Autor:
Alfonso Carrasco Rouco
Facultad de Teología “San Dámaso”
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Fuente:
Clerus.org |
“La
formación permanente es expresión y exigencia de la
fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más a su propio
ser. Es, pues, amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo. Pero
es también un acto de amor al Pueblo de Dios, a cuyo servicio
está el sacerdote" (1). En efecto,
la formación
permanente es una llamada a vivir conscientemente la propia
identidad personal, renovada por
la vocación recibida
del Señor. Es, por tanto, una reafirmación de la esperanza,
de la riqueza de vida, de amor y de sentido, que fundamenta la propia
vida y ha determinado la propia ordenación. Pero, al mismo
tiempo es una invitación a la vigilancia, a responder con la
propia libertad al don de Dios, a no dar por descontado el cumplimiento
de la propia existencia y de la propia misión.
En este sentido, la formación permanente,
vivida como expresión e instrumento para un mejor seguimiento
de Cristo, está llamada a contribuir al crecimiento
personal de cada uno hacia su madurez. Este camino hacia
la plenitud de la propia humanidad es imprescindible para la vida
del sacerdote y para su ministerio; pues, de alguna manera, es la
expresión primera de la propia fe en Jesucristo, que “ofrece
la más absoluta, genuina y perfecta expresión de humanidad"
(2), libera del mal y acompaña la vida de quien lo sigue
hacia su destino pleno. Si el sacerdote no pudiera reconocer en
su existencia los frutos del don de Dios, se debilitaría
la entrega personal y el cumplimiento de la propia misión.
Del mismo modo, se desplegaría difícilmente en su
ministerio la novedad humana que aporta el Evangelio; se empobrecería
el testimonio vivido de la misericordia y de la salvación
que anuncia, la capacidad de comprender y acoger los ruegos y las
urgencias de los fieles, de iluminar y acompañar sus esperanzas
y sus dificultades, sus dolores y sus alegrías.
Este crecimiento personal del sacerdote acontece,
por supuesto, en la entrega cotidiana a la propia misión;
no puede separarse del vivir la propia vocación, de la memoria
del amor de Dios, de la relación personal y sacramental con
Él, del anuncio del Evangelio, de su cercanía a la
vida de sus fieles en todas las circunstancias, especialmente en
las dolorosas. Pues sólo la realización en acto manifiesta
la verdad profunda de la propia fe y de la propia vocación:
que lo humano es verdaderamente comprendido, redimido y conducido
a plenitud por obra y en el encuentro con el Señor Jesús.
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Estudioso.
Iglesia de San Pablo
( Valladolid, España) |
Esta experiencia es esencial para el sacerdote,
para su vida y su misión. Por ello, tiene gran importancia
la reflexión, el esfuerzo de comprensión y de juicio
inteligente sobre la propia experiencia pastoral, a lo que está
llamada a servir también la formación permanente.
Pues este crecimiento personal no es simplemente espontáneo,
se paraliza si se separa de la propia experiencia de vida, pero
se ralentiza también si esta experiencia no es acompañada
por la inteligencia que la comprende a la luz de la fe y con la
ayuda de los hermanos. La ausencia de esta dimensión verdaderamente
fraterna, en la que es posible compartir y ayudarse a comprender
el significado de la propia vivencia personal y pastoral, oscurecería
el sentido de la formación permanente -destinada a cuidar,
a reavivar el carisma recibido por cada uno (3)- y disminuiría
su fecundidad.
Por el contrario, si la formación permanente
presta realmente atención a la vida del sacerdote, redundará
muy positivamente en la relación de los presbíteros
con sus fieles. Pues podrá experimentarse mejor
la unidad y la cercanía del sacerdote con todos aquellos,
laicos o religiosos, con los que compartirá más conscientemente
el camino de la fe y de la entrega al Señor, la esperanza
en su significado salvador para la propia vida en toda circunstancia.
Y este ámbito de unidad vivida, de acompañamiento
real, de verdadera comunión en el seguimiento de Cristo,
facilitará a su vez el crecimiento personal, haciendo posible
con la contribución y con los dones de todos lo que a la
persona aislada, también al sacerdote, resultaría
imposible.
Pues el Señor quiso que los dones dados a
cada uno den fruto a favor de todos, de modo que así, en
la unidad del Cuerpo, todos sus miembros, y por supuesto los presbíteros,
lleguen “al estado de hombre perfecto, a la plena madurez
en Cristo” (4).
(1)
Pastores Dabo Vobis, 70
(2)
Pastores Dabo Vobis, 71
(3)
Cf. Pastores Dabo Vobis, 70, que cita al respecto 1Tim
4, 14-16; 2Tim 1, 6
(4)
Ef 4, 13
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