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Queridos
Sacerdotes:
Prestamos a Dios nuestro
cuerpo
1.
Como es tradición, me dirijo a vosotros el día de
Jueves Santo, conmovido, como si me sentara a vuestro lado en aquella
mesa del Cenáculo en la que el Señor Jesús
celebró con los Apóstoles la primera Eucaristía:
un don para toda la Iglesia, un don que, si bien bajo el signo sacramental,
lo hace presente "verdadera, real y sustancialmente" (Concilio
de Trento: DS 1651) en cada uno de los Sagrarios de todo el mundo.
Ante esta presencia especial, la Iglesia se postra de siempre en
adoración: "Adoro te devote, latens Deitas";
de siempre se deja llevar por la elevación espiritual de
los Santos y, como Esposa, se recoge en íntima efusión
de fe y de amor: "Ave, verum corpus natum de Maria Virgine".
Al don de esta presencia especial, que se renueva
en su supremo acto de sacrificio y lo convierte en alimento para
nosotros, Jesús unió, precisamente en el Cenáculo,
una tarea específica de los Apóstoles y de sus sucesores.
Desde entonces, ser apóstol de Cristo, como son los Obispos
y los presbíteros que participan de su misión, significa
estar autorizados a actuar in persona Christi Capitis.
Esto ocurre sobre todo cada vez que se celebra el banquete de sacrificio
del cuerpo y la sangre del Señor. Entonces, es como si el
sacerdote prestara a Cristo el rostro y la voz: "Haced esto
en conmemoración mía" (Lc 22, 19).
¡Qué vocación tan maravillosa
la nuestra, mis queridos Hermanos sacerdotes! Verdaderamente podemos
repetir con el Salmista: "¿Cómo pagaré
al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa
de la salvación, invocando su nombre" (Sal 116, 12-13).
No es propio de la
Eucaristía perdonar pecados mortales
2.
Al meditar de nuevo con gozo sobre este gran don, quisiera detenerme
en un aspecto de nuestra misión, sobre el cual llamé
vuestra atención ya el año pasado en esta misma circunstancia.
Creo que merece la pena profundizar más sobre él.
Me refiero a la misión que el Señor nos ha dado de
representarle, no sólo en el Sacrificio eucarístico,
sino también en el sacramento de la Reconciliación.
Hay una íntima conexión entre los
dos sacramentos. La Eucaristía, cumbre de la economía
sacramental, es también su fuente: en cierto sentido, todos
los sacramentos provienen y conducen a ella. Esto vale de modo especial
para el Sacramento destinado a "mediar" el perdón
de Dios, el cual acoge de nuevo entre sus brazos al pecador arrepentido.
En efecto, es verdad que la Eucaristía, en cuanto representación
del Sacrificio de Cristo, tiene también la misión
de rescatarnos del pecado. A este propósito, el Catecismo
de la Iglesia Católica nos recuerda que "la Eucaristía
no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los
pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados" (n. 1393).
Sin embargo, en la economía de gracia elegida por Cristo,
esta energía purificadora, si bien obtiene directamente la
purificación de los pecados veniales, sólo indirectamente
incide sobre los pecados mortales, que trastornan de manera radical
la relación del fiel con Dios y su comunión con la
Iglesia. "La Eucaristía –dice también el
Catecismo– no está ordenada al perdón de los
pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación.
Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que
están en la plena comunión con la Iglesia" (n.
1395).
Reiterando esta verdad, la Iglesia no quiere ciertamente
minusvalorar el papel de la Eucaristía. Lo que intenta es
acoger su significado dentro de la economía sacramental en
su conjunto, tal como ha sido diseñada por la sabiduría
salvadora de Dios. Por lo demás, es la línea indicada
perentoriamente por el Apóstol, al dirigirse así a
los Corintios: "Quien coma el pan o beba la copa del Señor
indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba
de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come
y bebe su propio castigo" (1 Co 11, 27-29). En la perspectiva
de esta advertencia paulina se sitúa el principio según
el cual "quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe
recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse
a comulgar" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1385).
