| Autor:
Stuart C. Bate |
Fuente:
Clerus.org |
Dios llama permanentemente a personas para que participen
en la realización de su gran plan de salvación para
el mundo (Cf. Ef. 1; 1 Cor 15). Una llamada especial es la vocación
a la vida sacerdotal y de servicio. Solemos oír
la llamada de Dios en el ejemplo de aquellos que nos rodean,
que nos retan e inspiran para que seamos testigos de sus propias
vidas. Esto es verdad sobre todo en relación con la vocación
sacerdotal, en la que el ejemplo de un sacerdote santo es la forma
en la que muchos jóvenes están llamados a examinar
la elección que acometerán el futuro.
Muchos encuentran estos ejemplos en sus propias
parroquias, donde el testimonio del párroco
es un lugar esencial para la llamad de Dios para que otros acepten
la vida sacerdotal y el ministerio. (DMP 32). Este testimonio puede
inspirarse en diferentes tipos de dones y talentos sacerdotales.
Algunos párrocos descuellan en la preparación
y guía de la oración y la celebración
digna de los sacramentos. Algunos manifiestan la presencia de Dios
en su ministerio especial con los enfermos y moribundos.
Otros tienen el talento de la predicación y de llegar
al corazón de las personas con la palabra de Dios. Algunos
muestran un compromiso especial con los pobres y los que sufren
en las parroquias. No hay una receta pero lo que es común
a todos es el ejemplo de hombres que han encontrado
al Señor, le conocen y que viven su relación con Jesús
en el servicio al pueblo que están llamados a dirigir.
Inspirados por este ejemplo, hay jóvenes
(y a veces personas mayores) que comienzan a contemplar los valores
y la inconmensurable necesidad de la vida sacerdotal. En este marco
están más abiertos y preparados para la moción
del Espíritu Santo que los puede llamar para ir y ver más
sobre esta vida por sus propios medios (Cf. Jn 1, 39).
Entender el significado de estas mociones exige
discernimiento. Aquí también la parroquia
puede desempeñar un papel importante en la ayuda
para que se exploren otras posibilidades y estilos de vida. También
los puede llevar a un mayor compromiso con la parroquia. El párroco
es a menudo el primero que reconoce las semillas de una vocación
sacerdotal en un joven. Esto se debe a que él mismo ha tenido
que dar forma también a su propia llamada antes de entrar
en el seminario. Los sacerdotes, sin embargo, deben ser cuidadosos
para no proyectar sus opiniones y deseos. Su papel no es controlar
sino confiar en Dios ayudando a esos jóvenes a explorar sus
vocaciones, sean cuáles sean. Esto implica que no debe haber
ni imposición de la voluntad propia ni una mera pasividad
de dar solo un espacio espiritual. Sino más bien, exige un
papel activo mediante el acompañamiento y el ánimo
a aquellos que sienten que el Señor los está llamando
al ministerio sacerdotal.
Esta tarea de guía vocacional
no es la tarea de unos pocos especialistas, o de los que se ‘llevan
bien con los jóvenes’. Es responsabilidad de
cada párroco. Cada uno lo hará a su forma
y estilo. Ha de ser verdad que casi todos los sacerdotes han inspirado
al menos a una persona a seguir sus pasos. Algunas veces no hayamos
conseguido nutrir esa inspiración. Como Pedro podemos decir
que hemos pescado poco. Es Jesús quien nos muestra cómo
echar las redes para obtener una gran pesca (Lc 5).
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