| Autor:
Enrique Monasterio |
Fuente:
"Mundo Cristiano", N.518-519
y 520,
julio-agosto y septiembre de 2004. |
Cuando
termina junio, los tórridos agobios del verano se mezclan con
los sudores fríos de los exámenes.
-jo, tía, si es que no hay derecho...
La apelación al derecho procede de un chaval
desgarbado, que comparte una lata de pepsi con una chica pecosa.
Los dos se encuentran encaramados en sendas sillas del vestíbulo,
en una inverosímil postura que, si intentara emular, probablemente
me llevaría directamente a la UVI.
No sé de qué hablan, pero en junio
los chavales pasan sin solución de continuidad de la humildad
más rendida ("jo, tío, te juro que no
sé nada, me van a cargar todas") a la soberbia
más rastrera ("menuda guarrada: lo sabía
todo, y me han cateado las cinco"). Uno, que ya dejó
los exámenes hace demasiadas décadas, se asombra de
lo previsible que es la naturaleza humana, y hasta echa de menos
los temblores de junio.
Luis ha terminado y viene a despedirse. Está
contento, pero reconoce que no ha sido un final glorioso: rompió
con su novia, sus padres siguen "medio separados" y su
mejor amigo se va de España por una larga temporada.
-Por cierto -me dice-, me gustó su último
artículo de Mundo Cristiano, pero no entendí
bien lo que dice al final. Eso de que "ser sacerdote es poca
cosa".
Busco el artículo en el ordenador, y leemos
el párrafo en cuestión:
 |
Iglesia Magistral de
Alcalá de Henares (España) |
-"...el sacerdote no es casi nada: es el pincel
que pintó Las Meninas, la pluma de ganso que escribió
El Quijote...". Oye -me interrumpo-, no me digas que
estás pensando hacerte cura.
-¡Tampoco estoy tan desesperado! -se ríe-;
pero ¿por qué dice que ser cura es poca cosa?
Y, de pronto, me encuentro hablando del
sacerdocio con un chaval que -quién sabe, tal vez
no sea sólo curiosidad- quiere saber "para qué
sirve un cura".
El sacerdote -le digo- es un hombre como los demás,
pero Dios lo elige para ser, en la Iglesia, Cristo mismo. Es el
único que puede decir con verdad "esto es mi Cuerpo;
ésta es mi Sangre"; el único que hace posible
que en cada época de la historia y en cada rincón
del Planeta siga inmolándose Jesús por los hombres.
Por eso escribí que es el oficio
más grande. Y por eso digo que el sacerdote no es
casi nada. Dios lo hace todo. Cualquier otro profesional puede sentirse
razonablemente orgulloso del fruto de su esfuerzo, ya que existe
una proporción entre lo que él realiza y el resultado
de su trabajo. Pero esto no ocurre en el sacerdocio, al menos en
aquellas tareas que dan sentido a su vocación. ¿Qué
aporta el hombre? Su voz, sus gestos...¿Quién puede
presumir de haber traído a Jesucristo o de perdonar los pecados?
Sería como si el pincel de Velázquez se volviera loco
y se atribuyera el mérito de haber creado Las Meninas.
Luis se queda pensativo y le sale su vena de jurista
en ciernes:
-Así que un cura es un hombre "expropiado"
por Jesucristo.
-Es una forma de expresarlo, desde luego. Uno ya
no se pertenece. A quien dice todos los días "esto es
mi Cuerpo", Dios le toma la palabra y le pide que su cuerpo
y su alma sean sólo de Jesucristo. Luis me dice que todo
eso es "muy fuerte", y yo le digo que la llamada al
sacerdocio no anula la personalidad del elegido. Al contrario:
uno pone en la tarea todas su energías, su talento, su temple.
..
Pero a mi amigo le importan otras cosas: "cómo
se nota la vocación, qué pasa si te equivocas, qué
te da Dios a cambio; por qué unos se visten de cura y otros
no...".
Le propongo escribir un artículo y enviárselo
por correo electrónico este verano. Me dice que de acuerdo,
pero antes de marcharse me hace una desconcertante pregunta:
-¿Qué se siente cuando uno dice "yo
te absuelvo de tus pecados", y tiene delante de rodillas a
un tipo así..., como yo?
Le digo la verdad:
-Cuanto más sincero y valiente
es el que se confiesa, más se agiganta su
figura a los ojos del sacerdote, y más pequeño e inútil
se siente el confesor. Comprende bien aquello que escribió
San Josemaría: "veo que no soy nada, que no valgo nada,
que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy
la nada!" Pero, al mismo tiempo, entiende que es Cristo, y
¡qué alegría poder perdonar en su nombre!
