Autor:
Cardenal Darío Castrillón
Hoyos, Prefecto de la
Congregación para el Clero |
Fuente:
Congregación para el Clero |
«La Eucaristía, manantial de santidad
en el ministerio sacerdotal»
Queridos amigos sacerdotes:
La Jornada Mundial por la Santificación de
los Sacerdotes, que se celebrarán en el gozoso clima de la
próxima solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús,
me ofrece la oportunidad de reflexionar junto con vosotros sobre
el don de nuestro ministerio sacerdotal, compartiendo vuestra solicitud
pastoral por todos los creyentes y por la humanidad entera, y de
manera particular por la parte del Pueblo de Dios que se ha confiado
a vuestros respectivos ordinarios, de los que sois solícitos
y generosos colaboradores.
El tema que quiero proponeros este año está
en sintonía con la carta encíclica «Ecclesia
de Eucharistia» que el Santo Padre Juan Pablo II quiso
reglarnos el Jueves Santo del año pasado, vigesimoquinto
aniversario de su pontificado y Año del Rosario: «La
Eucaristía, manantial de santidad en el ministerio sacerdotal».
1. Creados para amar
«Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro
Dios, soy santo» (Levítico 19, 2). El libro del Levítico
nos recuerda la gracia y la meta de todo creyente y, de manera particular,
de todo ministro ordenado: la santidad, que es intimidad con Dios,
amor sin reservas a la Iglesia y a todas las almas. La vocación
sacerdotal es «esencialmente una llamada a la santidad, que
nace del sacramento del Orden» (Juan Pablo II, exhortación
apostólica «Pastores dabo vobis», 33).
El sacerdote está llamado, en sus propias circunstancias,
allí donde Dios le ha colocado, a encontrar, conocer y amar
a Cristo en el ejercicio de su ministerio y a identificarse cada
vez más con Él.
Si, en la inminente solemnidad del Sagrado Corazón
de Jesús, mantenemos nuestra mirada dirigida hacia el Señor,
hacia su único, sumo y eterno Sacerdocio, ampliaremos nuestros
horizontes más allá de las fronteras de nuestra vida
cotidiana y enriqueceremos nuestra existencia con una dimensión
más universal y misionera.
«Yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los
campos, que blanquean ya para la siega» (Juan 4, 35). El eco
de estas palabras del Señor resuena todavía hoy en
nuestro corazón y muestran el inmenso horizonte de la misión
de amor del Verbo encarnado, que se convierte en nuestra misión:
la entrega como herencia a toda la Iglesia y, de manera específica,
dentro de ella, a nosotros, sus ministros ordenados. ¡Es verdaderamente
grande el misterio de amor del que nos hemos convertido en ministros,
nosotros, los sacerdotes!
Los Hechos de los Apóstoles nos recuerdan
que ese mismo Jesús con el que los apóstoles habían
vivido, habían comido y compartido el cansancio de cada día,
sigue estando presente ahora en su Iglesia. Cristo está presente
en ella no sólo porque sigue atrayendo hacia sí a
todos los fieles desde ese Trono de gracia y de gloria que es su
Cruz redentora (Cf. Colosenses 1, 20), formando con todos los hombres,
de todo tiempo, un solo Cuerpo, sino también porque él
está siempre presente en el tiempo y de manera eminente como
Cabeza y Pastor, que enseña, santifica, y gobierna constantemente
a su Pueblo. Y esta presencia se realiza a través del sacerdocio
ministerial que él quiso instituir en el seno de su Iglesia.
Por este motivo, todo sacerdote puede repetir que ha sido elegido,
consagrado y enviado para que se vea la actualidad de Cristo, de
quien se convierte en auténtico representante y mensajero
(Cf. Congregación para el Clero, «Directorio para el
ministerio y la vida de los presbíteros, «Tota
Ecclesia», 31.1.1974, n. 7).
