Autor:
Monseñor Javier Echevarría,
Prelado del Opus Dei |
Fuente:
opusdei.org |
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comunión eucarística y los divorciados y vueltos a
casar.
Para comenzar mi intervención deseo referirme
a unas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer,
sacerdote santo que amó apasionadamente los dos sacramentos
que trataré a continuación. Hablaba en un período
de tiempo semejante al que nos encontramos, pues eran fechas en
torno a la Navidad.
«Días de Navidad, principios de 1939.
Renacer y continuar, comenzar y seguir. En lo material, inercia
es no cambiar: no moverse lo quieto, no detenerse lo que se mueve.
Pero en lo espiritual, seguir y continuar no es nunca inercia.
Volvamos a lo mismo, siempre a lo mismo: Dios con nosotros, Jesús
niño; y nosotros, guiados por los Ángeles, yendo
a adorar al Niño Dios, que nos muestran la Virgen y S.
José. Por todos los siglos, de todos los confines del orbe,
cargados y animados por el trabajo de todas las actividades humanas,
irán llegando magos al Belén perenne del Sagrario.
Cuida y trabaja, preparando tu ofrenda —tu labor, tu deber—
para esta Epifanía de todos los días» (1).
Este es mi propósito: alimentar el afán
de acercarnos al Belén perenne del Sagrario, para ahondar
nuestra comprensión del augusto Sacramento de la Eucaristía,
amparados por el amor que en Cristo pusieron María y José;
con ansias de tratar al Emmanuel, Dios con nosotros, y con el deseo
de recibirle con el cuerpo y el alma adornados con la mayor limpieza
posible, como nos viene facilitado por el magnífico Sacramento
del perdón, que colma la criatura de un anticipo de la felicidad
del cielo.
«La Iglesia del nuevo Adviento, la Iglesia
que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor,
debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia.
Sólo desde este aspecto espiritual de su vitalidad y de su
actividad, es ésta la Iglesia de la misión divina,
la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha revelado el Concilio
Vaticano II» (2). Con estas palabras el amadísimo Papa
Juan Pablo II, en su primera Encíclica, Redemptor hominis,
puso de relieve el papel determinante de la Eucaristía y
de la Penitencia en la vida de la Iglesia, que peregrina en la historia.
En la tierra la Iglesia vive de la Eucaristía, crece y se
fortalece gracias a la Eucaristía, es constantemente llamada
a la conversión, purificada y unida más estrechamente
a Cristo, a través de la Eucaristía y de la Penitencia.
Así verdaderamente se edifica como Cuerpo de Cristo y se
prepara eficazmente para el encuentro definitivo con Él.
En el reciente Sínodo de Obispos, dedicado
a la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana, se
ha reflexionado ampliamente sobre la importancia de estos dos sacramentos
en la vida eclesial, llamando la atención sobre el hecho
de que no pocos fieles no conocen a fondo los tesoros de gracia
que la misericordia divina nos otorga a través de la Eucaristía
y de la Penitencia, y también ignoran las condiciones para
recibir dignamente la Sagrada Comunión. Se hace, pues, especialmente
necesaria una adecuada actuación formativa y una eficaz acción
pastoral, de modo que, como se lee en la proposición séptima
del Sínodo, se recupere decisivamente «la pedagogía
de la conversión que nace de la Eucaristía y se favorezca
con este motivo la confesión individual frecuente»
(3).
En la presente intervención trataré
sobre la específica eficacia redentora de la celebración
de la Eucaristía y del sacramento de la Penitencia, con particular
referencia a los lazos que unen estos dos sacramentos. En la primera
parte, afrontaré el tema de la Eucaristía, fuente
de la reconciliación de los hombres con Dios en Cristo. En
la segunda, me referiré a la relación Eucaristía-Penitencia,
en la participación de la gracia redentora de la Cruz. Finalmente,
me ocuparé de la necesidad del sacramento de la Penitencia
para recibir con fruto la Comunión eucarística.
La Eucaristía, fuente de la reconciliación
de los hombres con Dios
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo»,
dijo Jesús en Cafarnaún, anunciando el sacramento
de la Eucaristía que instituiría en el Cenáculo
de Jerusalén. Y añadió: «Si alguno come
este pan vivirá eternamente; y el pan que Yo daré
es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51).
Jesús se manifestó ante los hombres
como enviado por el Padre para liberarnos del poder del pecado,
reconciliarnos con Dios (cfr. Col 1, 13-20) y hacernos partícipes
de su misma vida divina, hasta el punto de transformarnos en Él
y de hacernos participar en la misma comunión de vida y amor
de la Trinidad Santísima (cfr. Jn 17, 22). Lo llevó
a cabo mediante el misterio pascual de su muerte y resurrección,
anticipado sacramentalmente en la Última Cena. Desde entonces,
en la Santa Misa, Jesucristo continúa realizando esa misión:
trae el amor, el perdón y la paz de Dios al mundo; concede
estos dones a los hombres que creen en Él, a los que acogen
con fe la gracia que les ofrece, inspirando en sus almas nuevas
disposiciones que les vuelven capaces de crecer en la unión
con Dios y de permanecer en la amistad divina.
