| Autor:
José María Yanguas |
Fuente:
www.josemariaescriva.info |
Artículo relacionado: Selección
de textos de San Josemaría Escrivá
sobre el sacerdote
y la dignidad sacerdotal.
La afirmación según la cual [san]
Josemaría representa un verdadero modelo de sacerdotes
encierra un significado preciso. Se quiere decir con ella que [san]
Josemaría vivió su condición de sacerdote con
particular intensidad, supo hacer vida propia con grande vigor las
peculiares virtudes sacerdotales y las vivió de un modo egregio,
excelente. De ahí que pueda ser presentado como modelo de
sacerdotes; su vida sacerdotal, en efecto, puede servir de pauta
inspiradora a otros sacerdotes en el modo de vivir la propia condición.
[San] Josemaría se entregó,
en efecto, desde el principio a vivir plenamente su sacerdocio.
Nunca lo consideró como simple ingreso en una determinado
status, una solución de vida, un, por así
decir, “modus vivendi”, una profesión
que, junto a otras, se abría ante él en el albor de
la juventud. Al acoger la llamada al sacerdocio, no elegía
una solución relativamente cómoda, segura, de un cierto
prestigio social, al menos en los ambientes que podríamos
llamar provinciales. Aunque no conocía la razón exacta
y última de su llamada al sacerdocio, [san] Josemaría
percibía con rara claridad que “no quería ser
sacerdote por ser sacerdote” (1). Lo que él quería,
su voluntad e intención no eran, en absoluto, las de llegar
a ser uno de los personajes característicos de los cuadros
de costumbre de la época: la que retrataba al sacerdote en
compañía convivial con ciertos funcionarios de la
administración pública.
Si el motivo último de la llamada al sacerdocio,
imponiéndose a sus proyectos personales, no se le reveló
a [san] Josemaría hasta el 28 de octubre de 1928 (2), dicha
llamada se le manifestó, desde el principio, en el horizonte
de una fuerte exigencia de santidad (3), que ya no le abandonaría
hasta la muerte. Numerosas personalidades eclesiásticas,
que conocieron y trataron a [san] Josemaría en los primeros
años de su vida sacerdotal, han dado testimonio unánime
de la heroicidad de sus virtudes (4). Y santidad
heroica era lo que, desde el principio, pedía a todos, también,
por tanto, a los sacerdotes (5).
San Josemaría, modelo de vida sacerdotal
Mi intervención, como es obvio por la naturaleza
y dinámica mismas de una sesión de trabajo, no tiene
como fin hacer un estudio, siquiera somero, de la doctrina teológica
de [san] Josemaría sobre el sacerdocio; tal intento requiere
un empeño bien diverso al exigido en este momento. No me
propongo tampoco trazar un perfil ascético de la figura del
sacerdote Josemaría Escrivá o del sacerdote en general.
Me limitaré a fijar los trazos que, lo mismo en la existencia
sacerdotal de [san] Josemaría que en su doctrina sobre el
sacerdocio, han constituido y constituyen algunas de las líneas
fundamentales del modelo en el que se inspira mi vida sacerdotal.
 |
San Josemaría Escrivá.
Imagen que se venera en el oratorio
del Ateneo de Teología (Madrid) |
Debo precisar inmediatamente -lo considero de extrema
importancia- que, muy probablemente, dichos trazos no hubieran ejercido
nunca un influjo personal tan fuerte y decisivo si no los hubiera
visto encarnados, hechos vida en [san] Josemaría
y en algunos sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la
Santa Cruz. Si no hubiera sido así, tales rasgos
o no habrían inspirado tan decisivamente mi vida sacerdotal
o no habría sabido traducirlos, con mejor o peor fortuna,
en vida propia. Es difícil, o habrá que decir mejor,
es imposible, adquirir sentido artístico, buen gusto, sólo
con enseñanza y exposiciones teóricas, aprendiéndolo
en los libros. El contacto con la obra de arte, la experiencia,
el encuentro directo, constante, con la belleza en cualquiera de
sus variadas formas, educa espontáneamente el sentido de
la belleza. Pienso que algo parecido ocurre en la vida espiritual.
También aquí la experiencia, el contacto directo,
precede, en buena medida, a la reflexión.