El Sacramento de la
Reconciliación es de suyo inustituible
3.
Al recordar esta verdad, siento el deseo, mis queridos Hermanos
en el sacerdocio, de invitaros ardientemente, como ya lo hice el
año pasado, a redescubrir personalmente y a hacer redescubrir
la belleza del sacramento de la Reconciliación. Éste,
por diversos motivos, pasa desde hace algunos decenios por una cierta
crisis, a la que me he referido más de una vez, queriendo
incluso que un Sínodo de Obispos reflexionara sobre ella
y recogiendo después sus indicaciones en la Exhortación
apostólica Reconciliatio et poenitentia. Por otro
lado, he de recordar con profundo gozo las señales positivas
que, especialmente en el Año jubilar, han puesto de manifiesto
cómo este Sacramento, presentado y celebrado adecuadamente,
puede ser redescubierto también por los jóvenes. Indudablemente,
dicho redescubrimiento se ve favorecido por la exigencia de comunicación
personal, hoy cada vez más difícil por el ritmo frenético
de la sociedad tecnológica pero, precisamente por ello, sentida
aún más como una necesidad vital. Es verdad que se
puede atender a esta necesidad de diversas maneras. Pero, ¿cómo
no reconocer que el sacramento de la Reconciliación, aunque
sin confundirse con las diversas terapias de tipo psicológico,
ofrece también, casi de manera desbordante, una respuesta
significativa a esta exigencia? Lo hace poniendo al penitente en
relación con el corazón misericordioso de Dios a través
del rostro amigo de un hermano.
Sí, verdaderamente es grande la sabiduría
de Dios, que con la institución de este Sacramento ha atendido
también una necesidad profunda e ineludible del corazón
humano. De esta sabiduría debemos ser lúcidos y afables
intérpretes mediante el contacto personal que estamos llamados
a establecer con muchos hermanos y hermanas en la celebración
de la Penitencia. A este propósito, deseo reiterar que la
celebración personal es la forma ordinaria de administrar
este Sacramento, y que sólo en "casos de grave necesidad"
es legítimo recurrir a la forma comunitaria con confesión
y absolución colectiva. Las condiciones requeridas para esta
forma de absolución son bien conocidas, recordando en todo
caso que nunca se dispensa de la confesión individual sucesiva
de los pecados graves, que los fieles han de comprometerse a hacer
para que sea válida la absolución (cf. ibíd.,
1483).
Prodigos
en los corazones con el sacramento de la Penitencia
4.
Redescubramos con alegría y confianza este Sacramento. Vivámoslo
ante todo para nosotros mismos, como una exigencia profunda y una
gracia siempre deseada, para dar renovado vigor e impulso a nuestro
camino de santidad y a nuestro ministerio.
Al mismo tiempo, esforcémonos en ser auténticos
ministros de la misericordia. En efecto, sabemos que en este Sacramento,
como en todos los demás, a la vez que testimoniamos una gracia
que viene de lo alto y obra por virtud propia, estamos llamados
a ser instrumentos activos de la misma. En otras palabras -y eso
nos llena de responsabilidad- Dios cuenta también con nosotros,
con nuestra disponibilidad y fidelidad, para hacer prodigios en
los corazones. Tal vez más que en otros, en la celebración
de este Sacramento es importante que los fieles tengan una experiencia
viva del rostro de Cristo Buen Pastor.
