| Autor:
Julio de la Vega-Hazas Ramírez |
|
El preservativo es fundamentalmente un instrumento
anticonceptivo, aunque en alguna ocasión pueda tener un empleo
distinto que en este artículo no se contempla, por quedar
fuera de su objeto. En este sentido, la sanción moral sobre
el uso conyugal del preservativo no es una excepción
a la regla general, que se expone en un pasaje conocido de la encíclica
Humanae vitae, repetido después en numerosos textos
pontificios, e incluido en el Catecismo de la Iglesia Católica
(n. 2370): es intrínsecamente mala “toda acción
que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización,
o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como
fin o como medio, hacer imposible la procreación”.
El uso conyugal del preservativo
El preservativo es un medio “de barrera”
-el más común de ellos-, pues pone una barrera artificial
entre las dos células que de unirse dan lugar a la concepción.
Es un instrumento anticonceptivo, y por tanto su
empleo convierte el acto conyugal en anticonceptivo. No se puede
cuestionar la gravedad del uso del preservativo por el hecho de
que sólo sea un simple globito de látex. En moral
este tipo de argumentos falsea la cuestión, y sería
semejante a plantear cómo puede ser grave el uso de una bolsa
de plástico, cuando se ha utilizado para asfixiar a alguien,
o sea, para cometer un homicidio. En la valoración moral
el instrumento empleado es una circunstancia de un valor marginal
para la estimación de la conducta. Lo relevante es el acto
mismo en su significado, y aquí se trata de una acción
anticonceptiva, siendo lo de menos el hecho de que para hacer infecunda
la unión el sujeto se coloca un preservativo o pasa por un
quirófano. Para entender la gravedad del acto, la cuestión
decisiva no está en detenerse en el instrumento empleado,
sino en el significado de la sexualidad misma y de la unión
conyugal. La actividad sexual no es simplemente un disfrute otorgado
por la naturaleza, y que, sin mayores significados, se pueda trivializar.
La actividad sexual es una unión física y
afectiva tan radical -supone la entrega de una buena parte
de la intimidad, precisamente la sexual- que sólo puede responder
a una entrega sin reservas del afecto y de la vida misma. Sólo
esa unión es digna para ser sellada con una acción,
que -y esto no puede olvidarse nunca- es en sí misma, y es
la única, apta para generar una nueva vida. Buscar la manera
de hacer imposible esa aptitud introduce una reserva que convierte
el acto en una entrega que ya no es total, y que objetivamente abre
la puerta para que la entrega se convierta en un mero disfrute.
En este sentido, al rebajarse, la acción se desnaturaliza.
Pero la inmoralidad no va más allá
en este caso. No más, pues el uso del preservativo carece
de otros aspectos moralmente negativos que se pueden observar en
otras conductas sexuales inmorales. No hay riesgo ninguno
de provocar abortos, como sucede con gran parte de los
anticonceptivos químicos -son abortivos primaria o subsidiariamente,
o sea, cuando falla el pretendido efecto primario anovulatorio-,
o con otros instrumentos, como es el caso del DIU (dispositivo intrauterino).
Tampoco la desnaturalización que supone su uso va más
allá de hacer incompleto el acto, a diferencia
de otras perversiones de la sexualidad que desfiguran su ejercicio
en otro sentido más radical, haciéndolo no ya sólo
incompleto sino también desviado. Es incompleto, claro está,
en un sentido no material -materialmente se introduce un elemento
extraño-, sino moral: se roba a la acción de una de
sus dimensiones fundamentales (afecta también a la llamada
dimensión “unitiva”: quienes lo utilizan son
conscientes de que también hay una barrera, por tenue que
sea, entre ellos mismos en su intimidad). Esto no quiere decir que
el uso conyugal del preservativo sea una cuestión de poca
monta: la sexualidad es lo suficientemente importante como para
que sea siempre grave una acción que la utiliza mal. Pero,
aparte de considerar que dentro de la gravedad hay otras conductas
peores, estas consideraciones no dejan de tener repercusiones en
la moral. Permiten, en primer lugar, que pueda ser aceptable en
casos de extrema gravedad una tolerancia -nunca una aceptación
propiamente dicha- cuando el otro cónyuge se empeña
en querer viciar la unión de este modo, aunque, obviamente,
tiene que ser la otra parte quien ponga la acción que vicia
el acto, y nunca, aunque haya presión en este sentido, uno
mismo. Y, en segundo lugar, las precisiones aquí expuestas
permiten valorar adecuadamente la conducta cuando se trata de uniones
extraconyugales.