En mi caso, en efecto, la atracción, la llamada,
el deseo de vivir mi sacerdocio según el espíritu
del Opus Dei, obedeció sencillamente a la voluntad de ser
un sacerdote así, tal como lo vi encarnado en alguno de los
presbíteros del Opus Dei que tuve la fortuna, la gracia de
Dios, de conocer en mis años de seminario, y tal como pude
después descubrirlo en la persona de [san] Josemaría.
Más tarde, al conocer con mayor detalle el mensaje
de [san] Josemaría, percibí de manera más
articulada y orgánica, aunque no de modo más intenso,
lo que ya años atrás había visto o intuido.
Dios nuestro Señor, en su infinita sabiduría y paterna
providencia, se sirve de modos muy diversos para hacer ver a una
persona qué tipo de sacerdote, mejor, qué modalidad
de existencia sacerdotal concreta desea que viva.
El plan de Dios sobre cada persona es único,
pero su entera manifestación o, si se quiere, su pleno descubrimiento,
no se cumple habitualmente de una sola vez, sino que acontece en
momentos sucesivos. En un instante se desvela ahora algo nuevo que,
sin embargo, formaba parte, ya desde el inicio, del proyecto total
y único de Dios.
Algunos rasgos de la personalidad de San Josemaría
El rasgo que en un primer momento me atrajo con
mayor fuerza, que despertó un fuerte sentimiento de simpatía,
que me hizo sentirme cómodo, en mi casa, que me infundió
un íntimo sentimiento de cercanía fue -el recuerdo
es nítido y preciso- el estilo abierto, luminoso,
por así decir, el aire vital, la atmósfera positiva,
sin recelos, ante las cosas nobles del mundo; el buen humor y la
alegría, que después he sabido que eran fruto de una
profunda vivencia de la filiación divina; el espíritu
deportivo que impulsa a una lucha alegre y continuada; la actitud
jovial, simpática -para mí una agradabilísima
novedad- que advertí vitalmente, repito, desde el momento
inicial de mis contactos con el primer sacerdote del Opus Dei, cuando
aún no sabía siquiera de su condición de tal.
Nada tenía de actitud negativa frente a otras imágenes
sacerdotales conocidas. No era algo que se presentaba o se vivía
‘contra’, se trataba simplemente de algo distinto, fuertemente
positivo, joven, nuevo, atrayente.
Mención especial merecen algunos aspectos
del talante humano, cristiano y sacerdotal de [san] Josemaría
que estuvieron en el centro de mis primeros contactos con el Opus
Dei. La primera experiencia obtenida en ellos -por eso quizá
más viva, sentida, profunda y permanente- fue una experiencia
de libertad. Sería improcedente dar detalles de la misma
en este momento. De todas formas, sí puedo decir que fue
la causa y la razón de que Opus Dei y libertad me fueran,
desde entonces y siempre, vitalmente, conceptos y realidades inseparables.
De ahí la alegría que experimenté, después,
al descubrir que la libertad representaba para [san] Josemaría
un bien particularmente precioso. Con expresión rápida
y eficaz, declaraba ser, en efecto, un gran amigo de la libertad,
afirmando sin ambages:
“He buscado, decía, y busco la libertad
por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. La
amo cada día más, la amo por encima de todas las
cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante”
(6).
Un amor sincero y apasionado a la libertad,
lejano a toda mentalidad de partido, de espíritu de grupo;
amor a la libertad que experimenta una profunda desazón ante
todo lo que pueda revelarse como prepotencia, imposición
caprichosa o irracional; que lleva a respetar la variedad de opiniones
y de pareceres razonables, o al menos razonados, en todos los campos
del saber humano; que no se limita a tolerar la legítima
pluralidad , sino que la ama y se alegra por ella; que no desea
que se imponga a nadie lo que Dios nuestro Señor ha dejado
a la libre decisión de los hombres; que cree sinceramente
en la fuerza de la verdad amigablemente propuesta y ofrecida en
libertad; que no gusta de escuelas, si se entienden como jaulas
que encierran y cortan las alas al pensamiento o como moldes que
uniforman indebidamente las almas. Cómo no escuchar con profunda
alegría a [san] Josemaría cuando en su predicación
oral afirmaba que el camino del Opus Dei es ancho y carretero; que
se puede caminar por él por la izquierda y por la derecha,
en coche o a pie, por derecho o en zigzag, corriendo o con una marcha
más acompasada; que es un camino, en definitiva, de libertad,
en el que las almas no quedan embridadas en esquemas fijos, comunes,
universales, que no tienen en cuenta la singularidad preciosa de
cada uno. Cómo no tomar nota, con íntima satisfacción,
de que el Opus Dei, como tal, no hace escuela en las ciencias eclesiásticas,
ni en filosofía ni en ninguna otra de las ramas del saber
humano:
“Como consecuencia del fin exclusivamente
divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de
libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres.
