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Queridos
sacerdotes:
1.
En el Año de la Eucaristía, me es particularmente
grato el anual encuentro espiritual con vosotros con ocasión
del Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado «hasta
el extremo» (Jn 13, 1), día de la Eucaristía,
día de nuestro sacerdocio.
Os envío mi mensaje desde el hospital, donde
estoy algún tiempo con tratamiento médico y ejercicios
de rehabilitación, enfermo entre los enfermos, uniendo en
la Eucaristía mi sufrimiento al de Cristo. Con este espíritu
deseo reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de nuestra
espiritualidad sacerdotal.
Lo haré dejándome guiar por las palabras
de la institución de la Eucaristía, las que pronunciamos
cada día in persona Christi, para hacer presente
sobre nuestros altares el sacrificio realizado de una vez por todas
en el Calvario. De ellas surgen indicaciones iluminadoras para la
espiritualidad sacerdotal: puesto que toda la Iglesia vive de la
Eucaristía, la existencia sacerdotal ha de tener, por un
título especial, «forma eucarística».
Por tanto, las palabras de la institución de la Eucaristía
no deben ser para nosotros únicamente una fórmula
consagratoria, sino también una «fórmula de
vida».
Una existencia profundamente «agradecida»
2.
«Tibi gratias agens benedixit...». En cada
Santa Misa recordamos y revivimos el primer sentimiento expresado
por Jesús en el momento de partir el pan, el de dar gracias.
El agradecimiento es la actitud que está en la base del nombre
mismo de «Eucaristía». En esta expresión
de gratitud confluye toda la espiritualidad bíblica de la
alabanza por los mirabilia Dei. Dios nos ama, se anticipa
con su Providencia, nos acompaña con intervenciones continuas
de salvación.
En la Eucaristía Jesús da gracias
al Padre con nosotros y por nosotros. Esta acción de gracias
de Jesús ¿cómo no ha de plasmar la vida del
sacerdote? Él sabe que debe fomentar constantemente un espíritu
de gratitud por tantos dones recibidos a lo largo de su existencia
y, en particular, por el don de la fe, que ahora tiene el ministerio
de anunciar, y por el del sacerdocio, que lo consagra completamente
al servicio del Reino de Dios. Tenemos ciertamente nuestras cruces
—y ¡no somos los únicos que las tienen!—,
pero los dones recibidos son tan grandes que no podemos dejar de
cantar desde lo más profundo del corazón nuestro Magnificat.
Una existencia «entregada»
3.
«Accipite et manducate... Accipite et bibite...».
La autodonación de Cristo, que tiene sus orígenes
en la vida trinitaria del Dios-Amor, alcanza su expresión
más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente
en la Última Cena. No se pueden repetir las palabras de la
consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual.
En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también
de sí mismo, con verdad y generosidad, «tomad y comed».
En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose
a disposición de la comunidad y al servicio de todos los
necesitados.
Precisamente esto es lo que Jesús esperaba
de sus apóstoles, como lo subraya el evangelista Juan al
narrar el lavatorio de los pies. Es también lo que el Pueblo
de Dios espera del sacerdote. Pensándolo bien, la obediencia
a la que se ha comprometido el día de la ordenación
y la promesa que se le invita a renovar en la Misa crismal, se ilumina
por esta relación con la Eucaristía. Al obedecer por
amor, renunciando tal vez a un legítimo margen de libertad,
cuando se trata de su adhesión a las disposiciones de los
Obispos, el sacerdote pone en práctica en su propia carne
aquel «tomad y comed», con el que Cristo, en la última
Cena, se entregó a sí mismo a la Iglesia.
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Juan Pablo II.
Estatua delante de la
Catedral de Madrid. |
Una existencia «salvada» para salvar
4.
«Hoc est enim corpus meum quod pro vobis tradetur».
El cuerpo y la sangre de Cristo se han entregado para la salvación
del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres. Es una salvación
integral y al mismo tiempo universal, porque nadie, a menos que
lo rechace libremente, es excluido del poder salvador de la sangre
de Cristo: «qui pro vobis et pro multis effundetur».