El uso extraconyugal del preservativo
Fuera del matrimonio, el principio básico
resulta evidente: es gravemente inmoral cualquier unión
sexual extraconyugal. En unos casos es más grave
que en otros -nadie duda de que el adulterio es peor que la unión
de dos solteros-, pero siempre dentro de la gravedad. O sea, en
este terreno nos encontramos con una raíz inmoral, puesto
que no hay derecho conyugal alguno que esgrimir, pues se trata de
personas entre quienes no debe existir relación sexual alguna.
Una unión sexual viciada de raíz,
como ocurre con toda relación extraconyugal, no puede contener
una exigencia de ser completa. Pensar de otro modo supondría
entrar en una lógica de valorar positivamente el “hacer
bien el mal”, lo cual, cuando se trata de pecados de distinto
género (fraudes, difamaciones, homicidios, etc., etc.), aparece
como algo evidente su carencia de sentido. El pecado sexual no es
una excepción en este sentido: si lo fuera, tendríamos
resultados tan contrarios al sentido común como el considerar
menos grave -aun dentro de la gravedad, por supuesto- el que unos
novios realicen una unión sexual concreta, que el que se
extralimiten en su afectividad dando rienda suelta a un erotismo
que no llega tan lejos. Por lo tanto, podemos concluir que el empleo
del preservativo en una relación sexual viciada ya de antemano
por realizarse entre personas no casadas entre sí es una
circunstancia que podemos considerar moralmente irrelevante.
El SIDA y la utilización conyugal del preservativo
Actualmente los principales datos sobre
el SIDA (Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida)
son conocidos por el gran público. Se trata de una infección
cuyo agente es el llamado VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana),
un retrovirus, que está en la frontera entre un ser vivo
y un conglomerado de moléculas orgánicas, el cual
tras varios años de incubación es letal, no en sí
mismo, sino a través de enfermedades asociadas. Éstas
son principalmente dos: una particular neumonía (neumocistosis
carinii), y un cáncer de piel (sarcoma de Kaposi).
También es conocido que el virus no resiste la intemperie,
de forma que el contagio sólo puede producirse
a través de fluidos corporales. Dejando
aparte algún caso aislado de accidente, y algún contagio
por transfusión de sangre contaminada -un fenómeno
raro hoy día, gracias a los controles que se practican-,
las dos principales vías de contagio son el uso en común
de jeringuillas que forma parte del “ritual” de los
heroinómanos, y, sobre todo, el contacto sexual.
 |
Ángeles músicos.
Colegiata de Pastrana (España) |
¿Es eficaz el uso del preservativo para evitar
el contagio del VIH? Aunque parezca que la respuesta es sencilla,
conviene hacer algunas precisiones, pues contestar con un “sí”
o un “no” a secas puede llevar a engaño. Por
una parte, hay que decir que, estadísticamente, disminuye
el contagio. Es algo fácil de entender: cuando se
pone una barrera a un flujo, la circulación disminuye, por
lo que en este caso el contagio también. Dicho de otra manera:
hay bastantes menos posibilidades de contagio en una unión
sexual determinada cuando en ella se utiliza un preservativo.
Sin embargo, conviene considerar este dato con prudencia.
No se puede convertir el uso del preservativo en la panacea contra
la extensión del SIDA, sencillamente porque no lo es. En
primer lugar, porque la disminución de probabilidades no
supone su eliminación. El preservativo,
en su uso habitual como anticonceptivo, suele tener un porcentaje
de fallos que más o menos oscila entre el 8% y el
10%. A su vez, es también fácil de entender que es
menos eficaz como barrera ante un retrovirus que ante los espermatozoides.
Aquél es mucho más pequeño que éstos,
y, además, si atraviesa la barrera un muy escaso número
de espermatozoides está casi garantizado que no habrá
concepción; mientras que si atraviesa la barrera un muy escaso
número de VIH, hay más posibilidades de infección.
Hay otro factor a tener en cuenta, derivado de las
puras leyes estadísticas: las probabilidades dependen tanto
del porcentaje como del número sobre el que se aplican. Conforme
aumenta el número sobre el que se aplica el porcentaje, aumenta
también la probabilidad real. Un riesgo de contagio puede
ser del 10% en un acto dado, pero si la conducta de riesgo se multiplica,
también se multiplica la probabilidad de contagio a lo largo
del tiempo. De cara al SIDA, esto significa que la promiscuidad
sigue siendo una alta conducta de riesgo, con o sin la
barrera de látex. Sobre este particular, se ha generalizado
un cierto engaño en Occidente. Las campañas que han
incidido sobe el uso del preservativo como prevención han
coincidido con un significativo descenso del número de muertes
por enfermedades asociadas al SIDA. Pero el factor que ha reducido
drásticamente la mortalidad ha sido la aparición de
los llamados “cócteles retrovirales”, una combinación
de fármacos que contienen la infección y que convierten
el SIDA en una enfermedad crónica, aunque la aparición
de cepas inmunes a estos medicamentos -en cierto modo esperadas-
crea nuevas amenazas.