Permitidme, pues, que me detenga con vosotros sobre
este tema, como asomándome a los lugares en que cada día
-en las Catedrales, en las Parroquias, en los Santuarios o en otro
lugar- os hacéis cargo de la administración de este
Sacramento. Vienen a la mente las páginas evangélicas
que nos presentan más directamente el rostro misericordioso
de Dios. ¿Cómo no pensar en el encuentro conmovedor
del hijo pródigo con el Padre misericordioso? ¿O en
la imagen de la oveja perdida y hallada, que el Pastor toma sobre
sus hombros lleno de gozo? El abrazo del Padre, la alegría
del Buen Pastor, ha de encontrar un testimonio en cada uno de nosotros,
queridos Hermanos, en el momento en que se nos pide ser ministros
del perdón para un penitente.
Para ilustrar aún mejor algunas dimensiones
específicas de este especialísimo coloquio de salvación
que es la confesión sacramental, quisiera proponer hoy como
"icono bíblico" el encuentro de Jesús con
Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10).En efecto, me parece que lo que ocurre
entre Jesús y el "jefe de publicanos" de Jericó
se asemeja a ciertos aspectos de una celebración del Sacramento
de la misericordia. Siguiendo este relato breve, pero tan intenso,
queremos descubrir en las actitudes y en la voz de Cristo todos
aquellos matices de sabiduría humana y sobrenatural que también
nosotros hemos de intentar expresar para que el Sacramento sea vivido
en el mejor de los modos.
La gracia de Dios
mueve eficazmente a las almas a la conversión
5.
Como sabemos, el relato presenta el encuentro entre Jesús
y Zaqueo casi como un hecho casual.
Jesús entra en Jericó y lo recorre
acompañado por la muchedumbre (cf. Lc 19, 3). Zaqueo parece
impulsado sólo por la curiosidad al encaramarse sobre el
sicómoro. A veces, el encuentro de Dios con el hombre tiene
también la apariencia de la casualidad. Pero nada es "casual"
por parte de Dios. Al estar en realidades pastorales muy diversas,
a veces puede desanimarnos y desmotivarnos el hecho que no sólo
muchos cristianos no hagan el debido caso a la vida sacramental,
sino que, a menudo, se acerquen a los Sacramentos de modo superficial.
Quien tiene experiencia de confesar, de cómo se llega a este
Sacramento en la vida habitual, puede quedar a veces desconcertado
ante el hecho de que algunos fieles van a confesarse sin ni siquiera
saber bien lo que quieren. Para algunos de ellos, la decisión
de ir a confesarse puede estar determinada sólo por la necesidad
de ser escuchados. Para otros, por la exigencia de recibir un consejo.
Para otros, incluso, por la necesidad psicológica de librarse
de la opresión del "sentido de culpa". Muchos sienten
la necesidad auténtica de restablecer una relación
con Dios, pero se confiesan sin tomar conciencia suficientemente
de los compromisos que se derivan, o tal vez haciendo un examen
de conciencia muy simple a causa de una falta de formación
sobre las implicaciones de una vida moral inspirada en el Evangelio.
¿Qué confesor no ha tenido esta experiencia?
Ahora bien, éste es precisamente el caso
de Zaqueo. Todo lo que le sucede es asombroso. Si en un determinado
momento no se hubiera producido la "sorpresa" de la mirada
de Cristo, quizás hubiera permanecido como un espectador
mudo de su paso por las calles de Jericó. Jesús habría
pasado al lado, pero no dentro de su vida. Él mismo no sospechaba
que la curiosidad, que lo llevó a un gesto tan singular,
era ya fruto de una misericordia previa, que lo atraía y
pronto le transformaría en lo íntimo del corazón.
Mis queridos Sacerdotes: pensando en muchos de nuestros
penitentes, releamos la estupenda indicación de Lucas sobre
la actitud de Cristo: "cuando Jesús llegó a aquel
sitio, alzando la vista, le dijo: "Zaqueo, baja pronto; porque
conviene que hoy me quede yo en tu casa"" (Lc 19, 5).
