| Autor:
Pedro María Reyes Vizcaíno |
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Por
escrupuloso se entiende en la pastoral y en la teología moral
a la persona que confunde con facilidad entre actos moralmente
indiferentes y pecados. Es escrupuloso quien considera que
cree que hay pecado en todo, incluso donde no hay pecado.
El escrupuloso se caracteriza porque considera que
se encuentra en ocasión de pecar prácticamente en
cualquier situación, y que creerá que se encuentra
en pecado mortal por cualquier acto que haya realizado, aunque sea
una nimiedad.
En teología moral se habla de la conciencia
escrupulosa como la característica del escrupuloso.
El confesor identificará a un escrupuloso por ser una persona
que se confiesa de cualquier pecado como mortal, sin discriminar
la verdadera gravedad del pecado; puede que ni
siquiera se esté acusando de pecados materiales. Algunos
penitentes escrupulosos traen a colación sucesos personales
muy antiguos o confesiones de la vida pasada de las que duda si
están bien hechas. El confesor debe acoger a estos penitentes
con caridad de hermano -como a todos los penitentes- y comprenderle:
ha de darse cuenta de que el escrupuloso normalmente es una persona
que sufre bastante, pues considera que se encuentra en pecado mortal
con mucha frecuencia y es sensible a ello: lucha denodadamente por
permanecer en estado de gracia, y no lo consigue, pues -según
le indica su conciencia- cae ante cualquier tentación; aunque
se confiesa con frecuencia, sin embargo vuelve a caer en la tentación.
El confesor ha de valorar positivamente estos esfuerzos
y este sufrimiento, aunque le resulte enojoso atender a estos penitentes
con tanta frecuencia como a veces requieren.
Los orígenes de los escrúpulos
son variados: en ocasiones tienen orígenes ascéticos,
y pueden ser pruebas que Dios permite en almas selectas. Hay grandes
santos que han pasado por largas temporadas de escrúpulos.
San Alfonso María de Ligorio tuvo casi toda su vida tendencia
al escrúpulo, y Santa Teresa del Niño Jesús
pasó muchas tribulaciones por sus escrúpulos. Otras
veces los escrúpulos pueden tener orígenes psicológicos
o psiquiátricos. En los casos más extremos el confesor
podría orientar al penitente a la consulta de un especialista
de recta formación.
Distinción de la conciencia escrupulosa
de otras situaciones
Los tratados de teología pastoral clásicos
comparan la conciencia escrupulosa con una enfermedad.
El confesor, como médico que es, deberá atender con
solicitud a estas almas enfermas y ayudarles a curarse. La primera
medida que debe tomar el confesor es diagnosticar correctamente
esta enfermedad. La conciencia escrupulosa se puede confundir con
la conciencia delicada y con la falta de
formación del penitente.
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| Campana en una iglesia rural |
Se distingue el escrúpulo
de la delicadeza de conciencia por la conciencia
de pecado que tiene el sujeto: el delicado se duele de sus pecados
y de sus faltas, y como quiere al Señor, manifiesta un gran
dolor por una pequeña ofensa a Dios. Pero quien es delicado
es consciente de que un pecado venial o una simple imperfección
no es más que eso: un pecado venial o una imperfección.
El escrupuloso, en cambio, confunde los pecados veniales o las imperfecciones
con pecados graves. El delicado de conciencia no considera que sus
actos son pecados graves, es consciente de que son pecados veniales
o menos, aunque le duelen por el amor que tiene a Dios. El confesor,
con unas acertadas preguntas, podrá saber si el penitente
es delicado o escrupuloso. Si se encuentra ante un penitente delicado
de conciencia, hará bien en fomentar su dolor -sin cargarle
la conciencia- porque agrada a Dios. Es más, uno de los frutos
de la confesión frecuente suele ser la delicadeza de conciencia.
No sería buen pastor de sus feligreses el sacerdote que se
molestara si uno de sus penitentes se confiesa habitualmente de
pecados veniales o imperfecciones, porque no estaría llevando
a las ovejas a los mejores pastos sino a pastos mediocres.
