| Autor:
Cardenal Darío Castrillón
Hoyos |
Fuente:
Clerus.org |
Publicamos la carta que el Cardenal Darío
Castrillón Hoyos, Prefecto de la Congregación para
el Clero, ha dirigido a los sacerdotes con motivo del Año
de la Eucaristía.
Ciudad del Vaticano, 8 de Enero de 2005
Queridos sacerdotes,
Me dirijo a vosotros que, a través del correo
electrónico, estáis conectados con nuestra pagina
de Internet www.clerus.org, y que os ofrece documentación
específica para la formación permanente; sobre todo
gracias a las vídeo-conferencias internacionales de índole
teológico, organizadas por la Congregación para el
Clero, que ya venimos teniendo por más de tres años,
y que toca temas que os conciernen de cerca.
Querría agradecer en este tiempo que sigue
inmediatamente después de Navidad, a vosotros párrocos
que, en este año especial de la Santa Eucaristía,
os dedicáis aún más a vivir y testimoniar este
misterio eucarístico en vuestras parroquias.
“Haced esto en memoria mía” nos
ha dicho Jesús, y nosotros, a través del ejercicio
de nuestro ministerio, podemos ofrecer cada día su Cuerpo
y su Sangre sacramentalmente presente sobre el altar, y poder exclamar:
“El Verbo se hizo Carne y ha venido a habitar entre nosotros”
(Jn. 1, 14).
El tiempo de Navidad ha sido un tiempo dedicado
especialmente a los niños. En efecto, el Dios encarnado,
el Emmanuel, se nos aparece con el rostro de Niño; y Jesús,
cuando sea adulto, nos dirá que el camino para entrar en
el Reino de los Cielos pasa por el corazón de un niño:
“si no os hiciereis como niños no entraréis
en el Reino de los Cielos” (Mt. 18, 3).
Precisamente en el Ángelus del pasado 6 de
Enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, una vez
más el Santo Padre afirmó la importancia de los pequeños
en la Iglesia, diciendo que: “los niños son el presente
y el futuro de la Iglesia. Tienen un papel activo en la evangelización
del mundo, y con sus oraciones contribuyen a salvarlo y a mejorarlo.”
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Cardenal Darío Castrillón
Hoyos,
Prefecto de la Congregación para el Clero |
Cómo no pensar entonces de modo especial,
en este año de la Eucaristía, en los niños:
ellos que frecuentan nuestras parroquias y que son los primeros
destinatarios de la catequesis. ¡Los acogemos, antes que nada,
a la Pila Bautismal, cuando vienen acompañados de su familia;
después los encontramos más frecuentemente en la parroquia,
para participar en los cursos de catecismo en preparación
a la Primera Comunión!
Un gran Papa canonizado por la Iglesia, San Pío
X, dedicó precisamente a los niños no poca atención
y esfuerzo pastoral. El 8 de Agosto de 1910 venía emanado
el Decreto “Quam Singulari” , a través
del cual, el Santo Padre Pío X, establecía que se
pudiera admitir a los niños a la Primera Comunión
desde la edad de siete años.
Fue aquello un evento muy importante para la pastoral
de los niños, pues sin necesidad de esperar más tiempo,
podían acercarse así a la Comunión Eucarística
después de haber recibido en sus parroquias la debida preparación
que les permitía aprender los primeros elementos fundamentales
de la fe cristiana. De hecho, ya en aquel tiempo se había
situado la edad de la discreción alrededor de los siete años,
cuando el niño podía ya distinguir el pan común
del Pan Eucarístico, verdadero Cuerpo de Cristo.
Junto con San Pío X, muchos estamos convencidos
que esta praxis de permitir a los niños a la Primera Comunión
desde la edad de siete años, trae a la Iglesia grandes gracias
del Cielo. Además, no hay que olvidarse que en la Iglesia
primitiva, el sacramento de la Eucaristía se administraba
a los recién nacidos, enseguida después del Bautismo,
bajo las especies de pocas gotas de vino.
