| Autor:
Bruno Forte |
Fuente:
Clerus.org |
Intervención de Bruno Forte en la videoconferencia
organizada por la Congregación para el Clero el día
27 de junio de 2003.
"Desde hace más de medio siglo, cada
día, desde ese 2 de noviembre de 1946 en que celebré
mi primera misa en la cripta de San Leonardo, en la catedral del
Wawel de Cracovia, mis ojos se han recogido sobre la hostia y el
cáliz en los que el tiempo y el espacio parecen haberse "contraído"
y el drama del Gólgota vuelve a presentarse vivo, desvelando
su misteriosa "contemporaneidad". Cada día, mi
fe ha podido reconocer en el pan y el vino consagrados al divino
Viajero que un día se acercó a los dos discípulos
de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón
a la esperanza (cfr. Lc 24,13-35)". Así escribe Juan
Pablo II en su reciente encíclica sobre la Eucaristía
(Ecclesia de Eucharistia, n° 59), dando testimonio
de la manera en que ha educado sus ojos a ver lo invisible en la
escuela de la fe enamorada del Dios hecho carne, hallado cada día
en la celebración eucarística, y a partir de ella
le ha enseñado a su corazón a latir al unísono
con el del amor divino, a su boca a ser un vehículo de verdad
evangélica, a sus manos a realizar obras de caridad y paz,
a sus pies a llevar la buena nueva al mayor número posible
de hombres y mujeres. Este testimonio, tan personal y cautivante,
demuestra, mucho mejor que cualquier razonamiento abstracto, el
carácter esencial de la eucaristía para la
vida y la identidad del presbítero, cumbre y fuente
verdadera de todo lo que éste es y hace. Y este ejemplo me
alienta a reflexionar sobre la relación entre el
sacerdote y el sacramento eucarístico, memorial
de la pascua del Señor, de manera directa y discursiva, dirigiéndome
como hermano a mis hermanos presbíteros, no sólo bajo
la luz de la fe pensada, sino también bajo la del misterio
celebrado y vivido como cita fiel en la sucesión de los días.
Escribo así una suerte de carta que dirigida a los amigos
sacerdotes, reflexionando con ellos en voz alta, en presencia de
nuestro Dios, sobre el mayor don colocado en nuestras manos y sobre
las razones que hacen de la eucaristía el acontecimiento
que da sentido, fuerza y belleza a cada uno de nuestros días.
Comienzo por la pregunta que me han planteado muchas
veces: ¿por qué celebrar la eucaristía
cada día? ¿No es suficiente el encuentro
dominical en el que se reúne toda la comunidad cristiana?
¿Y por qué celebrar la Misa estando solo o ante "dos
gatos"? ¿No se vacía así del sentido comunitario
que tiene la celebración de la muerte y la resurrección
de Jesús? Quisiera responder a estas preguntas no sólo
a partir de mis convicciones teológicas (que, por otra parte,
son las de la Iglesia, explicitadas, en especial, desde el principio
del segundo milenio), sino bajo la luz de la experiencia espiritual
contenida en las palabras del Papa, citadas al comienzo, queg son
un testimonio luminoso y convincente. Voy pronto al grano: ¿por
qué somos sacerdotes? ¿Quién nos ha
impulsado a dar nuestra vida por este ministerio del Evangelio de
la reconciliación, la eucaristía y la caridad? Hay
sólo una respuesta posible: Jesús. Somos sacerdotes
porque así lo ha querido Él, porque para ello nos
ha llamado y nos ha amado, y aún sigue queriéndonos
y amándonos por ello, Él que es siempre fiel en el
amor. El sentido de nuestra vida, la razón verdadera de nuestra
vocación, no consiste en algo, aunque fuera lo más
hermoso del mundo, sino en Alguien: y ese Alguien es Él,
Cristo el Señor. Somos sacerdotes porque un día Él
nos alcanzó (cada cual sabe cómo: en la palabra de
un testigo, en un gesto de caridad que nos ha tocado el corazón,
en el silencio de un camino de escucha y oración, tal vez
en el dolor de una vida que de repente nos pareció desperdiciada
sin Él...).