Cada encuentro con un fiel que nos pide confesarse,
aunque sea de modo un tanto superficial por no estar motivado y
preparado adecuadamente, puede ser siempre, por la gracia sorprendente
de Dios, aquel "lugar" cerca del sicómoro en el
cual Cristo levantó los ojos hacia Zaqueo. Para nosotros
es imposible valorar cuánto haya penetrado la mirada de Cristo
en el alma del publicano de Jericó. Sabemos, sin embargo,
que aquellos ojos son los mismos que se fijan en cada uno de nuestros
penitentes. En el sacramento de la Reconciliación, nosotros
somos instrumentos de un encuentro sobrenatural con sus propias
leyes, que solamente debemos seguir y respetar. Para Zaqueo debió
ser una experiencia sobrecogedora oír que le llamaban por
su nombre. Era un nombre que, para muchos paisanos suyos, estaba
cargado de desprecio. Ahora él lo oye pronunciar con un acento
de ternura, que no sólo expresaba confianza sino también
familiaridad y un apremiante deseo ganarse su amistad. Sí,
Jesús habla a Zaqueo como a un amigo de toda la vida, tal
vez olvidado, pero sin haber por ello renegado de su fidelidad,
y entra así con la dulce fuerza del afecto en la vida y en
la casa del amigo encontrado de nuevo: "baja pronto; porque
conviene que hoy me quede yo en tu casa" (Lc 19, 5).
Acompañar en
el camino a Dios que salva
6.
Impacta el tono del lenguaje en el relato de Lucas: ¡todo
es tan personalizado, tan delicado, tan afectuoso! No se trata sólo
de rasgos conmovedores de humanidad. Dentro de este texto hay una
urgencia intrínseca, que Jesús expresa como revelación
definitiva de la misericordia de Dios. Dice: "debo quedarme
en tu casa" o, para traducir aún más literalmente:
"es necesario para mí quedarme en tu casa" (Lc
19, 5). Siguiendo el misterioso sendero que el Padre le ha indicado,
Jesús ha encontrado en su camino también a Zaqueo.
Se entretiene con él como si fuera un encuentro previsto
desde el principio. La casa de este pecador está a punto
de convertirse, a pesar de tantas murmuraciones de la humana mezquindad,
en un lugar de revelación, en el escenario de un milagro
de la misericordia. Ciertamente, esto no sucederá si Zaqueo
no libera su corazón de los lazos del egoísmo y de
las ataduras de la injusticia cometida con el fraude. Pero la misericordia
ya le ha llegado como ofrecimiento gratuito y desbordante. ¡La
misericordia le ha precedido!
Esto es lo que sucede en todo encuentro sacramental.
No pensemos que es el pecador, con su camino autónomo de
conversión, quien se gana la misericordia. Al contrario,
es la misericordia lo que le impulsa hacia el camino de la conversión.
El hombre no puede nada por sí mismo. Y nada merece. La confesión,
antes que un camino del hombre hacia Dios, es un visita de Dios
a la casa del hombre.
Así pues, podremos encontrarnos en cada confesión
ante los más diversos tipos de personas. Pero hemos de estar
convencidos de una cosa: antes de nuestra invitación, e incluso
antes de nuestras palabras sacramentales, los hermanos que solicitan
nuestro ministerio están ya arropados por una misericordia
que actúa en ellos desde dentro. Ojalá que por nuestras
palabras y nuestro ánimo de pastores, siempre atentos a cada
persona, capaces también de intuir sus problemas y acompañarles
en el camino con delicadeza, transmitiéndoles confianza en
la bondad de Dios, lleguemos a ser colaboradores de la misericordia
que acoge y del amor que salva.
Ilustrar y formar
a los fieles de acuerdo con los tiempos
7.
"Debo quedarme en tu casa". Intentemos penetrar más
profundamente aún en estas palabras. Son una proclamación.
