| Autor:
Robert Louis Wilken |
Fuente:
Revista First Things,
agosto-septiembre de 2005 |
(original en inglés)
Cuando San Agustín abandonó
la enseñanza de la retórica en Milán
para recibir el bautismo, preguntó a San
Ambrosio, obispo de Milán, qué leer
en las Escrituras “para prepararme mejor
y estar mejor dispuesto para recibir una gracia
tan grande”. San Ambrosio le dijo que leyera
al profeta Isaías. San Agustín siguió
su consejo, pero en cuanto tomó el libro
en sus manos quedó perplejo por
lo que leyó. “No entendí
el primer pasaje del libro”, escribe, y
pensó “todo será igualmente
oscuro”. San Agustín entonces lo
dejó a un lado, como explica, “para
retomarlo cuando tenga más práctica
en el estilo de lenguaje del Señor”.
In Dominico eloquio es una frase de atención.
Para el lector cristiano Isaías es un libro difícil
y complicado si uno va más allá de los pasajes familiares
citados en el Nuevo Testamento o comúnmente leídos
en la adoración cristiana (Isaías 9 en Navidad, Isaías
53 durante la Semana Santa). Para el no iniciado, el primer capítulo
en particular desalienta con sus oráculos misteriosos contra
Judá y Jerusalén: “oh nación pecaminosa,
pueblo lleno de iniquidad, descendiente de personas malvadas, hijos
que dan corruptamente. Han abandonado al Señor, han despreciado
al Santo de Israel”.
Para alguien como San Agustín, formado en
la poesía de Virgilio y la filosofía de Plotino, los
versículos con que comienza deben haber parecido vergonzosamente
parroquiales, escritos como son para los avatares de siglos antes
de los antiguos israelitas. Palabras como “nación pecaminosa”,
“el santo de Israel”, “hija de Sión”,
“la luna nueva y el sábado” deben haber parecido
ajenos, y antropomorfismos como “yo expresaré mi ira
sobre mis enemigos” o “volveré mi mano contra
ti” habrían ofendido su cultivada sensibilidad espiritual.
Sin embargo San Agustín llamó al lenguaje
de Isaías “el estilo de lenguaje del Señor”,
y reconoció que si debía entrar en la Iglesia tendría
que aprender esta lengua nueva, oír cómo
se habla, acostumbrarse a sus sonidos, leer los libros que la usan,
aprender sus frases hechas, y finalmente hablarla él mismo.
Tuvo que emprender un viaje para hacerse con las costumbres de un
país nuevo. Hacerse cristiano significaba entrar en un mundo
extraño y a menudo ajeno.
En la primitiva Iglesia, los catecúmenos
eran recibidos en la gran vigilia de Pascua que comenzaba el sábado
por la tarde cuando el credo era “entregado”. Como el
obispo Ambrosio comprendió, para convertirse en cristiano
había más cosas que aprenderse el credo de memoria
y ser instruido en "los misterios". La catequesis cristiana
significaba el estudio del lenguaje particular cristiano
formado por las Escrituras. Y entre los libros de la Biblia, Isaías
era preeminente: un evangelista a la vez que un profeta, según
San Jerónimo.
La "fe" no es simplemente un conjunto
de proposiciones doctrinales, afirmaciones del credo y
códigos morales. Es un mundo de discursos que nos viene en
un lenguaje de un tipo particular. Y el lenguaje, como descubrimos
cuando estudiamos una lengua extranjera, no es simplemente un instrumento
de ideas, creencias y sentimientos. El lenguaje define lo que somos;
moldea cómo piensa un pueblo, cómo ven el mundo, cómo
responden a personas y acontecimientos, incluso cómo sienten.
El pensamiento y el entendimiento, como la memoria, no son actos
solitarios; son sociales, ligados a la lengua que compartimos con
otros. Si olvidamos cómo hablar nuestra lengua, perdemos
algo de nosotros. “Lo que es pronunciado se refuerza”,
escribió una vez el poeta polaco Czeslaw Milosz. “Lo
que no es pronunciado tiende a no existir”
 |
Púlpito en la iglesia de los jesuitas.
