| Autor:
José Miguel Pero-Sanz |
Fuente:
Revista "Palabra", diciembre
de 2005 |
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que visite la sección de Vida Sacerdotal sobre Formación
de los sacerdotes.
La Congregación para el Clero también
ha convocado un simposio especial conmemorativo del Decreto Presbyterorum
ordinis, dedicado al ministerio y vida de los sacerdotes. Con
tal ocasión, el cardenal Darío Castrillón,
prefecto del dicasterio, ha concedido una entrevista al director
de Palabra sobre la asimilación del decreto en estas cuatro
décadas desde su publicación.
Eminencia, el 7 de
diciembre se cumplen cuarenta años de la promulgación
de Presbyterorum ordinis. ¿Cuáles han sido
sus frutos para los sacerdotes y para la Iglesia?
—Efectivamente, hace ahora 40 años
con una votación casi unánime de los Padres -sólo
4 sobre 2394 votaron en contra- el Concilio Vaticano II promulgó
el Decreto Presbyterorum ordinis, que alguien ha definido
la "Carta Magna" del sacerdocio para nuestro tiempo.
En estos cuarenta años sucesivos a su promulgación,
el pensamiento de los Padres conciliares guiados por el Espíritu
Santo ha iluminado la vida y la acción de los sacerdotes.
La Iglesia no ha dejado de ocuparse de ellos. Así, la Congregación
para el Clero ha publicado diversos documentos, comenzando por el
Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros
del 31 de enero de 1994. En este mismo mes de diciembre, ha organizado
en Roma, junto con la Universidad Lateranense, un Congreso para
reflexionar, a cuarenta años de la Presbyterorum ordinis,
sobre los presbíteros como pastores y hermanos en medio de
los hombres.
Toda la gran riqueza de doctrina y de sabiduría
pastoral posterior el Concilio encuentran su fundamento inmediato
en la Presbyterorum ordinis por su autoridad magisterial
y por ser fuente primordial de toda la doctrina subsiguiente. El
Decreto del Concilio Vaticano II sobre los presbíteros ha
sido providencial para los sacerdotes de nuestro tiempo. Se trata
de un texto que pone de manifiesto, claramente, cual es la naturaleza
propia e inmutable del sacerdocio ministerial en la Iglesia, pero,
al mismo tiempo, en qué modo esta naturaleza inmutable debe
responder a las exigencias concretas de los hombres y mujeres para
quienes ese ministerio, aquí y ahora, en concreto se ejerce.
In persona Christi
— ¿Podría,
Eminencia, destacar alguna orientación que considere particularmente
importante del decreto Presbyterorum ordinis?
 |
Cardenal Darío Castrillón
Hoyos,
Prefecto de la Congregación para el Clero |
—El Decreto Presbyterorum ordinis
centra la naturaleza o identidad del presbítero y sus funciones
ministeriales en la Persona de Jesucristo, Nuestro Señor,
"que el Padre santificó y envió al mundo"
(Jn 10,36). Subraya fuertemente que el presbítero es escogido
y enviado por Cristo mismo. Es Cristo Jesús quien está
presente y operante, en primera persona, en el proceso de sucesión
de la función sacerdotal que los Apóstoles trasmitieron
a los Obispos y en la transmisión de la misma, por parte
de estos últimos, en grado subordinado, a los presbíteros.
No renuncia Cristo a ser Él mismo quien elige a algunos de
entre los miembros de su Pueblo sacerdotal y a ser Él mismo
quien los consagra mediante un sacramento particular, para que cumplan
una misión especifica en favor de ese mismo Pueblo sacerdotal
y de toda la humanidad.
La sucesión de la función sacerdotal
pública forma parte de la constitución misma de la
Iglesia, Cuerpo de Cristo; por ello Cristo está presente
y operante. La elección que el Señor hace de un fiel
-llamándolo al sacerdocio ministerial e incorporándolo
a la estructura institucional del orden de los presbíteros,
mediante la consagración del Espíritu Santo- lo sella
con un carácter y lo configura a Cristo Sacerdote, maestro
y pastor de su Iglesia. Dicha configuración le confiere la
capacidad para desarrollar, en favor de la comunidad de los creyentes
y de todos los hombres, una misión o función instrumental,
ejercida "en persona de Cristo Cabeza". Sea cual fuere
la modalidad concreta, en la cual se desenvuelve el ministerio sacerdotal,
se trata siempre de una configuración ontológica,
totalizante de la persona del ministro. Toda su persona, toda su
vida, en virtud de tal configuración, viene asumida por Cristo
para un solo fin: hacerlo presente y operante a Él mismo,
como sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza y pastor en medio de su Pueblo
sacerdotal para gloria del Padre, en el Espíritu.
Destacaría este aspecto de la doctrina contenida
en el Decreto Presbyterorum ordinis porque me parece más
necesario que nunca que a los sacerdotes no les falte la convicción
profunda de su identidad. Solamente sobre esta convicción
profunda de su identidad, el sacerdote de hoy puede ejercitar su
ministerio con la perseverancia, la alegría, el optimismo
y la serenidad de ánimo de quien se siente "en su sitio".