Antes aún de indicar una decisión de Cristo, proclaman
la voluntad del Padre. Jesús se presenta como quien ha recibido
un mandato preciso. Él mismo tiene una "ley" que
observar: la voluntad del Padre, que Él cumple con amor,
hasta el punto de hacer de ello su "alimento" (cf. Jn
4, 34). Las palabras con las que Jesús se dirige a Zaqueo
no son solamente un modo de establecer una relación, sino
el anuncio de un designio de Dios.
El encuentro se produce en la perspectiva de la
Palabra de Dios, que tiene su perfecta expresión en la Palabra
y el Rostro de Cristo. Éste es también el principio
necesario de todo auténtico encuentro para la celebración
de la Penitencia. Qué lástima si todo se redujera
a un mero proceso comunicativo humano. La atención a las
leyes de la comunicación humana puede ser útil y no
deben descuidarse, pero todo se ha de fundar en la Palabra de Dios.
Por eso el rito del Sacramento prevé que se proclame también
al penitente esta Palabra.
Aunque no sea fácil ponerlo en práctica,
éste es un detalle que no se ha de minusvalorar. Los confesores
experimentan continuamente lo difícil que es ilustrar las
exigencias de esta Palabra a quien sólo la conoce superficialmente.
Es cierto que el momento en que se celebra el Sacramento no es el
más apto para cubrir esta laguna. Es preciso que esto se
haga, con sabiduría pastoral, en la fase de preparación
anterior, ofreciendo las indicaciones fundamentales que permitan
a cada uno confrontarse con la verdad del Evangelio. En todo caso,
el confesor no dejará de aprovechar el encuentro sacramental
para intentar que el penitente vislumbre de algún modo la
condescendencia misericordiosa de Dios, que le tiende su mano no
para castigarlo, sino para salvarlo.
Por lo demás, ¿cómo ocultar
las dificultades objetivas que crea la cultura dominante en nuestro
tiempo a este respecto? También los cristianos maduros encuentran
en ella un obstáculo en su esfuerzo por sintonizar con los
mandamientos de Dios y con las orientaciones expresadas por el magisterio
de la Iglesia, sobre la base de los mandamientos. Éste es
el caso de muchos problemas de ética sexual y familiar, de
bioética, de moral profesional y social, pero también
de problemas relativos a los deberes relacionados con la práctica
religiosa y con la participación en la vida eclesial. Por
eso se requiere una labor catequética que no puede recaer
sobre el confesor en el momento de administrar el Sacramento. Esto
debería intentarse más bien tomándolo como
tema de profundización en la preparación a la confesión.
En este sentido, pueden ser de gran ayuda las celebraciones penitenciales
preparadas de manera comunitaria y que concluyen con la confesión
individual.
Para perfilar bien todo esto, el "icono bíblico"
de Zaqueo ofrece también una indicación importante.
En el Sacramento, antes de encontrarse con "los mandamientos
de Dios", se encuentra, en Jesús, con "el Dios
de los mandamientos". Jesús mismo es quien se presenta
a Zaqueo: "me he de quedar en tu casa". Él es el
don para Zaqueo y, al mismo tiempo, la "ley de Dios" para
Zaqueo. Cuando se encuentra a Jesús como un don, hasta el
aspecto más exigente de la ley adquiere la "suavidad"
propia de la gracia, según la dinámica sobrenatural
que hizo decir a Pablo: "si sois conducidos por el Espíritu,
no estáis bajo la ley" (Ga 5, 18).Toda celebración
de la penitencia debería suscitar en el ánimo del
penitente el mismo sobresalto de alegría que las palabras
de Cristo provocaron en Zaqueo, el cual "se apresuró
a bajar y le recibió con alegría" (Lc19, 6).
Que acojamos el amor
de Dios
8.
La precedencia y superabundancia de la misericordia no debe hacer
olvidar, sin embargo, que ésta es sólo el presupuesto
de la salvación, que se consuma en la medida en que encuentra
respuesta por parte del ser humano. En efecto, el perdón
concedido en el sacramento de la Reconciliación no es un
acto exterior, una especie de "indulto" jurídico,
sino un encuentro auténtico y real del penitente con Dios,
que restablece la relación de amistad quebrantada por el
pecado. La "verdad" de esta relación exige que
el hombre acoja el abrazo misericordioso de Dios, superando toda
resistencia causada por el pecado.