Y como ese amor a la libertad es sincero, nosotros amamos la necesaria
consecuencia de la libertad; es decir, el pluralismo. En el Opus
Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado
y en modo alguno dificultado. Cuando observo entre los socios
de la Obra tantas ideas diversas, tantas actitudes distintas -con
respeto a las cuestiones políticas, económicas,
sociales o artísticas, etc.-, ese espectáculo me
da alegría…” (7).
De este modo, [san] Josemaría continuaba
la clara enseñanza de los grandes maestros de la tradición
cristiana. La concordia de las voluntades no comporta ni exige en
modo alguno la coincidencia en las opiniones, como afirma Santo
Tomás con frase lapidaria (“concordia quae est
caritatis effectus est unio voluntatum, non unio opinionum”)
(8).
Vocación a la santidad de los fieles cristianos
Otro aspecto fundamental de la vida y la doctrina
de [san] Josemaría, que causó una fuerte impresión
en mi alma de joven seminarista y cuyo influjo no he cesado de sentir,
fue, sin duda, el de la radicalidad con la que
sabía situar las personas delante de Dios y el consiguiente
carácter, fuertemente personal, con que hablaba a cada uno
de la propia santidad. De alguna manera, [san]
Josemaría consideraba éste un aspecto central de su
labor sacerdotal (9). Volviendo al modo como conocí a [san]
Josemaría en los sacerdotes que vivían su espíritu,
recuerdo cómo hacían vibrar el tono y los modos de
la predicación que escuchaba a los sacerdotes del Opus Dei,
que facilitaba que se entrara en sintonía con el espíritu,
fuerte y viril, que descubría en algunos de sus libros. Ayudaban
a comprender algo que he juzgado siempre de capital importancia
en la vida espiritual: que nada ni nadie puede sustituirnos en las
elecciones y decisiones propias; que cada uno debe asumir la responsabilidad
personal plena a la hora de vivir la propia vocación en las
personales circunstancias. En la vida espiritual puede uno ser ayudado
-¡y cuánto se agradece tal ayuda!-, aconsejado, sostenido;
pero, al final, se trata siempre de la propia vida, de la propia
santidad, de la propia respuesta a los personalísimos requerimientos
divinos. Al final uno se encuentra necesariamente a solas con Dios
nuestro Señor. Cada cual ha de tener el coraje de sentirse
llamar por el propio nombre, de ponerse responsablemente delante
de Dios, sin esperar cómodamente que otro te sugiera lo que
tienes que hacer. La respuesta, como la vocación, como el
propio nombre, es siempre irrenunciable e inevitablemente personal.
Se evitan así las comparaciones, odiosas y fuera de lugar,
con otras personas; el mirar de soslayo a los demás para
precisar después la medida precisa de la respuesta a la vocación
personal; el adocenamiento y la uniformidad impersonales. Después,
sí, vendrá el momento del consejo, de la condivisión,
de la obediencia rendida. Pero no hay dos vocaciones idénticas,
aunque el camino sea el mismo. Cada uno es llamado a recorrerlo
personalmente: el ritmo de marcha, como también las mociones
y las inspiraciones de Dios, tiene necesariamente un sello fuertemente
personal. Para cada uno es un camino nuevo. Por ese motivo, en el
Opus Dei la formación y la asistencia espiritual están
al servicio de la libre y responsable actuación de las personas:
“Cada uno, con espontaneidad apostólica,
obrando con completa libertad personal y formándose autónomamente
su propia conciencia de frente a las decisiones concretas que
haya de tomar, procura buscar la perfección cristiana y
dar testimonio cristiano en su propio ambiente, santificando su
propio trabajo profesional, intelectual o manual” (10).
Fraternidad sacerdotal
Con el amor a la libertad y la responsabilidad personal
frente a la vocación, otro rasgo de la figura sacerdotal
de [san] Josemaría quedó fuertemente grabado en mi
alma: la fraternidad sacerdotal.
