papa en la Exhortación
apostólica Pastores dabo vobis: "Todos
los sacerdotes son solidarios y comparten con él [el obispo]
la responsabilidad de la búsqueda y la promoción de
las vocaciones presbiterales" (Pastores dabo vobis
41/4). No se trata de un compromiso que podamos enfrentar despreocupadamente,
con la seguridad de que vayamos a encontrar un campo en el que la
cosecha sea abundante. De hecho, en las últimas décadas
ha habido una verdadera crisis. Sin embargo, Juan Pablo II, dirigiendo
una mirada de fe sobre toda la Iglesia, halla motivos para optimismo:
"Gracias a Dios, comienza a ser superada la crisis de las vocaciones
sacerdotales en la Iglesia. Cada nuevo sacerdote trae consigo una
bendición especial" (pág. 111). Con todo, a nadie
se le escapa que la situación no es uniforme en la Iglesia
y que en no pocos lugares la falta de un número suficiente
de sacerdotes resulta verdaderamente dramática. Y es un motivo
más para oír con mayor atención el testimonio
del Papa.
Es bueno reflexionar sobre el don de la
vocación sacerdotal. Se trata de "un misterio.
Es el misterio de un "intercambio maravilloso" («admirabile
commercium») entre Dios y el hombre. Éste entrega
a Cristo su humanidad para que Él pueda servirse de ella
como instrumento de salvación, casi haciendo de ese hombre
otro sí mismo" (pág. 84). Es decir, el hombre
percibe un llamado divino a brindarse a sí mismo,
un llamado que se le presenta como un don inestimable que antecede
a su respuesta. Por ello el Papa advierte: "Si no se percibe
el misterio de este "intercambio", no se puede comprender
cómo, al oír la palabra "¡Sígueme!",
un joven pueda llegar a renunciar a todo por Cristo, con la certeza
de que en ese camino su personalidad humana se realice plenamente"
(p. 84).
La vocación sacerdotal, al igual que la vocación
de todo cristiano, arraiga en el designio eterno de Dios
Padre, que se realiza en la vocación bautismal,
y adquiere así una mayor determinación hasta llegar
a ser concreta en relación a cada bautizado. Es el plan proclamado
por el himno inicial de la carta a los Efesios: "Nos ha elegido
en él [Cristo] antes de la fundación del mundo, para
ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos
de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad" (Ef 1,4-6).
Es éste el fundamento de la radicalidad de la vocación
cristiana: el designio de Dios no se conforma con una meta menor
que la de ser santos e inmaculados en su presencia. Es un designio
eterno, escondido en la intimidad de la vida trinitaria, que luego
repercute en la vida personal del hombre y en lo íntimo
de su corazón, cuando percibe que para él es un camino
concreto que recorrer, en la identificación con Cristo y
con la fuerza del Espíritu Santo, hasta la meta a que su
Padre, Dios, lo llama.
El Santo Padre cuenta cómo ocurrió
su percepción del llamado divino al sacerdocio:
"Se mostraba a mi conciencia (...) cada vez más, una
luz: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Un día
lo percibí con mucha claridad: era una suerte de iluminación
interior, que llevaba consigo la alegría y la seguridad de
otra vocación [se refiere a sus proyectos anteriores]. Y
esta conciencia me llenó de una gran paz interior" (pág.
44).
La respuesta libre al llamado de Cristo
y la fiel confirmación sucesiva, a lo largo del camino formativo
de preparación al sacerdocio, van dando mayor firmeza, sea
a la persuasión de haber sido llamados al sacerdocio, sea
a la decisión de responder con el don decidido de sí
mismos. Se llega así al momento de la Ordenación,
en el cual la persuasión iluminada por la fe se vuelve certeza.
A ese momento se refiere el Santo Padre, con evidente referencia
a sí mismo: "Quien se dispone a recibir la Ordenación
sagrada se postra con todo su cuerpo y apoya su frente en el suelo
del templo, expresando así su disponibilidad completa a emprender
el ministerio que se le confía. Ese rito ha marcado profundamente
mi existencia sacerdotal" (pág. 53). No alcanza sólo
la disponibilidad para desempeñar una serie de funciones
que se podrían enumerar en un cuadro normativo, porque el
sacerdote está llamado a servir a Cristo, Sacerdote eterno,
con toda su existencia. Dice el Papa: "El sacerdocio de todos
los presbíteros se inscribe en el misterio de la Redención.
Esta verdad sobre la Redención y el Redentor se ha enraizado
en el centro mismo de mi conciencia, me ha acompañado en
todos estos años, ha impregnado mis experiencias pastorales,
me ha revelado contenidos siempre nuevos" (pág. 92).
A pesar de haberles ofrecido sólo breves
fragmentos, dada la brevedad del tiempo de que dispongo, este testimonio
del Papa constituye un marco muy adecuado de experiencias y doctrina
para comprender mejor su enseñanza, que aparece más
sistemática y completa en «Pastores dabo vobis»,
como vengo a exponer en la segunda parte de mi intervención.
La vocación sacerdotal en la pastoral de
la Iglesia
El Sínodo de los Obispos de 1990 y la exhortación
apostólica posterior, «Pastores dabo vobis»,
sobre la formación de los sacerdotes en las circunstancias
actuales, constituyen un claro signo de la acción de Juan
Pablo II por las vocaciones al sacerdocio, como puede verse en el
capítulo 4° de la exhortación, que trata de la
vocación sacerdotal en la pastoral de la Iglesia y el capítulo
5°, sobre la formación de los candidatos al sacerdocio.