Sin embargo, la cuestión de la moralidad
es distinta de la de la eficacia. Evidentemente, aquélla
no se plantea en una relación extraconyugal, que ya es inmoral
por serlo. Pero en la conyugal, ¿puede ser moralmente aceptable
su empleo para evitar un contagio mortal? Antes de contestar la
pregunta, hay que precisar que el contagio se refiere a la pareja,
no al posible hijo. Éste corre un riesgo en el parto -no
en el embarazo-, y, si las condiciones sanitarias son adecuadas,
el índice de contagio es realmente bajo. No sucede lo mismo
con el cónyuge, que se expone a un contagio
seguro si la relación -como es lo normal entre esposos- es
continuada. Estamos ante un problema que en la realidad es más
complejo que en la teoría, pues lo más habitual es
que el cónyuge que ha contraído la infección
la transmita antes de que él mismo sea consciente de ser
seropositivo. También es frecuente ocultar al cónyuge
esa condición cuando se conoce, porque el contagio sólo
ha podido provenir de una relación extramatrimonial, y darla
a conocer suele ser problemático y desestabilizador.
Pero es cierto asimismo que esas circunstancias
frecuentes no pueden ser una excusa para no abordar la cuestión
central. Y aquí hay que afirmar que la posibilidad de contagio
no convierte en aceptable el empleo del preservativo. El motivo
es que, como se señalaba anteriormente, su uso vicia
la relación conyugal. A lo que hay que añadir
que la unión conyugal es una actividad libre, no inevitable.
En un caso así, los esposos deben ponderar los riesgos a
los que se exponen -que disminuyen, pero en modo alguno desaparecen,
con el uso del preservativo-, y la conveniencia de engendrar nuevas
vidas. Por fortuna, el contagio ya no supone la condena a una muerte
lenta, sino la carga económica y personal de una enfermedad
crónica y gravosa.
Conviene añadir que la posibilidad
de contagio del SIDA no es el único factor que en
un momento dado puede provocar el deber de disminuir o incluso abandonar
la actividad sexual de los esposos. Existen circunstancias, como
una impotencia sobrevenida, que al imposibilitar una auténtica
unión conyugal obligan a cesar la unión sexual de
modo más tajante que la condición de seropositivo
de uno de los cónyuges, pues en este último caso no
hay una obligación estricta de ese abandono. Existen también
otras enfermedades de transmisión sexual que pueden llevar
a una situación parecida. En todo caso, hay que entender
que, junto con el valor que tiene la vida y la salud, la sexualidad
tiene también unos valores propios, íntimamente ligados
a la dignidad humana, de los que no se puede abdicar. Y así
como a nadie se le ocurre que pueda ser aceptable que alguien en
caso de extrema necesidad se venda como esclavo para remediar la
penuria, de la misma manera, cuando están en juego valores
fundamentales de la dignidad humana -y la sexualidad es uno de ellos-,
éstos no son disponibles, por no serlo la dignidad misma
de la persona. Entenderlo de otra manera situaría en un contexto
que trivializa la sexualidad, de forma que su valor moral sería
escaso, que es lo que sucede cuando se piensa que debe claudicar
ante otros valores más estimados, o incluso simplemente ante
la perspectiva de tener que abandonar una parte de una vida placentera.
Desde un punto de vista específicamente católico
se podría añadir alguna idea. Cuando se defiende una
supuesta imposibilidad de cumplir estas exigencias morales, no se
está contando con la gracia. Hay que reconocer que en algún
caso esas exigencias suponen el heroísmo en la virtud,
pero esta altura moral, que supera las posibilidades del hombre
caído, no quedan fuera del alcance del hombre redimido. No
es éste el lugar de tratar de los cauces de la gracia de
Dios, pero no está de más mencionar que existen, que
están al alcance de los fieles, y que permiten una auténtica
vida de la gracia que nos asemeja cada vez más con Cristo,
haciendo posible la victoria ante cualquier dificultad para cumplir
lo que la moral demanda. Además, no hay que olvidar que el
heroísmo puede venir exigido también en otros terrenos
distintos del sexual; ser honrado, por ejemplo, a veces requiere
una fortaleza moral mayor de la necesaria para vivir la moral conyugal.