Bueno, eso de que Dios le llama a uno para
ser sacerdote... Supongo que no es verdad. Dios no se ocupa
de esas cosas. ..
Luis me miró de reojo para ver qué
cara ponía yo.
-Dios se ocupa de todo. Dice el evangelio que hasta
del último pájaro que cae en tierra.
-Ya está usted con sus pájaros. Nosotros
somos hombres...
-Es verdad. Por eso llama a la puerta educadamente,
y habla en voz baja. Apela a nuestra libertad de oír y de
responder. La Biblia está llena de esas llamadas: a Abraham,
a Moisés, a los profetas, a los Magos, a cada apóstol...
-Y según usted, ahora sigue actuando así.
-También lo dice la Escritura: yo te he redimido
y te he llamado por tu propio nombre... O sea, que no se trata de
una llamada genérica, de una especie de bando para el conjunto
de la humanidad, sino de una invitación personal al oído
del hombre.
Entre todas las cuestiones que salieron en aquella
conversación del pasado mes de junio, ésta era la
que más inquietaba a Luis. Al final quedamos en comunicarnos
por correo electrónico durante las vacaciones.
Han pasado más de dos meses y ni él
ni yo hemos cumplido tan saludable propósito. Por otra parte,
¿qué podía explicarle?
-A ver cómo te las arreglas -me dijo Kloster-
para explicar en seiscientas palabras por qué miles
de hombres en todo el mundo aseguran que Dios les llama,
y perseveran hasta la muerte. Y por qué ahora casi nadie
oye esa supuesta llamada.
No pretendo explicar tanto. Pero esta mañana
he vuelto a abrir el correo electrónico, y compruebo que
sigue habiendo un buen grupo de chavales al otro lado de la pantalla
enganchados a esta página de Mundo Cristiano. Y, francamente,
me dan ganas de decir a alguno:
-Oye tú. ..¿has pensado alguna vez
en la posibilidad de ser cura?
Cuando hice esta pregunta a Juan hace treinta años,
me miró con cara de susto y acabó por reconocer que
"hombre, sí que alguna vez, de pasada, y quién
no, pero, vamos, como se piensa una tontería, y no es que
yo diga que es una tontería, pero bueno...". Juan acabó
por declarar que esto de la vocación "debe ser un sentimiento
muy fuerte y yo, por supuesto, ni por el forro...".
Le expliqué entonces que hay que
ser valiente y plantearse el problema. Y tartamudeó
más de la cuenta cuando volví a preguntarle si lo
había hablado con Dios.
-Aunque -remaché- deberías decirle
primero que estás dispuesto a responder que sí a todo
lo que te pida.
Me temo que fui demasiado directo; la prueba es
que no volví a ver a Juan.
-Pero bueno, ¿se puede saber cómo
se nota la vocación?
Podría decirse que Dios va dejando a nuestro
paso una serie de señales. Al mismo tiempo
afina la pupila del que debe descubrirlas, y despierta
en su inteligencia y en su voluntad el deseo de entregarse, de jugarse
la vida a una carta que valga la pena. Hay quien ha descubierto
esa llamada leyendo un libro, charlando con un amigo, oyendo música...
O hablando, sin palabras, con Dios.
San Josemaría se sintió interpelado
por las pisadas en la nieve de un carmelita descalzo, y decidió
hacerse sacerdote. Quizá otros muchos vieron las mismas huellas,
pero no supieron "leerlas". Manolo me dice que él
"descubríó" un día que la Iglesia
necesitaba curas con urgencia, y pensó en su hermano pequeño.
No tardó en comprender que era él quien debía
responder. Y Rafa se fue al Seminario cuando su mejor amigo abandonó
la fe. También esos renglones torcidos sirven a Dios para
escribir derecho.
-¿Y por qué ahora son menos los que
oyen la llamada?
Es un problema de entendederas. Esta época
mugrienta y trivial que nos ha tocado vivir sintoniza mal con Dios.
Cuando las orejas están sucias, la voz del Señor no
llega, o llega tan distorsionada que resulta difícil reconocerla.
Por eso, además de rezar, hay que emprender con urgencia
un lavado general de apéndices auriculares: a las familias
light, a los niños danone, a los que viven en perpetua
indigestión consumista, a los obsesos del placer..., es decir,
a los más tristes de este mundo nuestro.
Y seguirá habiendo vocaciones, no os quepa
la menor duda.
-Mira que si alguno, por leer estos artículos,
empieza a pensarlo...
-Aunque no los leyera nadie más, habrían
valido la pena.
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