| Autor:
Juan Manuel de Prada |
Fuente:
El Semanal, Madrid del 20 al 26 de jumio
de 2004 |
Del mismo autor : El
cura de pueblo,
sobre el ministerio del sacerdote rural, y
Curas, sobre la vocación de servicio de los sacerdotes.
También le puede interesar: Un
cura feliz.
Se ha puesto de moda, en los últimos años,
divulgar las podredumbres del clero, con regodeo en los detalles
escabrosos. Son siempre casos aislados, que no hacen sino confirmarnos
la debilidad de la naturaleza humana; estamos hechos de barro -los
curas no son una excepción- y acechados por las pasiones
más oscuras y mezquinas. Pero en la exposición de
estos casos excepcionales nunca descubro el deseo legítimo
de denunciar un atropello, sino más bien una viscosa
inquina anticlerical, un afán por extender la mancha
de la sospecha a quienes diariamente ejercen, desde la discreción
y el anonimato, su vocación de servicio.
Empieza a ser frecuente que se estrenen películas
protagonizadas por curas pederastas o represores, o por monjas sádicas
que desahogan sus más bestiales apetitos con las pupilas
que se hallan bajo su protección; son, casi siempre, películas
burdas y caricaturescas, inspiradas por el más aciago resentimiento,
que invariablemente son jaleadas por quienes reparten las bendiciones
en el cotarro cultural. En cambio, nadie se preocupa de dedicar
una película a los muchos curas y monjas que han agotado
sus vidas educando niños, consolando enfermos, haciendo más
respirables los días de quienes vivían a su alrededor.
Lo mismo podría predicarse de los medios de comunicación,
empeñados en propagar a los cuatro vientos los deslices de
tal o cual cura que equivocó su misión o sucumbió
a las tentaciones de la carne; en cambio, no se preocupan de aproximar
a su público los desvelos de tantos miles de curas
y monjas que, desde una parroquia de barrio, un hospital
o una choza escondida en cualquier paraje extramuros del atlas,
calcinan su salud en el cumplimiento de aquella encomienda del Nazareno:
«Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me
disteis de beber; peregrino fui, y me acogisteis; estaba desnudo,
y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a
verme». A estos curas y monjas –que, por lo demás,
constituyen una inmensa mayoría– nadie les presta su
voz, quizá porque la virtud no vende en el mercado de la
carnaza, quizá porque su ejemplo callado, su heroísmo
silencioso, refuta esa imagen siniestra que se pretende ofrecer
de la Iglesia.
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San Juan Bautista María Vianney,
Santo Cura de Ars. Imagen
que se venera en el
oratorio del Ateneo de Teología (Madrid) |
A veces, recibo cartas de estos curas y monjas que
alegremente se desgastan en beneficio del prójimo,
sin aguardar ninguna recompensa terrenal. Hoy quiero traer a este
rincón de papel y tinta el testimonio de dos de ellos que
a buen seguro hubiesen preferido mantenerse en el anonimato. Sor
Antonia Azpilicueta, de la Congregación de Hermanas de la
Caridad de Santa Ana, me escribe desde Zaragoza, donde ahora reside
después de haberse paseado por Ruanda, el Congo, Costa de
Marfil, Ghana y Filipinas: «Te podría hablar de la
hermana Mari Cruz, que ha venido a morir a casa, después
de haber sido infectada por el sida en Ruanda. O de Angelita, que
murió en Ghana muy joven, entregada a la causa de los más
perdidos. O de las hermanas Carmen y Alfonsina, asesinadas por bombas-lapa.
O de las hermanas Rosa y Sagrario, secuestradas en Ruanda y que,
al no poder volver a ese país, hoy viven en una selva del
Congo, entregando la vida a jirones. Y más y más,
anónimos para la noticia y el mundo del ruido y la farándula».
Don Manuel Garrido, cura de pueblo, me escribe desde la comarca
de La Cabrera, en León: «Apenas quedamos cuatro pelagatos.
Es una tragedia. En la misa del Gallo de la pasada Nochebuena, estábamos
en la iglesia unas quince personas, todas de edad provecta, y hacía
tanto frío que casi hacía daño respirar, casi
dolía el aire en los pulmones. Pero después vino la
primavera. No hace mucho todavía, subía yo las escaleras
del campanario para tocar a la misa y convocar así a la media
docena que estaban en el pueblecito más o menos disponibles
para ir. Y, cuando ya iba a empuñar las cadenas, cantó
el cuco. Era una mañana soleada y cálida. ¿Se
imagina usted? Esas dos únicas notas, las más musicales
y melancólicas que se puedan soñar. Yo convocaba a
un puñado de personas medio inválidas y él
llamaba a todo el mundo, a todo un mundo que se fue».
Queridos don Manuel y sor Antonia: el mundo no se
irá del todo, mientras alienten personas como ustedes. Gracias
por seguir existiendo.
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