Lucerna (Suiza) |
Pero el lenguaje de un pueblo o un país no
es la única clase de lenguaje. Existen también los
lenguajes dentro de lenguajes. Igual que hay un
lenguaje apropiado a la biología o a la medicina, así
hay un lenguaje apropiado al cristianismo. Nuestras creencias, nuestras
convicciones morales y nuestras actitudes son trasportadas por palabras
e imágenes muy específicas. Las palabras, no las ideas,
señalan de manera compacta e intensa lo que es honorado y
querido. Ellas son las portadoras indispensables de la fe de la
Iglesia como es transmitida de generación en generación.
Piénsese, por ejemplo, cuantos términos
cristianos se usan de un modo distintivo: el Padre, el
Hijo, el Espíritu, la fe, la esperanza, el amor, la gracia,
el pecado, la piedad, el arrepentimiento, el perdón, la imagen
de Dios, la carne, el reino, el cordero de Dios, el siervo sufriente,
la honradez, la visión (como en “bienaventurados los
puros de corazón, porque ellos verán a Dios”),
el conocimiento (como en “conocen la verdad ”), creer,
la verdad (como en “yo soy la verdad ”), la creación,
“varón y mujer los hizo”, la pasión (como
en la Pasión de Cristo), el rostro de Dios, el kyrie eleison.
Y esto sin mencionar muchos nombres de lugar con significado suplementario:
Jerusalén, Monte Sión, Egipto, Galilea, Sinaí,
Carmelo, Damasco, el Monte de los Olivos, Belén, Nazareth,
Gólgota. O los nombres de personas: Abraham, Isaac, Jacob,
Sara, Rebeca, Moisés, Samuel, David, Salomón, Isaías,
Pablo, Santiago, María, María Magdalena, Pedro.
Todas estas palabras vienen de las Escrituras, puesto
que el léxico básico del discurso cristiano
es la Biblia. Verdaderamente, con algún pocas excepciones
-el término griego homoousios (la unidad en el ser
con el Padre) en el Credo Niceno es un ejemplo- el vocabulario distintivamente
cristiano casi en su totalidad está tomado de la Biblia.
Aunque el cristiano pueda hablar el inglés o el español
o el árabe o el ruso, usa sin embargo otra lengua, una lengua
dentro de su lengua materna, que es única y reconociblemente
cristiana.
Considérese la diferencia entre la frase
“Feliz Pascua” y “Cristo ha resucitado. Ha resucitado
en verdad. Aleluya”. Una pertenece al lenguaje de nuestra
sociedad, la otra al discurso de la Iglesia. O tómense las
palabras "naturaleza" y "creación". La
primera es el término convencional en nuestra sociedad para
referirse al mundo de plantas y animales y montañas y océanos
que llamamos “el mundo natural”. "La Creación"
es el término usado por la Biblia y los cristianos para indicar
que hay un Creador y que el mundo está ordenado y tiene una
finalidad. En vez de antepasados reverenciados, el cristiano habla
de santos. Cuando hablamos del nacimiento de Cristo, hablamos de
la Encarnación.
Incluso algunos de nuestros términos
prosaicos son únicos: tenemos un "papa"
mejor que un "presidente"; decimos "obispo"
en vez de "gobernador"; y decimos "concilio"
o "sínodo" en vez de "congreso". El cristiano
incluso tiene un término único para referirse a la
comunidad a la que pertenece: "Iglesia".
Hay una consuetudo loquendi ecclesiastica,
como dijo San Agustín: el modo habitual de hablar
de la Iglesia. Él puso el ejemplo de la palabra
"mártir", el término usado por los cristianos
para lo que los Romanos llaman vir, o el "héroe".
Recuérdense las palabras de apertura de la Eneida, la gran
epopeya romana, Arma virumque cano: “canto a las
armas y al hombre”: el modo de hacer la guerra y un héroe.
El término vir tenía una historia venerable
en latín, y desde un punto de vista parecía adecuado
para los mártires. Pero San Agustín pensó que
los cristianos deberían evitarlo y usar una palabra distintivamente
cristiana por su valor. La palabra "mártir"
llevaba las alusiones que estaban ausentes del "héroe",
y el "héroe" traía connotaciones que serían
ofensivas para un mártir cristiano.