Actúa así mediante el ministerio de
la Iglesia, pueblo sacerdotal orgánicamente estructurado.
A través de los siglos, la Iglesia anuncia —como Cristo
mismo y con su autoridad— el evangelio de la conversión
y de la penitencia; conduce a los hombres, con la palabra y el ejemplo,
hacia Cristo Redentor; los dispone al encuentro personal, íntimo,
con Él mediante la predicación y la celebración
de los sacramentos.
El Señor obró la redención
de una vez para siempre con su vida, muerte y glorificación;
pero desea que los hombres y mujeres, creados a su imagen y semejanza,
colaboren personal y activamente en la aplicación concreta
de la obra salvadora. Cuenta con la libertad humana, según
la conocida expresión de Agustín de Hipona: «El
que te hizo sin ti, no te justifica sin ti» (4). Esta transformación
se realiza mediante la fe y los sacramentos, de modo particular
en la Eucaristía: cada vez que se celebra la Santa Misa,
se hace presente el sacrificio de la Cruz que nos ha ganado la gracia
salvadora a todos. Por eso la Sagrada Eucaristía es y se
halla en el centro y en la raíz de la economía divina
del perdón y de la reconciliación, precisamente por
ser el memorial del Sacrificio de Jesucristo. La realidad salvífica
de tan inefable Misterio tiene su origen en el amor de Cristo (cfr.
Jn 13, 1), que la instituyó para facilitar a los hombres
de todos los tiempos el contacto vital con su holocausto perfecto:
«Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19).
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Procesión del Corpus.
Galdar (España) |
Por tan augusto Misterio entramos en comunión
con Cristo y con su obra redentora y, de modo particular, con su
núcleo más profundo: el acto perfectísimo de
amor y de obediencia a la voluntad del Padre, con el que venció
el poder del pecado y de la muerte. A tan inefable gracia, el Papa
Juan Pablo II aludió en su última encíclica:
«Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial
de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente
presente este acontecimiento central de su salvación y "se
realiza la obra de nuestra redención". Este sacrificio
es tan decisivo para la salvación del género humano,
que Jesucristo lo ha cumplido y ha vuelto al Padre sólo después
de habernos dejado el medio para participar de él, como si
hubiéramos estado presentes. Así pues, todo fiel puede
tomar parte, obteniendo frutos inagotablemente» (5).
La presencia eucarística real y actual del
sacrificio de Cristo edifica la Iglesia. Cada vez que los cristianos
se reúnen para celebrar la Eucaristía del Señor,
celebran y viven el misterio de la propia reconciliación,
operada de una vez para siempre en la Pascua de Cristo, pero que
les alcanza aquí y ahora en la Iglesia. Con admirable fuerza
lo subrayó Benedicto XVI, en el primer mensaje a la Iglesia,
después de su elección como sucesor de Pedro: «La
Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado,
que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar
en la mesa de su Cuerpo y de su Sangre. De la comunión plena
con Él brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia»,
porque constituye el «corazón de la vida cristiana
y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia»
(6).
San Josemaría Escrivá de Balaguer
afirmaba la misma realidad con estas palabras: «El amor de
la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en
la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad
todas las gracias. Éste es el sacrificio que profetizó
Malaquías (...). Es el Sacrificio de Cristo, ofrecido al
Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación
de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención,
que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley.
La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales
de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la
Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz
de la vida espiritual del cristiano» (7).
Únicamente por medio de la Eucaristía,
tenemos acceso al sacrificio redentor de Cristo; y no solamente
a través de un recuerdo lleno de fe, sino especialmente por
un contacto actual, a través del memorial sacramental instituido
por el mismo Redentor. Juan Pablo II, al exponer esta doctrina escribió:
«La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le
añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración
memorial, la "manifestación memorial" (memorialis
demonstratio), por la cual el único y definitivo sacrificio
redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo» (8).
Merced a esta actualización del sacrificio
de Cristo y de nuestra participación directa en su celebración,
«el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de
la novedad pascual de la Redención. Esta restitución
—puntualizaba Juan Pablo II en la Carta Dominicae Cenae—
no puede faltar: es fundamento de la "Alianza nueva y eterna"
de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar,
se debería poner en tela de juicio bien sea la excelencia
del sacrificio de la Redención, que fue ciertamente perfecto
y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por
tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa
restitución a Dios» (9).
Cada vez que celebra la Eucaristía, la Iglesia
ruega al Padre que, en virtud del sacrificio redentor del Hijo y
mediante la acción del Espíritu Santo, llegue la salvación
a la humanidad entera. Así se manifiesta en las Plegarias
Eucarísticas, que hacen frecuentemente referencia a la obra
reconciliadora de Jesucristo, y en las que rogamos al Padre que
«esta Víctima de reconciliación [Jesús]
traiga la paz y la salvación al mundo entero» (10).