Las campañas de prevención y el preservativo:
criterios generales
Más problemática se presenta la cuestión
alrededor del preservativo cuando se trata de valorar las campañas
de prevención que realizan los poderes públicos.
El SIDA es una pandemia que la sociedad y sus responsables deben
combatir. Y la salud pública es sin duda una competencia
de los poderes públicos. Parece razonable que si la difusión
de preservativos contribuye a reducir la incidencia de la enfermedad,
sea una medida aceptable, máxime cuando se trata de algo
barato y fácil. Además, teniendo en cuenta que los
focos de infección principales son ambientes promiscuos donde
el sexo que se practica es extraconyugal, se podría pensar
que no hay objeciones morales en difundir algo que no afecta a la
inmoralidad de la actividad de esos focos.
Sin embargo, no son éstos los únicos
factores a tener en cuenta. El bien común
que deben perseguir las autoridades no se compone solamente de bienes
físicos, como la salud, sino también de bienes morales.
La sexualidad es un asunto privado sólo hasta cierto punto.
La familia, en primer lugar, por ser la célula
básica de una sociedad estable, tiene un indudable interés
público, y es patente que sexualidad y familia
tienen mucho que ver. También tiene un incuestionable interés
público la educación, y la educación sexual
es una parte importante de la misma. Es cierto que es injustificable
una intromisión de la administración pública
en las alcobas, pero también lo es que propague, directa
o indirectamente, una inmoralidad, que, además, va a tener
de un modo u otro una repercusión negativa en la sociedad.
Aplicados a esta situación, estos criterios
básicos significan sobre todo que, si bien es acertado intentar
amortiguar las consecuencias negativas de conductas promiscuas,
no lo es fomentar esa promiscuidad u otro tipo de inmoralidad con
la excusa -sincera o no- de esa pretensión. Con esta perspectiva
hay que analizar las distintas campañas que se promueven.
Éstas deben cumplir por tanto un doble requisito: la moralidad
y la eficacia. No son, por otra parte, dos aspectos
aislados, y menos aún contrapuestos. La reducción
de la promiscuidad reducirá necesariamente la incidencia
del SIDA, mientras que su incremento la aumentará. Y en cuanto
a la moralidad, hay que valorar no sólo la intención
de los promotores -por lo demás, no siempre fácil
de identificar-, sino, y sobre todo, los medios empleados.
De hecho, las campañas de prevención
del SIDA en las que se incluye el preservativo son variadas. Las
más fáciles de evaluar son aquéllas en las
que el preservativo es prácticamente el único
argumento. De ellas, las más negativas son algunas
en Occidente dirigidas sobre todo a los jóvenes. En algunos
casos parece que la prevención del SIDA no es más
que un pretexto, en el que el SIDA suele ocupar las primeras páginas
de los planes de actuación, para luego caer en el olvido
en la mayor parte del resto. Se trata de la difusión masiva
del uso del preservativo entre escolares y otros estudiantes, anunciándolo
por vías publicitarias y facilitándolo con medios
como la distribución gratuita -incluso callejera- o la instalación
de máquinas expendedoras en centros docentes. Si a esto se
le une una pretendida educación sexual que se limita a información
sexual, en la que se incluyen aberraciones al mismo nivel que conductas
adecuadas y se oferta mediante un material gráfico que resulta
ser pornográfico, el resultado sólo puede calificarse
de una campaña de corrupción de jóvenes.
Lo que realmente se promociona en estas campañas
es un estilo de vida promiscuo, en el que el único
valor sexual a tener en cuenta es la seguridad física: el
“sexo seguro”. Lo demás, para sus promotores,
es despreciable. El SIDA queda aquí como la pantalla propagandística
para evitar protestas, pues se trata de convertir a quien se opone
en un desalmado a quien no le importa que un joven contraiga una
terrible enfermedad. Y sobre su eficacia no suelen hacerse encuestas.
Pero basta para hacerse una idea el resultado de las encuestas -éstas
sí existen- sobre otro de los objetivos de estas campañas:
evitar embarazos de adolescentes. Éstos, lejos de disminuir,
han aumentado, lo que permite concluir la falta de eficacia en la
prevención de una enfermedad que tiene el mismo cauce de
entrada. Por eso, habría que llegar a la conclusión
de que son precisamente los promotores de estas campañas
quienes no parecen muy interesados en la incidencia del SIDA en
los jóvenes, si ése es el precio a pagar por la difusión
de un estilo de vida disoluto e inmoral.