El "mártir" es, desde luego, un
término bíblico que significa el "testigo",
y se usa con un sentido específico en el libro de los Hechos
de los Apóstoles. Una y otra vez llaman a los discípulos
que conocieron a Cristo durante su estancia terrenal y a quien Cristo
elevado se les apareció, “testigos de la Resurrección”.
En consecuencia un mártir es aquel que conoce a Cristo y
atestigua con su muerte al Señor vivo Por comparación
el término vir parecía descolorido y anímico
si se aplicaba a tales testigos de la fe fieles y valerosos. En
un sermón para la celebración del martirio de San
Cipriano, San Agustín destacó otro término
usado por los cristianos para los mártires, Natales,
fechas del nacimiento, que designaba los días del martirio:
Hoy celebramos el cumpleaños del mártir
más glorioso, Cipriano. Esta expresión, natales,
se emplea con regularidad por la Iglesia de este modo, porque
llama a las muertes preciosas de los mártires sus "cumpleaños".
Esta expresión, repito, se emplea con regularidad por la
Iglesia, hasta el grado de que hasta los que no pertenecen a ella
se unen a ella al usarla. ¿Se puede encontrar a alguien,
os pregunto, y no pienso solo en esta nuestra ciudad, sino en
todas partes en África y las regiones de ultramar, y no
sólo a cristianos, sino también a algún pagano
o judío, o incluso hereje, que no llame al día de
hoy el cumpleaños del mártir Cipriano?
¿Por qué es esto, hermanos y hermanas?
En qué fecha nació, no lo sabemos; y porque él
sufrió hoy, es hoy que celebramos su cumpleaños.
Nosotros no celebraríamos ese otro día, incluso
si supiéramos cuándo fue. Aquel día él
contrajo el pecado original, mientras que este día venció
todo el pecado. Aquel día él salió de los
límites fatigosos del seno de su madre a la luz, que tanto
atrae a nuestros ojos de carne; pero este día él
salió de la oscuridad profunda del seno de la naturaleza
a aquella luz que derrama tal bendición y buenos designios
sobre la mente.
Otro ejemplo sugerente es la palabra latina
passio, "pasión". Aparece en
1 Tesalonicenses, “que cada uno de vosotros sabe cómo
tomar una esposa para él en santidad y honor, no en la pasión
de lujuria como los paganos que no conocen a Dios”. San Agustín
juzgó esta traducción inaceptable porque "pasión"
era la palabra usada para el sufrimiento y muerte de Cristo. “En
el modo acostumbrado de hablar de la Iglesia", dijo, el término
"pasión" no se usa en un sentido peyorativo (como
en la frase de 1 Tesalonicenses «la pasión de lujuria»).
Debería reservarse para el sufrimiento de Cristo y los mártires.
Los cristianos que hablaban latín también usaron altare
mejor que ara, el término convencional latino para “altar.
” Para “oración” ellos prefirieron orare
a rogare, la palabra romana más común.
San Agustín incluso pensaba que los cristianos
deberían evitar los nombres romanos de los días
de la semana -lunes, dies Lunae, significa el día
de la luna; miércoles, dies Mercurii, el día
de Mercurio-. “No nos gusta esta práctica”, dice
San Agustín, “y deseamos que los cristianos enmienden
esta costumbre y no empleen el nombre pagano”. Y luego añade:
“los cristianos tenemos un lenguaje propio que ellos pueden
usar”. Agustín prefirió la numeración
simple de los días -primero, segundo, tercero- práctica
que se mantiene hoy día en el breviario latino (feria
prima, feria secunda, etc.).
La fe, entonces, se inserta en el lenguaje.
No es un conjunto de creencias abstractas o ideas, sino un mundo
de asociaciones compartidas y alusiones con su propia belleza y
sonoridad, cohesión interna y lógica, poder emocional
y retórico. El modo de hablar de la Iglesia es un conjunto
de palabras e imágenes que han formado el pensamiento y las
acciones de los que conocían a Cristo. La fe que ellos confesaron
no puede divorciase de las palabras que usaron, ni las palabras
desarraigarse de las vidas de quienes las pronunciaron. El pensamiento
cristiano es inevitablemente histórico.