Sin embargo, para obtener el perdón otorgado
gratuitamente por «Dios, rico en misericordia» (Ef 2,
4), y para conseguir que la fuerza redentora de la Cruz llegue a
nosotros, se requiere por nuestra parte la conversión y la
verdadera penitencia, que lleva a rectificar no sólo los
sentimientos y afectos desordenados, sino toda la conducta, acogiendo
la gracia que Dios nos brinda y tratando de corresponder plenamente
a su amor. No es obra de la criatura, sino una gracia de Dios. Por
eso reviste tanta importancia la oración de la Iglesia que,
en la celebración de la Eucaristía, implora a Dios
Padre, en Cristo y con el Espíritu Santo, el tesoro de la
conversión para todos los hombres.
Si deseamos transformar el mundo, que tantas veces
vemos lacerado por incomprensiones, injusticias, odios y violencias,
que tienen como raíz fundamental los pecados personales de
los hombres, debemos perseverar en la oración al Padre pidiéndole,
en el nombre de Jesús (cfr. Jn 15, 16), con la gracia del
Espíritu Santo, la conversión de los pecadores y el
don de la caridad para todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Esta oración al Padre, en Cristo y con el Paráclito,
constituye el alma del apostolado que los cristianos hemos de realizar
en medio del mundo.
En la Eucaristía se encuentra, pues, el germen
fundamental del don de la contrición, que cambia los corazones
endurecidos por el pecado y posibilita la conversión plena
a Dios. A propósito de esta verdad, es necesario referirse
al magisterio del Concilio de Trento, en el que la Iglesia reflexionó
ampliamente y clarificó los términos fundamentales
de la relación entre la Eucaristía y la Penitencia.
Ese Concilio enseña que el sacrificio de la Misa «es
verdaderamente propiciatorio, y por él se cumple que, si
con corazón verdadero y recta fe, con temor y reverencia,
contritos y penitentes a Dios "nos acercamos, conseguimos misericordia
y hallamos gracia en el auxilio oportuno" (Hb 4, 16). Pues
aplacado el Señor por la oblación de este sacrifico,
concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona los crímenes
y pecados, por grandes que sean» (11).
En este texto no se afirma que el Sacrificio del
Altar remita directamente los pecados mortales, sino que se atribuye
el perdón de los pecados al don de la penitencia que se impetra
y obtiene en el Sacrificio de la Misa, y que incluye siempre la
necesidad de recibir el sacramento de la Penitencia.
Nos llega esta dádiva del Cielo como fruto
de la caridad de Cristo: «La Eucaristía significa esta
caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo
la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera consciente,
se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor
inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho
por nosotros los hombres y que hace continuamente, según
las palabras de Cristo: "Mi Padre sigue obrando todavía
y por eso obro yo también". Junto con este don insondable
y gratuito, que es la caridad revelada hasta el extremo en el sacrificio
salvífico del Hijo de Dios —del que la Eucaristía
es señal indeleble—, nace en nosotros una viva respuesta
de amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros mismos
comenzamos a amar. Entramos, por así decirlo, en la vía
del amor y progresamos en este camino. El amor que nace en nosotros
de la Eucaristía, gracias a ella se desarrolla, se profundiza,
se refuerza» (12). De este modo, por medio del amor que se
nos ofrece en la Eucaristía, maduramos en una creciente unión
con Cristo.
En definitiva, cada alma recibe la salvación
en la medida en que entra en contacto vital con el Redentor, con
su amor y obediencia al Padre, y se decide a morir con Cristo al
pecado para vivir con Él en Dios (cfr. Col 3, 3). Ciertamente,
el sacrificio pascual de Cristo —su Pasión, Muerte
y Resurrección— fue de por sí suficiente para
perdonar todos los pecados de los hombres. Sin embargo, el hombre
alcanza la remisión de sus pecados según el modo en
que participa de la virtud del sacrificio de Cristo. Y ese modo
es distinto en la Eucaristía y en la Penitencia.
La relación Eucaristía-Penitencia
en la participación de la gracia redentora de la Cruz
En el santo sacramento de la Penitencia, la participación
en los frutos del Sacrificio de la Cruz se realiza a través
de los actos que pertenecen a la esencia del signo sacramental:
por parte del sujeto, los actos de contrición, confesión
de los pecados y aceptación de la penitencia; por parte del
ministro de Cristo y de la Iglesia, la absolución. Gracias
a estos actos, el cristiano es configurado de modo singular con
la muerte y resurrección de Cristo. En este sentido ha afirmado
Juan Pablo II: «Nuestra reconciliación con Dios, el
retorno a la casa del Padre, se actúa mediante Cristo. Su
pasión y muerte en la Cruz se colocan entre toda conciencia
humana y todo pecado humano, y el infinito Amor del Padre. Tal Amor,
pronto a aliviar y perdonar, no es otra cosa que la Misericordia.
Cada uno de nosotros en la conversión personal, en el arrepentimiento,
en el firme propósito de retornar, finalmente, en la confesión,
acepta cumplir una personal fatiga espiritual, la cual es una prolongación
y un reverbero de esa fatiga salvífica que emprendió
nuestro Redentor» (13). A través de los actos penitenciales
del sujeto y de la absolución del ministro, el pecador es
efectivamente configurado con Cristo, vencedor del pecado, y reconciliado
con Dios.
