| Autor:
Alfonso Carrasco Rouco |
Fuente:
Clerus.org |
Artículo relacionado: Cómo
los Obispos desalientan a las vocaciones (y la clave para atraerlas).
"La primera responsabilidad de la pastoral
orientada a las vocaciones sacerdotales es la del Obispo" (Pastores
dabo vobis 41c), que ha de suscitar y coordinar la
colaboración de toda la Iglesia que tiene encomendada,
presbíteros y laicos, familias, comunidades religiosas y
movimientos o asociaciones de fieles.
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Ordenaciones sacerdotales
en la Basílica de San Pedro |
Su preocupación primera, a este respecto,
es que la dimensión vocacional esté plenamente
integrada en la vida de la Iglesia, pues en ella surgen
y maduran las vocaciones sacerdotales.
Ciertamente, la historia de toda vocación,
también la sacerdotal, es la de "un inefable diálogo
entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad
del hombre que responde" (Pastores dabo vobis 36).
Debido a esta prioridad absoluta de la iniciativa divina, la responsabilidad
primera del Obispo se encuentra en la oración al Padre –para
que envíe operarios a su mies–, suya y de toda su Iglesia
(PG 48c). Oración que, según su naturaleza cristiana,
irá acompañada de la ofrenda, de la oblación
de sí; ésta, realizada en el secreto del corazón
–particularmente en los momentos de sufrimiento–, se
manifiesta, en medio de la Iglesia, como testimonio de vida en el
amor al Señor y alcanza una expresión de valor único
en la celebración de la Eucaristía.
La celebración personal del Obispo
–y de sus sacerdotes– y la vida en plenitud de la Eucaristía
por la comunidad cristiana han de ser consideradas elementos fundantes
del cuidado y la educación de las vocaciones sacerdotales.
"No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio
sin Eucaristía".
De esta manera se pondrá de manifiesto del
mejor modo cómo la vida de la Iglesia es hecha posible
por el amor del Redentor, que sigue sanando, iluminando y colmando
de esperanza y de caridad la vida de los que lo siguen y creen en
Él. La vocación sacerdotal necesita percibir en la
existencia y en el testimonio de los creyentes esta presencia de
Cristo como la fuente –escondida en la Eucaristía–
de verdad y de salvación, que congrega y alimenta permanentemente
a la comunidad eclesial, y hace de ella sal de la tierra y luz del
mundo.
La interpelación, la llamada del amor del
Señor, que, en medio de su Iglesia, invita a algunos a un
seguimiento particular en el sacerdocio, pide una respuesta también
de amor y entrega, ciertamente personal y libre, pero que necesita
el humus de la vida eclesial para su germinación y crecimiento.
Esto conlleva una responsabilidad particular
del Obispo, que no puede dar por descontada la dimensión
educativa propia de la comunidad cristiana y ha de promover
y coordinar sus varias manifestaciones. Entre ellas, en primer
lugar, que la persona encuentre en ella un acompañamiento
real, en el que sea ayudada a discernir y a madurar la
propia vocación en la relación con personas que tengan
la madurez espiritual necesaria. Será igualmente de gran
ayuda todo cuanto eduque a la persona a un ejercicio efectivo de
la caridad en su vida y a un testimonio confiado de su fe como cristiano
en medio de la Iglesia y del mundo. Es propio también del
Obispo, en fin, cuidar la vida de sus sacerdotes, para que aparezca
en medio de la Iglesia como "un valor inestimable y una forma
espléndida y privilegiada de vida cristiana" (Pastores
dabo vobis 39), y disipar dudas, prejuicios e ideas equivocadas
que la cultura ambiente puede inocular en la mente de los fieles
a este respecto.
Por todas estas vías, el Obispo intentará,
implorando la gracia del Espíritu del Señor, llevar
a cabo la tarea imprescindible e irremplazable de dar testimonio
de su propia vocación y de la misión a la
que ha entregado su existencia: hacer presente el amor del Redentor,
sirviendo a la memoria viva de su Evangelio y de la entrega de su
Cuerpo y de su Sangre, para el verdadero bien de los hombres, para
que conformen una comunión de vida, de caridad y de unidad,
que sea germen firmísimo de paz y de salvación en
medio del mundo (cf. Lumen Gentium 9b).
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