Concentraré mis observaciones en el capítulo 4°,
para respetar el tiempo que me ha sido asignado.
De gran importancia es la afirmación central
del primer número del capítulo: "La pastoral
vocacional (...) no es un elemento secundario ni accesorio, tampoco
un momento aislado o sectorial, como si fuera una parte, aunque
muy importante, de la pastoral global de la Iglesia: es más
bien (...) una actividad íntimamente insertada en la pastoral
general de cada Iglesia, una atención que debe integrarse
e identificarse plenamente con la "cura de almas" llamada
ordinaria" (Pastores dabo vobis 34/4). Esto es que, en ninguna
Iglesia particular, los pastores y los demás fieles pueden
considerarse dispensados del compromiso constante para que un número
adecuado de jóvenes pueda acoger la gracia de la vocación
al sacerdocio.
Para preparar mejor la acción pastoral
en este campo, es necesario tener en cuenta plenamente
los aspectos esenciales de la vocación sacerdotal mencionados
en la primera parte; es necesario considerar que, entre estos aspectos,
se encuentra también la dimensión eclesial: "[la
vocación] no deriva sólo "de" la Iglesia
y su mediación, y tampoco se da a conocer y se cumple sólo
"en" la Iglesia, sino que se configura, en el servicio
fundamental a Dios, necesariamente también como servicio
"para" la Iglesia" (Pastores dabo vobis
35/5). Por ello, "la Iglesia está realmente presente
y activa también en la vocación de cada sacerdote"
(Pastores dabo vobis 38/1); y es así, de manera
especial, en el llamado del obispo.
En el diálogo vocacional entre Dios y el
hombre, la libertad de éste es insuprimible, pero es menester
reconocer la prioridad de la intervención libre y gratuita
de Dios que llama. "La vocación es un don de la gracia
divina y nunca un derecho del hombre y, por eso no es posible considerar
la vida sacerdotal como una promoción simplemente humana,
ni tampoco la misión del ministro como un simple proyecto
personal" (Pastores dabo vobis 36/4). El Papa deduce de ello
una consecuencia importante: "Aquellos que han llamados saben
que se basan no en sus propias fuerzas, sino en la fidelidad incondicional
de Dios que llama" (Pastores dabo vobis 36/4). La misma gracia
de Dios anima y alienta la libertad humana para que responda a la
vocación, "una libertad que en la respuesta positiva
se expresa como adhesión personal profunda, como donación
de amor o, mejor dicho, como nueva donación al Donante que
es Dios que llama, como oblación" (Pastores dabo vobis
36/7).
Reconocer el gran valor positivo de la respuesta
libre al llamado divino no impide tener conciencia de los
obstáculos que se le oponen. El Papa hace referencia explícita
a los obstáculos identificados por los Padres sinodales al
reconocer "que la crisis de las vocaciones al presbiterado
tiene raíces profundas en el ambiente cultural, la mentalidad
y la praxis de los cristianos" (Pastores dabo vobis
37/5). Para contrastar esa crisis, subraya "la urgencia de
que la pastoral vocacional de la Iglesia apunte prioritariamente
y con decisión a la reconstrucción de la "mentalidad
cristiana", tal como es engendrada y sostenida por la fe. Se
hace más que nunca necesaria una evangelización que
no cese de presentar el verdadero rostro de Dios, el Padre que en
Jesucristo nos llama, uno a uno, y el sentido genuino de la libertad
humana como principio y fuerza del don responsable de sí
mismos" (Pastores dabo vobis 37/6).
Come he dicho antes, la vocación sacerdotal
tiene una dimensión eclesial esencial, que
lleva a la siguiente consecuencia importante: "La Iglesia,
como pueblo sacerdotal, profético y real, está comprometida
en la promoción y el servicio del nacimiento y la maduración
de las vocaciones sacerdotales por medio de la oración y
la vida sacramental, a través del anuncio de la Palabra y
la educación a la fe, con la guía y el testimonio
de la caridad" (Pastores dabo vobis 38/3). En esta
breve síntesis, no es difícil divisar los puntos sobresalientes
de un verdadero programa de pastoral vocacional: la oración,
los sacramentos de la vida ordinaria (Eucaristía y Penitencia),
la catequesis orgánica, la dirección espiritual y
el testimonio de una vida cristiana auténtica. Ordenado todo
ello para obtener de Dios gracias abundantes de hombres llamados
al sacerdocio y de respuestas generosas por parte de los llamados.
El espíritu con el que se ha de promover este programa está
claramente descrito por las palabras del Papa: "Los educadores
y, en particular, los sacerdotes, no deben vacilar en proponer,
de manera explícita y vigorosa, la vocación al presbiterado
como una posibilidad real para aquellos jóvenes que den muestra
de poseer los dones y las dotes que le corresponden. No debe temerse
que se los condicione o se limite su libertad; al contrario, una
propuesta precisa, hecha en el momento justo, puede ser decisiva
para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica"
(Pastores dabo vobis 39/2).
La pastoral vocacional es un deber
de toda la Iglesia. Juan Pablo II es muy explícito:
"Es por demás urgente, hoy en especial, que se difunda
y eche raíces la convicción de que todos los miembros
de la Iglesia, sin exclusión alguna, tienen la gracia y la
responsabilidad de ocuparse de las vocaciones" (Pastores
dabo vobis 41/2). La primera responsabilidad corresponde al
obispo, coadyuvado por los sacerdotes; pero también "ha
sido confiada una responsabilidad muy especial a la familia cristiana"
(Pastores dabo vobis 41/5). La pastoral vocacional y la
pastoral familiar se desarrollan al unísono.
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