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Autor: Paolo
Scarafoni, L.C. |
Fuente:
Clerus.org |
Código de Derecho
Canónico, canon 256: "Los
alumnos sean diligentemente instruidos en todo
lo que concierne de modo preciso el sagrado ministerio,
sobre todo en la actividad catequística
y homilética".
El primero
elemento de la formación
en la predicación de tipo catequístico
y homilético consiste en la sólida
formación general: es decir la formación
espiritual, especialmente a través de
la unión con Dios y el ruego, la lectura
y meditación frecuente del Evangelio y
la Sagrada Escritura, la formación de
las virtudes cristianas, sobre todo la humildad
de la caridad; en la sólida formación
intelectual sobre los contenidos de la fe y moral
cristiana transmitidas por el Magisterio y la
Tradición. Las personas esperan respuestas
competentes y seguras. Esta formación
de base contribuye a consolidar a hombres maduros,
a imitación de Cristo, con la mente bien
estructurada, seria y creativa, con el corazón
y la voluntad llenos de celo por la salvación
de las almas, con un carácter predispuesto
al empeño constante y al trabajo.
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| Campana de una iglesia
rural |
El segundo
elemento concierne la formación específica en el campo
de la predicación. Es importante que en
los años de preparación al sacerdocio
se haga un adiestramiento específico en
el sector de la comunicación verbal, por
la catequesis, la predicación sagrada,
la homilía en la liturgia.
Los aspectos
de esta formación
específica son los siguientes:
En primer
lugar el conocimiento de los hombres al que
nuestro mensaje debe ser dirigido; un conocimiento
concreto, que percibe la mentalidad, los ideales,
el contexto cultural y de trabajo, los intereses,
las características
positivas y rechazos de los niños, adolescentes,
jóvenes, adultos, ancianos. La adquisición
de la abertura mental para saberse colocar donde
nuestros interlocutores se encuentren.
En segundo lugar
el dominio de las técnicas para presentar
el contenido y el mensaje; especialmente aquellas
técnicas
usadas por Jesucristo en su predicación,
aplicándolas con sencillez de modo homogéneo
y apropiado tanto el contenido como el auditorio.
Observamos que en el Evangelio Cristo usa la
parábola, el cuento, los ejemplos y las
comparaciones, los testimonios y los modelos,
las alusiones a hechos y a personas, la ironía
y el sentido del humor. La sobriedad en el empleo
de las técnicas es muy importante para
no crear el efecto opuesto de quitar la atención
del mensaje.
En tercer
lugar la estructuración
del contenido de exponer, de modo unitario coherente
y ordenado, sin improvisación y saltos
ilógicos. Esto exige la adquisición
de la costumbre de dedicar tiempo a la preparación
de la predicación.
En cuarto
lugar la adquisición
de las calidades específicas del predicador
y comunicador. Las mismas se logran con mucho
ejercicio práctico.
a. La seguridad:
en la doctrina expuesta y en el estado interior
de libertad y convicción cuando se habla. La raíz
profunda de la seguridad reside en vivir en paz,
como expresión de la voluntad de Dios,
las circunstancias concretas de la misma vida,
también difíciles: todo esto produce
un testimonio de amabilidad, paciencia, humildad
y capacidad de escucha que es percibida por el
público.
b. El equilibrio:
en la cantidad y calidad de los contenidos;
en la pedagogía
que respeta los tiempos y las etapas espirituales
de las almas; en el ejercicio de la misericordia
que no "quebrará la caña resquebrajada
ni apagará la mecha que todavía
humea", Mt 12,20, incluso en el lleno
respeto de la verdad.
c. El fuego
evangélico:
en la pasión de anunciar y de mover los ánimos,
y en algunas ocasiones para sacudirlos con vigor,
como ha hecho Cristo y así reconducirlos
a la verdad. Pero no conviene usar modos teatrales
de otros tiempos. El fuego se demuestra en
la fuerza y claridad de los contenidos, en
las expresiones convincentes y precisas.
d. El corazón:
la predicación
nace del corazón (de la interioridad,
de las convicciones que tienen profunda resonancia
interior); refleja el corazón (hablar
de Cristo, Camino, Verdad y Vida, querido sin
medida); llega al corazón (hablar en sintonía
con lo que está a corazón: la
verdad, el amor y la felicidad).
El buen
predicador se forma en aquel que es gran investigador,
que prepara la homilía o la intervención con
esfuerzo y pasión para mejorarlo, con
laboriosidad e insistencia; en aquel que quiere
ser creativo, y no solamente repite las buenas
ideas que ha sentido, es decir está completamente
comprometido con su discurso; en aquel que se
sabe organizarse bien para prepararse a tiempo
y con dedicación.
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