Más frecuente actualmente suele ser el penitente
con lagunas en su formación. El confesor
se puede encontrar con penitentes que incluyen en su confesión
pecados de los que se acusan "por escrúpulo"; puede
incluso que afirmen que prefieren no profundizar por temor a complicarse,
y a veces citan consejos recibidos de otros confesores. Esta actitud
se puede dar en penitentes frecuentes y que tienen vida espiritual.
Hará bien el confesor en indagar si el penitente sabe distinguir
correctamente entre pecados graves y leves, si conoce la doctrina
de la Iglesia sobre las virtudes, si sabe cuándo es materia
grave y cuándo leve en los pecados de los que se acusa, etc.,
pues puede que haya recibido una información defectuosa sobre
alguna de estas materias. Si el confesor no conoce la formación
religiosa que ha recibido el penitente, es prudente hoy día
averiguar si estamos ante una laguna de formación antes que
considerar al sujeto como escrupuloso. Estas indagaciones se pueden
hacer en varias sesiones, pues se trata de penitentes que se confiesan
con frecuencia.
Modos de tratar a un penitente escrupuloso
La conciencia escrupulosa, como
hemos dicho, hace sufrir al penitente y en ocasiones puede llevarle
a la desesperación, al advertir que la lucha que debe poner
es sobrehumana y a pesar de ella vuelve a pecar. Ciertamente este
penitente merece toda la ayuda y el apoyo que le puede prestar el
confesor y el director espiritual o acompañante espiritual.
El escrupuloso agradece que en la dirección
espiritual o confesión se le hable con autoridad,
sin dudas por parte de quien le escucha. El confesor -o director
espiritual- muchas veces deberá prohibirle que hable de esos
pecados de los que duda. En ocasiones, también dentro de
la confesión, puede prohibirle que se acuse de ellos. En
estos casos se le puede decir que sólo se acuse de los pecados
de los que podría emitir juramento de que los ha cometido.
Estas conversaciones deberán ser claras, sin vacilaciones,
aunque por supuesto con la máxima delicadeza. Aunque a corto
plazo le aumente la inquietud al interesado, a medio plazo agradecerá
esta actitud. El confesor no se ha de preocupar de que alguna vez
el escrupuloso no se acuse de un pecado verdaderamente grave: sería
un caso de imposibilidad moral de hacer una confesión íntegra.
El penitente habría omitido un pecado del que se acordaba
por imposibilidad moral de hacer una confesión íntegra,
pues callándoselo ha obedecido a un consejo imperativo del
confesor. Esto mismo se le puede explicar al penitente.
También es posible indicar al escrupuloso
que obre en contra de su conciencia: especialmente se presentará
este supuesto a la hora de permitirle que comulgue, aunque su conciencia
le impida acercarse a la Comunión. En teología moral
se habla del privilegio del escrupuloso: por este
privilegio, el escrupuloso puede obrar en contra de lo que le dicta
su conciencia por seguir un consejo imperativo del confesor.
El confesor debe manifestar paciencia y
caridad con estos penitentes. Normalmente deberá
dedicarle a estos penitentes mucho tiempo; le ayudará al
penitente si en materia de pecado procura ceñir las conversaciones
a lo relevante, e introduce otros temas ascéticos como son
la vida de oración, la mortificación, el apostolado
personal, el ofrecimiento del trabajo, etc., de modo que vea que
la vida interior tiene bastante más riqueza que el simple
evitar cometer pecados. En ningún caso debe dar la impresión
de que le impide acusarse de pecados por comodidad propia, sino
por el bien del penitente: eso lo verá si comprueba que le
dedica todo el tiempo que necesita.
Finalmente, debe dar confianza al penitente: asegurarle
que Dios conoce su sufrimiento y su lucha, y haciéndole ver
el mérito sobrenatural de su esfuerzo. Debe
advertirle también de que ha de tener paciencia, pues su
situación requiere tiempo para solucionarla. De paso, puede
sugerirle que pida a Dios la curación.
El confesor mismo manifestará delicadeza
de buen pastor si atiende con la dedicación debida
a estos penitentes, además de rezar por ellos.
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