| Autor:
Víctor Karím Salomón
Cardona |
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Artículo relacionado: Dimensión
espiritual e intelectual de la formación en la inculturación.
Es importante que seminaristas y formadores entren
en la dinámica de inculturación en
todas las dimensiones de la formación. La
inculturación debe convertirse en un estilo de vida.
Debe ser el paradigma de la evangelización. Por lo tanto,
aunque se lleven adelante diversos tipos de actividades encaminadas
a la inculturación, se trata de asumir un nuevo paradigma
de evangelización. Es estar en todo momento pensando en clave
de inculturación.
Parece importante trabajar en el convencimiento
de la necesidad de la inculturacíón en el
proceso formativo. Se puede contar con los mejores materiales
bibliográficos y con el acompañamiento del perito
más cualificado a nivel técnico, pero si no logramos
la convicción a través de una persuasión efectiva,
los frutos serán exiguos.
Sujeto de la inculturación
El sujeto de la inculturación
es toda la comunidad formativa y, de forma privilegiada,
los aspirantes al presbiterado ya que son ellos
los protagonistas de su proceso formativo. Sin embargo, lejos de
la tendencia al “alejamiento del mundo” como paradigma
pedagógico sacerdotal, ahora se trata de ser coherentes con
la “espiritualidad del pastor”, fundamentalmente compuesta
por una actividad de servicio en el acompañamiento
cercano a la comunidad.
Es muy recomendable que el equipo formativo sea
nativo del lugar a fin de propiciar el proceso de inculturación
de manera más efectiva, sin embargo más adelante hacemos
algunas advertencias sobre este aspecto organizativo. Aunque parezca
paradójico, en algunos países sacerdotes venidos de
otras culturas han sabido “estar más abiertos”
para un proceso de inculturación que los presbíteros
nativos, ya que en ocasiones los patrones recibidos en la formación
de estos presbíteros ha sido más impermeable al cambio
que la de algunos misioneros, como venimos explicando.
Uno de los objetivos de la inculturación
y, de manera particular en el contexto latinoamericano, consiste
en la liberación integral de todos los hombres y mujeres.
Es la búsqueda de una vida digna para los pobres que les
permita crecer integralmente como personas en lo físico,
emocional y espiritual.
Dimensión humana de la inculturación
En la sociedad occidental hoy “invadida”
por informaciones en tiempo real o de corto diferimiento, en la
cual los medios de comunicación favorecen un proceso de globalización
cultural, se hace especialmente necesario que los seminaristas aprendan
a valorar su propia identidad cultural, ya que
los medios se encargan a través del marketing de “crear”
cultura por su poderosa influencia en el proceso de socialización.
En el contexto de esta investigación entendemos
por identidad cultural los elementos que pertenecen al
acervo histórico de los habitantes de una misma zona geográfica,
grupo étnico u otras características comunes que los
permitan relacionar como grupo cultural. Es fundamental que los
seminaristas aprendan a valorar como positivo y enriquecedor, además
de los elementos culturales frutos de la globalización -que
también son cultura-, los valores culturales que conforman
la identidad cultural histórica que hunde sus raíces
en las culturas populares de sus pueblos de origen, y los que tienden
a ser comunes a diferente nivel y marcan pauta en sus culturas:
internacional, nacional, regional, municipal, parroquial. Una división
similar por niveles puede hacerse también en al ámbito
eclesiástico: CELAM, Conferencias Episcopales, etc.
Valoración de la mujer
En el análisis sociológico de la estructura
familiar en muchos países se denota una presencia preponderante
de la figura femenina, y la ausencia del rol masculino o una
falta de compromiso familiar del varón. Por tanto, es necesario
que los seminaristas tengan contacto con el mundo femenino en múltiples
formas. La sensibilidad de lo femenino puede ayudar a los seminaristas
a valorar la maternidad como dimensión teológica de
la gestación de la vocación propia y de los hijos
espirituales que engendrarán como futuros pastores.
Además, es un hecho constatado que las mujeres
son la mayoría de los agentes pastorales. Los pastores deben
acercarse y valorar el mundo de lo femenino, pues así dejó
la pauta el Señor en tiempos en que la mujer era considerada
una criatura de segunda clase (cf. Lc 8,1-3)
Estructura del equipo formativo
La inculturación debe llegar también
a la misma conformación del equipo formativo.
Puede ser conveniente incluir en la plantilla formativa una “formadora”.
También es necesario fomentar que la dirección de
los seminarios sean llevados por nativos del lugar, obviamente,
previa preparación específica en el campo de la formación
sacerdotal.
Respecto a los formadores debe
advertirse -en la experiencia de Latinoamérica- que se puede
constatar que algunos de ellos que han realizado estudios en Europa,
al regresar a sus diócesis de origen adquieren esquemas aculturados,
dificultando gravemente la valoración de las semillas del
Verbo en sus ambientes culturales de origen.