Esto es lo que ocurre en Zaqueo. Al sentirse tratado
como "hijo", comienza a pensar y a comportarse como un
hijo, y lo demuestra redescubriendo a los hermanos. Bajo la mirada
amorosa de Cristo, su corazón se abre al amor del prójimo.
De una actitud cerrada, que lo había llevado a enriquecerse
sin preocuparse del sufrimiento ajeno, pasa a una actitud de compartir
que se expresa en una distribución real y efectiva de su
patrimonio: "la mitad de los bienes" a los pobres. La
injusticia cometida con el fraude contra los hermanos es reparada
con una restitución cuadruplicada: "Y si en algo defraudé
a alguien, le devolveré el cuádruplo" (Lc 19,
8). Sólo llegados a este punto el amor de Dios alcanza su
objetivo y se verifica la salvación: "Hoy ha llegado
la salvación a esta casa" (Lc 19, 9).
Este camino de la salvación, expresado de
un modo tan claro en el episodio de Zaqueo, ha de ofrecernos, queridos
Sacerdotes, la orientación para desempeñar con sabio
equilibrio pastoral nuestra difícil tarea en el ministerio
de la confesión. Éste sufre continuamente la fuerza
contrastante de dos excesos: el rigorismo y el laxismo. El primero
no tiene en cuenta la primera parte del episodio de Zaqueo: la misericordia
previa, que impulsa a la conversión y valora también
hasta los más pequeños progresos en el amor, porque
el Padre quiere hacer lo imposible para salvar al hijo perdido.
"Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que
estaba perdido" (Lc 19, 10). El segundo exceso, el laxismo,
no tiene en cuenta el hecho de que la salvación plena, la
que no solamente se ofrece sino que se recibe, la que verdaderamente
sana y reaviva, implica una verdadera conversión a las exigencias
del amor de Dios. Si Zaqueo hubiera acogido al Señor en su
casa sin llegar a una actitud de apertura al amor, a la reparación
del mal cometido, a un propósito firme de vida nueva, no
habría recibido en lo más profundo de su ser el perdón
que el Señor le había ofrecido con tanta premura.
Hay que estar siempre atentos a mantener el justo
equilibrio para no incurrir en ninguno de estos dos extremos. El
rigorismo oprime y aleja. El laxismo desorienta y crea falsas ilusiones.
El ministro del perdón, que encarna para el penitente el
rostro del Buen Pastor, debe expresar de igual manera la misericordia
previa y el perdón sanador y pacificador. Basándose
en estos principios, el sacerdote está llamado a discernir,
en el diálogo con el penitente, si éste está
preparado para la absolución sacramental. Ciertamente, lo
delicado del encuentro con las almas en un momento tan íntimo
y a menudo atormentado, impone mucha discreción. Si no consta
lo contrario, el sacerdote ha de suponer que, al confesar los pecados,
el penitente siente verdadero dolor por ellos, con el consiguiente
propósito de enmendarse. Ésta suposición tendrá
un fundamento ulterior si la pastoral de la reconciliación
sacramental ha sabido preparar subsidios oportunos, facilitando
momentos de preparación al Sacramento que ayuden cada uno
a madurar en sí una suficiente conciencia de lo que viene
a pedir. No obstante, está claro que si hubiera evidencia
de lo contrario, el confesor tiene el deber de decir al penitente
que todavía no está preparado para la absolución.
Si ésta se diera a quien declara explícitamente que
no quiere enmendarse, el rito se reduciría a pura quimera,
sería incluso como un acto casi mágico, capaz quizás
de suscitar una apariencia de paz, pero ciertamente no la paz profunda
de la conciencia, garantizada por el abrazo de Dios.