“Esta es nuestra gran tarea: amar a nuestros
hermanos sacerdotes. Hemos de sentir la satisfacción de ser
servidores de todas las almas, pero en primer lugar de los sacerdotes,
nuestros hermanos” (11).
Tengo la convicción de que en mis años
de seminario aprendí a rezar, a valorar la mortificación,
a apreciar y vivir la castidad y otras muchas virtudes cristianas.
Doy por ello muchas gracias a Dios, y nunca estaré suficientemente
agradecido por la educación allí recibida. Pero la
fraternidad sacerdotal, la amistad, la he aprendido al calor de
quienes la vieron encarnada en [san] Josemaría: la amistad
que es afecto noble, sincero, sacrificio gustoso, afirmación
del otro, ayuda, impulso, condivisión, seguridad plena de
encontrar comprensión, acogida y escucha. La huella que aquellos
sacerdotes dejaron en mí hace que sienta particularmente
la fraternidad sacerdotal, que salga fácil la actitud positiva
ante cualquier sacerdote por el simple hecho de serlo, sin que importe
la procedencia, la lengua, la raza, la formación o las ideas
personales; que ame celebrar con otros sacerdotes el sacrificio
Eucarístico, razón de nuestro común sacerdocio;
que me resulte particularmente odiosa – es la expresión
justa - la desconfianza inmotivada, la indiferencia o la actitud
recelosa y advertida hacia otro sacerdote, y que aprecie, en cambio,
la franqueza y sinceridad en el trato.
La fraternidad sacerdotal, el sentido de pertenencia
a un presbiterio con el Obispo a la cabeza, la convicción
de ser “un” sacerdote diocesano, como todos los demás,
uno más entre ellos, sin nada de particular que, en cuanto
sacerdote, me separe o distinga de los mismos. Un vivo sentido de
pertenencia al presbiterio de la diócesis, por lo que siento
natural repugnancia, instintivo rechazo a ser considerado distinto,
ajeno, precisamente porque no soy ni distinto ni ajeno a los intereses
comunes, a las directrices universales, a los problemas, al modo
de ser, a la idiosincrasia peculiar de un sacerdote diocesano. Sintiéndome
sacerdote diocesano hasta la médula, se comprende el rechazo
de cualquier intento de ser atrapado, desde fuera, en una especie
de ghetto, considerado parte de un grupo, miembro de partido o facción.
Por el contrario, de [san] Josemaría he aprendido
el sentido de pertenencia a la diócesis y, a la vez, la viva
percepción de la realidad del ordo presbyterorum
(12), que abre a todos los sacerdotes, impulsando a superar cualquier
egoísmo particularista y a vivir a fondo la fraternidad que
deriva de la común llamada al sacerdocio; a no necesitar
de ninguna connotación añadida para sentirse cercano
a un sacerdote, para apreciarlo verdaderamente como hermano; a buscar
la amistad de todos sin excepción, con la naturalidad y la
sencillez de lo que fluye necesariamente de los lazos comunes; a
vivir dicha amistad con las necesarias exigencias del sacrificio
y de la disponibilidad, prontos para el servicio.
Se entiende pues perfectamente que un sacerdote
del Opus Dei (esto es, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz)
sienta -¡una vez más la encarnación vital, existencial,
que abraza intelecto, voluntad y sentimientos!- que nada lo separa
de sus hermanos sacerdotes, ni siquiera, como le gustaba decir a
[san] Josemaría, el insignificante muro que puede formar
un papel de fumar, el finísimo papel con que el que los fumadores
se ejercitaban calmamente en el arte de liar los cigarrillos de
picadura, antes de que se difundieran los de confección.
Reclama, eso sí, exactamente como en el caso de los demás
sacerdotes, un legítimo ámbito de libertad en su vida
de piedad, aficiones y gustos culturales legítimos, que sólo
quienes parecen amigos del partido único podrían entender
y considerar como factores de división, confundiendo la necesaria
unidad de espíritu con la chata e incolora uniformidad igualitarista,
que no respeta la magnifica, y por otra parte inevitable, diversidad
de las personas y de sus dones.
En la entrevista concedida al director de Palabra
y citada repetidamente en estas páginas, [san] Josemaría
sintetiza lo que los sacerdotes diocesanos encuentran en la Sociedad
Sacerdotal de la Santa Cruz con estas palabras:
“Los sacerdotes diocesanos que -en uso legítimo
del derecho de asociación- se adscriben a la Sociedad Sacerdotal
de la Santa Cruz (13), lo hacen única y exclusivamente
porque desean recibir esa ayuda espiritual personal, de manera
en todo compatible con los deberes de su estado y ministerio:
de otra manera, esa ayuda no sería tal ayuda, sino complicación,
estorbo y desorden.