La vida de Cristo de la que somos portadores, «Christo-foroi»,
es como el agua que discurre entre terrenos rocosos y áridos
y que los hace fecundos. Con la venida de Cristo en el tiempo y
en el espacio del hombre, la historia ha dejado de ser tierra árida,
como se mostraba antes de la Encarnación, para asumir un
significado y un valor de esperanza universal. «No podemos
permitirnos dar al mundo una imagen de tierra árida, después
de recibir la Palabra de Dios como lluvia bajada del cielo; ni jamás
podremos pretender llegar a ser un único pan, si impedimos
que la harina se transforme en un único pan, si impedimos
que la harina sea amalgamada por obra del agua que ha sido derramada
sobre nosotros» (Cf. San Ireneo, «Adversus Haereses»,
III, 17, PG 7, 930; Juan Pablo II «Incarnationis mysterium»,
n. 4).
2. Con el corazón de Cristo
Lo que se necesita para alcanzar la felicidad no
es una vida cómoda, sino un corazón enamorado, como
el de Cristo. El Corazón santísimo y misericordioso
de Jesús, atravesado por una lanza en la Cruz, como signo
de entrega total, es fuente inagotable de la verdadera paz, es manifestación
plena de ese amor oblativo y salvífico con el que él
nos «amó hasta el extremo» (Juan 13, 1), poniendo
el fundamento de la amistad de Dios con los hombres.
La
solemnidad de su Sagrado Corazón nos invita a la alegría
de la caridad de entregarse a los demás: «¡Cantad
al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas!»
(Salmo 97, 1).
Queridos sacerdotes, los prodigios son nuestra vida,
misterio de predilección divina y don de su misericordia,
expresados de esta manera tan lograda por el profeta Jeremías:
«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía,
y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de
las naciones te constituí» (Jeremías 1, 5).
No sólo el sacerdocio, también el camino de preparación
a él es un don, que como dice san Pablo: «nadie se
arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios» (Hebreos 5,
4).
A través del sacerdocio bautismal, todos
somos servidores de Cristo. Como dice san Pablo en la segunda carta
a los Corintios, somos los servidores de la alegría de los
hombres (Cf. 2 Corintios 1, 24). Pero el ministerio sacerdotal,
lo recordamos con palabras de Pablo VI, «no es una profesión
o un servicio cualquiera ejercido a favor de la comunidad eclesial,
sino un servicio que participa de manera absolutamente especial
y con un carácter indeleble en la potencia del sacerdocio
de Cristo, gracias al sacramento del Orden» (Pablo VI, «Mensaje
a los sacerdotes», 30 de junio de 1968, al clausurar
el Año de la Fe).
Los hombres desean contemplar en el sacerdote el
rostro de Cristo, encontrar en él a la persona que, «puesta
en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Hebreos
5, 1), pueda decir con san Agustín: «Nuestra ciencia
es Cristo y nuestra esperanza también es Cristo. Es él
quien infunde en nosotros la fe con respecto a las realidades temporales
y es él quien nos revela esas verdades que se refieren a
las realidades eternas» (san Agustín, «De
Trinitate», 13, 19, 24).
3. Mediante la Eucaristía, que es nuestra
fuerza y esperanza
Los Evangelios nos hablan de la iniciativa de Cristo
que, caminando sobre las aguas, lleva ayuda y consuelo a los apóstoles,
que se encuentran en la barca agitada por las olas del Lago de Tiberíades
(Cf. Mateo 14, 22-32).
Es una invitación a reavivar nuestra plena
confianza en Cristo. Él también nos repite la exhortación
dirigida a los navegantes: «¡Animo!, que soy yo; no
temáis» (Mateo 14, 27) ¡No nos dejemos atemorizar
por las dificultades, tengamos confianza en Él! La vocación
sacerdotal, plantada con eficacia por Cristo en vosotros y acogida
por vosotros con generosa humildad, como tierra fecunda, dará
ciertamente frutos abundantes.
Como Pedro, salgamos al encuentro de Jesús
salvador, fijando nuestra mirada en su rostro misericordioso: sólo
la mirada del crucificado y resucitado, contemplado en nuestra oración
y en la confesión sacramental, puede superar la fuerza de
gravedad de nuestra poquedad, de nuestros límites y de nuestros
pecados. San Juan Crisóstomo, al comentar este pasaje del
Evangelio, lo recuerda afirmando: «Cuando falta nuestra cooperación,
también la ayuda de Dios pierde su fuerza» (Comentario
al Evangelio de san Mateo, n. 50).