A Él que nos llamaba le dijimos que sí:
y desde entonces en nosotros se encendió una llama
de amor vivo, que con su gracia nunca se ha apagado. Una
llama que nos hace arder por Él, nos hace desearlo, querer
lo que Él quiere para nosotros. No creo estar exagerando,
ni usando palabras demasiado aladas. En realidad, no hubiéramos
podido ser sacerdotes, y serlo, a pesar de todo, en la fidelidad,
si no hubiéramos recibido de Él, si Él no hubiera
vivido en nosotros, si Él no hiciera siempre enamorarnos
de Él. Este amor nos ha impulsado a todas las obras que hemos
hecho por los demás: desde la simple y mera acogida del corazón,
hasta la escucha perseverante y paciente de los demás y el
esfuerzo por transmitirles el sentido y la belleza de la vida vivida
por Dios y su Evangelio, hasta las obras de caridad y el compromiso
por la justicia, compartiendo en especial la angustia del pobre
y tratando de ser la voz de quien no tiene voz. Por supuesto, siempre
nos parece poco lo que hemos podido hacer: pero lo cierto es que,
si hemos hecho algo verdadero y bello por los demás, lo hemos
hecho porque Jesús nos ha brindado la posibilidad de hacerlo,
Él es quien se nos ha donado y nos ha vuelto capaces de gestos
gratuitos que nosotros solo no hubiéramos podido siquiera
pensar o soñar.
Este prólogo (que no es más que el
testimonio humilde de nuestra vida de llamados y amados por Cristo)
me ayuda a explicar la razón por la que considero justo y
necesario celebrar cada día la eucaristía: no se trata
de un precepto, sino de una real necesidad, no
sólo emotiva (es más, pues a veces la emotividad parece
quedar totalmente de lado), sino profunda e ineludible. Es la necesidad
de colmar mi vida cada día con Su persona: es Jesús
quien nos ha dicho que cada día tiene bastante con su mal
(cfr. Mt 6,34), es decir, cada día es lo suficientemente
largo como para sostener la lucha por conservar la fe. Cada día
el sol se levanta para nosotros y cada día nuestro corazón,
sediento de amor, necesita que el sol del Amado lo alcance y vuelva
a calentarlo: si Él es nuestra vida, su sentido y su belleza,
no podemos dejar de encontrarlo allí, donde Él, vivo
y verdadero, se ofrece por nosotros. ¿Qué diríamos
de un enamorado que, pudiendo hacerlo, no sintiera la necesidad
de encontrar hasta todos los días a la persona amada? Y si
así es para el amor humano, que a menudo es tan frágil
y voluble, ¿cómo podría ser distinto para el
amor que no desilusiona ni traiciona, el amor que hace vivir en
el tiempo y por la eternidad, el amor de Dios en Cristo Jesús,
nuestra vida?
Es ésta la razón por la que tenemos
la necesidad de encontrarlo cada día y siempre
nuevamente: ¿y dónde podríamos encontrarlo
sino allí en donde Él nos ha prometido y garantizado
el don de Su presencia? "Éste es mi cuerpo, éste
es el cáliz de la nueva y eterna alianza, derramado por vosotros
y por todos para remisión de los pecados". Sí,
todos los días tenemos necesidad de Ti, Jesús: y si
el domingo Te encontramos en la fiesta del día primero y
último, el día octavo de Tu resurrección y
de la nueva vida que Tú das a Tu Iglesia y al mundo, la gracia
que Tú nos ofreces, con generosidad infinita, de poder celebrar
cada día el memorial de Tu pascua, nos llena de alegría
y paz. Verdaderamente, no estamos solos en el camino de nuestro
ministerio: Tú eres quien llega siempre hasta nosotros con
Tu Palabra de vida; Tú eres quien nos visita en los hermanos
y hermanas que envías en nuestro camino; Tú eres el
que nos pide amor en el pobre y en todo el que tiene necesidad del
amor, que nos llamas a brindar; Tú eres, en la cima de todo
esto y como fuente viva de este río de vida y amor, quien
se hace presente en la eucaristía, para que podamos alimentarnos
de Ti, vivir de Ti, amarte, hoy y para la eternidad.
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Pórtico de la puerta de acceso a
la iglesia.