Permitir que los niños puedan recibir cuanto
antes posible a Jesús Eucarístico, había sido
por muchos siglos uno de los firmes cimientos de la pastoral para
los más pequeños en la Iglesia; costumbre que fue
restablecida por San Pío X en su tiempo, que ha sido alabada
por sus Sucesores, y aún más veces por nuestro Santo
Padre Juan Pablo II.
El canon 914 ha acogido plenamente el pensamiento
del Pontífice: “Los padres, en primer lugar, y quienes
hacen sus veces, así como también el párroco,
tienen obligación de procurar que los niños que han
llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se
nutran cuanto antes, previa Confesión sacramental, con este
alimento divino.”
El Santo Padre ha vuelto recientemente sobre aquella
decisión de San Pío X con palabras de admiración;
lo ha hecho en su libro “¡Levantaos! ¡Vamos!”:
“Un testimonio conmovedor de amor pastoral por los niños
la dio mi predecesor san Pío X con su decisión sobre
la Primera Comunión. No solamente redujo la edad necesaria
para acercarse a la Mesa del Señor, de lo que yo mismo me
aproveché en mayo de 1929, sino que dio la posibilidad de
recibir la comunión incluso antes de haber cumplido los siete
años si el niño muestra tener suficiente discernimiento.
La Sagrada Comunión anticipada fue una decisión pastoral
que merece ser recordada y alabada. Ha producido muchos frutos de
santidad y de apostolado entre los niños, favoreciendo que
surgieran vocaciones sacerdotales” (Juan Pablo II “¡Levantaos!
¡Vamos!”, Barcelona 2004, p. 97).
Nosotros sacerdotes, llamados por Dios a custodiar
el Santo Sacramento del altar en unión a nuestros Obispos,
podemos y debemos cuidar ante todo a los niños como a los
primeros destinatarios de este don inmenso: la Eucaristía,
que Dios ha puesto en nuestras frágiles manos de arcilla,
sobre nuestras manos consagradas.
Creo que es una de las más grandes alegrías
para el párroco aquella de escuchar la Primera Confesión
de los niños, y luego, hacerles recibir la Primera Comunión;
y viene espontáneamente a la mente la certeza de que cuanto
más pequeños son, más digna será la
acogida del corazón a Cristo sacramentado. En efecto, cuando
la mente del niño llega a la edad en que comienza a razonar—y
hoy esta edad llega pronto — está abierta y disponible
a la acogida de la luz divina, que les hace penetrar hasta dónde
es posible, el misterio del amor de Dios para el hombre. Luego la
fe se levanta sobre la razón, y esta fe—que a menudo
la hemos experimentado precisamente en nuestras parroquias—es
tan viva en los niños que ellos son capaces, a veces mejor
que nosotros, de expresar con la oración inmediata, su cercanía
al Señor.
Confiamos, por lo tanto, que esta santa costumbre,
recordada por todos los últimos Papas, de hacer acercar a
los niños pequeños a la Santa Eucaristía, después
de haber hecho su Primera Confesión, sea cada vez más
estimada y dentro de lo posible seguida, particularmente en este
Año de la Eucaristía. Recemos para que la caridad
pastoral sea la fuerza de todo párroco ávido de animar
la pastoral parroquial, en unión a su Obispo, en sintonía
y en colaboración con las familias y los educadores de los
niños; para que el amor por la Santísima Eucaristía
sea transmitido desde la más tierna edad, y el deseo de recibir
el Cuerpo de Cristo se convierta en el camino más seguro
para asegurar un futuro de paz y santidad, no sólo al creyente
sino a la entera comunidad cristiana.
En unión de oración y de trabajos
pastorales, os saluda dev.mo en Cristo,
Darío Card. Castrillón Hoyos
Prefecto de la Congregación para el Clero
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