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“Serás
sacerdote para toda la vida…”.,
y El
llamado de Dios. Cuando los hijos tienen vocación.
María Luisa, supernumeraria del Opus
Dei, acaba de asistir en Roma a la ordenación
sacerdotal de su hijo y dirige una carta abierta
a las madres de los sacerdotes de todo el mundo.
16 de junio de 2006
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Huida a Egipto. Iglesia
de Mandayona
(Guadalajara, España) |
Acabo de regresar de Roma,
donde he asistido a la ordenación de mi hijo Yago, de 31
años, periodista. Y a la vuelta me han
pedido: ¿por qué no nos escribes
algo de estos días?
Al principio dije que sí, pero luego
me he dado cuenta de que es imposible. Son sensaciones,
sentimientos y recuerdos que no se pueden transmitir.
Han sido días de una gracia especialísima.
Recibes un don inmenso y al mismo tiempo, una
gran responsabilidad. Es como si tocases el Amor
de Dios con las manos. Y piensas en tantas cosas...
en tu propia vocación... en la historia
de la vocación de tu hijo... Las que tengáis
un hijo sacerdote me entenderéis: no hay
palabras para contar lo que se siente.
Por eso quiero dirigirme
a vosotras en estas líneas. Cuando estuve en Santa María
de la Paz, en la Iglesia Prelaticia del Opus
Dei, rezando ante la tumba de San Josemaría,
pensé en su madre, en doña Dolores.
He leído escritos sobre su vida y sé lo
que supuso para ella tener un hijo sacerdote.
Lo sacrificó todo para ayudarle a sacar
adelante esta partecica de la Iglesia, como llamaba
su hijo al Opus Dei.
Cuando le dieron la noticia
de su muerte inesperada, san Josemaría estaba predicando unos Ejercicios
Espirituales a unos sacerdotes de Lérida.
Les hablaba de la misión insustituible
de las madres de los sacerdotes junto a sus hijos.
A unos padres y madres de familia de Zaragoza
les concretó en 1.960, en qué consistía
esa misión.
“Algunos de vosotros
tenéis a los
hijos lejos -les decía-. Han ido lejos
a coger la mies de Dios. Yo os digo que os
quiero con toda mi alma. Y os doy la enhorabuena,
porque Jesús ha tomado esos pedazos
de vuestro corazón -enteros- para El
sólo... ¡para
El sólo!
Padres y madres de estos
hijos que también
son míos: ¡no habéis terminado
vuestra misión en la tierra! Ellos -ellas-
han venido a entregarse a Dios, a servir a la
Iglesia y los tenéis metidos en tantos
rincones del mundo, en África, en Asia,
en toda Europa, en toda América, desde
Canadá hasta la Tierra del Fuego; pronto,
el año que viene, en Australia. Bien.
No habéis acabado la misión:
tenéis
una gran labor que hacer con vuestros hijos;
una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos.
-Padre, ¡que
estoy muy lejos! -¡Con tu oración!
-Padre, ¡que
estoy lejos! -¡En la vida profesional,
poniendo en cada momento la última piedra,
haciendo las cosas bien y por amor, y con el
pensamiento en esos hijos!”
Durante estos días
he estado pensando mucho en estas palabras.
Porque esta es ahora nuestra tarea: rezar y
trabajar por amor.
Acaba de salir en la prensa
una noticia que me ha gustado mucho. En Barcelona
hay veintidós
madres de sacerdotes que se reúnen cada
mes en la Iglesia de la Merced para rezar por
sus hijos sacerdotes, por todos los sacerdotes,
por todas las vocaciones y por toda la Iglesia.
Yo me uno en mi oración
a la oración
de esas madres y quiero invitar desde aquí a
todas las madres de sacerdotes del mundo que
me lean, para que también se unan espiritualmente.
Estoy convencida de que si le pedimos a la Virgen
que le conceda a la Iglesia muchos sacerdotes
santos, Ella -que es Madre de Jesucristo,
Sumo y Eterno sacerdote, y Madre de todos los
sacerdotes- escuchará especialmente nuestra
oración.
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