Se trata de un sacrificio ofrecido por «muchos», como
dice el texto bíblico (Mc 14, 24; Mt 26, 28; cf. Is 53, 11-12),
con una expresión típicamente semítica, que
indica la multitud a la que llega la salvación lograda por
el único Cristo y, al mismo tiempo, la totalidad de los seres
humanos a los que ha sido ofrecida: es sangre «derramada por
vosotros y por todos», como explicitan acertadamente algunas
traducciones. En efecto, la carne de Cristo se da «para la
vida del mundo» (Jn 6, 51; cf. 1 Jn 2, 2).
Cuando repetimos en el recogimiento silencioso de
la asamblea litúrgica las palabras venerables de Cristo,
nosotros, sacerdotes, nos convertimos en anunciadores privilegiados
de este misterio de salvación. Pero ¿cómo serlo
eficazmente sin sentirnos salvados nosotros mismos? Somos los primeros
a quienes llega en lo más íntimo la gracia que, superando
nuestras fragilidades, nos hace clamar «Abba, Padre»
con la confianza propia de los hijos (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15). Y
esto nos compromete a progresar en el camino de perfección.
En efecto, la santidad es la expresión plena de la salvación.
Sólo viviendo como salvados podemos ser anunciadores creíbles
de la salvación. Por otro lado, tomar conciencia cada vez
de la voluntad de Cristo de ofrecer a todos la salvación
obliga a reavivar en nuestro ánimo el ardor misionero, estimulando
a cada uno de nosotros a hacerse «todo a todos, para ganar,
sea como sea, a algunos» (1 Co 9, 22).
Una existencia que «recuerda»
5.
«Hoc facite in meam commemorationem». Estas
palabras de Jesús nos han llegado, tanto a través
de Lucas (22, 19) como de Pablo (1 Co 11, 24). El contexto en el
que fueron pronunciadas —hay que tenerlo bien presente—
es el de la cena pascual, que para los judíos era un «memorial»
(zikkarôn, en hebreo). En dicha ocasión los
hebreos revivían ante todo el Éxodo, pero también
los demás acontecimientos importantes de su historia: la
vocación de Abraham, el sacrificio de Isaac, la alianza del
Sinaí y tantas otras intervenciones de Dios en favor de su
pueblo. También para los cristianos la Eucaristía
es el «memorial», pero lo es de un modo único:
no sólo es un recuerdo, sino que actualiza sacramentalmente
la muerte y resurrección del Señor.
Quisiera subrayar también que Jesús
ha dicho: «Haced esto en memoria mía» . La Eucaristía
no recuerda un simple hecho; ¡recuerda a Él! Para el
sacerdote, repetir cada día, in persona Christi,
las palabras del «memorial» es una invitación
a desarrollar una «espiritualidad de la memoria». En
un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales
oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente
a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación
con las propias raíces, el sacerdote está llamado
a ser, en la comunidad que se le ha confiado, el hombre del recuerdo
fiel de Cristo y todo su misterio: su prefiguración en el
Antiguo Testamento, su realización en el Nuevo y su progresiva
profundización bajo la guía del Espíritu Santo,
en virtud de aquella promesa explícita: «Él
será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando
todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26).
Una existencia «consagrada»
6.
«Mysterium fidei!». Con esta exclamación
el sacerdote manifiesta, después de la consagración
del pan y el vino, el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario
que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo
los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden
sus características externas, ya que las especies siguen
siendo las del pan y del vino; pero su sustancia, por el poder de
la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo,
se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por
eso, sobre el altar está presente «verdadera, real,
sustancialmente» Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad
y divinidad. Así pues, es una realidad eminentemente sagrada.
Por este motivo la Iglesia trata este Misterio con suma reverencia,
y vigila atentamente para que se observen las normas litúrgicas,
establecidas para tutelar la santidad de un Sacramento tan grande.
