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Autor:
Silvio Cajiao, S.I. |
Fuente:
Clerus.org |
Artículo relacionado: El
origen apostólico del celibato sacerdotal.
Sin lugar a dudas
quien opta por el celibato es porque ha comprendido
la especial gracia de aquellos
que lo hacen “por
el Reino de los Cielos” (Mt. 19,12) y pasan
a convertirse en signo anticipado de la situación
de todos los seres humanos cuando lleguen a su
encuentro con Dios: “serán como ángeles...” (Mt.
22,30 ). De igual forma la experiencia espiritual
indica que la gracia supone la naturaleza, la
perfecciona, la eleva pero nunca actúa
prescindiendo de ella, es así como la
Revelación cristiana en su plenitud tiene
rostro humano en Jesucristo.
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San Agustín.
Catedral de Las Palmas
(España) |
De aquí que
la Iglesia, que en su historia ha solicitado
a sus ministros la opción celibataria de manera libre
y conciente, haya llegado contemporáneamente
a la convicción de que tal opción
se hace muy difícil o impracticable si
quien la toma no enfatiza sus procesos de maduración
humana y afectiva. Sin duda que la prioridad
en este proceso la ha de tener un amor apasionado
por Jesucristo, cuyo seguimiento incondicional
funda esta opción de vida.
Esta
formación
no sea ha de considerar concluida con la ordenación
sacerdotal sino que ha de continuar, de no
realizarse de esta modo se incurre en una grave
falla así nos lo dijo Juan Pablo II
en Pastores dabo vobis «Es de
mucha importancia darse cuenta y respetar la
intrínseca relación que hay
entre la formación que precede a la
Ordenación y la que le sigue. En
efecto, si hubiese una discontinuidad o incluso
una deformación entre estas dos fases
formativas, se seguirían inmediatamente consecuencias
graves para la actividad pastoral
y para la comunión fraterna
entre los presbíteros, particularmente
entre los de diferente edad.» (No.
71)
A
mi entender aquí radica una de las fallas estructurales
de aquellos hermanos en el presbiterado que consideran
que con la gracia de la ordenación terminó su
proceso de maduración humana y afectiva
y que por tanto podrían exponerse a todo
tipo de experiencias que el mundo contemporáneo
en su liviandad ofrece.
Cierto que
la amistad se ha de propiciar en la línea
evangélica
del que nos dijo “ya no os llamo siervos
(...) a vosotros os he llamado amigos” puesto
que supone una verdadera intimidad, pero esta
intimidad tiene una razón teologal de
fondo que viene a continuación: “porque
os comuniqué cuanto escuché a
mi Padre” (Jn 15, 15), es decir que además
nos ha hecho sus hijos y por tanto hermanos entre
nosotros.
Nos dicen
Michel Rondet e Yves Raguin en su libro El
celibato evangélico en un mundo mixto «Si
la tentación de las parejas es la de
encerrarse en los límites de su amor
compartido, la nuestra es la disolvernos en
una filantropía sin rostro, incapaz
de reconocer a nadie personalmente. Se ha podido
decir que la familia es el espacio de lo social-privado;
pues bien, la fraternidad es el espacio de
lo universal-personalizado. Universal, porque
ninguno de nosotros ha escogido al hermano
o hermana con los que comparte su vida.» (p.
74) La fraternidad es un regalo, un don que
se ha de suplicar al Señor como fuente
de renovación humana permanente y como
la escuela en la que el referente comunitario
perfeccionará nuestra entrega y maduración
del signo de consagración en unidad
gozosa con otros presbíteros
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