El discurso cristiano no es principalmente el vocabulario
técnico de la doctrina cristiana: "sustancia",
"esencia", “una persona y dos naturalezas”,
“gracia previniente”, "expiación",
"transustanciación". Es el lenguaje de los Salmos,
las historias de los patriarcas, las parábolas de los evangelios,
el vocabulario moral de las epístolas de San Pablo. Aunque
los cristianos se acomodaron al vocabulario filosófico de
las virtudes cardinales (“prudencia, justicia, fortaleza y
templanza”), su lengua materna para la vida de virtud procede
de San Pablo que habló de los "frutos del Espíritu”:
“amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad,
fidelidad, suavidad, autocontrol." Usando el lenguaje de la
Iglesia, aprendemos a vivir juntos como comunidad, a aspirar la
armonía. Aprendemos a pensar con los pensamientos de la Iglesia,
a compartir sus amores y a vivir según sus preceptos.
Una de las palabras más hermosas
en el léxico cristiano es "hisopo", como
se usa en el salmo cincuenta y uno “aspérgeme con el
hisopo, y seré limpio”. Es un término que sólo
oímos cuando recitamos los Salmos. En el discurso cristiano,
el "hisopo" connota arrepentimiento y perdón, y
trae a la memoria el hermoso versículo decimoséptimo
del salmo: “Un corazón humilde y arrepentido Dios no
lo despreciará”. Nada es más característico
la de vida cristiana que el arrepentimiento.
Otro término es la "paciencia".
Aproximadamente el año 200 de nuestra era, Tertuliano, el
primer cristiano que escribe en latín, preparó un
pequeño tratado llamado De patientia, “Sobre
la paciencia”. San Cipriano y San Agustín también
escribieron obras con el mismo título. Tertuliano observó
que la paciencia era no sólo una virtud divina, sino también
humana. El ejemplo supremo es la Pasión de Cristo, una observación
anticipada por San Agustín: “la Pasión de nuestro
Señor es una lección en la paciencia”. Para
los cristianos, la paciencia no se refiere sólo a la resistencia,
es también una esperanza fundada en la Resurrección.
Para Tertuliano (él mismo un hombre impaciente) es la primera
virtud cristiana porque significa una vida orientada hacia un futuro
que es el actuar de Dios. Su rasgo distintivo es el anhelo, no tanto
de ser liberado de los males del presente, sino del bien por venir.
Incluso el amor, dijo Tertuliano, no puede ser practicado “sin
el ejercicio de la paciencia”.
La "misericordia" es otra querida
palabra cristiana tomada de la Biblia. San Cesáreo
de Arles la llama Dulce nomen, “una palabra dulce”.
Hace algunos años, sentado en la Christ Church de Oxford
durante la plegaria de la mañana, observé unos medallones
sobre el suelo de piedra con los términos justitia,
prudentia, fortitudo y temperantia, representando
las cuatro virtudes cardinales. Entonces noté que había
un quinto. Cuando las oraciones terminaron y yo pude avanzar a la
parte delantera, encontré que el quinto era misericordia.
Claramente los diseñadores de la iglesia pensaron que las
virtudes cardinales, heredadas de la tradición filosófica
griega, no estaban completas sin la adición de un término
tan particularmente cristiano. Ya en el tercer siglo, reconociendo
que el término misericordia es indispensable para hablar
de la vida cristiana, el escritor cristiano Lactancio reprendió
a los filósofos estoicos porque ellos no tenían ningún
lugar en su vocabulario moral para los afectos.
Sin el lenguaje cristiano particular
no puede haber plena vida cristiana, ningún
fiel transmitirá la fe a la siguiente generación.