Totalidad y docilidad
— ¿Cuáles
son las consecuencias concretas de este realidad teologal en la
vida espiritual del presbítero?
— Parecen claras: empeñarse con todas
sus fuerzas, confiando en la gracia de los sacramentos del bautismo
y del orden, para llegar a la meta propuesta por el Apóstol:
"no soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí (Ga
2,19).
Esta meta -igual para todos los cristianos- adquiere
en el sacerdote una exigencia, una urgencia y tonalidad del todo
particular. Son dos las características que quisiera subrayar
de la vida espiritual del ministro que el Decreto conciliar coloca
en la base de su peculiar camino de santidad y que derivan directamente
del haber sido trasformado, mediante el sacramento del orden, en
Cristo como sumo y Eterno Sacerdote, en favor de su Pueblo.
La primera es que tal consagración asume,
como ya hemos dicho, un carácter de totalidad para la persona
del ministro. Los presbíteros son llamados, consagrados y
enviados por el Señor a fin que ellos mismos se consagren
-totaliter- a la obra para la cual el Señor los
tomó. Si el sacerdote vive su sacerdocio de este modo -y
no hay otro-, desaparece de su horizonte vital toda mentalidad "funcionalística"
tan en boga, hoy, en ciertos ambientes.
La segunda característica es la docilidad
hasta el olvido de sí, fruto de la configuración y
participación subordinada al ministerio sacerdotal de Cristo.
El sacerdote ministerial es un "embajador" "un ministro",
"un instrumento", libre y responsable, pero "instrumento".
De ahí, la insistencia del Decreto en las virtudes de la
humildad y de la obediencia como bases de la caridad pastoral, en
"aquellas disposiciones de ánimo por las cuales (los
presbíteros) están siempre prontos a buscar no su
propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que los ha enviado (cf
Jn 4,34)".
Sacerdotes, hoy
¿Cómo
ve Su Eminencia, en concreto, a los sacerdotes de hoy?
Nuestro tiempo no ofrece muchas facilidades para
vivir las exigencias de entrega y do nación que comporta
el ministerio sacerdotal. Es un tiempo, en efecto, apasionante desde
tan tos puntos de vista, pero caracterizado por diversas formas
muy sutiles de manipulación e instrumentalización
que tienen la capacidad de llegar y tocar en lo íntimo al
hombre-sacerdote. Dificultades, pruebas, tentaciones... que no se
quedan a la puerta de la intimidad personal del sacerdote, como
del resto de cualquier cristiano que quiera vivir a fondo su vocación
bautismal. Pruebas y dificultades que pueden generar entre los sacerdotes
perplejidad, dudas, desconcierto y, al final, quizás esterilidad
y falta de ilusión en el ministerio. Por otra parte, no se
puede olvidar que, en estos años posteriores al Concilio,
la Iglesia ha vivido, en sus propias entrañas, el drama del
abandono del ministerio por parte de un número no pequeño
de sacerdotes.
Situación más serena
—Pero eso va
mejorando.
— Hoy, la situación, aun siendo grave,
es sin duda más serena y tranquila para todos, hasta el punto
que el Santo Padre Juan Pablo II, de feliz memoria, durante la homilía
de la solemne Eucaristía del grande Jubileo sacerdotal, celebrada
en la plaza de San Pedro el 17 de febrero de 2000, pudo dirigir
un saludo lleno de afecto paterno hacia aquellos sacerdotes "que,
por diversas circunstancias, no ejercitan más el sagrado
ministerio, aun continuando a llevar en si mismos impresa la especial
configura con Cristo ínsita en el carácter indeleble
del orden sagrado. Rezo también por ellos e invito a todos
a recordarles en la oración para que, gracias también
a la dispensa regularmente obtenida, mantengan vivo en si mismos
el empeño de coherencia cristiana y de comunión eclesial".
El Santo Padre Benedicto XVI, en estos pocos meses de ministerio
petrino, se ha dirigido ya en diversas ocasiones a los sacerdotes,
indicando con toda claridad dónde se encuentra la raíz
del sacerdocio católico capaz de hacerlo florecer, superando
las crisis de identidad y los "desiertos espirituales"
de nuestro tiempo que afligen también a los sacerdotes.
¿Y cómo
llevarlo a la práctica?
Hoy el desafío se encuentra en la formación
preparatoria al sacerdocio y en la formación permanente.
Se trata de afianzar en el corazón de todos los sacerdotes,
a lo largo de su vida, la conciencia de la propia identidad desde
la voluntad divina de salvación, ya que el sacerdocio ministerial
es fruto de la acción sacramental del Espíritu Santo
en el seno de la Iglesia, participación en el ser mismo de
Cristo Sacerdote y en su acción salvífica, querida
por el Padre, en su continua desarrollo a lo largo de la historia.
—Muchas gracias,
Eminencia.
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