En el caso de la Eucaristía, la participación
en la gracia redentora de la Cruz exige en el hombre la fe en Dios
Salvador, la imploración del perdón divino, la acogida
del don de la conversión y de la penitencia, y la unión
con Cristo y con los hermanos por la caridad. Participando en la
celebración del sacrificio eucarístico con fe, esperanza
y amor a Cristo Redentor, el cristiano, movido al arrepentimiento
por la fuerza del Espíritu Santo, puede obtener la reconciliación
con Dios. Pero esto no quiere decir que la Eucaristía sea
una alternativa al sacramento de la Penitencia para obtener la remisión
de los pecados graves. Con otras palabras, la Eucaristía
no perdona nuestras ofensas al Señor: nos facilita la gracia
para que acudamos a la fuente del perdón en el Sacramento
de la Penitencia.
Juan Pablo II intervino con claridad en diversas
ocasiones sobre este argumento; basta aquí, como ejemplo,
la cita de sus palabras dirigidas en 1981 a un grupo de Obispos
en visita ad limina: «No es compatible con el Magisterio de
la Iglesia la teoría según la cual la Eucaristía
perdona el pecado mortal sin que el pecador recurra al sacramento
de la Penitencia. Es verdad que el Sacrificio de la Misa, del cual
proviene para la Iglesia toda gracia, obtiene al pecador el perdón,
pero esto no significa que aquellos que han cometido pecado mortal
puedan acercarse a la Comunión eucarística sin haberse
reconciliado previamente con Dios mediante el ministerio sacerdotal»
(14).
La Eucaristía, fuente y cumbre de toda la
vida de la Iglesia (15), y, por tanto, de su dimensión penitencial
y de su lucha contra el pecado, no hace superfluos los demás
sacramentos; ni tampoco considera superfluas las obras de penitencia
y purificación interior, entre las que figuran con preeminencia
la oración, el ayuno, la limosna y otros actos de mortificación
de los sentidos y de las pasiones desordenadas.
No se debe cesar de repetir que, para quien está
apartado de Dios por el pecado grave o mortal, la reconciliación
con Dios sólo cabe en la medida que acoja plenamente el don
de la conversión y de la penitencia, que incluye necesariamente
el propósito —al menos implícito— de reconciliarse
con Dios a través del ministerio de reconciliación
que Cristo confió a su Iglesia. Terminante a este respecto
se presenta el texto del Concilio de Trento, que afirmó:
«Aun cuando alguna vez acontezca que esta contrición
sea perfecta por la caridad y reconcilie el hombre con Dios antes
de que de hecho se reciba este sacramento, no debe, sin embargo
atribuirse la reconciliación a la misma contrición
sin el deseo del sacramento, que en ella se contiene» (16).
Jesucristo, al otorgar a la Iglesia, en los Apóstoles, el
poder de perdonar los pecados, vinculando su propio perdón
al perdón concedido por ellos (cfr. Jn 20, 22), hizo de este
sacramento el medio ordinario de reconciliación y, por tanto,
de salvación, para el cristiano pecador. Por eso, el Magisterio
de la Iglesia ha formulado explícitamente –maternalmente,
cabría añadir– esta necesidad del sacramento
de la Penitencia, puntualizando que el pecador bautizado no puede
recuperar la gracia sin la confesión de sus pecados al menos
en deseo (17).
Entre la Penitencia y la Eucaristía media
una estrechísima relación. La Penitencia lleva a desear
la unión con Dios en Cristo, unión que en este mundo
alcanza su máxima expresión en la Eucaristía.
Y la Eucaristía propone, a su vez, una constante llamada
a la conversión y a la penitencia. Quien está presente
en el Misterio eucarístico es el Hijo consustancial al Padre;
Aquél por el que todo fue hecho; el Verbo eterno, que tomó
nuestra carne en el seno de Santa María, siempre Virgen;
el mismo que padeció y murió por nosotros en la Cruz,
que resucitó y ascendió glorioso a los cielos; Aquel
que juzgará al mundo al final de los tiempos. Cuando consideramos
la grandeza de este don que nos ofrece (su misma Persona: cuerpo,
sangre, alma y divinidad, rebosante de amor por los hombres, a quienes
desea salvar), nace en nosotros casi espontáneamente un sentido
de indignidad: junto con el dolor de nuestros pecados, la necesidad
interior de purificación, y el deseo de ser más fieles,
de cumplir lo que Él espera y pide.
Los santos han experimentado de manera singular
esta atracción del amor de Jesús. Al contemplar la
entrega del Señor en la Eucaristía, cuántas
veces repetía el Fundador del Opus Dei: «Jesús
se quedó en la Eucaristía por amor por ti» (18).
«¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa por
nosotros!: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para
guiarnos. —Y amor únicamente con amor se paga»
(19). Ante el amor redentor de Jesús, ante su entrega total,
el corazón creyente queda como fulminado, lleno de admiración.
«Yo me pasmo ante este misterio de Amor —exclamaba san
Josemaría—: el Señor busca mi pobre corazón
como trono, para no abandonarme si yo no me aparto de Él»
(20). Y este estupor ante la sobreabundancia, ante la "locura"
del amor divino, le llevaba a vivir en una continua conversión,
a ser fiel en cada momento de la vida.