Por eso, las palabras que dan cuerpo a lo que creemos y practicamos
-palabras que nos han dado aquellos entre los que Cristo estaba
presente- no pueden ser frívolamente manipuladas, traducidas
a otro idioma o desechadas. Como San Agustín nos enseñó
hace siglos, la metáfora apropiada para la Iglesia es la
ciudad. El lenguaje es una señal de definición de
la polis cristiana. Y como la ciudad, la Iglesia hace entrar a sus
ciudadanos a una vida pública común, marcada por su
actividad central de culto, la Eucaristía, y por otros rituales,
como el miércoles de Ceniza, el domingo de Ramos y el Corpus
Christi. La sociedad cristiana tiene su propio calendario que conjuga
los ritmos de la vida de la comunidad, los oficios, las instituciones,
las leyes, la arquitectura, el arte y la música, sus propias
costumbres y usos, la historia y la memoria.
Uno de los rasgos más significativos de la
transformación del mundo romano en los siglos cuarto y quinto
era que el cristianismo ocupó y luego reorientó
el espacio público. La ciudad clásica con
su agora y templos y teatros cedió el paso a un nuevo plano
de ciudad con la iglesia localizada en el centro. Con esta cristianización
de los espacios vino la sacralización del tiempo a medida
que el calendario de la Iglesia marcaba los días de ayunar,
descansar y hacer fiestas. En la alta edad media, cuando los reyes
y sus pueblos abrazaron el cristianismo, la conversión era
más que la adhesión a un conjunto nuevo de creencias.
Esto causó un cambio en la práctica pública.
Y sin embargo, en los tiempos modernos -particularmente
en los últimos cien años- la Iglesia gradualmente
ha abandonado esta cara pública, entregando la plaza
pública a otros rituales, otros calendarios, otra
arquitectura y otros lenguajes. Ha habido una disminución
alarmante en rituales y prácticas comunes . El modo de vida
de la Iglesia está siendo triturado y escupido por la sociedad
omnívora secular que nos rodea.
Un ejemplo revelador es el ascenso del término
"cultura". Tendemos a usar el término
"cultura" no de la Iglesia, sino de la sociedad en la
que vivimos. Pero la tarea de transmitir la fe no es principalmente
una pregunta de cómo "Cristo" se relaciona con
la "cultura", sino de cómo la cultura cristiana
debe ser sostenida y profundizada ante otra cultura que es cada
vez más ajena y hostil. El paradigma de Cristo-y-cultura
asume implícitamente que la cultura secular es el árbitro
del significado. Por consiguiente, una importante cuestión
se sitúa en la traducción de un idioma a otro. La
traducción, desde luego, es inevitable en cualquier transacción
religiosa, tanto si se trata de contar una historia de la Biblia
a un niño, como de explicar los sacramentos a un converso
o de predicar el evangelio a un pueblo que no conoce nada del cristianismo.
Sin embargo, si el cristianismo es una cultura por propio derecho,
la Iglesia debe insistir en su propio modo de hablar. Debe haber
traducción hacia el estilo de lenguaje del Señor,
trayendo el lenguaje ajeno a la órbita de la creencia y la
práctica cristiana y dándole un significado diferente.
Más frecuentemente, sin embargo, la tarea de transmitir la
fe se entiende que significa entregar el lenguaje cristiano al patois
de la modernidad hasta en la liturgia, un área donde uno
esperaría que la unicidad y la idiosincrasia del modo de
hablar de la Iglesia sería conservada.
Así, por ejemplo, la oración para
la semana XI de Pentecostés antes de las reformas del Vaticano
II: “mira, Señor, con compasión nuestro servicio,
te suplico, para que lo que ofrecemos pueda ser un don aceptable
para ti y un apoyo a nuestra debilidad” (nostrae fragilitatis
subsidium). En la versión nueva se lee: “mira,
Señor, con compasión nuestro servicio, te suplicamos,
para que lo que ofrecemos pueda ser un don aceptable para ti y un
incremento de nuestra caridad” (nostrae caritatis augmentum).