El espíritu del Opus Dei, en efecto, tiene
como característica esencial el hecho de no sacar a nadie
de su sitio -unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in
ea permaneat (14)-, sino que lleva a que cada uno cumpla
las tareas y deberes de su propio estado, de su misión
en la Iglesia y en la sociedad civil, con la mayor perfección
posible. Por eso, cuando un sacerdote se adscribe a la Obra, no
modifica ni abandona en nada su vocación diocesana -dedicación
al servicio de la Iglesia local a la que está incardinado,
plena dependencia del propio Ordinario, espiritualidad secular,
unión con los demás sacerdotes, etc.-, sino que,
por el contrario, se compromete a vivir esa vocación con
plenitud, porque sabe que ha de buscar la perfección precisamente
en el mismo ejercicio de sus obligaciones sacerdotales, como sacerdote
diocesano” (15).
El no sacar a nadie de su sitio
no tiene solamente connotaciones negativas, sino que es eminentemente
positivo: comporta amar el sitio en el que uno se encuentra, todo
lo que es común a cualquier sacerdote secular diocesano:
los elementos todos que definen una espiritualidad diocesana. La
ayuda que recibe en el Opus Dei mira precisamente a vivir en plenitud
la propia vocación diocesana (“dedicación al
servicio de la Iglesia local a la que está incardinado, plena
dependencia del propio Ordinario, espiritualidad secular, unión
con los demás sacerdotes, etc.”). La relación
del sacerdote con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no consiste
en algo añadido en cierto modo postizo, que tuviera como
fin una especie de perfección personal al margen de la propia
condición de sacerdote y de la misión recibida de
la Iglesia por manos del Obispo. Más bien al contrario: esa
relación está, por su misma naturaleza, al servicio
de la asunción plena, con todas las consecuencias, de la
propia condición. Los medios de santificación están
al servicio de ésta. Y la santidad que el Opus Dei proclama
es justamente la santidad en el ejercicio de la propia profesión
- en este caso el ministerio sacerdotal -, de las personales circunstancias
sociales, profesionales, familiares. Los deberes fuertes están
al servicio de la “situación” personal, del peculiar
modo de estar en el mundo y en la Iglesia, que hemos de santificar.
Espiritualidad sacerdotal
¿Qué espiritualidad tiene pues un
sacerdote secular diocesano que forma parte de la Sociedad Sacerdotal
de la Santa Cruz? La respuesta exacta, así lo entiendo, es:
la misma que cualquier sacerdote secular diocesano, con todo lo
que ella comporta, sin que absolutamente nada de la misma quede
fuera. La espiritualidad que deseo vivir es la propia de aquello
que soy, un sacerdote diocesano. Deseo y procuro vivir el espíritu
propio de un sacerdote diocesano, sin excluir ni una sola
de sus características o manifestaciones auténticas.
Nunca el espíritu del Opus Dei me ha apartado de la espiritualidad
propia de un sacerdote. Me ha enseñado, al contrario, una
y mil veces, a buscar la santidad en el ejercicio del ministerio
sacerdotal, en el cumplimiento de los deberes y de los compromisos
propios del presbítero. La vocación de un sacerdote
diocesano al Opus Dei refuerza, decía [san] Josemaría,
su condición de tal, le ayuda a vivir en plenitud su propia
vocación: “no modifica ni abandona en nada su vocación
diocesana, sino que, por el contrario, se compromete a vivir esa
vocación con plenitud”.
Nunca me sentí llamado a vivir otra cosa
o de diferente manera que los demás sacerdotes seculares
que buscan la santidad en el ejercicio de su ministerio, como pide
el Concilio Vaticano II en el decreto Presbyterorum ordinis
(16). Mantiene aquí toda su validez lo que [san] Josemaría
decía en general de la vocación al Opus Dei, que consideraba
como una luz que ilumina de manera nueva una realidad preexistente
(17); en mi caso esta realidad previa es mi vocación al sacerdocio
y mi vida sacerdotal. De ahí que los rasgos que el espíritu
del Opus Dei quiere incidir más hondamente en el alma de
un sacerdote pertenecen a la entraña misma, al núcleo
fundamental de la existencia sacerdotal de un presbítero
diocesano: el afán de almas, que debe ser una auténtica
pasión dominante, con la decidida voluntad de llegar apostólicamente
al mayor número posible de personas; la preocupación
sincera, traducida en iniciativas concretas, por las vocaciones
sacerdotales y por el seminario; la necesidad de adquirir y mejorar
continuamente la preparación en las disciplinas eclesiásticas,
con el deseo de ampliar la propia cultura, como medio para una mayor
eficacia en el propio ministerio; la obediencia real y la rendida
disponibilidad en relación con los encargos pastorales que
el Obispo diocesano quiera confiar.