El llamamiento a la conversión, al amor,
viene de Cristo y nos lleva de nuevo a Cristo en la Eucaristía.
La piedad eucarística reforzará en nosotros nuestra
esperanza, nuestra confianza en la misericordia de Dios; también
ayudándonos a descubrir nuestras miserias y pecados, para
que los llevemos al sacramento de la Penitencia; y así, con
la palabra del perdón divino, alcemos victoriosa la Cruz
del Señor sobre nuestras vidas, sobre nuestras debilidades.
«Si la primera palabra de la enseñanza
de Cristo, la primera frase del Evangelio-Buena Nueva era “arrepentíos
y creed en el Evangelio (metanoeîte)” —escribió
Juan Pablo II—, el sacramento de la Pasión, de la Cruz
y Resurrección parece reforzar y consolidar de manera especial
esta invitación en nuestras almas. La Eucaristía y
la Penitencia toman así, en cierto modo, una dimensión
doble y al mismo tiempo íntimamente relacionada, de la auténtica
vida según el espíritu del Evangelio, vida verdaderamente
cristiana. Cristo que invita al banquete eucarístico, es
siempre el mismo Cristo que exhorta a la Penitencia, que repite
el "arrepentíos". Sin este constante y siempre
renovado esfuerzo por la conversión, la participación
en la Eucaristía estaría privada de su plena eficacia
redentora, disminuiría o, de todos modos, estaría
debilitada en ella la disponibilidad especial para ofrecer a Dios
el sacrificio espiritual, en el que se expresa de manera esencial
y universal nuestra participación en el sacerdocio de Cristo.
En Cristo, en efecto, el sacerdocio está unido con el sacrificio
propio, con su entrega al Padre; y tal entrega, precisamente porque
es ilimitada, hace nacer en nosotros —hombres sujetos a múltiples
limitaciones— la necesidad de dirigirnos hacia Dios de forma
siempre más madura y con una constante conversión,
siempre más profunda» (21).
Con otros términos: en la unidad del
organismo sacramental de la Iglesia, la Eucaristía y la Penitencia
se complementan en la lucha contra el pecado. Son dos sacramentos
distintos, y, a la vez, estrecha e íntimamente unidos. Cada
uno tiene efectos particulares, y una finalidad propia, pero en
relación con los efectos y la finalidad del otro. La Eucaristía
anuncia siempre una llamada al arrepentimiento, a la conversión,
a la correspondencia al amor de Cristo; y lleva a los pecadores
a la Penitencia sacramental: tanto el ofrecimiento del sacrificio
como la Comunión reclaman por su misma naturaleza que sea
eliminada objetivamente la enemistad entre el pecador y Dios. La
Penitencia nos prepara a participar, con un corazón limpio,
en la oblación litúrgica de la "Víctima
pura, santa e inmaculada"; a ofrecer nuestras vidas al Padre,
en Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo; a acoger su
Cuerpo y su Sangre, su entera Persona, en la Comunión eucarística.
La Penitencia previa a la Comunión
La relación entre la Eucaristía y
la Penitencia recibe nueva y poderosa luz, del hecho de que la práctica
del sacramento de la Reconciliación se ha desarrollado, desde
los orígenes del cristianismo, en función de la participación
en la Eucaristía.
Ya en el siglo III, hablando de la Comunión
eucarística, Orígenes aseguraba que «el provecho
para quien lo usa está en participar del Pan con mente inmaculada
y con pura conciencia» (22). Y varios siglos después,
al final de la época patrística en Occidente, San
Isidoro de Sevilla resumía así el sentir universal
de la Iglesia: «Si hay tales pecados que a uno, como muerto,
le aparten del altar, hay que hacer antes penitencia, y sólo
así se ha de recibir entonces este saludable medicamento.
Pues quien comiere indignamente, "se come y bebe su condenación"
(1 Cor 11, 29)» (23).
Según la Tradición viva de la Iglesia,
para quien ha pecado gravemente después del Bautismo, la
reconciliación con Dios y con la Iglesia a través
del sacramento de la Penitencia es condición previa, necesaria,
para poder acceder a la Comunión eucarística (24).
La legislación eclesiástica establece al respecto:
«Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre
la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes
a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo
grave y no haya oportunidad de confesarse; y en este caso, tenga
presente que está obligado a hacer un acto de contrición
perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes»
(25).
En nuestros días se muestra especialmente
necesario recordar esta norma de la Iglesia y mostrar su fundamento
dogmático. Muchos fieles parecen ignorarla; algunos piensan
que basta participar en la celebración de la Eucaristía
para acceder lícitamente a la Comunión, sin prestar
atención al estado de pecado en el que pueden encontrarse.
De hecho, en muchos lugares donde apenas se administra el sacramento
de la Penitencia, las Comuniones son con frecuencia multitudinarias,
y, en ocasiones, se acercan a recibir el Santísimo Sacramento
personas que persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto.