La alteración parece inofensiva, y la razón
dada por los compiladores razonable: desearon hacer la petición
positiva en vez de negativa, haciendo así la oración
latina más dinámica. Pero el resultado era la eliminación
de "debilidad", una palabra viva encontrada en antiguos
textos litúrgicos y usada durante siglos. En su lugar viene
"amor", obviamente una buena palabra cristiana, pero que
fija la oración en el objetivo ignorando lo que permanece
en el camino, nuestra "debilidad". Un matiz teológico
importante se pierde mientras una expresión común
sustituye a la formulación más profunda.
Otro ejemplo es la colecta del primer domingo de
Pascua: “Oh Dios, que has abierto para nosotros la puerta
de la eternidad a través de tu único Hijo engendrado
que ha conquistado la muerte, concédenos, te suplicamos,
que quienes celebramos la solemnidad de su resurrección podamos,
mediante la renovación del Espíritu Santo, resucitar
de la muerte del alma” (a morte animae). La versión
revisada dice: “mediante la renovación del Espíritu
Santo, resucitar en la luz de vida” (a lumine vitae).
La versión nueva no es simplemente vacua,
sino incoherente. ¿Qué significa “resucitar
en la luz de vida ”? El fiel queda privado de dos preciosas
palabras cristianas, "alma" y "muerte", bíblicas
y centrales para la fe cristiana. Aún más, la nueva
versión ignora una verdad fundamental sobre la Pascua, puesto
que la Pascua no es sólo una celebración de la Resurrección
de Cristo, sino un tiempo de renovación interior para el
cristiano, una verdad que es expresada metafóricamente en
la frase “resucitar de la muerte del alma”. La versión
original hunde a los fieles en las cavernas más profundas
de su vida espiritual, donde luchan contra las fuerzas que los mantienen
en la esclavitud. La revisión inyecta el lenguaje fatuo de
la religión del new age en la adoración de la Iglesia.
Tales cambios son deliberados, un intento
de acomodar las palabras de la liturgia a la “mentalidad moderna”,
en palabras de uno de los revisores. Los traductores muestran una
vergonzante falta de confianza en lo que el cristiano cree y practica.
Algunos textos se consideraron “extraños para el hombre
de hoy” y “difíciles de entender ” y por
eso fueron “abiertamente corregidos”. Lo que tenemos
aquí es una especie de inculturación en la modernidad
occidental. “La liturgia -insiste Anscar Chapungco, uno de
los exponentes principales de la inculturación- no debe imponer
en la cultura un significado o una forma intrínsecamente
ajena a su naturaleza”. Lo que esto representa, tomando prestada
una frase de John Milbank, es una especie de “vigilancia de
lo sublime”.
El don único de la liturgia, como escribió
Romano Guardini en su obra El Espíritu de la Liturgia,
es “crear un universo que rebosa con una vida espiritual fructuosa.”.
La liturgia “no existe en beneficio de la humanidad, sino
de Dios”. Si la Biblia es el léxico del discurso cristiano,
entonces la liturgia es su gramática, un lugar para venir
a conocer la práctica del idioma cristiano y ser formado
por él. Para San Agustín la recitación de los
Salmos es un modo de hacer propias las palabras del salmista, y
él habló de lo que las palabras de los Salmos “me
han hecho”.
Paul Griffiths recientemente observó que
uno no tiene que creer para aprovechar el lenguaje cristiano y sus
ideas. En los pasados decenios cuatro filósofos europeos,
todos ellos ateos, han escrito importantes trabajos que
se refieren a pensadores cristianos: Terry Eagleton sobre
Santo Tomás de Aquino, Jean-François Lyotard sobre
las Confesiones de San Agustín, Alain Badiou sobre San Pablo,
y Slavoj Zizek sobre la aceptación voluntaria de Cristo del
sufrimiento y la muerte. Ninguno de estos escritores acepta las
opiniones teológicas de la Iglesia, pero exponen un anhelo
de algo más de lo que la modernidad puede ofrecer, y el único
lugar para volver, finalmente, es el cristianismo, con su lengua,
su modo de pensamiento, y sus textos. “Esto no debería
sorprender a los cristianos", escribe Griffiths. “Nuestra
tradición intelectual es duradera, rica y sutil, y cualquier
intento de los pensadores europeos de hacer algo sin ella es poco
probable que dure”.