La espiritualidad que siento como propia es la espiritualidad
secular y diocesana, porque eso soy y me siento hasta la
médula: un sacerdote secular y diocesano, uno más
entre tantos otros. ¡Cuántas veces y con qué
orgullo decía [san] Josemaría de sí mismo que
era un sacerdote diocesano! Valga como ejemplo lo que responde cuando
se le pregunta acerca de los frutos de la labor de la Sociedad Sacerdotal
de la Santa Cruz:
“¿Los frutos de toda esta labor? Son para las Iglesias
locales, a las que estos sacerdotes sirven. Y de esto se goza mi
alma de sacerdote diocesano, que ha tenido además, repetidas
veces, el consuelo de ver con qué cariño el Papa y
los Obispos bendicen, desean y favorecen este trabajo” (18).
Para concluir todo lo dicho: la ayuda que recibo
del Opus Dei no la siento para nada como extraña a mi condición
sacerdotal secular y diocesana; sencillamente porque no le es ajena
o extraña. Es cuanto afirmaba [san] Josemaría con
claridad que no deja lugar a farisaicas confusiones o ingenuos malentendidos.
El texto es largo, pero vale la pena reproducirlo por entero, porque
no tiene desperdicio:
“Lo que estos sacerdotes [se refiere a los
sacerdotes diocesanos adscritos al Opus Dei] encuentran en el
Opus Dei es, sobre todo, la ayuda ascética que desean recibir,
con espiritualidad secular y diocesana (…). Añaden
así a la dirección espiritual colectiva que el Obispo
da con su predicación, sus cartas pastorales, conversaciones,
instrucciones disciplinares, etc, una dirección personal
solícita y continua (…) que complementa – respetándola
siempre como un deber grave – la dirección común
impartida por el mismo Obispo. A través de esta dirección
espiritual personal (…) se fomenta en el sacerdote su vida
de piedad, su caridad pastoral, su formación doctrina continuada,
su celo por los apostolados dicesanos, el amor y la obeidiencia
que deben al propio Ordinario, la preocupación por las
vocaciones sacerdotales y el semnario, etc.” (19).
El Opus Dei no da, pues, a los sacerdotes una espiritualidad
secular diocesana nueva: les presta, más bien, una ayuda
ascética para que puedan vivir en plenitud la espiritualidad
que ya deben poseer y vivir por su condición misma de sacerdotes.
Estos son algunos de los rasgos de [san] Josemaría,
sacerdote, que han modelado aspectos fundamentales de mi vida como
sacerdote diocesano.
José María Yanguas es Profesor
Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y Jefe de
Sección de la Congregación para los Obispos.
1
Meditación Los pasos de Dios, 14-II-1964; cfr. A. DEL PORTILLO,
Una vida para Dios, Madrid 1992, p. 28, nota 21.
2
Cfr. A. ARANDA, Sacerdote de Jesucristo. Sobre la misión
eclesial del Beato Josemaría Escrivá, Fundador del
Opus Dei, en “Romana” 17 (1993/2) 307-327.
3
Cfr. A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, I: Señor
que vea, Madrid 1997, p. 97, nota 76.