Cuando se trata del tercer mundo
-África sobre todo-, las campañas provenientes de
Occidente centradas exclusivamente en el preservativo suelen ser
rechazadas con indignación. Los motivos aquí son distintos.
Lo que verdaderamente necesitan son antirretrovirales -medicinas-,
y lo que se percibe es que proponen una solución barata e
imperfecta para no poner a un precio asequible o simplemente distribuir
los necesarios medicamentos; en una palabra, frecuentemente se ven
como un sarcasmo. En cuanto a la eficacia, son conscientes de que
si el preservativo es la única arma, los resultados son muy
limitados. Y en cuanto a la moralidad, suelen saber que la promiscuidad
atenta contra la familia y socava la sociedad misma, con lo que
un programa destinado a paliar los efectos mientras promociona las
causas es negativo en todos los sentidos. A lo que hay que añadir
que también son apreciadas como campañas que buscan
la aceptación del control de la natalidad, una especie de
neocolonialismo demográfico que en muchos lugares -y con
razón- se rechaza como indeseable.
En general, basta con analizar estos dos tipos para
concluir que una campaña de prevención del SIDA basada
exclusivamente, o casi, en promocionar el uso del preservativo
es negativa en todos los sentidos. Más agresiva
o menos, dirigida al gran público o a estratos concretos
de la población, en el primer o en el tercer mundo, siempre,
en mayor o menor medida, es una promoción de una vida promiscua
con unos efectos limitados. Y conlleva graves omisiones, cuanto
menos sospechosas. No incide en la supresión o al menos el
control de los verdaderos focos de infección, que son los
lugares o ambientes de prostitución -homo y heterosexual-
y de “sexo anónimo”. Y no promociona en absoluto
modelos de vida más sanos en todos los sentidos, un factor
verdaderamente decisivo en la lucha contra la propagación
de la pandemia.
Más honrados en su intención, y más
eficaces en la práctica, son los programas en los que el
preservativo es sólo un factor de la campaña,
y no el más importante. Aquí destacan los programas
conocidos como ABC, siglas que responden a “abstinencia”,
“fidelidad” y “condón”
(en inglés Abstinence, Be faithful, Condom),
colocados en orden de prioridad. Se trata en primer lugar de promover
la abstinencia de los jóvenes hasta el matrimonio, y la fidelidad
a la pareja después. Se proponen a la vez como valores morales
y como medio eficaz de evitar el contagio. Sin embargo, se entiende,
a la vez, que hay algunos ambientes y personas insensibles a este
tipo de mensajes, y, dentro de esos ambientes irreductibles, el
objetivo es limitar los daños de unas conductas que no hay
más remedio que tolerar. Aquí el preservativo puede
jugar un papel válido a la vez que secundario, siempre teniendo
en cuenta las siguientes consideraciones:
1.
Se engloba dentro de una promoción de valores morales,
y no dentro de una promoción que supone su ausencia.
2.
La propaganda y distribución de preservativos es
selectiva, no generalizada a la población en su
conjunto. No va dirigida a los matrimonios ni a la población
en general, sino a los ambientes insensibles a llamadas morales,
que a la vez son focos de contagio.
3.
No se trata estrictamente de una cooperación al
mal, por cuanto queda claro que no se quiere legalizar
ningún comercio sexual ni vida desenfrenada, sino sólo
paliar los efectos de esas conductas desordenadas.
4.
Los preservativos se distribuyen sólo de cara a una actividad
sexual en la cual su uso no altera la moralidad
de la actuación.
5.
Su distribución se realiza con la debida discreción.
Aquí se puede poner el paralelismo de la lucha contra el
SIDA de cara a otro de los grupos de población de riesgo:
los drogadictos, o, más precisamente, los heroinómanos.
La distribución discreta de jeringuillas consigue paliar
el contagio, sin otros efectos colaterales indeseados; en cambio,
la publicidad indiscriminada se puede entender fácilmente
como una invitación a drogarse. No siempre conviene difundir
a los cuatro vientos lo que se hace.
La reacción de más de uno
-incluido algún gobierno- ante esta promoción de la
abstinencia y fidelidad, ha sido declararla inviable.
Sin embargo, cuando se ha aplicado, como ha sucedido en un país
arrasado por el SIDA como Uganda, en unas condiciones que no presagiaban
su éxito, ha tenido resultados significativos tanto con respecto
a la propagación del SIDA como a la estabilidad familiar.
Empeñarse en lo contrario no sólo es contrario a la
evidencia, sino un signo de que no se sabe ver en el hombre más
que un animal dominado por instintos.
|