Nosotros, sacerdotes, somos los celebrantes, pero
también los custodios de este sacrosanto Misterio. De nuestra
relación con la Eucaristía se desprende también,
en su sentido más exigente, la condición «sagrada»
de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo
nuestro modo de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar.
¡Acudamos para ello a la escuela de los Santos! El Año
de la Eucaristía nos invita a fijarnos en los Santos que
con mayor vigor han manifestado la devoción a la Eucaristía
(cf. «Mane nobiscum Domine», 31). En esto,
muchos sacerdotes beatificados y canonizados han dado un testimonio
ejemplar, suscitando fervor en los fieles que participaban en sus
Misas. Muchos se han distinguido por la prolongada adoración
eucarística. Estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar,
en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas
de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo
el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido
nuestra vida.
Una existencia orientada a Cristo
7.
«Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem
confitemur, donec venias». Cada vez que celebramos la
Eucaristía, la memoria de Cristo en su misterio pascual se
convierte en deseo del encuentro pleno y definitivo con Él.
Nosotros vivimos en espera de su venida. En la espiritualidad sacerdotal,
esta tensión se ha de vivir en la forma propia de la caridad
pastoral que nos compromete a vivir en medio del Pueblo de Dios
para orientar su camino y alimentar su esperanza. Ésta es
una tarea que exige del sacerdote una actitud interior similar a
la que el apóstol Pablo vivió en sí mismo:
«Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome
hacia lo que está por delante, corro hacia la meta»
(Flp 3, 13-14). El sacerdote es alguien que, no obstante el paso
de los años, continua irradiando juventud y como «contagiándola»
a las personas que encuentra en su camino. Su secreto reside en
la «pasión» que tiene por Cristo. Como decía
san Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,
21).
Sobre todo en el contexto de la nueva evangelización,
la gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza
de «ver» en ellos a Cristo (cf. Jn 12, 21). Tienen necesidad
de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo
sigue llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos
la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente
vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos
más santos, más alegres, más apasionados en
el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote «conquistado»
por Cristo (cf. Flp 3, 12) «conquista» más fácilmente
a otros para que se decidan a compartir la misma aventura.
Una existencia «eucarística»
aprendida de María
8.
Como he recordado en la Encíclica «Ecclesia de
Eucharistia» (cf. nn. 53-58), la Santísima Virgen
tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía.
Lo subrayan, aun en la sobriedad del lenguaje litúrgico,
todas las Plegarias eucarísticas. Así, en el Canon
romano se dice: «Reunidos en comunión con toda la Iglesia,
veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María,
Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor». En las
otras Plegarias eucarísticas, la veneración se transforma
en imploración, como, por ejemplo, en la Anáfora II:
«Con María, la Virgen Madre de Dios [...], merezcamos
[...] compartir la vida eterna».
Al insistir en estos años, especialmente
en la «Novo millennio ineunte» (cf. nn. 23
ss.) y en la «Rosarium Virginis Mariae» (cf.
nn. 9 ss.), sobre la contemplación del rostro de Cristo,
he indicado a María como la gran maestra. En la encíclica
sobre la Eucaristía la he presentado también como
«Mujer eucarística» (cf. n. 53). ¿Quién
puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico
mejor que María? Nadie cómo ella puede enseñarnos
con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y
cómo hemos estar en compañía de su Hijo escondido
bajo las especies eucarísticas. Así pues, la imploro
por todos vosotros, confiándole especialmente a los más
ancianos, a los enfermos y a cuantos se encuentran en dificultad.
En esta Pascua del Año de la Eucaristía me complace
hacerme eco para todos vosotros de aquellas palabras dulces y confortantes
de Jesús: «Ahí tienes a tu madre» (Jn
19, 27).
Con estos sentimientos, os bendigo a todos de corazón,
deseándoos una intensa alegría pascual.
Policlínico Gemelli, Roma, 13 de marzo,
V domingo de Cuaresma, de 2005, vigésimo séptimo de
Pontificado.
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