| Autor:
Ignacio Muguiro, SJ |
Fuente:
Semanario Alfa y Omega, nº
486,
Madrid 16 de febrero de 2006 |
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secretos,
y Curas,
artículos de Juan Manuel
de Prada.
La gente anda enferma de tristeza. A ratos sueñan
con alegrías de plata, y mendigan el ritmo de una música
epiléptica en la jarana, o el trance horrendo de la droga…
Pero, poco a poco, las luces de todas sus fiestas se van apagando,
y el pobre corazón vuelve a quedarse más solo, más
poeta y más triste en penas. A los cristianos tristes habría
que esconderlos hasta que se les pase. A los curas aproblemados
y gruñones, sólo el sueño eterno les amansa.
Unos y otros arruinan el cristianismo de las Bienaventuranzas, la
fiesta que se lleva en el corazón, la que nunca se acaba…,
la que llamamos Dios. ¡Cristo es un Dios alegre!
Hoy a nosotros, los pequeños Cristos rotos,
nos queda hacer el nuevo milagro de la alegría en este
mundo de tristes; llevar siempre un Magnificat en los labios,
heredado de la Madre, y un Dios de la alegría bien metido
en el corazón.
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Púlpito de la iglesia de los Jesuitas.
Lucerna (Suiza) |
¡Cura! Sin salud, sin plata, sin coche ni
móvil, sin viajes, sin aplausos, sin juergas, sin amores
tapados, ni espacios escondidos…, llevas una orquesta de
alegría en tu corazón, de pie, mirando las estrellas
desde donde te habla Dios. Contagias a tu paso esa felicidad que
Dios te da y que no se compra en la tierra.
Cura de Dios, vas curando a tu paso las penas
de todos, y la gente vuelve a creer en los milagros. Todos quieren
saber el secreto de tu alegría, y cómo se llama
tu Dios. Los enfermos sonríen tanto, que hacen reír
a los sanos; los pobres buscan a alguien con quien compartir su
pequeño pan; los ricos empiezan a arruinarse entre risas
como aquel Zaqueo, y las víctimas echan el brazo al hombro
del verdugo y le hacen llorar al llamarle amigo, y así
hasta mil…, a quienes les recuerdas mucho al Dios campesino
de Nazaret.
A este paso por la tierra le llaman calle de la
amargura. Quisiera cambiar este nombre. Cristo recorrió
ese camino muy golpeado, pero nadie vio odio en su mirada, ni
amargura, ni rencor. Iba mudo, pensando que los que le pegaban
eras sus hermanos pequeños, en un mal día, cuando
mataban al que más los quería.
Cura bueno de todos los días, que a la
mañana coges a Cristo en las manos y lo miras con ternura,
y al caer la tarde llevas alguna cruz; no la arrastres entre gemidos,
haz de tu cruz una guitarra y llévala en volandas, y echa
al vuelo tu mejor chiste en forma de cantar y suspirar…
Aunque la voz te salga un poco quebrada, harás reír
a los que, con su cruz, te siguen.
Y si alguno, desde la acera, te dice con burla:
«Eres un olvidado de Dios», arráncate con tu
mejor canto, que Dios te hará dentro del alma la segunda
voz. Al oír la voz de los dos, saldrá al camino
la mujer única de tu vida, a darte en un beso volado el
cariño que tiene una madre por su cachorro, Santa María.
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