La Biblia y los rituales cristianos
siempre han atraído a forasteros. Piénsese por ejemplo
en Nikolai Rimsky-Korsakov y su Gran Pascua rusa. Rimsky-Korsakov
no era un creyente cristiano (él era probablemente un panteísta),
pero la Gran Pascua rusa, uno de sus trabajos más populares
y conmovedores, se adentra profundamente en la liturgia y las Escrituras.
Subtitulada “Obertura sobre Temas Litúrgicos”,
se basa en el Obikhod, una colección de cánticos,
textos bíblicos e himnos rusos ortodoxos. La pieza refulge
con colores y luces así como con la oscuridad meditabunda,
verdaderamente imponente, majestuosa, austera y carnavalera, y ello
no sería posible sin la liturgia ortodoxa.
Rimsky-Korsakov vivió en la Rusia del siglo
XIX, pero incluso en nuestra sociedad secular y en la cultura musical
presente, los compositores contemporáneos extraen su inspiración
de la Biblia. Un ejemplo es la nueva obra de Jefferson Friedman,
un joven compositor americano, que hizo su premier mundial
con la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la dirección
de Leonard Slatkin a finales de 2004. Con el título improbable
“El trono del Tercer Cielo de la Asamblea General de las Naciones
del Milenio”, la pieza orquestal se basa en una escultura
insólita en Washington D.C. creada por James Hampton.
La escultura representa una silla de trono al lado
de una mesa de altar, un púlpito, mesas de ofertorio, en
otras palabras, elementos de iglesia. A la izquierda hay objetos
que se refieren al Nuevo Testamento, a la derecha los objetos se
refieren al Antiguo testamento. Unos tienen etiquetas con nombres
de la Biblia y de la historia cristiana: Adán y Eva, la Virgen
María, incluso el Papa Pío XII. Utilizando el Libro
del Apocalipsis, Hampton deseó representar la segunda venida
de Cristo. Con su breve obra Friedman intenta reflejar no sólo
el poder estético de la escultura, sino también la
visión religiosa de Hampton y un sentimiento de temor antes
del trono.
El cristianismo ha abandonado por
demasiado tiempo su papel de maestro de la sociedad.
En vez de inspirar la cultura, capitula al ethos del mundo. La Iglesia
debe redescubrirse a sí misma, aprender a saborear su propio
discurso, encontrar el placer de contar sus historias y pasar con
confianza lo que ella ha recibido. Sólo así podrá
superar la cultura burda y superficial que nos rodea con la abundancia
de vida en Cristo. “Pasea sobre Sión -canta el salmista-,
rodéala, cuenta sus torres, considera bien sus terraplenes,
examina sus ciudadelas, de manera que puedas decir a la siguiente
generación que ha sido Dios, nuestro Dios por siempre y para
siempre”.
Esta no es una estrategia nueva, sino la que que
ha marcado el cristianismo desde el principio. Orígenes de
Alejandría fue el más brillante apologista cristiano
durante los tres primeros siglos de la historia de la Iglesia. Su
obra más conocida es un debate con Celso, un filósofo
griego que había vivido setenta años antes. En su
libro titulado La Verdadera Doctrina Celso había
escrito: “los griegos pueden juzgar mejor el valor de lo que
los bárbaros [significando los cristianos] han descubierto”.
Celso creía que la verdad del cristianismo debería
ser medida “según el criterio de la prueba griega”.
Orígenes también se había formado
en la tradición intelectual griega. Pero rechazó
la idea de Celso de que la fe de la Iglesia debería
ser medida según un estándar ajeno. La verdad
del evangelio, según Orígenes, debe juzgarse por una
“prueba que es peculiar de sí misma, y esto es más
divino que el argumento griego”. Eso es, dijo Orígenes,
lo que San Pablo describía cuando hablaba de “una demostración
del Espíritu y de poder”.
Esta es una estrategia que debe
ser recomendada en nuestro propio tiempo. Dejemos
que la Iglesia llame la atención de lo
que es peculiar a ella, no de nociones supuestas
de lo que es significativo o inteligible o relevante
en la sociedad contemporánea.
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