Redescubramos en particular en la Eucaristía
la verdad y la eficacia de las palabras y de la acción de
Cristo. «Jesús, tendiendo la mano, le agarró
y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"»
(Mateo 14, 31). La mano de Dios nos sostiene y las aguas oscuras,
agitadas por nuestra soberbia y por el demonio perderán su
poder. De la Eucaristía sacaremos la fuerza de la caridad
de Cristo. En este sentido, en la carta encíclica sobre la
Eucaristía, el Santo Padre escribe: «Todo compromiso
de santidad, toda acción orientada a realizar la misión
de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales,
ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria
y se ha de ordenar a él como a su culmen» (Juan Pablo
II , carta encíclica «Ecclesia de Eucharistia»,
17 de abril de 2003, n. 60).
Dios os pide, sacerdotes diocesanos, misioneros
y religiosos, que os entreguéis con entusiasmo en este sagrado
ministerio, que redescubráis, especialmente en la Eucaristía,
la belleza de vuestra vocación sacerdotal. Que cada quien
se convierta en educador de vocaciones, sin tener miedo de proponer
opciones radicales en la santidad.
Conscientes, como afirmaba el santo Cura de Ars,
que «el sacerdote es el amor del corazón de Jesús»
(«Esprit du Curé d’Ars, M. Vianney dans ses
catéchismes, ses homélies et sa conversation»,
édition de Téqui, Paris 1935, p. 117), ¿cómo
no recordaros que no hay nada más alentador que un testimonio
apasionado de la propia vocación? «El sacerdote -decía
también san Juan María Vianney- es algo inmenso, que
si él mismo lo comprendiera, se moriría» («Esprit...»
o. cit., p. 113 ).
Como centinelas de la Casa de Dios que es la Iglesia,
velemos para que en toda la vida eclesial de nuestras parroquias
se reviva el encuentro con Cristo crucificado y resucitado. Evitemos
los escollos del activismo en los que han naufragado en ocasiones
los mejores programas apostólicos y pastorales, y por los
que se han hecho áridas muchas vidas comprometidas en un
servicio que no ha sido adecuadamente regado por la Palabra de Dios
y por su presencia en la Eucaristía. Repitamos con las palabras
del Santo Padre: «En el humilde signo del pan y el vino, transformados
en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra
fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza
para todos» (Juan Pablo II, carta encíclica «Ecclesia
de Eucharistia», n. 62).
Hagamos que los fieles cristianos revivan la experiencia
del Cenáculo que, en cierto sentido fue el primer curso de
formación de los apóstoles. En el Cenáculo
el Maestro, después de haber instruido a los doce, les lavó
los pies y, anticipando el sacrificio cruento de la Cruz, se entregó
a sí mismo totalmente y para siempre en el signo del pan
y del vino. En el Cenáculo, en espera de Pentecostés,
los apóstoles se reunieron, perseverando en la oración,
con un mismo espíritu en compañía de María,
la madre de Jesús (Cf. Hechos 1, 14).
Este año se celebra el aniversario número
150 de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción
de María, proclamada por el beato Pío IX, el 8 de
diciembre de 1854. Invoquemos, por tanto, con particular confianza
a la Bienaventurada Virgen Inmaculada. Pidámosle a ella,
mujer «eucarística», que aliente siempre en nosotros
el deseo de identificarnos plenamente con su Hijo, de ser «ipse
Christus, alter Christus», para ser en todo lugar heraldos
del Evangelio, expertos en humanidad, conocedores del corazón
de los hombres de hoy, partícipes de sus alegrías
y esperanzas, angustias y tristezas y para ser, al mismo tiempo,
contemplativos, enamorados de Dios.
Dirijámonos a María, Reina de los
apóstoles y Madre de los sacerdotes. Pidámosle que
nos acompañe en nuestro camino ministerial, como acompañó
a los apóstoles y a los primeros discípulos en el
Cenáculo. Dirijámonos a ella, Estrella de la evangelización,
con confianza para que por su intercesión el Señor
conceda a cada quien el don de la fidelidad a la vocación
sacerdotal. ¡Que la Inmaculada Concepción resplandezca
en el centro de nuestras comunidades eclesiales y las transforme
en un signo elevado entre los hombres, como «ciudad situada
en la cima de un monte» y como «una lámpara sobre
el candelero para que alumbre a todos» (Mateo 5,14-15)!
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