| Autor:
Alan Cowell |
Fuente:
The New York Times, 8 de abril de 2005 |
Artículo relacionado: El
anglicanismo se va a arrojar al mar, entrevista a Edward
Norman
en The Daily Telegraph el 24 de febrero de 2004.
Londres, 6 de abril de 2005. Quizás
una de las consecuencias más extrañas, aunque sea
pequeña, que surgen como consecuencia de la muerte de un
papa en Roma es que los protestantes en Inglaterra
deben comenzar a preguntarse qué sucede al poder
de su fe. Pues mientras se aproximaban las exequias de
Juan Pablo II el último viernes, algunos historiadores y
columnistas han sugerido que la respuesta inglesa a su muerte ha
demostrado, en palabras de Mark Almond, un historiador de Oxford,
que casi cinco siglos después de su fundación, "la
Inglaterra protestante ha muerto."
Nada ha hecho más para crear esa impresión
que la decisión el lunes del príncipe Carlos de posponer
un día su boda con Camilla Parker Bowles, fijada inicialmente
para el viernes, para permitir al primer ministro Tony Blair y al
arzobispo de Canterbury, el Reverendísimo Rowan Williams,
jefe de la iglesia de Inglaterra, asistir al entierro papal
en vez de a una boda real. Incluso Carlos mismo -representante
de una monarquía que rompió con Roma en el siglo XVI-
está planeando asistir al entierro en nombre de su madre,
la reina Isabel II, el jefe del Estado. Esto hace que este país
sea uno de los pocos que estarán representados en el entierro
por la Iglesia, el Estado y el Gobierno.
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Estatua de Juan Pablo II
en la Catedral de Madrid,
al día siguiente de su fallecimiento. |
"El entierro de un papa, dejemos esto claro,
nunca ha sido hasta este momento la clase de acontecimiento
que se consideraba que requiere la asistencia del primer
ministro británico, o incluso del arzobispo de Canterbury,"
ha escrito Martin Kettle en su columna en The Guardian. "Es
duro no aguantarse la respiración ante la ruptura con la
historia nacional que todo esto representa."
O bien, como Almond lo expresó, "Enrique
VIII debe estar revolviéndose en su sepulcro de Windsor."
Las raíces de todo esto retroceden de nuevo
al rechazo de la autoridad papal por Enrique VIII
para evitar las restricciones católicas en asuntos de divorcios
y segundas nupcias. Ese rechazo cristalizó en una trayectoria
constitucional que definió la identidad inglesa con siglos
de obstinada independencia y de confianza en sí misma.
Por supuesto, mucho ha cambiado en las décadas recientes,
no sólo el papado y la monarquía británica.
Pero el entierro del papa ha mostrado las contradicciones en una
revelación más aguda: el Príncipe Carlos sigue
siendo el heredero al trono y por lo tanto el futuro gobernador
supremo de la Iglesia de Inglaterra, la Iglesia establecida de Inglaterra
con privilegios y responsabilidades específicos. La Iglesia
y la monarquía, así, tienen todavía vínculos
formales.
Por otra parte, cuando el Sr. Blair pidió
el consentimiento de la reina el martes para disolver al parlamento
y hacer la convocatoria de las elecciones el 5 de mayo, estaba reforzando
los enlaces ceremoniales que ligan a la monarquía, al gobierno
y al parlamento. Pero esos lazos en épocas recientes no producen
de modo manifiesto más sentido de la identidad nacional
inglesa que el agitar la bandera roja y blanca de San Jorge
entre los seguidores de fútbol y otros deportes.
"Pienso que lo que ha sucedido, particularmente
desde los últimos años 50, ha sido un declive en lo
que se podría llama una perspectiva protestante nacional,"
ha dicho en una entrevista Perry Butler, historiador de la iglesia
en Londres. Añadió que "el protestantismo nacional
como cultura que tiene en su corazón un anticatolicismo muy
fuerte existe solamente en Irlanda del Norte" y reductos de
Gran Bretaña. La Iglesia de Inglaterra en
sí misma -parte de la Comunión Anglicana con sus más
de 40 provincias alrededor del mundo- ha estado en declive
desde hace tiempo, luchando para guardar la paz con una
sociedad que se ha movido lejos desde sus preceptos morales de antes
sobre el divorcio, el aborto y la homosexualidad.
El número de los miembros del clero
anglicano ha caído desde los 18.000 de los últimos
años 60 a cerca de 9.500, según dijo el Sr. Butler.
La sociedad británica se ha convertido en multiracial y multicultural.
Dijo que "la Iglesia de Inglaterra también ha sido exprimida
por el crecimiento del protestantismo sectario" y de otras
religiones, mientras que el número de los católicos
romanos se ha elevado a alrededor 10 por ciento de la población.
Eso no es todo. Desde la muerte del papa anterior,
Juan Pablo I, en 1978, la relación entre los anglicanos y
el Vaticano ha cambiado con el avance de la diplomacia ecuménica
que ha alterado el tono, si no la sustancia, del debate. Aproximadamente
en el mismo período, la monarquía misma de Gran Bretaña
se ha encontrado desprestigiada cada vez más. Recuérdese,
por ejemplo, la boda real de cuento de hadas en la catedral de San
Pablo, cuando Carlos se casó con Diana en 1981 bajo la mirada
de todo el mundo. Es difícil imaginar que un acontecimiento
de esa magnitud se retrase incluso para el entierro de "un
hombre tan grande como el papa Juan Pablo," como escribió
el columnista Stephen Glover en The Daily Mail. "La oficina
de registros nupciales del príncipe Carlos, por el contrario,
es eminentemente movible."
Pero quizás el cambio más grande está
en el sentido del mundo de qué ha venido a significar
el papado, y qué papel representan los políticos
en los acontecimientos de gran convocatoria de una élite
globalizada. Con su horario de viaje de torbellino y habilidades
de concertista de rock para atraer a las grandes masas, Juan Pablo
II se propulsó a sí mismo y a su oficio a la celebridad,
en consonancia quizás con la tendencia de una era.
"El funeral del viernes será el entierro
de una celebridad, además de un acontecimiento religioso,"
dijo el Sr. Kettle. "Esa es la razón por la que George
Bush está cruzando el Atlántico hacia el acontecimiento
de esta semana, mientras que en 1978 el no menos religioso Jimmy
Carter prefirió enviar a su madre a las exequias de Juan
Pablo I."
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