Sólo personalmente
podemos recibir el amor de Dios
9.
A la luz de lo dicho, se ve también mejor por qué
el encuentro personal entre el confesor y el penitente es la forma
ordinaria de la reconciliación sacramental, mientras que
la modalidad de la absolución colectiva tiene un carácter
excepcional. Como es sabido, la praxis de la Iglesia ha llegado
gradualmente a la celebración privada de la penitencia, después
de siglos en que predominó la fórmula de la penitencia
pública. Este desarrollo no sólo no ha cambiado la
sustancia del Sacramento –y no podía ser de otro modo–
sino que ha profundizado en su expresión y en su eficacia.
Todo ello no se ha verificado sin la asistencia del Espíritu,
que también en esto ha desarrollado la tarea de llevar la
Iglesia "hasta la verdad completa" (Jn 16, 13).
En efecto, la forma ordinaria de la Reconciliación
no sólo expresa bien la verdad de la misericordia divina
y el consiguiente perdón, sino que ilumina la verdad misma
del hombre en uno de sus aspectos fundamentales: la originalidad
de cada persona que, aun viviendo en un ambiente relacional y comunitario,
jamás se deja reducir a la condición de una masa informe.
Esto explica el eco profundo que suscita en el ánimo el sentirse
llamar por el nombre. Saberse conocidos y acogidos como somos, con
nuestras características más personales, nos hace
sentirnos realmente vivos. La pastoral misma debería tener
en mayor consideración este aspecto para equilibrar sabiamente
los momentos comunitarios en que se destaca la comunión eclesial,
y aquellos en que se atiende a las exigencias de la persona individualmente.
Por lo general, las personas esperan que se las reconozca y se las
siga, y precisamente a través de esta cercanía sienten
más fuerte el amor de Dios.
En esta perspectiva, el sacramento de la Reconciliación
se presenta como uno de los itinerarios privilegiados de esta pedagogía
de la persona. En él, el Buen Pastor, mediante el rostro
y la voz del sacerdote, se hace cercano a cada uno, para entablar
con él un diálogo personal hecho de escucha, de consejo,
de consuelo y de perdón. El amor de Dios es tal que, sin
descuidar a los otros, sabe concentrarse en cada uno. Quien recibe
la absolución sacramental ha de poder sentir el calor de
esta solicitud personal. Tiene que experimentar la intensidad del
abrazo paternal ofrecido al hijo pródigo: "Se echó
a su cuello y le besó efusivamente" (Lc 15, 20). Debe
poder escuchar la voz cálida de amistad que llegó
al publicano Zaqueo llamándole por su nombre a una vida nueva
(cf. Lc 19, 5).
Dignidad y valentía
en el confesor
10.
De aquí se deriva también la necesidad de una adecuada
preparación del confesor a la celebración de este
Sacramento. Ésta debe desarrollarse de tal modo que haga
brillar, incluso en las formas externas de la celebración,
su dignidad de acto litúrgico, según las normas indicadas
por el Ritual de la Penitencia. Eso no excluye la posibilidad de
adaptaciones pastorales dictadas por las circunstancias donde se
viera su necesidad por verdaderas exigencias de la condición
del penitente, a la luz del principio clásico según
el cual la salus animarum es la suprema lex de
la Iglesia. Dejémonos guiar en esto por la sabiduría
de los Santos. Actuemos también con valentía en proponer
la confesión a los jóvenes. Estemos en medio de ellos
haciéndonos sus amigos y padres, confidentes y confesores.
Necesitan encontrar en nosotros las dos figuras, las dos dimensiones.
Sintamos la exigencia rigurosa de estar realmente
al día en nuestra formación teológica, sobre
todo teniendo en cuenta los nuevos desafíos éticos
y siendo siempre fieles al discernimiento del magisterio de la Iglesia.