Basta pensar en el caso de los fieles que contraen sólo matrimonio
civil, o constituyen simples uniones de hecho; o en quienes, habiendo
obtenido el divorcio civil de un matrimonio válido, han contraído
una nueva unión civil; o el de quienes prestan su colaboración
formal a la promoción, aprobación o aplicación
de leyes civiles en grave contraste con la ley de Dios, como es
el caso de las que autorizan el aborto y la eutanasia... (26)
Por otra parte, como han puesto de manifiesto un
buen número de Pastores durante el último Sínodo
de Obispos, muchas personas han perdido el sentido auténtico
del pecado; con frecuencia analizan la distinción entre el
bien y el mal sólo con criterios subjetivos, o reducen el
estado de pecado mortal a pocas situaciones en la vida, en las que
se adopta una "opción fundamental", entendida como
rechazo directo y formal de Dios, ignorando la gravedad de la trasgresión
de los preceptos del decálogo; o que ciertos actos, incluidos
en las listas de pecados mencionados por san Pablo en la Primera
Carta a los Corintios (cfr. 1 Cor 6, 9-10), en la Carta a los Gálatas
(cfr. Gal 5, 19-21) y en la Carta a los Efesios (cfr. Ef 5, 5),
apartan a los hombres de la amistad con Dios y del Reino de los
Cielos.
No faltan especiosas razones que, muy falsamente
apoyadas en la Sagrada Escritura pues la tergiversan, pretenden
justificar la participación en la Comunión sacramental
sin previa confesión de los pecados mortales. El entonces
Cardenal Ratzinger, años atrás, advertía ya
del peligro de la tesis según la cual la Eucaristía
sería la continuación de las cenas con pecadores,
que Jesús había querido celebrar a lo largo de su
vida para atraerlos con su amistad a la conversión. Según
esa hipótesis, la Eucaristía sería la "mesa
de los pecadores", abierta a todos, sin límites. Algunos,
en esta línea, han llegado incluso a afirmar que a la recepción
de la Eucaristía no se le pueden poner condiciones previas,
vinculadas con el sacramento del Bautismo o la Penitencia. En esos
y otros escritos, el Cardenal Ratzinger rebatía esas aparentes
razones, poniendo de relieve cómo la Última Cena de
Jesús, que se perpetúa en la Eucaristía, no
fue una de las comidas del Señor con publicanos y pecadores.
Al contrario, fue una cena muy especial —la cena de la Pascua—,
que debía celebrarse en familia. Por eso Cristo se reunió
aquella noche sólo con los Apóstoles, que constituían
su familia espiritual: aquellos a quienes había preparado
con su palabra y con el lavatorio de los pies para recibir la Comunión
de sus manos. Como afirmaba el Cardenal Ratzinger, la Eucaristía
no es el sacramento de la reconciliación, aunque presupone
dicho sacramento, sino el "sacramento de los reconciliados",
de los que se hallan en la gracia de Dios y están ya en comunión
con Él (27).
En una de sus primeras homilías como Romano
Pontífice, Benedicto XVI ha vuelto a tocar de modo claro
este punto. «La Eucaristía, para la fe, es un misterio
de intimidad. El Señor instituyó el sacramento en
el Cenáculo, rodeado por su nueva familia, por los doce Apóstoles,
prefiguración y anticipación de la Iglesia de todos
los tiempos. Por eso, en la liturgia de la Iglesia antigua, la distribución
de la santa comunión se introducía con las palabras:
Sancta sanctis, el don santo está destinado a quienes han
sido santificados. De este modo, se respondía a la exhortación
de san Pablo a los Corintios: "Examínese, pues, cada
cual, y coma así este pan y beba de este cáliz"
(1 Cor 11, 28)» (28).
Se hace, por tanto, especialmente urgente iluminar
las conciencias con una catequesis integral tanto sobre el pecado
como sobre la reconciliación; e igualmente sobre la preparación
necesaria para recibir la Eucaristía. En estos tiempos es
preciso dar espacio a estos temas en las homilías, y en la
misma celebración del sacramento de la Penitencia, pues la
Confesión se revela como un medio de primer orden para la
formación de las conciencias. Porque «la confesión
sacramental no es un diálogo humano, sino un coloquio divino;
es un tribunal, de segura y divina justicia y, sobre todo, de misericordia,
con un juez amoroso que "no desea la muerte del pecador, sino
que se convierta y viva" (Ez 33, 11)» (29). Con no poca
frecuencia, refiriéndose a su confesión, repetía
San Josemaría Escrivá de Balaguer: ¡Que alegría
la de mi alma, al saberme perdonado por el mismo Jesucristo!
No constituye argumento de valor el hecho de que
en la Sagrada Escritura no se encuentra un texto que señale
explícitamente la necesidad de confesar los pecados graves
a quienes ejercen el ministerio de la Reconciliación, antes
de acercarse a la Sagrada Comunión. Desde los inicios, se
juzgó siempre como algo gravísimo, un sacrilegio,
comulgar en pecado mortal, por referirse directamente al Cuerpo
de Cristo, que es santo y exige ser recibido santamente, según
la advertencia de san Pablo: «Quien come el Pan o beba el
Cáliz del Señor indignamente, será reo del
Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27); es
decir, el que comulga sacrílegamente se hace merecedor de
las penas de quien maltrata el Cuerpo y la Sangre de Cristo. «Por
tanto —continúa el Apóstol— examínese
cada uno a sí mismo, y entonces coma del Pan y beba del Cáliz;
porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su
propia condenación» (1 Cor 11, 28-29).