Autoestima y respeto de las otras culturas
La Iglesia recomienda en ocasiones la creación
de seminarios regionales a fin de administrar más
eficientemente los recursos humanos y materiales a disposición,
por lo que el contacto intercultural se hace una realidad patente
entre los aspirantes al sacerdocio. Para propiciar un mutuo enriquecimiento
intercultural es necesario que cada aspirante al presbiterado antes
se autovalore y aprenda a valorar a los otros, saliendo al paso
de los complejos de inferioridad y superioridad frecuentes en nuestros
ambientes.
Es importante el autoconocimiento
de los muchachos, ya que esta dinámica les ayudará
a asumir sus defectos para superarlos y sus cualidades para potenciarlas.
Por ello es importante mantenerse en el “estado de inculturación”
también en el ámbito emocional, ya que si, por ejemplo,
el canto popular de las culturas de origen de los aspirantes al
presbiterado no es valorado, los muchachos que posean esta cualidad
puede que piensen, vivan y padezcan creyendo que esas cualidades,
fruto de su cultura de origen, no son más que restos de su
ignorancia “pueblerina” y pase a “cultivar”
expresiones artísticas “más elevadas”
como la música académica de cámara.
Comunidades y familias de origen
Es fundamental tener en cuenta a las comunidades
y familias de origen en la formación de los seminaristas.
Esta cuestión ha sido sugerida de manera explícita
en documentos del magisterio, pero aún no encuentra cauces
operativos que hayan recibido la fuerza para convertirse parte de
un paradigma pedagógico.
Una experiencia en este sentido lo constituyen los
llamados “seminarios ambientales”. Este tipo de institución
formativa viene a llenar un vacío dejado por los seminarios
menores que han ido mermando en número. Estos seminarios
ambientales son experiencias de fines de semanas y otras
más largas en tiempos litúrgicos fuertes. Los seminaristas
viven en sus comunidades de origen y trabajan en sus parroquias.
Los fines de semana se encuentran con otros compañeros que
vienen de los diferentes puntos de la diócesis o de diócesis
vecinas en convenio de colaboración. Uno o dos formadores
les acompañan y les orientan.
Lo fundamental de cara a la inculturación
es que los muchachos no sean “desclasados” (1) lo que
lamentablemente sucede en nuestros ambientes formativos. Muchachos
que en sus familias de origen no comen las tres comidas diarias,
en el seminario se dan el “lujo” de dejar comida en
sus platos o exigir comidas más elaboradas. Esto puede llegar
hasta la paradoja del desprecio de su origen. Ejemplos como estos
podríamos seguir citando, por lo cual es necesario pensar
en nuevos tipos de paradigmas pedagógicos que no “saquen
de su realidad cultural” a los candidatos a presbíteros.
Hay que ayudarlos a descubrir y valorar las “semillas de verbo”
esparcidas en su cultura popular. No existe receta, pero en esta
experiencia los candidatos se mantienen la mayor parte del tiempo
en sus familias y comunidades de origen, bien acompañadas,
y pueden ser vivencias privilegiadas de inculturación en
la raíz.
También es necesario reconocer que no pocas
veces los mismos formadores son los principales agentes de “desclasamiento”.
Valoración de la etnias autóctonas
Antes del encuentro entre los dos mundos han estado
presentes de alguna manera las semillas del Verbo en todas las culturas
indígenas de nuestro continente. El contacto misionero con
nuestras etnias puede ayudar a los candidatos al presbiterado al
descubrimiento y valoración de aspectos comunitarios,
de generosidad, de amor a la naturaleza (ecología) y de hospitalidad
presentes en nuestras cultura autóctonas antes de la llegada
de los colonizadores (2).
En la expresión artística están
incubados valores culturales, por lo cual es necesario fomentar
todas las expresiones artísticas autóctonas, desde
los cantos populares, pasando por modismos, cuentos y refranes populares,
hasta expresiones más elaboradas como la danza y el teatro
autóctonos.
En la mayoría de los casos en Latinoamérica
los candidatos al sacerdocio están viniendo de comunidades
pobres de corte particularmente popular. Por tanto, parece aconsejable
pensar en opciones como “los seminarios ambientales”
o combinaciones entre el seminario Tridentino y la modalidad señalada.
Sin disminuir las exigencias académicas necesarias, hay que
procurar que los diseños arquitectónicos favorezcan
lo comunitario en integración con lo individual.

(1) Con este término se quiere expresar la
realidad de muchachos que son trasplantados de su condición
pobre a las condiciones socioeconómicas de una clase media
en los seminarios, produciendo en algunos un rechazo a sus comunidades
de origen.
(2) Cf. AA.VV., “Formación Presbiteral
Inculturada, Orientaciones” en OSLAM – Boletín
41(2002) 86.
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