A veces sucede que los fieles, a propósito de ciertas cuestiones
éticas de actualidad, salen de la confesión con ideas
bastante confusas, en parte porque tampoco encuentran en los confesores
la misma línea de juicio. En realidad, quienes ejercen en
nombre de Dios y de la Iglesia este delicado ministerio tienen el
preciso deber de no cultivar, y menos aún manifestar en el
momento de la confesión, valoraciones personales no conformes
con lo que la Iglesia enseña y proclama. No se puede confundir
con el amor el faltar a la verdad por un malentendido sentido de
comprensión. No tenemos la facultad de expresar criterios
reductivos a nuestro arbitrio, incluso con la mejor intención.
Nuestro cometido es el de ser testigos de Dios, haciéndonos
intérpretes de una misericordia que salva y se manifiesta
también como juicio sobre el pecado de los hombres. "No
todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará
en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre
celestial" (Mt 7, 21).
Dejarse "conquistar"
por Cristo
11.
Queridos Sacerdotes. Sentidme particularmente cercano a vosotros
mientras os reunís en torno a vuestros Obispos en este Jueves
Santo del año 2002. Todos hemos vivido un renovado impulso
eclesial en el alba del nuevo milenio bajo la consigna de "caminar
desde Cristo" (cf. Novo millennio ineunte, 29 ss.).
Fue deseo de todos que eso coincidiera con una nueva era de fraternidad
y de paz para la humanidad entera. En cambio, hemos visto correr
nueva sangre. Hemos sido aún testigos de guerras. Sentimos
con angustia la tragedia de la división y el odio que devastan
las relaciones entre los pueblos.
Además, en cuanto sacerdotes, nos sentimos
en estos momentos personalmente conmovidos en lo más íntimo
por los pecados de algunos hermanos nuestros que han traicionado
la gracia recibida con la Ordenación, cediendo incluso a
las peores manifestaciones del mysterium iniquitatis que
actúa en el mundo. Se provocan así escándalos
graves, que llegan a crear un clima denso de sospechas sobre todos
los demás sacerdotes beneméritos, que ejercen su ministerio
con honestidad y coherencia, y a veces con caridad heroica. Mientras
la Iglesia expresa su propia solicitud por las víctimas y
se esfuerza por responder con justicia y verdad a cada situación
penosa, todos nosotros -conscientes de la debilidad humana, pero
confiando en el poder salvador de la gracia divina- estamos llamados
a abrazar el mysterium Crucis y a comprometernos aún
más en la búsqueda de la santidad. Hemos de orar para
que Dios, en su providencia, suscite en los corazones un generoso
y renovado impulso de ese ideal de total entrega a Cristo que está
en la base del ministerio sacerdotal.
Es precisamente la fe en Cristo la que nos da fuerza
para mirar con confianza el futuro. En efecto, sabemos que el mal
está siempre en el corazón del hombre y sólo
cuando el hombre se acerca a Cristo y se deja "conquistar"
por Él, es capaz de irradiar paz y amor en torno a sí.
Como ministros de la Eucaristía y de la Reconciliación
sacramental, a nosotros nos compete de manera muy especial la tarea
de difundir en el mundo esperanza, bondad y paz.
Os deseo que viváis en la paz del corazón,
en profunda comunión entre vosotros, con el Obispo y con
vuestras comunidades, este día santo en que recordamos, con
la institución de la Eucaristía, nuestro "nacimiento"
sacerdotal. Con las palabras dirigidas por Cristo a los Apóstoles
en el Cenáculo después de la Resurrección,
e invocando a la Virgen María, Regina Apostolorum
y Regina pacis, os acojo a todos en un abrazo fraterno:
Paz, paz a todos y a cada uno de vosotros. ¡Feliz Pascua!
Vaticano, 17 de marzo, V Domingo de Cuaresma
de 2002, vigésimo cuarto de mi Pontificado.
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