A lo largo de los siglos, la Tradición ha
fundamentado en este texto de San Pablo no sólo la determinación,
en general, de las condiciones requeridas para recibir dignamente
la Eucaristía, sino también el origen del precepto
de confesar los pecados a quienes tienen el poder de absolverlos,
antes de comulgar. Recibir con el debido aprecio la Eucaristía
es querer la unión con Cristo y, por tanto, alejar lo que
es un obstáculo. Por esto, quien se encuentre en estado de
pecado grave, antes de comulgar debe recurrir al sacramento de la
Penitencia.
La destrucción del pecado y de todas sus
consecuencias, el modo de reparar la desobediencia y la ofensa a
Dios y de alcanzar el perdón divino, no ha quedado en la
Nueva Ley al arbitrio del hombre, sino que Cristo mismo lo ha establecido
terminantemente en sus rasgos fundamentales, mediante el sacramento
de la Penitencia. Por esto, la contrición, si es verdaderamente
sincera, busca recobrar la amistad con Dios, y lleva siempre —al
menos implícitamente— el deseo de recibir el sacramento
de la Reconciliación. Sería falso el dolor de los
pecados si fuese unido al rechazo del mandato divino de confesarlos
al sacerdote en el sacramento de la Penitencia, ya que la contrición
procede del amor a Dios, que se revela intrínsecamente incompatible
con el rechazo de un precepto dado por Dios mismo: «Si me
amáis —advirtió Jesús a sus discípulos—,
guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).
Muy a propósito vienen aquí las palabras
de san Agustín: «Nadie diga para sí: yo a solas
hago penitencia delante de Dios (...) Luego, ¿sin causa se
dijo "lo que desatareis en la tierra, será desatado
en el Cielo"? ¿en vano fueron dadas las llaves a la
Iglesia de Dios? No basta, no, confesarse a Dios; es necesario confesarse
a aquellos que recibieron de Él la facultad y el poder de
atar y desatar» (30).
Juan Pablo II alzó repetidas veces su voz
paterna y afable, sumamente comunicativa, para confirmar la recta
doctrina en esta materia. En su última encíclica,
Ecclesia de Eucharistia, declaraba: «Deseo reiterar
que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia,
la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa
exhortación del Apóstol Pablo, al afirmar que, para
recibir dignamente la Eucaristía, "debe preceder la
confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado
mortal"» (31).
Se trata de un texto de particular interés,
pues en sus palabras se afirma con autoridad la perenne validez
de la praxis penitencial previa a la Comunión eucarística,
que la Iglesia ha establecido, y, a la vez, se indican las bases
dogmáticas de tal disposición: la exhortación
de san Pablo a los Corintios, que el Concilio de Trento interpretó
de este modo, apoyándose en la Tradición viva de la
Iglesia: «Al que quiera comulgar —enseña al respecto
el Concilio de Trento— hay que recordarle el precepto suyo
(de san Pablo): "Examínese, pues, el hombre a sí
mismo". La costumbre de la Iglesia declara que es necesario
un examen tal, que nadie con conciencia de pecado mortal, por muy
contrito que le parezca estar, se acerque a la Sagrada Eucaristía,
sin que haya precedido la confesión sacramental» (32).
Tener presente, predicar y recordar la necesidad
del sacramento de la Reconciliación es un criterio seguro
para orientar la pastoral de la Penitencia. A este respecto Juan
Pablo II, en la Carta apostólica Misericordia Dei, recomendaba
«la presencia visible de los confesores en los lugares de
culto durante los horarios previstos, la adecuación de estos
horarios a la situación real de los penitentes y la especial
disponibilidad para confesar antes de las Misas y también,
para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración
de la Santa Misa, si hay otros sacerdotes disponibles» (33).
Por último, quisiera mencionar otra situación:
la de aquellos fieles que se hallan en gracia de Dios, pero experimentan
el peso de las propias miserias y se duelen de sus faltas de correspondencia.
En este caso, no deberían alejarse de la Comunión.
No hay que esperar a ser "perfectos" —estaríamos
siempre esperando— para recibir sacramentalmente al Señor.
San Josemaría solía repetir: «Se quedó
por ti. —No es reverencia dejar de comulgar, si estás
bien dispuesto. —Irreverencia es sólo recibirlo indignamente»
(34). «Comulga. —No es falta de respecto. —Comulga
hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo. —¿Olvidas
que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos,
sino a los enfermos?» (35). He presenciado en la vida de este
santo sacerdote su dolor sincero, penitente, sin escrúpulos,
por lo que consideraba faltas de amor a nuestro Dios; y en esas
circunstancias, manifestaba seguro: “Me agarro con fuerza
a la Misericordia de Dios, que me llega por la Comunión,
para que Él ponga lo que yo no sé darle”.
