| Autor:
Jesús Colina. Roma |
Fuente:
"Alfa y Omega", Madrid 27 de
mayo de 2004, pág. 13. |
La
Santa Sede publicó, el pasado 14 de mayo, una Instrucción
en la que ofrece la respuesta cristiana al nuevo desafío que
plantea la emigración en tiempos de globalización. El
texto ofrece dos claves fundamentales: el amor a todo emigrante y
la necesidad de respetar los derechos fundamentales, tanto de quienes
acogen como de quienes son acogidos:
El documento publicado por la Santa Sede sobre la
emigración, que tiene por título
Erga Migrantes Caritas Christi (La caridad de Cristo hacia
los emigrantes), ha sido redactado por el Consejo Pontificio para
la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, cuyo Presidente es
el cardenal japonés Stephen Fumio Hamao.
El documento, que se compone de 104 párrafos
y que concluye con un Ordenamiento jurídico-pastoral de 22
artículos, orienta a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos
para superar miedos injustificados.
«El cristiano contempla en el extranjero,
más que al prójimo, el rostro mismo de Cristo, nacido
en un pesebre y que, como extranjero, huye a Egipto, asumiendo y
compendiando en sí mismo esta fundamental experiencia de
su pueblo», afirma la Instrucción, y añade:
«María, la Madre de Jesús, siguiendo esta línea
de consideraciones, se puede contemplar también como icono
viviente de la mujer emigrante. Da a luz a su hijo lejos de casa
y se ve obligada a huir a Egipto. La devoción popular considera
justamente a María como Virgen del camino».
El texto presenta también advertencias
llamadas a garantizar una auténtica integración de
los emigrantes y las exigencias fundamentales de las comunidades
de acogida.
El número 61 establece que, «por respeto
a los propios lugares sagrados y también a la religión
del otro, no estimamos oportuno que los espacios que pertenecen
a los católicos –iglesias, capillas, lugares de culto,
locales reservados a las actividades específicas de evangelización
y de pastoral– se pongan a la disposición de las personas
pertenecientes a religiones no cristianas, ni mucho menos que sean
utilizados para obtener la aprobación de reivindicaciones
dirigidas a las autoridades públicas».
«En cambio, los espacios de carácter
social -para el tiempo libre, el recreo y otros momentos de socialización-
podrían y deberían permanecer abiertos a las personas
pertenecientes a otras religiones, dentro del respeto de las normas
que se siguen en dichos espacios».
El documento constata el gran número de emigrantes
musulmanes que se da en estos momentos, lo que considera
(en el número 65) una oportunidad para vivir «la actitud
evangélica que se ha de asumir, e invita a purificar la memoria
de las incomprensiones del pasado, a cultivar los valores comunes,
y a definir y respetar las diversidades sin renunciar a los principios
cristianos».
Tras señalar valores positivos del Islam,
el documento afronta la cuestión del respeto de los derechos
humanos, y afirma: «Aspiramos, por tanto, a que se produzca
en nuestros hermanos y hermanas musulmanes una creciente toma de
conciencia sobre el carácter imprescindible del ejercicio
de las libertades fundamentales, de los derechos inviolables de
la persona, de la igual dignidad de la mujer y del hombre, del principio
democrático en el gobierno de la sociedad y de la correcta
laicidad del Estado. Habrá, asimismo, que llegar a una armonía
entre la visión de fe y la justa autonomía de la creación».
El documento desaconseja (en el número 63)
el matrimonio entre católicos e inmigrantes no cristianos,
«aunque con distintos grados de intensidad, según la
religión de cada cual, con excepción de casos especiales».
En el número 67 afronta la cuestión
del matrimonio entre una mujer católica
con un musulmán. «Debido también a los resultados
de amargas experiencias –considera–, habrá que
realizar una preparación muy esmerada y profunda».
Pide, además, «el apoyo de la comunidad católica,
antes y después del matrimonio», para «la parte
menos tutelada de la familia musulmana, es decir, la mujer, para
que conozca y haga valer sus propios derechos».
«La Iglesia está a su lado»
El arzobispo Agostino Marchetto, Secretario del
Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes,
explica cómo la Iglesia siempre ha apoyado a quienes se ven
obligados a dejar sus raíces: «Hace cincuenta años,
no entraban todavía en nuestras casas las imágenes
de los prófugos, de los exiliados y deportados de guerra,
por ejemplo en los Balcanes o en África, ni de los buques
repletos de clandestinos albaneses, kurdos o africanos. La televisión
aún no nos había mostrado los rostros de miles de
seres humanos desamparados, agotados y hambrientos en busca de un
puesto de trabajo, de seguridad, de futuro para sí mismos
y sus familias. No habían aparecido todavía esas escenas
de atropellos y muerte, esos rostros aterrorizados de tantos hermanos
nuestros, la devastación de sus cuerpos y la desolación
de sus aldeas destruidas por la violencia, el odio y la venganza.
La Iglesia está siempre allí, al lado de los emigrantes
viejos y nuevos».
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