4
S.E. Mons. Laureano Castán Lacoma, obispo de Sigüenza-Guadalajara
(1964-1980), habla de su fama de santidad ya en la década
de los años 1930-1940 (cfr. Josemaría Escrivá
de Balaguer, Un hombre de Dios, Testimonios sobre el Fundador del
Opus Dei, 8, Madrid 1992, p.21). S.E. Mons. Francisco Peralta Ballabriga,
obispo de Vitoria (1955 - 1978) refiere sobre su delicadeza, afabilidad,
cortesía, optimismo contagioso y alegría (cfr. ibidem,
pp. 49, 51). Muchos son los que recuerdan su lealtad y amor a la
Iglesia, así como su fidelidad sin fisuras al Magisterio:
entre otros, el citado Mons. Peralta Ballabriga (ibidem, 48), S.Emza.
el Card. José María Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla
(1957-1982) (cfr. Josemaría Escrivá…, cit.,
3, pp. 36-38), S.E. Mons. Pedro Cantero Cuadrado, Obispo de Zaragoza
(1964-1977) (cfr. Josemaría Escrivá…, cit.,
2, p. 32). S.E. Mons. José María García Lahiguera,
arzobispo de Valencia (1969-1978) ha puesto de relieve la hondura
con que [san] Josemaría vivió las virtudes teologales,
así como su piedad profunda, serena y constante, el amor
a la Madre de Dios y a San José (cfr. Josemaría Escriva…,
cit., 1, pp. 45-49). Otras virtudes que, según estos y otros
eclesiásticos y personas de toda clase y condición,
destacaron en [san] Josemaría, fueron la fortaleza, la pobreza
y la humildad, el desprendimiento, el celo por las almas, el amor
a la justicia…
5
El card. Bueno Monreal relataba un hecho que lo vivió como
protagonista. Cuando, en un viaje a Roma, hizo presente a [san]
Josemaría que quizás exigía demasiado a los
sacerdotes diocesanos que se acercaban a la Obra, se sintió
decir estas palabras: “Mira, no. En el Opus Dei no seremos
ni uno más ni uno menos de los que Dios quiere que seamos.
Y la llamada que Dios nos hace es de entrega total, completa, cada
uno dentro de su estado, con naturalidad, pero sin concesiones.
Cuando un sacerdote viene a pedirnos que le demos lo que le podemos
dar, le damos la espiritualidd que tenemos: ésta es la entrega
total: sin salir de su sitio, reforzando su condición diocesana,
pero dándose del todo. So no le doy esto, una espiritualidad
que él puede seguir, ¿qué le voy a dar yo?,
¿qué le puede dar el Opus Dei a un sacerdote?…”
(Josemaría Escrivá…, cit., 3, pp. 43-44).
6
Es Cristo que pasa, 184.
7
Conversaciones 67.
8
S.Th, II-II, q. 37, a. 1c.
9
Es Cristo que pasa, 99: “He concebido siempre mi labor de
sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar
a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole
a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación
alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad
individual, que son características de una conciencia cristiana…”.
10
Conversaciones 19.
11
RHF 20.760, 765; citado por J. ECHEVARRÍA, La fraternidad
sacerdotal en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer, en "Palabra",
239, VI-1985, p. 25; publicado también en este volumen y
en L.F. MATEO-SECO y R. RODRÍGUEZ-OCAÑA, Sacerdotes
en el Opus Dei... cit., 299
12
Dec. Presbyterorum ordinis, 8: “Los presbíteros, constituidos
en el orden del presbiterado mediante la ordenación, están
unidos entre ellos con una íntima fraternidad sacramental”.
13
La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es una Asociación
propia, intrínseca e inseparable de la Prelatura. Está
constituida por los Clérigos incardinados al Opus Dei y por
otros sacerdotes o diáconos, incardinados en diversas diócesis.
Estos sacerdotes y diáconos de otras diócesis -que
no forman parte del clero de la Prelatura, sino que pertenecen al
presbiterio de sus respectivas diócesis y dependen exclusivamente
de su Ordinario, como Superior- se asocian a la Sociedad Sacerdotal
de la Santa Cruz, para buscar su santificación, según
el espíritu y la praxis ascética del Opus Dei. El
Prelado del Opus Dei es, a la vez, Presidente General de la Sociedad
Sacerdotal de la Santa Cruz.
14
1 Cor 7, 20
15
Conversaciones, 16.
16
Decr. Presbyterorum ordinis, 12
17
Con grande fuerza evocadora y, al mismo tiempo, con la sencillez,
que resulta casi solemne, de la escena que se narra, dice [san]
Josemaría en el punto 498 de Surco: “Me escribes en
la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde.
Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña – la
última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo
su vocación cristiana – pela patatas. Aparentemente
-piensas- su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta
diferencia!
- Es verdad: antes “sólo ’pelaba
patatas; ahora, se está santificando pelando patatas”.
18
Conversaciones, 16.
19
Conversaciones 16. El subrayado es mío.
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