En este contexto, conviene considerar que la unión
con el Señor en la Eucaristía fortalece el alma del
cristiano para la lucha contra el pecado, de modo que pueda permanecer
en todo momento en el amor de Cristo, como Él desea (cfr.
Jn 15, 9). De ahí la importancia de las disposiciones personales
—fe, amor, contrición, humildad— para comulgar
con fruto. «No se puede "comer" al Resucitado, presente
en la figura del pan, como un simple trozo de pan. Comer este Pan
es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor
vivo. Esta comunión, este acto de "comer", es realmente
un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida
de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y Redentor.
La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación
de mi vida a la suya, mi transformación y configuración
con Aquel que es amor vivo» (36).
Los fieles que acogen con devoción el amor
que Jesús les ofrece en la Eucaristía, obtienen las
fuerzas necesarias para cortar todo apegamiento desordenado a las
criaturas. De este modo alcanzan la remisión de los pecados
veniales de los que estén arrepentidos; y actúan también
con el vigor y la decisión de apartarse con prontitud de
las ocasiones de ofender a Dios. De este modo la Eucaristía
es «antídoto por el que seamos librados de las culpas
cotidianas y preservados de los pecados mortales» (37).
«A Jesús se va y se “vuelve”
por María» (38), solía repetir san Josemaría
Escrivá de Balaguer. Si permanecemos en la escuela de María,
«mujer eucarística», Ella nos llevará
siempre a Jesús-Eucaristía; y si alguna vez tenemos
la desgracia de separarnos de Él por el pecado, nos ayudará
a volver a Jesús —con un corazón contrito, con
fe y esperanza en su infinita misericordia— a través
del sacramento de la Penitencia.
Notas
1.
San Josemaría Escrivá de Balaguer, citado en Camino,
Ed. crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez,
Rialp, Madrid 2004, 3ª ed., p. 1051.
2.
Juan Pablo II, Encíclica «Redemptor hominis»,
4-III-1979, n. 20.
3.
Elenco Final de las Proposiciones de la XI Asamblea General
del Sínodo de los Obispos (2-23 de octubre 2005), proposición
n. 7; cfr. ibid ., nn. 30, 40 y 46.
4.
San Agustín, Sermón 169, 13: PL 38, 923.
5.
Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia,
17-III-2004, n. 11.
6.
Benedicto XVI, Mensaje al final de la celebración eucarística
en la Capilla Sixtina, 20-IV-2005.
7.
San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que
pasa, nn. 86-87.
8.
Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia,
17-III-2004, n. 12.
9.
Juan Pablo II, Carta apostólica Dominicae Cenae,
24-II-1980, n. 9.
10.
Misal Romano, Plegaria Eucarística III.
11.
Concilio de Trento, sess. XXII, Doctrina acerca del
Santísimo Sacrificio de la Misa, cap. 2: Denz.—Sch.
1743.
12.
Juan Pablo II, Carta apostólica Dominicae Cenae,
24-II-1980, n. 5.
13.
Juan Pablo II, Homilía 16-III-1980: Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, vol. III/1 (1980) 573-574.
14.
Id., Discurso a los Obispos de Abruzzo y Molise, en su visita
«ad limina», 4-XII-1981, n. 4: AAS 74 (1982) 220-221.
15.
Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen
gentium, n. 11.
16.
Concilio de Trento, sess. XIV, Doctrina sobre el sacramento
de la Penitencia, cap. 4: Denz.—Sch. 1677.
17.
Cfr. Concilio de Trento, sess. VI, Decreto sobre la
justificación, cap. 14: Denz.—Sch. 1543.
18.
San Josemaría Escrivá, Forja, n. 887; cfr.
Camino, nn. 538-539.
19.
Id., Surco, n. 686.
20.
Id ., Es Cristo que pasa, n. 161.
21.
Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis, 4-III-1979,
n. 20.
22.
Orígenes, Comentario al Evangelio de San Mateo 11,
14: PG 13, 948.
23.
San Isidoro de Sevilla, Sobre los oficios eclesiásticos
I, 18, 7: PL 83, 755-756.
24.
Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1385.
25.
Código de Derecho Canónico, can. 916.
26.
Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum,
25-III-2004, n. 83.
27.
Cfr. Joseph Ratzinger, Il Dio Vicino. L'Eucaristia cuore della
vita cristiana, Torino 2003, p. 58s.
28.
Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi,
26-V-2005.
29.
San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa,
n. 78.
30.
San Agustín, Sermón 382, 3: PL 39, 1711.
31.
Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia,
17-III-2004, n. 36.
32.
Concilio de Trento, sess. XIII, Decreto sobre la Sagrada
Eucaristía, cap. 7: Denz.—Sch. 1646-1647.
33.
Juan Pablo II, Carta apostólica Misericordia Dei,
7-IV-2002, n. 2.
34.
San Josemaría Escrivá, Camino, n. 539.
35.
Ibid., n. 536.
36.
Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi,
26-V-2005.
37.
Concilio de Trento, sess. XIII, Decreto sobre la Sagrada
Eucaristía, cap. 2: Denz.—Sch. 1638.
38.
San Josemaría Escrivá, Camino, n. 495.
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