Monasterio de El Paular (Rascafría, España) |
Pues, ¿por qué celebrar la eucaristía
cada día y hacer lo posible para que nunca falte? ¿Por
qué celebrarla cuando junto conmigo, el celebrante, la viven
sólo la Virgen Madre María, los ángeles y los
santos y algún que otro fiel (y a veces, sucede que ni siquiera
uno o una)? Para encontrarte a Ti, Jesús, amor que a todo
confieres sentido y todo lo transformas, amor que sólo Tú
nos haces capaces de gracia y perdón. Celebrar cada
día significa volver a pedirte siempre, en la novedad
del tiempo, que todos puedan conocerte y amarte de la manera en
que sólo Tú puedes capacitar a cada uno. Celebrar
cada día quiere decir ser conscientes de que, así
como cada día tenemos necesidad del pan para vivir, también
cada día tenemos necesidad de Ti para vivir
la vida que no se acaba: en este doble sentido le decimos al Padre,
por nosotros y por nuestros hermanos, las palabras que Tú
nos enseñaste: "Danos hoy nuestro pan de cada día".
Celebrar cada día es encontrarte, Señor Jesús,
para que nos alcances y transformes cada vez más con Tu belleza
que libera y salva, para que seamos, a pesar de nosotros mismos,
un reflejo pobre y enamorado de Ti, el Pastor hermoso. Claro está
que todo esto puede convertirse en una costumbre: por eso es necesario
vigilar para que el encuentro con Cristo sea nuevo y verdadero cada
día. Sin embargo, también la costumbre, si es signo
de fidelidad, es algo verdadero y bello. Al encontrarte, podemos
decir verdaderamente que celebramos para los demás y con
ellos, aunque no estén visiblemente presentes, porque en
Ti encontramos al pueblo que nos has confiado, a Ti confiamos su
amor y su dolor, aunque muchos nunca lo sepan. Éste es el
misterio de intercesión al que nos has llamado, de oración
por los demás y en su lugar, también por quienes no
hemos conocido ni conoceremos nunca, esa oración que sólo
podemos vivir verdaderamente unidos a Ti, en Ti y por Ti, porque
Tú eres el Sacerdote de la nueva y eterna alianza, entregado
por la vida, la alegría y la belleza de cada una de tus criaturas.
Sí, porque Tú, Señor Jesucristo,
no eres sólo verdad y bondad: eres la belleza, la belleza
que salva. Eres el pastor hermoso que nos guía por los prados
de la vida, donde tu belleza no tiene ocaso. Celebrando cada día,
esperamos volvernos también nosotros un poco más verdaderos,
mejores, más hermosos, en Ti que en tu Iglesia llegas hasta
nosotros como el único bien, la bondad perfecta, la belleza
que todo lo transfigura. No es temerario pensar que en el
fondo del corazón de cada presbítero, siervo
de la reconciliación, testigo del evangelio, unido a Ti,
Cabeza del Cuerpo eclesial, exista la misma necesidad.
Es, pues, verdaderamente una gracia el que podamos encontrarnos
todos cada día en el altar de la vida: cada uno de nosotros
llevará a los demás, y todos a cada uno, y, al mismo
tiempo, Cristo nos llevará a nosotros, llevará nuestra
cruz y también la de los que nos han sido confiados, nos
dará Su vida de Resucitado, que ha vencido el pecado y la
muerte para vencerlos en nosotros y en nuestros compañeros
de camino, en el tiempo y por la eternidad. Verdaderamente -como
afirma el Papa concluyendo su encíclica- "en el humilde
signo del pan y el vino, transustanciados en su cuerpo y sangre,
Cristo camina con nosotros, es nuestra fuerza y nuestro viático,
convirtiéndonos en testigos de la esperanza para todos. Si,
ante este Misterio, la razón siente sus límites, el
corazón iluminado por la gracia del Espíritu Santo
intuye plenamente qué actitud tomar, sumergiéndose
en la adoración y en un amor sin límites. Hagamos
nuestros los sentimiento de santo Tomás de Aquino, sumo teólogo
y, al mismo tiempo, cantor apasionado de Cristo eucarístico,
y dejemos que también nuestra alma se abra en la esperanza
a la contemplación de la meta hacia la que aspira el cuerpo,
pues está sediento de gozo y paz: "Bone pastor,
panis vere, Iesu, nostri miserere...".
"Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús,
ten piedad de nosotros:
aliméntanos y defiéndenos, condúcenos a los
bienes eternos en la tierra de los vivos.
Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra,
guía a tus hermanos al banquete del cielo
en el gozo de tus santos. Amén" (Ecclesia de
Eucharistia, n° 62).
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